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Oscar en Casa: Bienvenida a un Gigante de la resistencia y la lucha

Hace cuatro años yo no sabía quién era Oscar López Rivera y tampoco la inmensa mayoría de los puertorriqueños. Varias organizaciones habían mantenido vigente el interés en su excarcelación, pero este éxito se centraba en los grupos independentistas de intensa militancia. La situación en ese momento la describió muy bien un amigo, conocido y respetado partidario de la independencia: Oscar se conocía solo en el “gueto de los independentistas”. ¿Cómo fue que cambió todo esto? No pretendo pensar que nuestro grupo 32xOscar fuera responsable de toda la popularidad actual, pero el sacarlo de ese gueto en gran parte fue consecuencia de varias iniciativas nuestras.

El 29 de mayo del 2013 Oscar cumplía 32 años de cárcel y escasamente seis semanas antes mi prima Sonia Cabanillas, su compañero Nick Quijano, mi esposa Myrta y yo, habíamos seleccionado esa fecha para la primera actividad de nuestro grupo, el encarcelamiento simbólico llevado a cabo simultáneamente en la Plaza de Armas de San Juan y las plazas de Caguas, Ponce, Mayagüez y Arecibo. Empezamos a medianoche. La idea era que, durante 24 horas, numerosas personalidades de nuestro País estarían simbólicamente prisioneros en una celda recreada con las mismas dimensiones en las que estaba encarcelado Oscar. Comenzamos asignando turnos de 30 minutos, pero el entusiasmo fue tal, que para poder acomodar las peticiones, tuvimos que reducir los turnos a 15 minutos y eventualmente, para evitar un motín, terminamos abriendo las celdas para lograr colocar, no individuos, sino grupos de personas. Terminaron encarcelándose importantes personalidades del mundo artístico al igual que del ámbito político, literario, médico, legal y deportivo. Hasta un religioso, famoso por su homofobia, hizo el sacrificio de encarcelarse con Pedro Julio Serrano, reconocido homosexual.

La próxima actividad fue el 23 de noviembre del 2013, cuando nuestro grupo, conjuntamente con el Comité Pro Derechos Humanos celebramos una masiva marcha en pro de la excarcelación de nuestro preso político. Con el fin de servir como himno para la marcha, 32xOscar comisionó a Rafael Taboas una canción. Él tomó prestada la melodía y la letra de la canción “Libre”, popularizada por Nino Bravo y he aquí parte de lo que él escribió y luego nos cantó Chucho Avellanet:

Tiene más de treinta años

nuestro Oscar… en cárcel federal…

pero tras la frontera está su hogar…

su fiel San Sebastián.

Para él los barrotes solo son…

un trozo de metal

Es inminente la excarcelación…

su pueblo aclamará…

Libre, como el sol cuando amanece, siempre libre…

quiero a Oscar…

Libre, como su alma que escapó de la prisión…

no hemos de claudicar…

Libre, como el pueblo que se expresa en su exigencia

y su pensar,

Camina sin cesar por la causa de Oscar…

y sabrás lo que es al fin la libertad…

Con su bandera un pueblo marchó…

cantando su canción….

¡Y cómo marchó ese pueblo solidario! Los cálculos de asistencia fluctuaron entre 35,000 a 50,000.

Las cartas de Oscar a su nieta Karina fue una de nuestras iniciativas más exitosas y su impacto en el proceso de excarcelación es incuestionable. Cuando fundamos nuestra asociación, Oscar era considerado como un gran patriota puertorriqueño, un gran revolucionario, pero lo que nadie había exaltado era su lado humano. Muchas fueron las críticas y los ataques lanzados contra nuestra colectividad al publicar estas cartas que “pintaban a Oscar como un abuelito”, desvirtuando su carácter como patriota. A nadie se le había ocurrido que era compatible el ser abuelo a la misma vez que patriota. La serie de cartas con el título de “Las manos en el cristal” cautivó el corazón de los lectores y humanizó la figura de Oscar desde la primera que publicamos en El Nuevo Día.

