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Los vuelos emocionantes en Spider-Man: Brand New Day

 

 

Especial para En Rojo

Cada película es una experiencia subjetiva. Por eso discutimos sobre cada detalle de lo que hemos visto jurando que tenemos una interpretación que supera las demás, para quizás leer alguna crítica que nos obliga a repensar todo lo que sentíamos por la obra. Generalmente no tomamos en cuenta otros elementos que definen la acción de ir al cine. No son tan solo los detalles estructurales de una película ni sus contextos políticos los que marcan el placer o el desagrado que llegamos a sentir, sino también las condiciones que nos rodean. ¿Cómo es el público con el que vemos la película? ¿Dónde tuvimos la experiencia? ¿Es un cine viejo de butacas que chillan cuando uno se sienta (de mis favoritos) o es una sala en un multiplex gigantesco? No es lo mismo ver una película como Get Out (dir. Jordan Peele, EE.UU. y Japón, 2017) en un cine viejo del Bronx, donde la comunidad hizo la experiencia más divertida respondiendo con risas y alaridos a cada giro de terror, que luchar por mantenerme despierto durante un midnight show de Bringing Out the Dead (dir. Martin Scorsese, EE.UU., 1999) en alguna sala de cine fría y vacía de San Juan. Hay elementos más allá de la película que intensifican o minimizan nuestra experiencia.

En el caso de The Odyssey (dir. Christopher Nolan, Reino Unido y EE.UU., 2026), Emily Wilson, la traductora más reciente del poema épico al inglés y cuyo trabajo fue la base del libreto, despotricó en contra de la película por sus representaciones de personajes femeninos y por su escritura problemática. Para Wilson el libreto mayormente falla por elementos del texto que ella tradujo y por la interpretación del director, Christopher Nolan. Estoy de acuerdo con algunos de sus puntos, aunque su crítica tajante a la escritura del libreto por el mismo Nolan demuestra su resistencia a leer el texto a través de otra interpretación. Un director de cine no ilustra un texto existente, sino que lo reescribe a través de lo visual. Siempre van a haber diferencias porque, así como leí la traducción de Wilson del poema de Homero, también experimenté en la pantalla grande la visión de Nolan de La odisea basada en el trabajo de Wilson. Por ejemplo, el Odiseo en la traducción de Wilson ataca a los cícones en la ciudad de Ismaro tan pronto se va de Troya. Odiseo y sus soldados matan a los hombres, secuestran a las mujeres y roban todo lo que encuentran. El ingenio de Odiseo lo salva constantemente de su crueldad y belicosidad, características que se tornan en el fallo trágico para el personaje y que provocan la ira de Poseidón. Sin embargo, el Odiseo (Matt Damon) de Nolan es un hombre abatido por el trauma de la guerra que resiste a todo para regresar a Penélope. El personaje carece de las contradicciones que hacen tan complejo al Odiseo del poema. Como fan del director y entendiendo que el amor por su trabajo no me ciega, no busco profundidad en los personajes de Nolan. Me maravillan sus mundos y sus estructuras narrativas que funcionan como mecanismos complicados y fríos, pero siempre únicos. Por esta misma línea, el personaje de Telémaco (Tom Holland) fue reducido al de un niño sufrido que espera la llegada de su padre. Telémaco nunca se convierte en el heredero de la crueldad de Odiseo, que demuestra en el poema cuando ahorca a las esclavas que colaboraron con los pretendientes. Me cansan la inocencia y los ojos llenos de lágrimas que Holland le da al personaje de Telémaco. Por otro lado, la vulnerabilidad y la empatía que Holland refleja en su personaje de Peter Parker/Spider-Man en Spider-Man: Brand New Day (dir. Destin Daniel Cretton; EE.UU., Canadá y Reino Unido, entre otros; 2026) son una parte esencial de su superpoder.

Spider-Man: Brand New Day comienza en plena acción. Peter Parker sigue sufriendo las consecuencias del hechizo que Doctor Strange (Benedict Cumberbatch) creó para proteger a MJ (Zendaya), la novia de Peter, y a Ned (Jacob Batalon), su mejor amigo, al final de Spider-Man: No Way Home (dir. Jon Watts, EE.UU., 2021). Peter sufre la soledad por la pérdida de sus amigos y la muerte de su tía, May (Marisa Tomei). Por esto, en Brand New Day, Spider-Man se tira de lleno a proteger la ciudad de Nueva York, asociándose por momentos con el huraño Frank Castle/the Punisher (Jon Bernthal), el experto en armas con la mancha de la calavera en el pecho. Parker no solo lucha con sus pérdidas, sino también con unos cambios genéticos a los que se resiste y contra un villano poderoso que desestabiliza la ciudad. La historia tiene los tropos que la hacen otra película de superhéroes de Marvel. No obstante, la actuación de Tom Holland le da una emotividad refrescante y bien justificada al personaje. Por ejemplo, su combinación con Punisher crea un balance maravilloso. Como lector de comics, nunca he seguido las historias de Punisher. Mi antipatía reciente por el cómic se basa mayormente en que la derecha conservadora de los Estados Unidos ha adoptado la calavera del personaje como símbolo de su resistencia al wokeness, de su pasión por las armas de fuego y de su apoyo a Trump. Bernthal es ideal para encarnar ese rol por su parecido al Frank Castle de los comics. Pero sus intercambios con la inocencia juguetona del Peter Parker de Holland humanizan la agresividad de Punisher. Mientras Frank Castle arremete contra sus contrincantes con su arsenal infinito, Peter siente cada golpe físico y emocional como un ser humano frágil. Además, sus intercambios son comiquísimos.

La dirección de Destin Daniel Cretton es clave. Tanto como en su previa película para Marvel, Shang-Chi and the Legend of the Ten Rings (EE.UU., 2021), que tiene un romance bellísimo entre el poderoso villano, Wenwu (Tony Leung), y Li (Fala Chen), la defensora de la mágica aldea de Ta Lo; la tensión romántica entre Peter y MJ es marcada por el olvido. Ambos son romances afectados por los superpoderes de los personajes, añadiendo una dimensión emocional interesante. Daniel Cretton crea una ciudad de Nueva York que retumba por las explosiones de los conflictos entre héroes y villanos, pero que se siente real y llena de personalidad. Spider-Man descansa en lo más alto de un edificio con el icónico vasito de café de detalles griegos (¿referencia a La odisea?) reposando a su lado, entra en alguna bodega de la ciudad y se impulsa por el aire sobre las avenidas. De hecho, el efecto del vuelo que crean Brett Palak, el director de fotografía, y el equipo de efectos especiales es glorioso. Pero no solo atravesamos la ciudad entre batallas, vuelos y fragmentos visuales icónicos, sino que el director celebra la energía vibrante de un Nueva York lleno de esperanzas durante los créditos finales de la película.

Después de haber vivido 16 años en Nueva York (2004-2020) junto a Edna, mi esposa, haber criado a nuestro hijo, Otto, en nuestro apartamentito del Bronx y haber dormido entre los sonidos de la ciudad, Spider-Man: Brand New Day me tocó profundamente, algo que no es tan común con las historias de Marvel. Mientras lloraba por esa ciudad del recuerdo y bajaban los créditos, mi hijo, que cumplió 21 años el 2 de agosto y que estudia cine en Austin, me susurró conmovido: “ahora yo sé lo que hacen todas esas personas.” No solo recomiendo Spider-Man: Brand New Day porque es una divertida película bien lograda, sino porque tiene un golpe emocional refrescante que nunca se siente forzado.