Especial para En Rojo
El 30 de octubre de 1950 mientras en varios pueblos de Puerto Rico hubo combate armado contra el régimen colonial por parte del Partido Nacionalista de Puerto Rico, su líder, Pedro Albizu Campos, se mantuvo en la Junta Central del partido en el Viejo San Juan.
Elio Torresola, líder nacionalista de Jayuya, explicó que la permanencia de Albizu Campos en la Junta era parte del plan que se había trazado, pues el máximo líder había dicho que cuando estallara el levantamiento permanecería momentáneamente en San Juan, ya que tenía una vigilancia constante de agentes de la Seguridad Interna y cualquier movimiento suyo delataría el proceso revolucionario.[1]
Albizu se encontraba junto a las nacionalistas Doris Torresola y “Carmín” Pérez. Albizu pudo haber despachado a sus dos compañeras, pero no lo hizo, así que es lógico pensar que quería que combatiesen junto a él. Albizu recuerda que, como a la una de la tarde del 30 de octubre las fuerzas del régimen abrieron fuego de ametralladoras, fusiles, carabinas y revólveres[2]. Señaló, además, que el ataque fue “rechazado en la forma que es dominio público”[3]. Ante el cerco de la policía, José Muñoz Matos, decidió batirse a tiros con la policía para entrar a la Junta, pero estaba cerrada. Como no le abrían tuvo que disparar a la cerradura para entrar, y no fue acribillado a balazos porque fue reconocido a tiempo por sus compañeros[4].
En el intercambio de disparos entre los nacionalistas y la policía, Doris Torresola fue herida, y sus compañeros le dieron los primeros auxilios: “Estaban tirando por la ventana y Doris Torresola se asomó, fue cuando la hirieron con una bala en el tórax. La atendimos. Albizu le puso unos algodones. Le dimos las primeras ayudas que se le dan a una persona herida. Sangraba”[5].
Ante la gravedad de la situación, Albizu le ordenó a Carmín y José Muñoz sacar a Doris para llevarla al hospital y salvar su vida: “Salimos. Ellos se nos fueron detrás, nos rodearon. No sé dónde cogieron a Muñoz Matos”[6].
Luego el ex-comandante de los cadetes del municipio de Humacao en la década de 1930, Álvaro Rivera Walker, logró burlar la vigilancia de las autoridades represivas del régimen, y logró entrar a la Junta. Una vez adentro, se sentó junto al líder nacionalista a escuchar las noticias de la radio que daban cuenta de la Insurrección[7]. Los oficiales de la Guardia Nacional también fueron movilizados para participar en el asedio que mantenía la policía y los federales en la Junta Nacional.
Ramón Medina cuenta que Álvaro le relató que la noche del 30 y la del 31 no pudieron dormir porque a menudo los agentes disparaban, “…y las balas pasaban a través de las puertas de madera rebotando en las paredes”, y como mejor pudieron se acomodaron en un rincón para evitar ser asesinados[8]. A Miñi Seijo le contó sobre el estado de tensión que vivieron mientras resistieron a tiro limpio:
Entré y había una pistola, otro revólver y otro más. Para la pistola había como unas setenta y cinco balas y para el revólver había como unas veinticinco o algo así. Recuerdo que la policía nos decía que nos rindiéramos y, cuando ellos se localizaban de modo que nosotros pudiéramos contestarle, nosotros le contestábamos el fuego para tenerlos a distancia.[9]
Ambos resistieron sin luz, sin agua, y con poca comida, tres noches y cuatro días, desde el 30 de octubre hasta el 2 de noviembre. Es muy posible que la intención, como señala el Dr. Ovidio Dávila Dávila, era “de crearle una terrible tensión emocional y una total imposibilidad de descanso o sueño”.[10] Según el gobernador Luis Muñoz Marín, lo mantenía asediado, pero no arrestaba a Pedro Albizu Campos ya que, aunque sabía que el líder nacionalista era el responsable intelectual, no había podido conectársele legalmente hasta ese momento con lo ocurrido.[11] Así lo anunciaría en una conferencia de prensa ofrecida el 1 de noviembre, pero no explicó por qué la policía y la guardia nacional disparaban hacia la Junta Nacional, si no tenían la orden de arresto. Finalmente, el 2 de noviembre los agentes recibieron la orden de arresto. Como consecuencia, la policía y la Guardia Nacional comenzaron a disparar e iniciaron un fuerte ataque con gases lacrimógenos para sofocarlos y rendirlos. Rivera Walker relata lo siguiente:
Esa noche don Pedro me dijo que me recostara mientras él hacia guardia y bastante tarde en la noche vino el ataque con gases lacrimógenos. No sé a qué hora más o menos sucedió eso, pero debe haber sido como a las doce, o la una de la mañana, o algo así.
