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¡Hasta la Victoria de la Idea!

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NaciÓN

Vivo en un pueblo de cuento. (3)

 

Periodista okupa en Casa Pueblo

El niño

3.1 Introducción

Esta mañana he salido al balcón de la Casa de las Mariposas y una nube de flores amarillas bailaba con el viento. He parpadeado un par de veces y entonces he visto que eran mariposas rubias. Me bajó la nota no sé qué pajarraco del demonio que me taladraba el oído derecho con su insistente piú, piú, piú, chochín, chochín, chochín, piú, piú, piú.

Tardé dos semanas en entender a Melvin, un personaje vivo tan querido en Adjuntas como don Alexis Massol. Ese es el que la segunda vez que subí al colmadito de Sharon en el Alto de Cuba me dijo “se te quiere”. El que a partir de la tercera ocasión que compartimos me dice cuatro veces “te quiero” cada vez que me ve. Se la pasa con Piasita en lo de Sharon y si él está sentado al lado de don Wilfredo Piazza Monroig cuando yo llego, me cede la silla. “Que no hace falta, Melvin, quédate ahí”. Pero mi poco confiable pareja de dominó se desvive por los demás y no hay manera de convencerlo de hacer lo contrario cuando él ha decidido ofrecerte lo que sea. Muchos colmados y chinchorros familiares de Puerto Rico disfrutan de esa figura: ese señor sin horario regular, pero que se la pasa allí ayudando sin salario fijo por un par de cervezas, el almuerzo y algún guiso o mandado, al supermercado o a la ferretería, que le pueda salir con alguno de los clientes, habituales o pasajeros.

Melvin me recordaba a Ojitos, del callejón de la Tanca, o el Quemao del Batey, en el Viejo San Juan.

Pero Melvin tiene un superpoder. No hay doña que pase cargada ante su vista a la que no la libere del peso y la acompañe hasta su casa con las compras. No hay carro que pase por el negocio del que no sepa la historia de su dueño o dueña porque les hizo un favor. Hace unos días se perdió por un rato y apareció luego con un saco de aguacates que repartió entre los parroquianos. Estaba riquísimo el que me tocó a mí.

Esta mañana subí temprano al negocio de Sharon para llevar ejemplares calentinos del periódico de Casa Pueblo. Antes de llegar, me crucé con Melvin, que iba con cara de asustado. Le grité “güepa”. Me miró desde la acera del frente como si lo fueran a atracar y siguió caminando con cara de terror, mirando a los lados.

En el colmadito, le pregunté a Sharon si le había pasado algo a Melvin, con el que me acababa de cruzar y no me saludó. “Ah, no, eso es que se preocupa mucho. Va camino a ingresar un dinero que yo le he dado”, me tranquilizó la jefa.

La semana pasada Melvin se la pasó anunciando que el domingo cumpliría 61 años. Las calles frente al colmado son un paso constante de vecinos de todas las edades que lo tratan como a un tío muy querido. Me empiezo a sentir un poco molesto porque muchos de los que pasan en carro o van a comprar un jugo le hacen chistes homófobos. Chistes homófobos desde el cariño caribeño y el reconocimiento al personaje.

Hay momentos en los que no sé leer la situación, pero comencé a decirles a cada uno de los chistosos que lo dejaran tranquilo. Yo, el salvador blanco.

A la tercera que digo que lo dejen en paz, Melvin me educa exagerando la pluma: “¿Pero qué pasa? Eso no es pecado”.

Tengo que pedir que me cuenten en profundidad la historia de los tres huérfanos que crió.

El sábado, víspera de su cumpleaños, las muchachas del colmado le regalaron una corona de papel y una banda roja de Miss Universe. Cuando lo vi allí, orgulloso, disfrutando de su corona y la banda, me salió del alma decirle “hola, mi reina”.

Me pasé la tarde del sábado allí junto a mi reina, quien por primera vez se quedó horas sentada en la misma silla de plástico como en un trono, en el asiento del colmadito más visible a los vecinos y transeúntes.

Sharon cocinó allí mismo la sopa más sabrosa que he comido en mi vida.

Ahí fue que me acordé de Mama Jay, la mujer transexual que había vivido en varios infiernos y ahora dedicaba su vida a alimentar a los más desfavorecidos en Beirut, el Líbano. Melvin poseía un amor muy parecido al de Mama Jay, así que comencé a pensar en cómo redactar un perfil de Melvin. Pero todavía no entendía muchas cosas. Así que le pregunté a Sharon qué es lo que pasaba con los chistecitos homófobos.

Su contestación, que me dio llevándose las manos al corazón me hizo comprender lo que no había visto en dos semanas de interacción: “no, no, no, Melvin es solo un niño de 61 años”.

 

Niños analógicos.

3.2 Continuación

Los españoles siempre hemos sido muy crueles desde chamaquitos. Mi primo Carlos y yo nos dedicábamos a cazar lagartijas (como los lagartijos boricuas, pero que se quedan pequeñitas, trepan por las paredes y caminan por el techo como la niña del Exorcista). Les cortábamos la cola (o ellas mismas se automutilaban al tratar de escapar) y esperábamos a que les creciera. A los dos minutos ya nos cansábamos de esperar, así que al día siguiente hacíamos lo mismo esperando unos minutos más. Nos volvíamos a aburrir y soltábamos al animal mutilado. (Un mes después, empezábamos a ver lagartijas con colas desproporcionadamente pequeñas, amorfas, descoloridas). En una traumática ocasión, estábamos mejorando la precisión de nuestros tirachinas (hondillas) cuando acertamos y abatimos una golondrina, cuyo cadáver dejamos abandonado orgullosos de nuestro éxito. Al llegar cada uno a su casa presumiendo, nuestras muy católicas madres nos bajaron la nota recordándonos que las golondrinas le habían retirado la corona de espinas a Jesús en la cruz. Un programa de poesía en La 2 de Televisión Española recordaba esa noche aquel poema de Gustavo Adolfo Bécquer que decía: “Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar…”.

