ESPECIAL PARA EN ROJO
Reflexiones maquinoscritas (I).
Bajo el seudónimo “Mynona” (una inversión de la palabra “anónimo” en alemán), Salomo Friedlaender publicó Magia gris, una novela en cuya diégesis se aspira a que la velocidad de la escritura llegue a su máximo desarrollo. Cuando se le pregunta al personaje Dr. Sueram qué es aquel extraño artefacto que ha puesto sobre su cabeza, este contesta: “Es una maquinilla extraordinariamente cómoda. Me ahorra un mecanógrafo. Estoy en el proceso de permitirles a las emanaciones etéreas de mi cerebro trabajar por mí. Hasta ahora, nuestros pensamientos, no importa cuán prácticos, han movido al mundo solo de maneras indirectas. Nuestras máquinas todavía no trabajan bajo la dirección directa de nuestros pensamientos, de nuestra voluntad. Planifico llevar a cabo una transmisión directa”. La máquina del Dr. Sueram, por tanto, conectada a su cabeza/mente, escribiría ahora según desarrolle el propio pensar.
Magia gris, del 1922, forma parte del culto a la velocidad que, mucho antes del futurismo, produjo la maquinilla. Los avances en el escritorio, en la oficina, tenían que equipararse a la aceleración en la producción industrial decimonónica, época para cuando la máquina ya se había parado sobre sus propios pies (el paso de la industria manufacturera a la gran industria, según Carlos Marx, fue el paso de la manufactura de la máquina, es decir, de la máquina hecha a mano, a la máquina que produce máquinas). Si la imprenta – la plasmación mecánica del material escrito para su distribución – representó posiblemente el primer taller industrial moderno, según Benedict Anderson, la industrialización del proceso de escritura no vino a ser una conquista tecnológica hasta el último cuarto del siglo XIX. La maquinilla permitió agilizar el dictado (Napoleón, se decía, podía dictar 9 mensajes simultáneos; ¿cuánto no hubiese podido hacer si sus ayudantes fueran, no escribanos, sino mecanógrafos?) y mejorar la capacidad para rápida y fielmente transcribir los secretos transoceánicos que se emitían vía telégrafo.

¿Debe sorprender la relación entre la maquinilla y la guerra? Qué no hubiera podido decir Ángel Rama sobre esta curiosidad de la ciudad letrada finisecular y sus tecnologías: la maquinilla no fue éxito comercial (el único éxito que conoce el capital) hasta que Remington, la manufacturera de armas, le compró los derechos a Latham Sholes – el inventor de la maquinilla moderna y el teclado QWERTY – como manera de diversificar sus inversiones, menguadas por el fin de la Guerra civil estadounidense. La compañía cambió ráfagas de balas por ráfagas de palabras. La madera del modelo de Sholes fue reemplazada por el hierro de las armas de guerra. La maquinilla se convirtió en una ametralladora de discursos, al decir de Friedrich Kittler. La nueva tecnología adquirió un caparazón para uso diario y constante, que permitió su entrada en la oficina empresarial y en la creciente burocracia estatal.
El nuevo objeto no fue de agrado transversal. En sus cursos sobre Parménides impartidas en el invierno del 1942-43 en la Universidad de Freiburgo, Martin Heidegger conceptualizó a la maquinilla como un objeto esencialmente anti humano. La mano y la palabra son aquello que distinguen al ser humano; el humano, dice, tiene la palabra en tanto tiene la mano. La mano brotó de la palabra, y con ella. La mano guía la palabra en la medida en que se usa para señalar, y al señalar, revela lo escondido. La palabra señalada es la propia escritura. (¿No es cierto que la mano, a la vez que sostiene y guía la pluma, señala?)