Después del ataque yo me levanté, porque por la ventana donde yo dormía fue que rompieron haciendo una descarga de balas y por ahí nos lanzaron las bombas lacrimógenas. Eso lo hicieron de la casa contigua. Aunque la verdad que ya casi todas las puertas y ventanas las habían tumbado a tiros. Esa casa por dentro era como un guayo. Usted veía por todas partes como si hubieran ido haciendo hoyitos, y eran balas que venían de afuera.
Habíamos puesto una muralla de libros en las puertas, bajitos….[12]
Mientras resistían, Albizu Campos, según recuerda Rivera Walker, aún mantenía la esperanza de que las autoridades internacionales reaccionaran e intervinieran en Puerto Rico.[13] Él confió en las Naciones Unidas porque estaba seguro de que una comisión de dicha organización estaría de camino a Puerto Rico.[14] Luego el capitán de la policía, Benigno Soto, lo llamó para que se rindiera y al no recibir inmediata contestación, los tiradores de la policía que se encontraban en la azotea de la casa de enfrente y por la puerta a cuyo lado estaba colocada la cama de Don Pedro entraron balazos de metralla y seguidamente entraron las bombas lacrimógenas. Los disparos no hirieron al líder ya que pasaron sobre él, pero una bomba lacrimógena le cayó encima.[15]
Anna Feigenbaum, autora del libro “Tear Gas”, informa lo siguiente sobre los efectos de los gases lacrimógenos:
Tear gases are designed to attack the senses simultaneously, producing both physical and psychological trauma. In medical terms, tear gas operates on multiple sites of the body at once, primarily affecting the mucous membranes and respiratory system. It can cause excessive tearing, burning, blurred vision, redness, runny nose, burning of the nostrils and mouth, difficulty swallowing, drooling, chest tightness, coughing, a choking sensation, wheezing, shortness of breath, skin burns, rashes, nausea, and vomiting. Tear gas has also been linked to miscarriages, and to long-term tissue and respiratory damage.[16]
Sobre los efectos de disparar gases lacrimógenos en espacios cerrados informa lo siguiente:
Firing tear gas into an enclosed space significantly elevates the risk of serious injury and death from inhalation. It invokes trauma and anxiety in choking people in poorly ventilated spaces where there are no clear exits, which can lead to trampling and asphyxiation.[17]
Como consecuencia del ataque con gases asfixiantes en el lugar cerrado donde se encontraban, Albizu Campos quedó ciego y le dio un ataque de tos, por lo que Rivera Walker decidió socorrer y salvar a su “maestro”:
El gas es una cosa que le priva a usted de la vista y de la respiración. Una persona que reciba gas está indefensa y no puede pelear. Fue entonces que don Pedro me dijo: ‘Tenemos que bajar de aquí’. Yo le dije: ‘Aguárdeme ahí en lo que me pongo la camisa y los zapatos’, pero no encontré los zapatos. Cuando yo bajé del cuarto, don Pedro estaba al principio de la escalera esperándome. Entonces yo pasé al comedor y se me ocurrió pensar que allí abajo habían matado a uno que trató de entrar. La policía lo mató. Cayó en la escalera, allí. Nosotros sentíamos los quejidos del hombre, pero no podíamos bajar a socorrerlo. Entonces a mí se me ocurrió que, como era tarde en la noche, el pueblo no está observando, no está viendo, pues que era un momento propicio para poder asesinar a don Pedro sin que el pueblo se diera cuenta, y entonces decir que bajaron de allá arriba disparando y tirando tiros y hubo que matarlo.
Se me ocurrió que eso podía evitarse rindiéndose. Cogí una servilleta que había en una mesa y la saqué por el balcón indicándoles que nos rendíamos, y ellos contestaron: ‘Sí, bajen, sabemos que se rinden’.
