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NaciÓN

 El paraíso de Tyler Perry

 

Lo anunció recientemente, muchos leimos la noticia y para quienes tenemos sangre en las venas esto nos dolió. El actor afroamericano Tyler Perry dijo que se mudará a Puerto Rico en busca de un refugio que le brinde paz y seguridad. Llega como tantos otros: atraído por la promesa de un paraíso tropical, por la idea de un país amable, seguro, luminoso, perfecto para criar a su hijo de diez años, Aman.

Perry —actor, director, productor, empresario multimillonario— es una figura influyente en la industria del entretenimiento estadounidense. Su obra, marcada por temas de fe, resiliencia y familia, lo ha convertido en un símbolo de superación personal. Y ahora, en su búsqueda de paz, decide que Puerto Rico es el lugar ideal para comenzar una nueva etapa.

La contradicción es brutal, mientras él encuentra sosiego en nuestro país,  nosotros vivimos todo lo contrario.

Para el puertorriqueño común, este país no es un refugio: es una prueba diaria. Es un territorio donde la luz se va sin aviso, donde el agua llega por rachas, donde la violencia se siente en la piel, donde criar un hijo es un acto de resistencia. Perry viene buscando tranquilidad; nosotros sobrevivimos a la ausencia de ella. Él llega a un Puerto Rico que le abrirá las puertas; nosotros vivimos en un Puerto Rico que nos las cierra.

Puerto Rico se ha convertido en un paraíso para los extranjeros, un país moldeado para atraerlos, protegerlos y garantizarles una calidad de vida que a los puertorriqueños se nos niega sistemáticamente. No es casualidad. Es el resultado de décadas de políticas públicas diseñadas para beneficiar a quienes llegan de afuera mientras empujan al puertorriqueño hacia la precariedad, el desplazamiento y la desesperanza.

La historia reciente lo confirma.

En 2019 quedó claro lo que muchos sospechaban: durante años, el gobierno había impulsado la creación de un Puerto Rico sin puertorriqueños. El chat de Ricardo Rosselló y su círculo íntimo no fue solo un escándalo político, sino una confesión. ¿Lo recuerdan?  Sus páginas —repletas de burlas, desprecio y violencia simbólica— revelaron un liderato que veía al país como un territorio disponible para otros, no como el hogar de quienes lo habitan. La frase “un Puerto Rico sin puertorriqueños” no fue un error ni una exageración, sino la expresión de una política ejecutada con perversidad.

Y esa política no nació en el vacío. Fue denunciada por voces que llevan años advirtiendo lo que se avecinaba.

El economista José Caraballo Cueto lo dijo con claridad cuando comenzaron a proliferar los incentivos contributivos para inversionistas extranjeros: “Estamos creando un país donde el puertorriqueño no puede vivir, pero el extranjero sí.”

La periodista Omaya Sosa Pascual, investigando el desplazamiento y la compra masiva de propiedades por fondos buitres, advirtió: “Puerto Rico se está convirtiendo en un mercado inmobiliario para otros, no en un hogar para los que nacieron aquí.”

El urbanista Javier E. Laureano lo resumió con crudeza al analizar la gentrificación en la zona metropolitana: “La ciudad se está rediseñando para quienes llegan, no para quienes la sostienen.”

Y el artista Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, lo expresó con una contundencia que resonó en todo el país: “La crisis no es casualidad; es una estrategia para sacarnos del país”.

Todas estas voces, desde distintos campos, coincidían en lo mismo: Puerto Rico estaba siendo transformado para que otros lo disfrutaran mientras los puertorriqueños eran empujados hacia la periferia, hacia la precariedad, hacia la salida forzada.

Mientras tanto, las decisiones gubernamentales han seguido la misma línea: incentivos contributivos para inversionistas extranjeros, permisos acelerados para desarrollos que desplazan comunidades, leyes que facilitan la compra masiva de propiedades por fondos buitres, privatizaciones que encarecen servicios esenciales y una narrativa oficial que presenta al puertorriqueño como obstáculo y al extranjero como salvador.

El país se vacía.

Las familias se van porque no pueden pagar la luz, porque no pueden confiar en el sistema de salud, porque no pueden asegurar un futuro para sus hijos. Los jóvenes se marchan porque aquí no hay oportunidades. Los envejecientes sobreviven con miedo a la próxima factura. Y los que se quedan lo hacen con la certeza de que el gobierno no gobierna para ellos.

En ese contexto, la llegada de Tyler Perry es un símbolo. No de él como individuo —porque nadie puede culpar a un padre por buscar un lugar seguro para su hijo— sino del país que se ha construido para recibirlo. Un país que ofrece paz, estabilidad y belleza… pero solo para algunos. Un país donde la tranquilidad es un privilegio importado. Un país donde la vida buena es un producto exclusivo que se vende al mejor postor.

Perry encontrará en Puerto Rico lo que busca: un lugar tranquilo, hermoso, seguro para su hijo. Nosotros seguiremos luchando por un país que debería ofrecernos lo mismo, pero que ha sido diseñado para negárnoslo.

Porque este país es nuestro, y lo defenderemos hasta que la paz que hoy se exporta vuelva a ser un derecho de quienes lo sostienen.