Las cartas a Karina revelaron los pensamientos más tiernos e íntimos y las lecciones de vida de un abuelo a su nieta. Pero más allá de eso, nos permitieron echar un vistazo al mundo secreto del preso político en la cárcel. Cómo se celebra un cumpleaños, una despedida de año, cómo se las ingenia para calentar café en su celda, los abusos cuando le botaron los materiales para pintar sus cuadros, y hasta sus vivencias con los vietnamitas en la guerra.  En esas cartas nos narró también las técnicas que usó para poder sobrevivir doce años en un calabozo estrecho y monocromático, en confinamiento solitario, con periodos en que le mantenían las luces encendidas las 24 horas del día y otros en que le despertaban cada 30 minutos. Igualmente, nos explicó en esas cartas cómo hizo para mantener una sanidad mental envidiable, cuando las estadísticas indican que la gran mayoría de los presos después de unos pocos meses en solitaria desarrolla trastornos mentales serios, incluyendo alucinaciones. De momento teníamos a un personaje, para aquel entonces abstracto, que se nos transformaba en un ser humano sensible, con el que fácilmente nos podíamos identificar. A través de sus cartas todos logramos comprender el extraordinario sacrificio de Oscar por su ideal. Como bien ha comentado el periodista Benjamín Torres Gotay, “Puede que no nos guste que López Rivera sea independentista, pero no podemos negar que dio por sus creencias mucho más de lo que cualquiera de nosotros ha dado, o podrá dar jamás, por las nuestras”.

En una de sus cartas, Oscar escribió “Querida Karina: Después de la familia lo que más echo de menos es el mar, ya han pasado 35 años desde la última vez que lo vi.” Esto nos sirvió de inspiración para nuestra próxima iniciativa, “Al Mar x Oscar”, idea de Nick Quijano. Resultó un espectáculo muy visual, emotivo y de gran colorido provisto por las múltiples pequeñas embarcaciones que zarparon de la Bahía Urbana. Una de ellas transportaba un llamativo cabezudo de Oscar confeccionado por Pedro Adorno y su grupo “Agua, Sol y Sereno”. Al atracar en la Puerta de San Juan, inmediatamente Oscar se unió en un largo abrazo a su hija Clarisa y nieta Karina. De ahí desfilamos todos a El Morro donde disfrutamos de un hermoso concierto con Chucho Avellanet, Chabela Rodríguez, Andy Montañez, la Banda Acústica Rodante, Zoraida Santiago, Christian Nieves y sus Trovadores, Los Bardos (Tuna de UPR), Cultura Profética, Así Somos, Trío Taboas-Scharrón-Calderón, Benito de Jesús, Tito Vicente, Libeth y Josean López con su trío ‘Los Ases del Recuerdo’. Esta actividad fue coordinada por Pedro Muñiz, Julio Ramos, Benito de Jesús y varios otros, e incluyó el lanzamiento de una inmensa chiringa de Oscar, obra de Rafi Trelles.

Otras funciones llevadas a cabo por nuestro grupo incluyeron “A Escribir x Oscar”, una campaña para motivar al pueblo a enviar miles de postales con mensajes de apoyo a Oscar que luego seguimos con otra campaña “A tuitear x Oscar” en la cual enviamos miles de mensajes al Papa Francisco pidiéndole su intervención en el caso de Oscar. “Rogativa x Oscar” fue otra emotiva ceremonia donde convocamos a los líderes religiosos a una procesión que comenzó en la estatua de la Rogativa en el Viejo San Juan.

Hay más, pero se acabó el espacio. Concluiré diciendo que tal y como presagió Rafael Taboas: “es inminente su excarcelación… y sabrás lo que es al fin la libertad”. Ya todos podemos comenzar a celebrar la aspirada unión de nuestro héroe nacional a su patria. Un pueblo totalmente hermanado y que por años reclamó su regreso, el 17 de mayo recibirá a Oscar eufóricamente agradeciéndole su extraordinario y noble sacrificio.

Durante su torturado y deshumanizante encarcelamiento, el carácter de Oscar fue moldeado por 12 largos años de privación sensorial en solitaria y 23 años adicionales durante los cuales ni tan siquiera le permitieron asistir al entierro de su madre. La meta final de su castigo era el “espiriticidio”, palabra que el mismo acuñó asegurando que “mi espíritu resucitará si los carceleros logran sus metas … Mi certeza radica en mi confianza en que he elegido servir a una causa justa y noble.” No fue necesario resucitar, porque sus carceleros se equivocaron al no saber aquilatar que detrás de este hombre de escasamente 5 pies con 3 pulgadas había un gigante en espíritu y resistencia. Oscar se impuso por encima de todos los arduos esfuerzos de sus carceleros por aniquilarle la voluntad que ahora resurge más fuerte que nunca.