Pero la maquinilla se interpone entre la palabra y la mano. La maquinilla le arranca la palabra a la mano. Heidegger aclara que, mientras la maquinilla se utilice solo para transcribir lo manuscrito, sirve una función limitada aunque positiva. El problema vendría a ser escribir a través de la maquinilla. La maquinilla es, según él, una de las razones principales de la destrucción de las palabras. Degrada la palabara a un mero acto comunicativo. Como las nubes que enturbian el cielo, la maquinilla esconde la caligrafía particular de cada uno y, por tanto, su carácter. La escritura vendría a perder su cuerpo, a perder su capacidad, por tanto, de ser una práctica que une el Ser y el ser humano, a perder el origen de su esencia.

Por otro lado, el carácter personal y, en efecto, particular de la escritura en maquinillas fue primero reconocido por la literatura detectivesca. “Es cosa curiosa”, dice Sherlock Holmes, “el que una maquinilla tenga tanta individualidad como la escritura de una persona… Ninguna escribe igual que la otra”. Hasta nos indica que tiene pensado escribir un libro bajo el título “Maquinilla y crimen”, pues esta ha sido la clave para resolver más de un caso. Así hace en un cuento titulado, precisamente, “Un caso de identidad”.
No explica Sherlock Holmes el porqué algo producido en masa puede tener una identidad propia. Pero, como para casi todo, la respuesta está en el tiempo. Cada maquinilla, con el lento desgaste de sus componentes, va desarrollando características propias, a nivel del movimiento cada tecla y la particular ubicación de esta en la página, de las divergencias en la escritura horizontal, de las variaciones en los saltos verticales, elementos que hacen posible distinguir una maquinilla incluso de otra de modelo “idéntico”. En términos saussureianos, cada maquinilla tiene su “habla”.
Pero no es solo la máquina la que imprime una personalidad propia en la página en blanco. Quien sea que use maquinilla sabe que la maquinoescritura puede ejecutarse de manera tan torpe como la escrita a mano. En ese sentido, también, Heidegger desacierta – la mano no está totalmentausente, solo transfigurada. Si bien la maquinilla no forma parte del cuerpo, ¿hasta qué punto no puede ser vista como si fuese complemento, extensión del cuerpo, prótesis?
La maquinilla es, en rigor, todo menos pérdida de cuerpo. Algo que se olvida de la escritura en maquinilla es su carácter tremendamente físico, empezando por el propio peso del objeto. El dolor de la muñeca al escribir con pluma por tiempo prolongado no es ajeno a la escritura maquinillesca. La mano siente la maquinilla como si fuese empuñada por ella misma.
Hay un sentido que se añade a la experiencia escrituraria con ellas: el ruido. Cuánto se ha olvidado el escándalo que produce el teclear, capaz incluso de escucharse en otras habitaciones o, incluso, en otras viviendas, dada la cercanía suficiente. Además, posee una campana, que anuncia que se llega hacia el final de la página, y que se requiere reestablecer el carro a su inicio (el inicio: la extrema izquierda). La escritura adquiere un aspecto material que, si no quita que sea un proceso privado, hace que pierda cierta privacidad.
Pero la distinción más significativa que habría que indagar – y una de las explicaciones por la reciente fascinación en estos extraños artefactos – es que, para los escritores, y a diferencia de lo que ocurría en el mundo oficinesco, la maquinilla no representa rapidez, sino ralentización. La agilidad de la maquinilla para la transcripción de mensajes dictados o telegráfiados requiere que la mente sirva de vaso comunicante: registre lo escuchado e inmediatamente lo pase a las teclas. Pero transcribir no es pensar, y parecería que se piensa más rápido con lápiz o con pluma que a pura tecla. Dicho de manera precisa: el pensamiento salta con mayor facilidad a la página en lo manuscrito que en la maquinilla.
Quizás la clave está en una distinción hecha por Heidegger: la maquinilla es una tecnología que se encuentra en un estado intermedio entre la herramienta y la máquina. Aunque no abunde en este “estado intermedio”, se desprende su significado: la herramienta es empleada por la mano, mientras que la máquina es una fuerza creada y objetivada que se impone sobre el ser humano. Pudiéramos decir, quizás, que, desde este carácter histórico-tecnológico transitorio, la maquinilla siempre funciona como máquina en la empresa, pero, para los creadores, preserva la capacidad de servir todavía de herramienta.
