Especial para En Rojo
Heme aquí, un hombre.
Anticuado dinosaurio,
portador de agravios,
merecedor de condenas,
frágil soñador.
Mas no pierdan su fe en este poeta triste
que está intentando escribir un poema feliz.
Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos), Un poeta
Un poeta (dir. Simón Mesa Soto; Colombia, Alemania y Suecia; 2025) retrata el mundo decadente de un escritor melancólico en Colombia cuando la energía y la esperanza de su juventud han desaparecido. Ahora tan solo quedan el cinismo y el malestar de la realidad. Estos últimos siempre son parte de la experiencia de un artista (o de toda la humanidad), pero la inocencia de pensar que la literatura y el arte en general cambiarán el mundo, ya se esfumó en el protagonista, Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos). Da la casualidad de que vi esta película justo cuando estoy leyendo Los detectives salvajes, la novela del escritor chileno/mexicano, Roberto Bolaño. Aunque no es una autobiografía per se, Bolaño revisita el mundo literario de su juventud en México. Siguiendo los pasos de los dos líderes carismáticos de un grupo de poetas (los real visceralistas), Arturo Belano y Ulises Lima, frecuentamos las calles del DF (y más allá) casi siempre en la noche, las barras, los apartamentitos de poetas pobres que sobreviven leyendo y escribiendo con poco de comer, pero con mucho para fumar y beber. Los escritores reales latinoamericanos se entremezclan con escritores jóvenes ficticios (aunque parecen sacados del pasado de Bolaño) develando un extenso panorama literario enfocado en la década del 1970. Corremos de un baño de la universidad, donde una estudiante se esconde durante la masacre de Tlatelolco en el 1968, a las librerías donde los poetas jóvenes roban libros. Y vamos desde una barra, donde una mesera solicita un poema, hasta la casa cómoda de un viejo loco que sirve de mecenas para sus hijas poetas y otros escritores.
El universo literario de Bolaño refleja cada espacio donde artistas jóvenes reinventan un futuro. Es el Río Piedras de la UPR que viví en la década de los 1990 con brillantes libreros-poetas como Eddie; poetas que apostaban al soneto clásico como Victoria Eugenia; pintores que volaban cabezas como Ángel; performeros que transformaban sus cuerpos como Ivette. Nos convocábamos en barras oscuras para crear y dispararle al mundo fragmentos creativos, como en la Subterránea de poesía en Tito Fortuna; nos encontrábamos en la catedral para conocedores del cine, Video Place; emulábamos maestros de literatura como Rafa Acevedo, Mayra Santos y Luce López Baralt; hablábamos de maestros de cine como Diane Accaria, Rodolfo Popelnik y María Cristina Rodríguez; comentábamos la fotografía de Guy Paizy; y nos emocionábamos con los montajes de Rosa Luisa Márquez. Frecuentábamos timadores carismáticos cuyas mentiras nos inspiraban; poetas arrogantes que sentían que volaban y que, sin ellos saberlo, nos daban muchísima risa; y actores jóvenes que contaban lo que veían cuando dormían escondidos por las noches en el teatro de la universidad. Todavía pienso en los riesgos, los descubrimientos, las decepciones y los ensueños que viví ya hace casi 30 años en ese Río Piedras universitario. Un poeta representa el episodio futuro, quizás el último capítulo, de esta explosión de juventud e imaginación que vivimos muchos de los enamorados del arte. Ahora, los que no hemos muerto, llevamos vidas marcadas por esa crianza riopedrense. Óscar Restrepo es uno más de esos jóvenes poetas que apostó al arte, pero que a sus cincuenta años tan solo le quedan sus demonios, una pobreza paralizante y las ganas de haberse muerto a los 30.
En Un poeta, Restrepo no tiene trabajo, es alcohólico, tiene una hija adolescente a la que casi nunca ve, y vive con su madre por no tener dónde ir. Óscar explora en su poesía la melancolía que domina su vida. Pero Restrepo ha sido olvidado y sus colegas lo tratan como un fracasado mediocre. El espectador siente cada golpe que recibe Restrepo porque el actor, Ubeimar Ríos, enfrenta cada cantazo con resignación cuando está sobrio e indignación cuando está borracho. Su expresión eternamente arresmillada, con ojos que parecen estar al borde de las lágrimas y labios gruesos, recuerdan la emotividad de Takashi Shimura. En la famosa escena de Ikiru (dir. Akira Kurosawa, Japón, 1956), Shimura, que interpreta al protagonista, Kanji Watanabe, se mece en un columpio bajo la nieve a la espera de la muerte. Sus ojos llenos de lágrimas enseñan el triunfo que siente por haber construido un parque para los niños de la comunidad. Ambos actores llevan expresiones como máscaras que revelan el conflicto interno de sus personajes. El director de fotografía, Juan Sarmiento G., que también estuvo a cargo de la cinematografía de la poderosa The Voice of Hind Rajab (dir. Kaouther Ben Hania; Tunes, Francia y el Territorio Palestino Ocupado, entre otros; 2025), utiliza el primer plano constantemente para recalcar la tristeza que Restrepo lleva grabada en la mirada.
Restrepo comienza a ver más allá de su melancolía cuando conoce a Yurlady (Rebeca Andrade). Ella es una adolescente que viene de una comunidad muy pobre en Colombia. Yurlady escribe poesía para procesar lo que vive. Su trabajo habla de un rayo de sol que entra por accidente en su cuarto y que transforma los colores de su realidad. Ella escribe sobre las pequeñas maravillas con las que se topa en su vida difícil. Yurlady toma a todos por sorpresa con la inocencia y el poder de su escritura. Pero ¿podrá Yurlady formar parte de un mundo que ella no entiende tanto como ellos no la entienden? Mientras que Restrepo quiere que ella desarrolle su gran talento, a Yurlady le interesan sus uñas, una libreta con destellos que encontró y las responsabilidades con su familia. Escribe inspirada en la obra de Alejandra Pizarnik, la única poeta que ha leído. Aunque esto es suficiente para ella, Restrepo ve las posibilidades y oportunidades en el futuro de la joven.
En una discusión sobre poesía en la película, algunos debaten si la genialidad poética puede salir de la pobreza. La pregunta dominante entre conocedores y escritores es: ¿se puede escribir cuando la preocupación mayor es no tener con qué comer? Sin embargo, la inocente Yurlady desafía esta pregunta, que se origina en el privilegio, con su necesidad de crear para documentar ese momento cuando el viento hace bailar una cortina en su ventana. No descarto que el arte tiene el potencial de crear mundos. Pero también nos permite notar la fuerza delicada de un atardecer desde un banco en la plaza Antonia Martínez de la facultad de Humanidades en la UPR.
Un poeta espera por ustedes en Prime Video.