Sería sumamente injusto despedirme sin antes reconocer la labor del mas talentoso y comprometido grupo de personas que he dirigido, las que formaron o colaboraron con 32xOscar, cuya meta ya se cumplió cabalmente y así felizmente llega nuestro grupo a su final no sin antes agradecer la devota tarea de Zulmi Santiago y Vitin Calderón en desarrollar y mantener nuestra página web al igual que la del Dr. Manuel Martínez Maldonado en servir de portavoz.

Oscar en Casa: Un hombre o una mujer que se levanta

A Luis Negrón

Próximamente publicaré un libro titulado Intervenciones que recoge las conferencias, discursos, columnas y otros tipos de escritos de los últimos cinco o seis años, que comparten el hecho de que fueron participaciones en espacios o eventos públicos. Hace unos meses, cuando preparaba el manuscrito, me sorprendió la cantidad de ocasiones en que llamaba la atención sobre Oscar López Rivera, el preso político durante más años encarcelado en América Latina. Todavía Oscar no había obtenido la conmutación de su sentencia y, según se agotaban las últimas semanas del mandato del presidente Obama, crecía el temor de que ésta no se produjera. Entonces pensé que, a mi pesar y sin habérmelo propuesto, el libro se convertiría también en el testimonio de una campaña infructuosa, otra muestra patente de la tragedia puertorriqueña relacionada con la sordera de los que nos imponen sus decisiones y leyes.

Felizmente, este no es el desenlace que se ha obtenido. Las diversas campañas y grupos que lucharon por la excarcelación de Oscar lograron su objetivo. Regresó al país en enero y, luego de un absurdo arresto domiciliario de cuatro meses, quedó libre el pasado miércoles 17 de mayo.

Recuerdo la primera vez que reclamé su liberación públicamente. Ocurrió en la Feria Internacional del Libro de Lima, donde formaba parte de la delegación puertorriqueña que se encontraba allí por motivo de que la Feria estaba dedicada a nuestro país. En la inauguración se me pidió que me sentara en la mesa presidencial. A mi derecha tenía al Ministro de Cultura, a mi izquierda la vice embajadora de Estados Unidos. El mayor auditorio del recinto ferial estaba colmado de público y afuera se desarrollaba una ruidosa manifestación contra el funcionario que tenía a mi lado. La ceremonia avanzó con partes iguales de protocolo y caos. Luego que le tocara el turno al micrófono al ministro, que fue abucheado ruidosamente, y a la vice embajadora estadounidense, anunciaron mi nombre. Cuando desde el podio levanté la vista, encontré una multitud que me miraba fijamente. Hablé de Puerto Rico, del hecho de que era el único país latinoamericano que había sido conquistado en dos ocasiones, de cómo esto obraba para aislarnos y cómo esta circunstancia multiplicaba nuestra incomprensión. Quise ilustrarlo con un ejemplo y aludí a Oscar López Rivera. El preso político más longevo del continente era un puertorriqueño que llevaba entonces 32 años tras las rejas y que había sido sometido a doce de reclusión solitaria. En algún momento, escuché que mis palabras eran interrumpidas por un mínimo aplauso. Escruté la sala y vi, en una de las primeras filas, la figura solitaria del escritor Luis Negrón que se había puesto de pie a aplaudir. Poco a poco, como una marea que arriba sin prisa pero sin pausa, fueron parándose los miembros de la delegación puertorriqueña y luego, fila tras fila, el auditorio entero.

Nunca olvidaré la valentía de Luis. De manera inesperada, sobre ese estrado, había vivido una gran soledad. Le hablaba a gente de algo que no conocían y que podían despachar fácilmente. Después de todo, allí mismo, los limeños estaban inquietos por otras causas, como lo atestiguaban las voces que llegaban desde los altoparlantes ubicados en una calle aledaña.

Después de esa ovación, iniciada por un hombre que se puso de pie, la sala escuchó atenta y aun los gritos de la protesta amainaron. El público interrumpió con aplausos en más de una ocasión. Cuando volví a la mesa, un político puertorriqueño, pidió la palabra e hizo una declaración en nombre del gobierno que representaba a favor de la excarcelación de Oscar.