La escritura a mano es heterogénea: puede hacerse lentamente, cuidando la apariencia, pensando que será leída por ojos distintos a los del cuerpo productor del texto. Pero, en el proceso de pensar o de la creación literaria, suele acursivarse, eliminando el espacio que distingue y particulariza letras y palabras creando un movimiento unificador de signos, haciendo la escritura menos comprensible para el otro (legible solo para el yo) para permitir que la palabra fluya según inspira o según se piensa. En efecto, desde el salto de la escritura en pieda a la escritura en arcilla, que permitió la innovación de la curva, superando las limitaciones de las líneas horizontales y verticales, “escribir”, al decir de Italo Calvino, “querrá decir escribir rápidamente”.
La maquinilla no permite tal variedad escrituraria. La velocidad llega a un límite: la consistencia de la letra es su fortaleza externa, pero su limitación con respecto al flujo del pensamiento hecho tinta. No hay manera de acursivar la maquinilla. En comparación con la escritura a mano, la escritura a maquinilla atraza en la medida en que no permite acelerar. He aquí una imposición del carácter maquínico, objetivo e impositivo. Pero a la vez, la experiencia de escribir con la lentitud que impone, es la de sentir posar el pensamiento sobre mí. Casi se percibe junto a uno el pensamiento, la palabra, que todavía no ha logrado materializarse en el papel. Con la maquinilla, hay plena convivencia entre ser y pensamiento. Flota antes de plasmarse en la página. Es ahora este quien señala, y, por la lentitud, se puede tomar el camino recto con mayor seguridad, a paso meditado. (Parecía ser un accidente histórico el que el recurso narrativo del fluir de consciencia sea obra consciente de la época de la maquinilla, cuando es precisamente lo que esta obstaculiza.)
No es solo la inescapable reproducibilidad de cada letra lo que impide la aceleración de la escritura creativa o reflexiva en la maquinilla. Es, también, la mayor variedad de interrupciones materiales que produce. ¿Cuándo un escritor se lamenta no poder seguir produciendo porque se le agota la libreta? Pero, ¿cuántas veces hay que momentáneamente pausar ese mismo proceso en la maquinilla por el movimiento del carro, por el cambio de hoja, algún mecanismo defectuoso, alguna errata que se busca corregir? (La escritura a mano no carga con erratas, en el sentido estricto. La errata, es decir, el error escriturario involuntario, es también una innovación industrial.) Digo pausa, no interrupción: el pensamiento sigue posado, esperando, señalando.
Las anécdotas de los primeros escritores que usaron maquinilla nos muestran esta complejidad de ritmos desiguales, igual en prosa que en verso. Un Friedrich Nietzsche enfermo agradeció que la maquinilla le devolviera el arte de la escritura, mientras sus lectores reconocieron una transformación en ella: el paso de la oración larga a la escritura en staccato, o, dicho de otro modo, “del argumento al aforismo”. T.S. Eliot, quien produjo “The Waste Land” en maquinilla, igualmente reconoció un “acortamiento” de sus oraciones, al estilo estacado “de la moderna prosa francesa”. Aclaración: acortar no es restringir, ni aplanar profundidades. Pero la transfiguración se percibe por sí sola. Si Hegel planteaba la escritura como un proceso de pensamiento, Nietzsche sería quien primero vendría a afirmar que “nuestras herramientas de escritura también trabajan en nuestro pensamiento”.
La máquina que representó la escritura veloz para el capital terminó por ser una herramienta de trabajo pausado, ruidoso, corpóreo para los creadores. (Kittler, a pesar de su agudeza, no logra captar el carácter bifronte de la maquinilla, con un rostro hacia el capital y otro hacia la creación.) Ese es el verdadero sentido del regreso a la maquinilla, la razón por la que pudo haber sido superado tecnológicamente en las oficinas pero nostálgicamente recuperado por los escritores. El sueño del Dr. Sueram es la pesadilla del escritor en el capitalismo tardío. La velociodad adquirida con las formas de escritura entorpece la premeditación, la atención, debilita la capacidad de conceptualizar, impiden lo que el propio Sueram deseaba: posar el pensamiento en la página en blanco.