Pero don Pedro no supo nada de eso. Fue solamente decisión mía. Don Pedro estaba en la escalera tratando de reponerse y esperándome para bajar. Entonces dejé esa servilleta o paño de mesa que teníamos, la dejé en un palo de una escoba, que era lo que había allí, y bajamos.[18]
Al bajar, Álvaro enseñó el paño en señal de rendición —de ello existe una fotografía en la que se le puede identificar— y ambos fueron registrados y arrestados. Este suceso fue distorsionado por el gobierno colonial con la intención de representar a Albizu Campos como un cobarde que se rendía con una toalla sobre un palo de escoba. El Diario de Puerto Rico, vocero del Partido Popular Democrático, partido administrador de la colonia, como parte de su propaganda contra Albizu y los nacionalistas, alimentó el mito con el artículo “El héroe de la toalla”, en el que se insulta a Albizu de múltiples maneras. El autor del artículo le llama “criminal vulgar”, “general de operata”, “gran Capitán Araña de la revolución en miniatura”, “Soldado de Chocolate”, “general de agua dulce”, “despreciable muñeco”, “líder de cartón”, considera su rendición como “vergonzosa”, y miente e indica que “Albizu no hizo resistencia” y que cambió sus “bombas y sus pistolas por una escoba y una toalla y como un agozado salió a rendirse, seguido del gran edecán que lo acompañaba”.[19] Para Álvaro Walker, decir que Albizu fue quien izó la bandera blanca era “un ultraje a su esclarecida persona”.[20]

El gobernador Muñoz Marín también participó en la campaña de recurrir a la mentira para presentar irónicamente al líder nacionalista como un cobarde. Indicó que su mayor indignación había sido ver como Albizu Campos “se rindió a la primera bomba lacrimógena”.[21] También, manifestó que cuando se rindió, su gobierno le dio “toda la protección que las instituciones civiles y constitucionales brindan hasta al más irresponsable y peor ciudadano de una democracia”.[22] Tal parece que, con esta narrativa, el gobernador intentó ocultar los atropellos y las violaciones al debido proceso de ley cometidos durante el asedio.
El jefe de la Policía, Coronel Salvador Roig, también participó del plan que buscaba ocultar el exceso de fuerza utilizado para lograr el arresto de Albizu Campos y su compañero de lucha. Roig mintió al asegurar que en el arresto no se dispararon tiros[23]. El periodista E. Combas Guerra, del periódico El Mundo, también participó de la campaña de desprestigio cuando escribió: “El arresto de Albizu Campos y su acompañante en el local de la Junta Nacional del Partido Nacionalista se llevó a efecto sin que se hiciera un solo disparo de bazuka o de otra arma de fuego…” Según él, sólo se habían utilizado bombas lacrimógenas.[24]
En el panfleto antialbizuista Pedro Albizu Campos: Leyenda y realidad, de Roberto F. Rexach Benítez, publicado en 1961, el autor reproduce la mentira y la versión oficialista con el propósito de denigrar la figura del patriota: “En la segunda, sitiada su residencia por agentes del orden público, durante los sucesos sangrientos de 1950, el señor Albizu Campos, en gesto patético, enarboló una toalla sobre un palo de escoba en señal de rendición”.[25]
Albizu Campos será transportado al Cuartel General de la Policía y al ver a los periodistas que lo esperaban, aún con los ojos hinchados como consecuencia de los gases lacrimógenos, dijo: “Salud a todos. Agradezco profundamente la visita. Diré que la Patria está pasando por su transfiguración gloriosa. Cumpliendo con mi responsabilidad histórica creo mi deber no hacer declaración adicional alguna. Eso es todo”.[26] Para maltratarlo, pues debían saber que sufría de los pulmones, fue encerrado en una buhardilla que servía de archivo, sin puertas ni ventanas, o sea, sin una buena ventilación, a excepción de la entrada de hierro. Tampoco tenía agua, luz, baño o inodoro.[27] Ahí se le mantuvo hasta el 12 de noviembre, según él indicó. Informó, además, que se abstuvo de declarar al ser interrogado por el fiscal José C. Aponte, quien le dijo: “Entonces usted se ampara en el derecho que le da la Constitución de los Estados Unidos a no declarar si puede con ello incriminarse”, a lo que Albizu le contestó: “Me amparo en el derecho a la revolución”.[28]









