spot_img

¡Hasta la Victoria de la Idea!

Lo más leido

spot_img

NaciÓN

Viento en popa el ecocidio de Moncayo

CLARIDAD

Fajardo— El 2 de agosto, un puñado de personas se dio cita en el barrio Quebrada Vueltas. Integrantes de la comunidad, activistas, un excandidato a la alcaldía y varios pescadores planificaron salir, a las 9:00 a.m., a recorrer la costa inmediata donde se construye Moncayo, el megaproyecto lujoso que se vale de permisos viejos. En el aire, la bruma y el follaje, desamparados por la lluvia, lucían un aspecto seco, predispuesto a la llamarada. Ciertos matojos yacían chamuscados.

El grupo inició la caminata por el último camino vecinal que sobra tras la llegada de los constructores. Una vereda terrosa que conduce a los márgenes de lo que, según comenta uno de los pescadores, sería el campo de golf más grande en Puerto Rico. En dos puntos extremos, varios chorros vertían borbotones de agua sobre el lodo y la arcilla amarillenta que forraba el suelo. Quienes quieran recorrer estos caminos, cuentan los vecinos, deben mantenerse por un camino delineado.

“Ellos le ponen las estacas para formar este camino. Este es el caminito por el que podemos llegar a la costa”, asegura Manuel Manolo Muñoz, vecino y pescador. Al final, asomada la orilla, dos tubos blancos vierten un líquido pestífero en las raíces de un manglar. Manolo confirma que se tratan de aguas usadas que los trabajadores depositan en estas zonas. Más allá, tras una parrilla improvisada y otros manglares truncados, dos tubos más desechan otro espumajo en un charco turbio.

Frente a la parrilla, parapetada por más estacas y plásticos divisores, unas mesas de comedor descansan sobre la arena fina que los vecinos describen como «arena de río». Lo dicen con desprecio, como quien no se deja engañar tras una vida de respirar y sentir y digerir el salitre cual otra vitamina más. Moncayo bautizó esta área como “Playita 1”. Con vista directa a la marina Puerto del Rey. Con intenciones claras de armar otro muelle que conecte con aquel, aseveró otro pescador. Aquí, con libreta en mano, don Manolo explica por qué los desarrolladores violan la zona marítimo-terrestre. Múltiples oficiales de seguridad iban y venían a vigilar el área.

Fotos por Christian Medina Rosado

“Se supone que ellos dejen, como mínimo, 30 metros entre el espacio donde rompe la ola y donde marcan el deslinde. Mira donde lo marcan, muchísimo antes”, cuenta ante el grupo, que ahora descansa y manduca papitas. Algunas activistas cuestionan la viabilidad y legalidad de los planteamientos de Muñoz, quien responde más o menos lo mismo que todos los vecinos: “Ellos vinieron con los permisos del proyecto viejo, el del hotel que querían hacer”.

Moncayo nació con una herencia de permisos: en la década de 1990, otros dos desarrollos intentaron asentar sus operaciones en este litoral, donde el Caribe saluda al Atlántico. El primero, Cayo Largo, eventualmente se convirtió en un ambicioso Four Seasons que hoy solo forma parte de los permisos que utiliza el nuevo megaproyecto. Ahora, aseguran los vecinos, Moncayo absorbió y amplió el alcance que contemplaban estos hoteles-residencias.

Al concluir la presentación de Manolo, el grupo se dividió. La primera parte partió por limitaciones de tiempo y la segunda caminó hasta las primeras villas completadas. El camino, hecho de piedras resbalosas a la servidumbre de unos farallones, recibía el embate constante de las olas. Cuando aparecía un camino, solía estar compuesto por una capa gruesa de algas y sargazos que expedían tufos rancios. La peste le ha merecido, a esta área, el mote de Sargazo Beach.

“Mira cómo ponen los tubos en la misma agua, en el mangle”, reiteraba Manolo.

Manolo Núnez

Al llegar a la última costa, las villas develaron la orilla más ancha de todo el proyecto. Casonas de estilos contemporáneos, con ventanales y puertas que miden tres veces sus posibles huéspedes. En la entrada de este promontorio lujoso, protegido por oficiales de seguridad privada, un índice muestra una imagen modelos de las villas. Ninguna contempla el manglar inmediato, despejándolo de la foto como la promesa de un paisaje futuro. Al horizonte, se ven las palmeras privadas de la Isla de Ramos.

“Isla de Ramos siempre ha sido privada. Dicen que Moncayo contempla comprarla y, de hecho, la incluyen en los planos como parte de los espacios que tendrán”, aseguró Antonio Prieto Colón, excandidato a la alcaldía de Fajardo por el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP).

De regreso, poco después del mediodía, varios oficiales impidieron el acceso de CLARIDAD y el grupo a la zona de las villas. De manera que regresaron por donde vinieron: por el trayecto escabroso de las piedras resbalosas. Y a lo lejos, a modo de ilusión, un nubarrón parece arrastrar lluvia o más bruma.