
Cuando nací, mi abuela me regaló un poema incompleto. Me dijo que lo fuera terminando según conociera mi tierra. Que era imprescindible porque, de pequeña, su padre se lo heredó. Y cuando ella se nos fue, cuando todo se tornó enrevesado y frío, mi viejo y yo recitábamos lo que teníamos hasta el momento. Eran, por decirlo así, unos versos sencillos pero que estremecían igual.
“Yo no pido regalos de lujo
Tampoco que me den alhajas
Pido del sol su embrujo
Y del mar sus eternas oleadas
Pido que mis nietos te vean
y que siempre les seas socorro
Que los cobijes con las mareas
que te protegen a ti, puertorro”
Tuve, por más que me resistiera, que callar las rimas por mucho tiempo. Con solo pensarlas, la comisura de mis labios se retraía en resignada obstinación. Fue, si me puedo sincerar, un tiempo voraginoso, entumecido por la ausencia de nuestra vate.
Eso duró hasta el día en que mi mamá- siempre sabia y bella- me reveló que las canciones son poemas y que, por lo tanto, los versos eran melodías. A trompetada y bailoteo, comencé a cantar cosas como:
“La marea y la brisa me cobijan
igual que el sol que me calienta
Todo por encargo de una hija
de la tierra bella que me sustenta”
Y fue más fácil. Cantar siempre lo hizo más fácil. Desde entonces, me persigno frente a los paisajes antes de entonar las melopeas que, seguramente, jamás terminaré. Pero de estrofa en estrofa, quién sabrá.