Al día siguiente, sin haber dormido por la culpa, por nuestra gran culpa, fuimos a buscar el cuerpo inerte de la golondrina. La enterramos con mucha pompa en un infantil funeral cristiano celebrado en un cercano terreno baldío. Asistió una multitud de cinco o seis primos compungidos y arrepentidos menores de diez años.

En Puerto Rico, los niños eran menos crueles y más creativos. En Adjuntas, los nenes atrapaban lagartijos y no les cortaban la cola. En el pueblo del Gigante Dormido y Casa Pueblo, los niños cazaban lagartijos, les apretaban la quijada para que abrieran la boca y se los acercaban al lóbulo de la oreja. Entonces, dejaban de apretar y el lagartijo mordía la oreja y ahí se quedaba hasta que le volvieran a presionar la mandíbula. Y así iban a la escuela con sus pantallas (pendientes, zarcillos) vivientes, con guille de Bad Bunny décadas antes de que naciera Benito.

Aquella era una infancia de jugar con lo que te encontraras por la calle.

Si encontraban dos flores de pabón (muy parecidas a la flor de maga) justo antes de abrirse, las arrancaban por el tallo y disputaban un duelo que consistía en derribar a porrazos, más bien florazos, el capullo del arma del contrincante.

Cuando la calle del Agua no estaba canalizada, llovía y se convertía en quebrada “y nos veías a los muchachos debajo del chorro de agua mojándonos”, cuenta don Wildfredo “Piasita” Piazza Monroig, memoria viva de Adjuntas.

“Cuando estaba seco, entonces había un llano y jugábamos a lo que llamábamos las bolas de corote”, que en otras partes se llaman canicas.

Se jugaba a la olla y a la sartén, dependiendo de cómo se configuraban los dedos para disparar. A la olla jugaban con centavos que se ponían dentro de un círculo y el que conseguía sacar un chavo prieto con la canica se lo quedaba. Cuando se trataba de meterla en un hoyo, se llamaba “bolitijoyo”.

“Había un tipo del barrio que se escondía hasta que aparecía diciendo “soruka, soruka” y se llevaba todas las canicas y los chavos. Y ahí se quedaban la mayoría de los niños llorando”.

Para Reyes, los chamacos de Adjuntas de aquella generación analógica pedían un sombrero de vaquero, el palo con cabeza de caballo, el lazo de plástico y una baquetita con revólveres de mentira que disparaban fulminante. Improvisaban una cantina en un escalón y se pasaban más tiempo discutiendo quién mataba a quién que disparando.

“Yo quería ser siempre el muchacho que gana en la película, no al que lo matan. Pero era una niñez sana, muy sana”, defiende Piasita. Bang, bang, bang.

Al trompo también se jugaba a la olla, pero en lugar de centavos cada jugador tenía que poner dos trompos y el que sacaba alguno de un pullazo se lo quedaba.

Con la baraja los niños jugaban “romin” apostando “pasquines de muñequitos” de superhéroes, que se compraban a diez o quince centavos entonces y “que ahora valen una fortuna”.

Con las cartas también jugaban al “monte”, que acabó siendo prohibido “porque los mayores empezaron a jugarlo en los negocios apostando mucho dinero”.

Entre partida y partida compraban a una señora que vendía por la calle unos dulces que se llamaban pirulís y se pagaban a centavo. Si la señora no aparecía, los nenes se iban para la casa de Julio Torres, donde compraban unos “bizcochitos coloraos” a dos centavos: “riquísimos”.

Julio Torres tenía una máquina de pinball que costaba cinco centavos la partida. Pero para jugar, mientras un amigo tenía que velar por que no apareciera ninguna madre, porque “no querían que jugáramos allí”.

“Como entonces éramos pobres, había que conseguirse los cinco centavos” y los niños de Adjuntas los conseguían robando huevos de gallina para venderlos.

“Nos metíamos en los bajos de la casa de la abuela. Le robábamos los huevos de la gallina, se los vendíamos a Juli por cinco centavos y chau, pal pinball”. Más de uno acabó con los huevos hechos tortilla en los bolsillos al salir corriendo asustado.

La mayoría de los niños eran pobres y muy pocos tenían para comprar chiringas, así que aprendieron a fabricar “capuchinos” con papel de estraza, de libreta o de periódico.

“Eso es papel y hilo. Más nah”, dice Nando, otro cliente habitual del colmadito de Sharon en el Alto de Cuba que me enseñó a hacerlos a mí con un folio.

Los niños de Adjuntas hacían duelos de capuchinos. Le colgaban una “navajita” en la cola. Se trataba de derribar al contrincante de una embestida con el morro o cortándole la cola con la navajita.

Melvin, otro constante del colmadito, recuerda los “tirapeos”, que se fabricaban haciéndole un cono de aire en una esquina de un papel: “Lo coges por la puntita, lo aplastas y hacen ¡pah!”.

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