Especial para En Rojo
En una sociedad en la que todo se resuelve y se piensa, exclusivamente, a partir del cálculo matemático, no hay lugar para los sueños. Según antiguas tradiciones sagradas, al principio fue el sueño y, a través de él, el Espíritu Divino escucha nuestros anhelos más íntimos. El se comunica con nosotros en las alas del sueño y en el encanto de quienes, incluso en las situaciones más crueles y terribles, no dejan de soñar.
En las sociedades indígenas, aún no contaminadas por la idolatría de lo inmediato, los sueños ocupan un lugar central en la espiritualidad comunitaria y en la propia organización de la vida.
En Brasil, diversos pueblos originarios llaman a su líder espiritual «soñador». Es al soñar y al narrar sus sueños que el padre o madre de la comunidad pueden ayudar a su pueblo a mantenerse unido, a afrontar los retos actuales y a descubrir nuevos caminos.
Varios pueblos originarios de América del Norte elaboran un amuleto llamado «atrapasueños» o «filtro de sueños», objeto sagrado originario del pueblo indígena ojibwe, de la región de los Grandes Lagos, pero que se ha extendido a diversas culturas. Por lo general, consiste en un aro hecho con liana de sauce, o de una planta similar, en el que se teje una red que parece una telaraña. Se cree que esta red funciona como un filtro que protege a las personas de la enfermedad de no soñar y del dolor de las pesadillas y los sueños que provocan miedo. Es como un purificador de los sueños y de las energías humanas.
Parece que nuestra sociedad está muy necesitada de un atrapasueños para seguir en la lucha no violenta por un nuevo mundo necesario y posible.
Aprender a soñar significa mantener el espíritu atento al sueño, incluso cuando el cuerpo duerme. Muchas veces soñamos y ni siquiera logramos recordar lo que soñamos. Cuando nos esforzamos por recordar y describir los sueños que tuvimos, parece que afloran con mayor facilidad. Hay sueños que apresuran el amanecer y otros que se aferran a la noche, como si fuera mejor no despertar. Algunos se alimentan de la memoria y envían luces hacia atrás; otros son premonitorios y miran hacia adelante. Estos pueden ser sueños de quien duerme o de quien está despierto.
Todos y todas nosotros somos compañeros y compañeras de sueño. Más allá de nuestros sueños cotidianos, podemos ayudar a la humanidad a construir un gran sueño colectivo que, según todas las tradiciones espirituales, se corresponde con el sueño divino.
Hay quienes dicen que en este mundo actual, la causa de la justicia eco-social y de la paz está perdida. Sin duda, hemos perdido muchas batallas. En las últimas décadas, las ciencias han logrado avances increíbles. Internet y la llamada inteligencia artificial han facilitado enormemente la comunicación y han hecho posibles cosas que antes eran impensables. Sin embargo, la calidad de vida y la convivencia humana han empeorado mucho.
Muchas veces, nuestra causa parece perdida. De hecho, cuando miramos al mundo e incluso a nuestras iglesias, podemos preguntarnos qué éxito tuvieron aquellos hombres y mujeres que dedicaron sus vidas a causas que parecían imposibles. Hace más de 60 años, ante multitud inmensa, reunida en el corazón del imperio más poderoso y opresor del mundo, el pastor Martin Luther King afirmó: «Tengo un sueño».
Por ese sueño de ver a todos los seres humanos libres y respetados en su dignidad, el dio su vida. Tantas décadas después, a pesar de los logros legales y jurídicos que Martin-Luther King y sus compañeras y compañeros lograron para el pueblo negro, las desigualdades sociales y la ferocidad del sistema opresor no han hecho más que agravarse para el pueblo negro, indígena y para todos los empobrecidos.
En 1980, en El Salvador, por defender la vida y la dignidad del pueblo empobrecido y marginado del campo y de la ciudad, el obispo Óscar Arnulfo Romero aceptó correr todos los riesgos y, de hecho, fue asesinado.
De hecho, aquella dictadura militar fue derrotada, pero en nuestros días, El Salvador vive una situación política que, en ciertos aspectos, es tan represiva y violenta como lo era en la época de la dictadura militar.
¿Qué éxito tuvo la lucha de los hermanos y hermanas que dieron su vida por una justicia agraria en toda América Latina y Caribe? Quienes hoy vemos a la Madre Tierra agredida y agonizante, y a los gobiernos decididos a seguir con la explotación de la tierra, del agua y de los bienes comunes, podemos preguntarnos si la lucha de tantos hermanos y hermanas, mártires de la justicia ecosocial, fracasó.
¿Cómo es posible que, en todo el mundo, la mayoría de la sociedad civil vote por políticos de derecha que usan el poder para hacer guerras y oprimir a la humanidad que sufre?
¿Cómo explicar que Iglesias que dicen tener su origen en el movimiento profético de Jesús de Nazaret parezcan encerrarse en su idolatría del poder sagrado, en su espiritualidad del sacrificio que legitima la violencia, y se muestren indiferentes ante los caminos suicidas de la sociedad dominante?
A pesar de todo esto, nuestra causa no está perdida porque es la defensa de la justicia y de la paz. Por eso, seguiremos soñando y obedeciendo a nuestros sueños colectivos. El obispo Pedro Casaldáliga afirmaba con convicción: «Perdemos batallas, pero nuestra causa, en sí misma, es invencible». Los indígenas zapatistas del sur de México lo completan: «Somos un ejército de soñadores. Por eso, somos invencibles».
El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.