Partiendo de esa verdad, he “regresado” a la maquinilla. Digo “regresado”, más bien en términos histórico-universales: nunca en mi vida había usado una maquinilla, no guardo recuerdo alguno de una durante mi infancia o adolescencia, no formaban parte de mi hogar ni mi educación. (¿Cómo es que la escritura en maquinilla se siente más superada históricamente que la propia escritura a mano? ¡Hasta el concepto de lo viejo es históricamente mutable!) Pero volví a ellas por el sueño de Dr. Sueram convertido en pesadilla: la extraordinaria velocidad de la escritura en computadora, y las infinitas distracciones de ese medio, hacían desembocar alocadamente el pensamiento sin que cauce alguno lo recogiera y encaminara. Hallé una herramienta de escritura capaz de trabajar surcos.
Reflexiones maquinoscritas (II). Libación.
Corona-Smith se fue a la quiebra en el 1995. Terminó, así, la producción de maquinillas en continente americano. En el 2011, su última manufacturera en el globo, la empresa india Godrej, cerró producción. Desde hace más de 30 años no se fabrican maquinillas en las Américas, y 11 años, en el mundo. Por eso, ahora, cada maquinilla que arriba a las manos de alguien, llega con vida pretérita. Antes, toda maquinilla era mera mercancía. Ahora, no hay maquinilla que no sea objeto aurático. Como tal, hay que rendirles tributo, en su pasado y en su particularidad.
Esta Torpedo 18B con la que escribo le perteneció a Iris Martínez, alias Yiyi. A Yiyi, sus padres le obsequiaron la maquinilla cuando se encontraba todavía en la escuela, parecería que por una materia en la que era necesaria o complementaria. No parece haberla utilizado durante sus estudios universitarios en Trabajo Social, ni en su empleo posterior. Permaneció, por tanto, resguardada en su estuche verde.
El teclado es hispano – tiene ñ, diéresis y habilidad para colocar acentos agudos. Posee un mecanismo para alterar el espacio entre líneas (un espacio, doble espacio, triple espacio, ¡cuadruple espacio!). Permite escribir en dos colores (en este caso, lo tradicional: negro y rojo). En lo que parece ser un rasgo bastante particular, carece de campana que anuncie que se acerca el final de la página, por lo que la escritura en esta es todavía más pausada – ante la ausencia de mecanismo externo, hay un detalle adicional al que uno tiene que atender y que enlentece la escritura.
La cinta de tinta gira solamente hacia la izquierda. Es decir, hay un imperfecto en su mecanismo. La cinta de una maquinilla, ante cada tecleo, se mueve ligeramente en una dirección; al llegar al final, se supone que un mecanismo la haga empezar a girar hacia el otro. La cinta, por tanto, se usa y reusa de lado a lado, hasta que finalmente se le agota la tinta. Pero en esta Torpedo 18B, cuando llega a la extrema izquierda, tengo que manualmente rebobinarla, para que nuevamente inicie su travesía zurda. ¿Será esto el eterno retorno de lo mismo al que se habría referido Nietzsche? (No he querido arreglarla – ¿cómo no tenerle cariño a una máquina que insiste en no moverse hacia la derecha?)
Recientemente, ha adquirido otra costumbre: la de saltar un espacio no premeditado entre letras. Pero solo luego de una interrupción en la escritura – es decir, cuando escribo con ritmo sostenido y periodos prolongados, la maquinilla, casi agradecida, respeta el lugar de cada letra. Mantener la escritura viva: eso parece pedirme.
Sus características ya son mías. Cuando ahora observo páginas de escritura ajena y me topo con un espacio indeseado o inexplicable entre letras, casi siento que es escritura que me pertenece, como una idea compartida con otro. Observo mi propio cuerpo.
(El autor de estas páginas mantiene un diario de su experiencia maquinoescrita, en forma de un archivo que acumula las páginas escritas. Esta es su primera publicación de un proyecto más amplio.)








