Especial para CLARIDAD
La Inteligencia Artificial (IA) y las tecnologías relacionadas no deben analizarse como una amenaza abstracta, espiritual o existencial por sí mismas, sino como parte del desarrollo de las fuerzas productivas dentro del modo de producción capitalista. El modo de producción capitalista es un sistema socioeconómico basado en la propiedad privada de los medios de producción y en el uso del trabajo asalariado. El desarrollo de las fuerzas productivas es el proceso continuo mediante el cual la sociedad incrementa y mejora su capacidad para producir bienes materiales a través de la evolución de la tecnología, la ciencia, los medios de trabajo y la experiencia de los trabajadores.
La amenaza para la humanidad no radica en la tecnología en sí, sino en las relaciones de producción —la propiedad privada y la búsqueda de ganancias— bajo las cuales esta se desarrolla. La búsqueda de ganancias puede colocar la rentabilidad por encima de las necesidades humanas y deshumanizar la producción, reduciendo a las personas a simples números, piezas de una máquina o recursos intercambiables en favor de la eficiencia y el lucro. Estas tecnologías no son herramientas neutrales, sino productos de las relaciones sociales de producción del capitalismo contemporáneo.
El desarrollo de las fuerzas productivas —la tecnología, la ciencia y el trabajo— está condicionado por las relaciones de producción —la propiedad privada y la búsqueda de ganancias—. En el capitalismo actual, la IA funciona como una mercancía y como un mecanismo de extracción y procesamiento de datos. Su desarrollo está orientado, en gran medida, a maximizar la valorización del capital, reducir los costos de producción y reproducir determinadas normas e intereses ideológicos del sistema dominante.
La Inteligencia Artificial y las tecnologías relacionadas poseen el potencial material de reducir drásticamente el tiempo de trabajo necesario, liberar a la humanidad del trabajo precario y alienante y orientar la producción hacia la satisfacción de las necesidades sociales. Sin embargo, el capitalismo genera una contradicción en sí mismo, en lugar de eliminar el trabajo precario, la tecnología puede utilizarse para ejercer un control cada vez más estricto sobre los procesos laborales y precarizar el empleo, subordinándolo a la lógica de la ganancia y la obsolescencia. La opresión se agudiza cuando la IA se convierte en una herramienta de supervisión panóptica en los centros de trabajo, mediante algoritmos que pueden medir la productividad casi al segundo, intensificando así el control y la explotación laboral.
Para el capitalismo, la Inteligencia Artificial y las tecnologías relacionadas representan una forma de automatización extrema. Los capitalistas introducen maquinaria con el objetivo de reducir el costo del trabajo vivo, incluidos los salarios de los trabajadores. En esta nueva etapa, se busca automatizar no solo el trabajo físico, sino también determinadas tareas cognitivas. Esto plantea un nuevo problema, la posibilidad de que se prioricen la velocidad, la productividad y el rendimiento económico por encima del bienestar físico y emocional de los trabajadores. El esfuerzo humano puede llegar a ser tratado como una extensión mecánica de los sistemas tecnológicos, fomentando la autoexplotación y una concepción en la que el valor de una persona se mide únicamente por lo que produce. Al mismo tiempo, el conocimiento acumulado y la innovación que transforman la eficiencia de los procesos pueden ser apropiados de manera privada. El conocimiento colectivo de la humanidad —el código, el arte, la literatura, los datos médicos y otras formas de producción intelectual— es utilizado por las corporaciones tecnológicas para entrenar sistemas de IA.
En el capitalismo, el trabajador ya se encuentra alienado de su trabajo y del producto de su esfuerzo, y ahora esa alienación puede acelerarse. El trabajo muerto —la IA acumulada como capital constante— se vuelve contra el trabajo vivo, es decir, contra el trabajador y creador humano. El trabajador puede terminar siendo dominado por un algoritmo que, de manera colectiva, ayudó a construir y que posteriormente puede utilizarse para sustituirlo. Los sistemas de IA absorben datos, experiencias y patrones producidos por millones de seres humanos para aprender de ellos. De esta manera, el conocimiento y el saber hacer de los trabajadores pueden ser apropiados, transformados en capital y posteriormente utilizados para reorganizar o incluso sustituir determinadas formas de trabajo.