Un poco más tarde en el día, me enteré de lo que mi intervención había causado. La vice embajadora de Estados Unidos se había retirado del evento y su embajada le había retirado el apoyo a la Feria. En el almuerzo, una funcionaria latina de la embajada norteamericana se me había acercado haciéndose pasar por una lectora entusiasta. Tras bastidores se había producido un pequeño escándalo.

A partir de entonces, en viajes incontables, fui detenido en San Juan y en otras muchas ciudades. Los funcionarios de inmigración, invariablemente, seleccionaban “al azar” alguien a quien revisar con particular atención, y esa lotería siempre me tocaba. Casi enseguida comencé a ganar “el Gordo” de las pruebas de parafina. Por si alguien lo desconoce, este examen se realiza para comprobar si un pasajero ha manejado explosivos en las últimas 24 horas. En dos ocasiones, una al salir de San Juan y otra al regresar, el resultado fue positivo.

Invariablemente el candado de mi maleta llegaba a su destino forzado. Dentro dejaban una hoja del gobierno de Estados Unidos que informaba que el equipaje había sido examinado por motivos de seguridad. Esto ocurrió tantas veces, que comencé a coleccionar las hojas y, al viajar, ponía cuatro o cinco sobre mi ropa en la maleta. Así procuraba comunicar el sinsentido de la vigilancia a la que había sido sometido.

He afirmado en más de una ocasión que la gran tragedia puertorriqueña consiste en que ya por más de un siglo, nadie contesta el teléfono en Washington. No importa quien llame, da igual que opción política favorezca. Por ello es por lo que los plebiscitos quedan sin repuesta y tantos otros reclamos del pueblo puertorriqueño. Sin embargo, este desinterés es aparente, como demuestra el caso muy menor que acabo de referir. Washington escucha atenta pero perversamente. La comunicación es casi nula y asimétrica y no se da a cara descubierta, pero existe una escucha y expresión constantes aptas para intimidar, influir y silenciar.

Luego de esa vez en Lima, hablé y escribí, en Puerto Rico y el extranjero, en muchas ocasiones sobre Oscar. Uní mi voz a las de miles de personas de muchas partes del mundo. La sordera estadounidense es una forma de agenciar el control y el poder, pero a lo largo de años supo de cada manifestación de libertad para Oscar. Al final, el presidente no pudo sino reaccionar a nuestro reclamo, que se había convertido demasiado grande e incómodo.

El miércoles pasado, al ver en la Plaza de la Convalecencia de Río Piedras, a Oscar López Rivera, recordé que en un discurso sobre él, propuse que esa plaza se rebautizara con su nombre. Así dejaría de llevar uno alusivo a la enfermedad, a la larga convalecencia en la que se ha convertido nuestra historia, y portaría el de un hombre que venció décadas de reclusión y maltrato. Oscar, entre otras cosas, es alguien que triunfó, en circunstancias terribles, la degenerante enfermedad del colonialismo. También recordé entonces a Luis Negrón en esa mañana de Lima. Un hombre que se puso de pie y aplaudió cuando nadie había reunido el coraje para hacerlo. Ese gesto que presencié de cerca es el que muchos miles de puertorriqueños repitieron después durante años. Con valentía, exponiéndose a la escucha perversa y la intimidación del poder colonial estadounidense, dejaron patente lo que sentían y pensaban. Ese esfuerzo se convirtió en un camino que nos trajo hasta esta victoria. En ese camino, el primer paso, es el de un hombre o una mujer que se levanta.

