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¡Hasta la Victoria de la Idea!

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NaciÓN

Recoger los juguetes

A guardar, a guardar
cada cosa en su lugar
sin romper, sin romper
que mañana hay que volver.

(Lo que sigue es un fragmento de Las tareas, libro recientemente publicado por PLATANAL, y que forma parte de la colección Madreselva, maternidades feministas. El fragmento fue seleccionado por la autora para publicación en En Rojo)

Recoger los juguetes es lo más parecido al mito de Sísifo, en el universo infantil. La roca inmensa son los crayones desperdigados por toda la alfombra, a veces partidos en mil pedacitos y sin el papel que los envuelve, y los papelitos de a retazos minúsculos e imperceptibles, porque a Hija Mayor le encanta ahora eso de pelarlos conscienzudamente, con toda la atención del mundo puesta en la tarea. La roca toma también la forma de los rompecabezas cuyas piezas pueden estar desperdigadas en cualquier parte, pero me preocupan especialmente cuando las encuentro en la alfombrita donde apoyo al bebé. Soy una madre-rastrillo a la caza de piezas minúsculas de lo que sea, alrededor del bebé, presa del pánico frente a la posibilidad de que se me quede alguna: el borde de la tostada del desayuno, rompecabezas, migas de pan, animalitos de plástico, un arándano, piezas de encastre infinitas. Roca son los pañales llenos, en el suelo, en el borde de la cama, al pie del tacho de basura cuando ya no caben. Roca las maderitas para hacer torres y ciudades. Roca los zapatos sueltos, una media puesta como sombrero y los muñecos, boca abajo, rendidos por completo después de un día de juego con mi niña de casi tres años.

Recojo un muñequito de Cenicienta, el mismo que horas más tarde hará una exploración durante la hora del baño. Cenicienta cambia la opulenta carroza por un submarino hecho a base de una tetera de silicona, pequeñita, no necesita más: ni lacayos, ni cochero, ni zapatos de cristal; se basta a sí misma para hundirse en un tupperware con espuma, a manos de Hija Mayor. Sonrío mientras la veo hacer. Adelante, Cenicienta. Sin duda, es mucho más interesante hacer expediciones submarinas que asistir a bailes de palacio. Vamos, amiga, vete al fondo del mar, como Alfonsina, cinco sirenitas te llevarán/ por caminos de algas y de coral. Mejor sirenas que príncipes, querida, pero tu voz, tu voz, no la entregues por nada del mundo.

Recojo un muñequito de Cenicienta y me veo de pie, en el salón de clase, frente a una treintena de niños que pisan apenas la adolescencia, 12 años, 13, primer año de escuela secundaria. Soy La de Lengua y Literatura, antes de ser La mamá de, mucho antes. Digo Cenicienta y ellos, qué le pasa a esta mina, se cree que tenemos seis años, pensarán. Pero entonces, llega la magia y aunque han pasado más de diez años seguro, acaso quince, todavía recuerdo como hoy la transformación de sus gestos, no solo de sus caras, sino de sus cuerpos, coptados por la magia del relato. Al principio, lánguidos, desparramados en la silla, la mirada desconfiada que destila adolescencia en ciernes. Poco a poco, empiezo a tejer despacio. El silencio. La atención. El relato, es el relato, nada más y nada menos que un cuento de hadas en su versión germánica, brutal, alejada completamente de la fantasía gringa de Disneylandia. Se extrañan, se miran entre sí, se acomodan en el banco y splash! La sangre salpica a los de la primera fila cuando las hermanastras se cortan los dedos de los pies, los talones, el charco que crece debajo de sus faldas, los pájaros que dan el aviso, que les pican los ojos y las dejan ciegas, como castigo por su maldad. El efecto de los cuentos de hadas no falla nunca, año tras año, ahora todos quieren leer más. Sonrío. Es mi pequeña victoria. Suena el timbre del recreo y siguen comentando entre ellos, algunos se acercan a mi escritorio y me piden más relatos de este tipo, les prometo otras versiones, otros cuentos. Nos despedimos, busco un café y salgo a fumar a la calle hasta la próxima clase. Adoro a estos pibes.

Recojo, junto con los juguetes, historias, relatos, memorias. Recuerdo cómo llegaron esos juguetes a nuestra casa, quién les regaló a mis hijes cada cosa, en qué momento y por qué. Lo mismo me ocurre con la ropa, cada una de las piezas minúsculas que voy juntando del suelo, en seguida hago una lista mental de cómo llegaron a casa. Si eran nuevas o las heredamos de otros bebés, de otras infancias; si tienen manchas, qué figuras forman, en el pecho, en los puños, en el culito; si muestran algún agujerito diminuto que merece la pena alguna puntada o si el agujero ha crecido desmedidamente. En las últimas semanas, Hija Mayor ha encontrado un placer indescriptible en meter su dedito y hacerlo cada vez más grande hasta deformarlo por completo, como cuando se enrosca un rizo, entretenida, o tira de un hilito suelto o se muerde una uña.

Del piso levanto también mis propios cabellos, de a mechones, están por todas partes. Cuánto dura el posparto y la caída del pelo tan brutal, igual que se me cae el otro hilito, el del pensamiento, y no me es posible retener ideas, completar una frase, terminar una clase de forma coherente. Qué hago trabajando de forma remunerada en este tiempo, en el que mi cabeza no funciona como una intelectual, solo como madre. Funciona para recoger, acunar, dormir a mis hijes, dar teta, alimentar, bañar, vestir, consolar, amamantar, cantar una nana, cantar muchas nanas, contar un cuento, contar muchos cuentos, decir sana sana, colita de rana como una pitonisa sabia, dar el remedio en jeringuilla, reconocer el camino en medio de la oscuridad de la noche con un bebé en brazos, para cambiar pañales, abrir cajones, sacar un pijama limpio y cambiar el otro vomitado, por ejemplo. Qué es eso de trabajar como si no tuviéramos hijes y tener hijes como si no trabajáramos. Quiero tiempo para recogerme a mí misma. Recojo mis cabellos del suelo, mis ideas, mis libros, mis diarios, mis presencias, mis carencias, mis intentos de, mis ausencias de, mis tetas caídas, mi panza flojita, mis dolores de cintura, mis pies dos tallas más grandes. Recojo versos, párrafos enteros, citas incompletas, pedazos de este libro, de mi infancia, de mi maternidad primera, de mi maternidad segunda, de mi matrimonio, de mi familia de origen, de la familia que yo misma he conformado de adulta. Recojo y sostengo a mis hijes, a mí misma, a la posibilidad de ser y de hacer la madre. Del piso levanto pedazos de mí que ya no son míos, voy recogiendo la piel de serpiente de otros tiempos, la roca de Sísifo de otros tiempos, las madres de otros tiempos, las que maternaron antes que yo. Me nacen escamas, alas, cola de pez, una lengua bífida, manchas en la cara. Las madres pueden también ser monstruas y sus crías, la maravilla.