La contradicción de las fuerzas productivas —representadas en este caso por la IA y las tecnologías relacionadas— surge cuando estas chocan con las relaciones de producción existentes, particularmente con la propiedad privada de los medios de producción. Solo el trabajo humano genera nuevo valor y plusvalor, del cual se apropia el capitalista. Las máquinas, por avanzadas que sean, transfieren al producto el valor que ya contienen, pero no crean nuevo valor por sí mismas. Si se reemplaza masivamente el trabajo humano mediante la IA y las tecnologías relacionadas, la composición orgánica del capital puede modificarse, aumentando la proporción de capital constante respecto del capital variable. Desde esta perspectiva teórica, este proceso profundiza la tendencia a la caída de la tasa de ganancia y puede contribuir a crisis económicas, una mayor concentración del capital, el fortalecimiento de monopolios y niveles crecientes de desigualdad.
A esto se suma el problema del consumo. Si la IA desplaza a millones de trabajadores y estos pierden capacidad de compra, surge una contradicción, ¿quién consumirá las mercancías producidas por sistemas cada vez más automatizados? Frente a esta situación, se plantea una disyuntiva entre una mayor concentración de la riqueza en manos de los propietarios de las plataformas y tecnologías, o una democratización del acceso y control sobre dichas tecnologías.
La democratización de la Inteligencia Artificiales posible, pero hay que lucharla. Reorientar la IA y las tecnologías relacionadas hacia el bienestar social exige, desde esta perspectiva, una transformación de la base económica y de la propiedad de los medios de producción, pasando del control privado hacia formas de control democrático y colectivo.
La democratización de la IA puede impulsarse mediante el desarrollo de tecnologías de código abierto (Open Source), la formación de capacidades y la construcción de soberanía digital. La formación de capacidades consiste en enseñar, entrenar y proporcionar herramientas a las personas y comunidades para que puedan realizar mejor su trabajo, resolver problemas de manera autónoma y alcanzar sus objetivos. La soberanía digital es la capacidad de un estado, organización o persona para controlar de forma independiente su propia infraestructura digital, programas, redes y datos para reducir la dependencia de grandes empresas extranjeras de tecnología.
Esto permitiría utilizar la tecnología en función del bienestar humano. La automatización de tareas cognitivas y físicas podría reducir drásticamente la jornada laboral y liberar al ser humano del trabajo tedioso y repetitivo, permitiendo dedicar más tiempo al desarrollo humano, el arte, la ciencia y el ocio creativo, en dirección hacia la emancipación del trabajo. A su vez, una producción automatizada orientada a satisfacer las necesidades humanas, y no exclusivamente a generar ganancias, permitiría aprovechar el potencial de estas tecnologías evitando su utilización exclusiva para la guerra o la destrucción humana. La IA puede entenderse como una herramienta para mejorar la productividad, impulsar la innovación y elevar la calidad de vida, siempre que su desarrollo y utilización estén orientados por criterios sociales, éticos y pacíficos.
La verdadera amenaza para la humanidad no radica en la tecnología en sí, sino en las relaciones de producción —la propiedad privada y la búsqueda de ganancias— bajo las cuales esta se desarrolla. Quién controla la tecnología y cómo la define.
Desde esta perspectiva, las distopías que presentan escenarios en los que un enjambre de bots o robots podría actuar como una supercomputadora capaz de tomar el control de Internet se alejan del problema social fundamental. El objetivo debería ser impulsar esta tecnología de manera que beneficie a los seres humanos y contribuya a protegerlos frente a sus riesgos. La IA puede considerarse el equivalente contemporáneo de algunas de las grandes transformaciones tecnológicas de la Revolución Industrial, como lo fueron las máquinas de vapor en su momento. La humanidad posee hoy una capacidad técnica sin precedentes para incrementar la productividad y reducir determinadas formas de escasez. Sin embargo, para que ese potencial tenga un impacto social positivo, resulta indispensable transformar las relaciones de propiedad y las formas de control sobre los medios de producción.
La disputa geopolítica por la Inteligencia Artificial
Por último, en la lucha geopolítica por alcanzar la hegemonía tecnológica, la Inteligencia Artificial se ha convertido en un elemento estratégico. Donald Trump ha planteado la competencia por la IA como una disputa geopolítica, al afirmar que quien gane en IA “gana en todo”, destacando así la importancia estratégica de esta tecnología. Mientras tanto, los países del bloque BRICS han planteado la necesidad de una gobernanza global de la Inteligencia Artificial basada en la inclusión, el consenso y la cooperación internacional, con un papel central de las Naciones Unidas. Dentro de estas propuestas se encuentran el uso ético y sostenible de la IA, la cooperación tecnológica y el impulso de modelos de desarrollo que contemplen el acceso y la participación de distintos países en las nuevas tecnologías.