Oscar en Casa: Oscar: Símbolo de una nacionalidad que no se puede marchitar

Cada uno de nosotros creció bajo el asedio de la eficaz campaña antiindependentista orquestada por el régimen colonial. La comparsa compuesta por la educación oficialista, ciertos medios de comunicación y el folclor local transmitían por todas las vías posibles los mitos sobre la independencia que aún hoy están incrustados en la siquis de tantos compatriotas.  Lejos de la protección salvadora de los Estados Unidos, se nos decía, nuestra patria estaría condenada a la bancarrota, el desasosiego, la imposición de una dictadura y el exilio de cientos de miles: precisamente los males con los que hoy nos azota el ELA.  Pero esa demonización del afán de libertad no podía estar completa sin una lección más concreta y precisa, sin la inflicción de los más terribles sufrimientos sobre seres humanos cuyo padecimiento actuara como advertencia inequívoca.  Y el vehículo para ese ejemplo aleccionador fue el encarcelamiento de independentistas.  Recuerdo la vividez con que mis padres me contaban (sin haberlo presenciado ellos) de los arrestos a los independentistas de Adjuntas tras la Revolución de 1950, cuando bajo la tutela del “chofer del whisky americano” comenzó la represión en su forma más extendida.   Pero no fue hasta más tarde, a través de esos libros ausentes en las escuelas precisamente porque son  esenciales para entendernos como país (los trabajos de Miñi Seijo, Marisa Rosado, don Heriberto Marín, y otros) que pude apreciar con mayor claridad la extensión de la sumisión malévola de quienes, desde el poder insular, se prestaron para lastimar a los suyos y congraciarse así con los Estados Unidos.

Fuimos educados con la cartilla del colonialismo: el encierro, en condiciones inhumanas, de los nacionalistas insurrectos; las duras imágenes de don Pedro torturado por quemaduras inexplicables; las largas condenas de Oscar Collazo, Lolita Lebrón, Rafael Cancel Miranda, Andrés Figueroa Cordero e Irving Flores.  Ese fue el material didáctico del que se valió los Estados Unidos para enseñarnos que el martirio es el precio del desafío al imperio.  A esa represión más visible se unió el más discreto ejercicio del carpeteo, que prevaleció hasta finales del siglo XX (y con seguridad aún existe en otro formato).  Pero el efecto disuasivo no fue completo. Desde un flanco distinto, gestado en buena parte en “las entrañas del monstruo” y vinculado a otras luchas de reivindicaciones políticas y sociales en los Estados Unidos, se levantaron otros combatientes, entre ellos Oscar López Rivera, a los que también se castigó con extensas condenas.

Lo que ocurrió entonces en Puerto Rico es, me parece, una de las más claras representaciones del carácter de una nacionalidad que como mejor se describe es como lo escuché alguna de voz de aquel espíritu sublime, don José Ferrer Canales: inmarcesible, que no se puede marchitar.  Poco a poco, se fue extendiendo el reclamo para la excarcelación de los independentistas.  Cuando en el 1979 el presidente Carter accedió a la liberación de Lolita, Oscar, Irving y Rafael (Andrés, gravemente enfermo, había sido excarcelado antes para que muriera en su patria), no sólo se les recibió como héroes, sino que se convirtieron en símbolos vivientes de resistencia, respetados mucho más allá del independentismo. Luego de los arrestos de Oscar y de los demás compañeros a principios de los ochenta, la exigencia de libertad para los nuestros empezó a tomar otra forma.  El esfuerzo de instituciones políticas y cívicas, alcanzó una resonancia enorme. Y aquí me permito reconocer de forma especial, porque tuve el privilegio de apreciar de cerca su trabajo, a dos figuras que han encarnado como pocas la más auténtica solidaridad: Luis Nieves Falcón, quien se hizo abogado sólo para tener la posibilidad de visitar en calidad de tal a los presos políticos, y fue uno de los fundadores del Comité pro Derechos Humanos, hoy bajo la dedicada dirección del Lcdo. Eduardo Villanueva, y Jan Susler, quien (también con otros abogados del People’s Law Office) se dedicó a un auténtico apostolado jurídico por la excarcelación de nuestros prisioneros.

Así, con el curso de los años, la causa por la liberación de los presos políticos, que en un principio fue una exigencia animada por y expresada desde el independentismo, creció hasta convertirse en un reclamo impulsado desde la conciencia de la nacionalidad, compartido por muchos que todavía no están convencidos de que debemos mandar en nuestra tierra. En ese sentido, la larga jornada por la excarcelación de nuestros presos, tiene importantes tangencias con la lucha por la Paz para Vieques.  En ambas, aun a los ojos de quienes aspiran a alguna forma de “unión permanente” con los Estados Unidos, ese país se reveló como el victimario abusivo e insensible cuyas injusticias hacían blanco en nuestros compatriotas.  Esa poderosa fuerza de la identidad nacional encontraba al fin un cauce de reivindicación política, más allá del nacionalismo liviano del deporte y el certamen de belleza.

Ernesto Sabato escribió que no se puede vivir sin héroes ni santos ni mártires. Todos necesitamos una reafirmación de las posibilidades más sublimes de nuestra humanidad.  Eso han significado nuestros presos políticos. Nuestra generación ha tenido el privilegio de nutrirse de  la espiritualidad de doña Lolita, la combatividad de don Rafael y la resistencia de Oscar.  Ha sido la extraordinaria entereza de nuestros presos políticos la que ha convertido aquella macabra lección de sumisión en una cátedra de dignidad nacional.  El heroico gesto de Oscar al negarse a aceptar el indulto si ello implicaba dejar en la cárcel a alguno de sus compañeros nos recordó las dimensiones más altas de la solidaridad. Su generosidad y transparencia nos descubren la inutilidad de odios y amarguras.  La estoicidad sin aspavientos de 35 años de encierro, 12 de ellos en confinamiento solitario,  nos demuestran cuánta fortaleza da la convicción.

La excarcelación de Oscar es un triunfo enorme de nuestro pueblo, una victoria de nuestra nacionalidad, en el sentido más amplio, el de la admiración por quien representa las virtudes que de alguna forma nos definen como pueblo.  Somos una nación que tras 119 años de dominio del imperio más poderoso que ha conocido la historia, ni nos asimilamos ni nos rendimos.  El cautiverio de Oscar es la metáfora de esa voluntad de persistir.  Que el reclamo de su liberación se convirtiera en uno masivo –incluyendo a figuras cuyos partidos políticos fueron, en su momento, colaboradores incondicionales del gobierno estadounidense en su faena de persecución al independentismo– es un testimonio de lo que puede alcanzar la persistencia de una causa justa, impulsada al principio por una minoría, y de cómo, en los momentos trascendentales, se impone por encima del cautiverio sicológico del colonialismo, la fuerza de nuestra identidad.

Oscar está, al fin, en casa.  Es momento de celebración y también de renovar votos con la lucha por la cual tanto sufrió.  Logramos, con una extraordinaria conjunción de voluntades, la excarcelación de Oscar. Vamos ahora a la liberación de la Patria, a la plenitud de esa nacionalidad que no puede marchitarse.

La autora es Vice Presidenta del PIP.

Oscar en Casa: Distancias

Cuando me dijo el corazón: —Afuera,

frente a la reja carcelaria espera

inútilmente verte tu Consuelo,

pensé…

eso que piensa aquel que la mirada

tiene hundida en la noche de la nada

y quiere ver el cielo.

Cuando la larga ausencia

llenó con su presencia

en inhóspitas playas extranjeras

un recuerdo de infancia

(esa extraña fragancia

que suave exhalan las nocturnas eras,

o aquel manso ruido

de la avecilla que abandona el nido,

bien de la hoja al árbol desprendida,

bien del viento en los sauces del camino

o del riachuelo el paso peregrino

entre la suave arena ennegrecida,

o ese fantasma del presentimiento

que nos llega en el viento

y nos hace mirar por la ventana,

cual si una alerta el corazón sintiera

y sintiendo pudiera

ver escrita en la noche la mañana).

Mi corazón solía

gozar la epifanía

de las cosas lejanas muy cercanas

beber su poesía (1)

y no sufrir la fría

soledad de las cosas tan lejanas.

¡Suertes que juega el ágil rapacillo

al corazón sencillo

que sabe amar humilde y bravamente!

¡Nunca estaré yo preso

en enemigas manos, tan opreso

que no aspire mi pecho libremente,

e ilumine lo obscuro

y salte sobre el muro

y al campo de mi patria raudo vuele

adonde monte el potro la lomada

y en la flor rociada

el zumbador revuele!

Mas, he aquí la muralla,

la reja, la metralla

sin alma que vigila

entre tu espera inútil a la puerta

y mi rabia despierta

que hacia una fútil decisión oscila!

Nunca ocurriera al pensamiento antes

que las cosas distantes

habiendo estado otrora tan cercanas,

el dulce bien amado

tan cerca de mi lado

forzáranlo a distancias tan lejanas!

Cierto que a este presente

no remedia lo ausente,

dulce imaginación que el bien augura

y a la distancia aspira suave esencia.

No cura esta dolencia

“sino con tu presencia y tu figura”.

Estas distancias de ahora:

esa ametralladora,

el kaki sudoroso,

el fusil recostado

y hasta el sol recortado

y a ración como bálsamo precioso,

injurias son que al corazón invitan,

llaman y solicitan

hasta la irracional temperatura.

Pero a mi fe triunfante

sostiene lo que amante

tu persona a la puerta transfigura.

Y esto pienso esta noche en La Princesa:

La lucha nunca cesa.

La vida es lucha toda

por obtener la libertad ansiada.

Lo demás es la nada,

es superficie, es moda.

Patria es saber los ríos,

los valles, las montañas, los bohíos,

los pájaros, las plantas y las flores,

los caminos del monte y la llanura,

las aguas y los picos de la altura,

las sombras y los colores

con que pinta el oriente

y se despinta el occidente,

los sabores del agua y de la tierra,

los múltiples aromas,

las hierbas y las lomas

y en la noche que aterra

el trueno que retumba en la negrura,

penetrar la espesura,

ver como en un relámpago la senda,

y de un trago apurado

el soplo de huracán, entusiasmado

reconocer las bestias de la hacienda.

—La Patria es la hermosura

con que yergue su mágica escultura

la letra, el libro, el verso,

y, vestida de gloria,

verla cruzar la historia

hasta la plenitud del universo.

—Tomar su cardiograma

y ver cómo le inflama

la salud los rubores.

Besarle su bandera,

soñarle su quimera

y amarle sus amores.

—Pero en la dura prueba

cuando la Patria abreva

de nuestra propia vida en la corriente:

la Patria estremecida

que lleva por coraza nuestra vida;

esa Patria exigente

que impone su silencio o su palabra

y con sus manos labra,

en la sangrienta masa de dolores

a golpes de centella

la forma de una estrella,

un canto de fulgores,

cierto momento, un día

tras la muralla fría

de la prisión, un preso

meditará ese juego de distancia

entre su muda estancia

y el cercano embeleso

que le dice al corazón: —Afuera,

junto a la reja carcelaria espera

inútilmente verte tu Consuelo—.

Y siento como aquel que la mirada

tiene hundida en la noche de la nada

y quiere ver el cielo.

Oscar en Casa: Con el mar a sus espaldas

En la celebración de su excarcelación, Rio Piedras 2017. Archivo CLARIDAD

Este miércoles 17 de mayo a media mañana la playa del Escambrón no mostraba su más fuerte sol, pero aun así brillaba la alegría. El calor de gente era intenso e inmeso como el mismo mar. Unas horas más tarde de haber culminado el periodo de tres meses de arresto domiciliario por fin el patriota puertorriqueño, Oscar López Rivera, pudo acercarse totalmente libre y ver ese mar que tanto anheló durante los 36 años que pasó en prisión.

Como lo había anticipado en varias ocasiones, el ya ex prisionero político puertorriqueño ofreció su primera conferencia de prensa con el mar de fondo: la playa del Escambrón, que preside la entrada a la isleta de San Juan. López Rivera llegó cerca de las once de la mañana a la playa caminando desde el Puente Dos Hermanos, acompañado entre otras personas por su hija, Clarisa, su abogada Jan Susler, la concejal de la ciudad de Nueva York, la puertorriqueña Melissa Marck Viverito y sus camaradas, Adolfo Matos, Carmen Valentín, Luis Rosa, Alberto Rodríguez y Juan Segarra Palmer.

Entre los presentes que le esperaban destacaba el grupo de 36 Mujeres por Oscar, a quien éste ha llamado las “amazonas boricuas”, militantes independentistas, incluyendo personas de la diáspora, presos políticos puertorriqueños de generaciones anteriores y estudiantes universitarios.

“Luego de 36 años de espera finalmente mi papá regresa en libertad a su Patria. Todos me conocen como la única hija de Oscar. Desde el día de hoy eso cambia. No soy la única hija de Oscar, los hijos de Oscar y las hijas de Oscar son los estudiantes que están en la Universidad de Puerto Rico resistiendo y luchando”, fueron las primeras declaraciones de Clarisa, quien dio comienzo a la conferencia de prensa.

“Mi papá ha sido el mejor ejemplo de resistencia y lucha. La espera ha terminado, mi papá se integra a la sociedad como llegamos aquí, juntos, de la mano a hacer patria. Así que hoy no es mi día, hoy es el día de dar gracias a todos los que hicieron posible que papi llegara aquí. Hoy es el dia de que también le permitamos a él, luego de tantos años de no tener acceso a ningún medio en vivo, expresarse para que lo escuchen y que él los pueda escuchar a ustedes. Así que gracias a todos. Ese mar que hacía más de 36 años que él no veía nos acompaña también hoy. Gracias, gracias, mi papá regresó a casa”, manifestó Clarisa para de inmediato pasar el micrófono a su padre.

En su suave tono de voz, un emotivo Oscar procedió a leer unas declaraciones en las que dio las gracias a todas y todos aquellos que de una manera u otra apoyaron su excarcelación. “La felicidad que siento en este momento quiero compartirla con todo (a) boricua aquí y en la diáspora puertorriqueña. Y quiero que todos (as) sientan la inmensa gratitud que llevo en mi corazón por todo el apoyo que me han dado. Pero también que sepan que ha sido la lucha de ustedes y de las personas amantes de la justicia y la libertad los (as) que han hecho posible que yo esté aquí”.

En una acción de que ‘lo cortés no quita lo valiente’ el patriota puertorriqueño al dar las gracias a los diversos grupos y personalidades internacionales que apoyaron su excarcelación, incluyó a los expresidentes estadounidenses, Jimmy Carter, Bill Clinton y Barack Obama, los cuales cada uno en diferentes fechas ha excarcelado a presos políticos puertorriqueños.

En su mensaje, además, Oscar López habló sobre su deseo de visitar los 78 municipios para dialogar y compartir ideas y promover la unidad, abordó la situación del país y la presencia de la Junta de Control Fiscal. Por último explicó por qué vestía ese día de negro.

“Primero, porque durante los años que estuve preso nunca pude vestir de luto cuando seres queridos morían. Segundo, porque se celebra el Día Internacional en Contra de la Homofobia y Transfobia y quiero expresar mi solidaridad con esa comunidad. Tercero, porque quiero expresar mi solidaridad con el movimiento “Black Lives Matter” cuarto, porque mi mensaje es, y será uno de amor, y no de odio o de miedo. Quinto, para expresarles mi solidaridad a los(as) presos(as) políticos(as) estadounidenses y a Ana Belén Montes, Sexto, expresarles a los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico mi solidaridad. Digo vivan los estudiantes, viva la comunidad LGBTTIQ, viva la lucha por un mundo mejor y más justo”, conclyó su mensaje el patriota puertorriqueño.

Luego del intercambio con la prensa López Rivera pidió de “todo corazón” a que fueran en la tarde a la Plaza de la Convalecencia en Río Piedras para el recibimiento de pueblo.

Rostros alegres, lágrimas a flor de piel, la alegría de la juventud, y mirada reflexiva de los mayores, la curiosa y feliz de niñas y niños, todas ellas se repartían por la plaza de Río Piedras, durante la fiesta de bienvenida. Oscar llegó rayando las cuatro de la tarde a la plaza y desde la tarima saludo a su gente. Al circular en las cercanías de la tarima fueron cientos los que se ingeniaron para tomarse una foto, de las cuales Oscar no rechazó ninguna y mostró su actitud generosa para con los niños.

Mientras, la tarima era conducida por las artistas Cristina Soler y Magali Carrasquillo. La participación musical estuvo a cargo de un grupo de músicos participantes de la producción musical, La vida es lucha toda, dirigido por Rucco Gandía. La veterana canta autora de música típica Flora Santiago, inició la fiesta, otros que ofrecieron su arte en celebración fueron, Roy Bronw, Zoraida Santiago y el reconocido cantante de salsa Andy Montañez.

Luego de un largo día de saludos y entrevistas con los medios, a unos minutos de las siete de la noche Oscar ofreció un corto mensaje, en el cual exhortó a que los puertorriqueños “hemos llegado a un momento de despertar descolonizador”, por lo que había que descolonizar nuestras mentes para descolonizar nuestra patria para lo cual tenemos que tener unidad. “Sin la unidad no vamos a descolonizarnos”.

Para cerrar la actividad artística el Coro Sinfónico, integrado por jóvenes ofreció una emotiva y cuidada interpretación de la canción del artista Calle 13, Latinoamerica, la que contó con una interpretación de mensaje de señas.