Enviado especial de Claridad de Puerto Rico en Beirut
En el complejo mosaico social y político del Líbano, la figura de la mujer emerge no solo como un pilar fundamental, sino como una fuerza de resistencia irrenunciable. A pesar de vivir dentro de un sistema patriarcal y sectario que en la práctica parece diseñado para borrarlas o tutelarlas, las mujeres libanesas han desarrollado una capacidad de lucha que desafía cualquier lógica de opresión. Para Carmen Geha, académica y activista, la realidad es cruda: las mujeres viven bajo una estructura que las asfixia legalmente, pero es precisamente ese entorno hostil el que convierte la participación política en un acto de valentía transformadora.
Coordinamos nuestra entrevista por videoconferencia, envueltos en un curioso equívoco geográfico que define bien los tiempos que corren: ella pensaba que yo me encontraba en Barcelona, la ciudad donde reside actualmente como investigadora, mientras que yo estaba convencido de que me recibiría desde su añorada Beirut. Al final, la tecnología nos conectó a través del Mediterráneo para hablar de un país que ella conoce hasta en sus pliegues más dolorosos.
Carmen me explica que, desde una perspectiva de género, el sistema legal y político libanés es uno de los más deficientes del mundo. Sin embargo, lejos de la victimización, encuentra en esta precariedad una oportunidad para el activismo radical. Según sus palabras, ser mujer y participar en política en el Líbano se convierte en una de las experiencias más gratificantes y necesarias que una activista puede vivir, precisamente porque implica permanecer en un estado constante de desafío frente a los límites impuestos.
“Sabes, el Líbano tiene uno de los peores sistemas políticos y legales del mundo desde una perspectiva de género, y por eso ser mujer en política en el Líbano es una de las experiencias más gratificantes y necesarias que puedes tener como activista, porque siempre estás desafiando los límites”.
La trayectoria de Carmen Geha no puede entenderse sin las cicatrices de la historia reciente de la región. Su vida comenzó como la de una migrante aún no nacida; nació en Chipre durante la cruenta Guerra Civil libanesa (1975-1990). No regresó al Líbano hasta que el conflicto armado terminó oficialmente, instalándose con su familia en un pequeño pueblo. Como hermana mayor de tres mujeres, Carmen desarrolló desde muy temprano un fuerte sentido de responsabilidad y protección, una semilla que más adelante se transformaría en un compromiso político que la ha acompañado durante toda su vida.
La política en el Líbano no es un ruido de fondo; es una presencia física que moldea las biografías de sus ciudadanos. Carmen recuerda hitos que marcaron su juventud, como la “Operación Uvas de la Ira” en 1996, cuando los ataques israelíes sacudieron el sur del país. Más tarde, en su primer año de universidad, el asesinato del primer ministro Rafic Hariri en 2005 —a apenas una calle de donde ella se encontraba— detonó la Revolución de los Cedros. Carmen se involucró profundamente en aquel movimiento que exigía la retirada de las tropas sirias, viendo cómo su formación académica y su realidad vital colisionaban constantemente.
Al graduarse en 2006, la historia volvió a llamar a su puerta con la guerra entre Hezbolá e Israel. Aquel verano lo pasó organizando redes de solidaridad, una labor que repetiría en 2008 tras los ataques de Hezbolá sobre Beirut el 7 de mayo, centrando entonces sus esfuerzos en la defensa de la libertad de prensa. Su currículum refleja hoy esa intensidad: doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad de St Andrews, becaria Fulbright en Harvard y galardonada con el prestigioso premio María Zambrano del gobierno español para la atracción de talento internacional.
“Toda mi vida ha sido una historia envuelta en acontecimientos políticos y geopolíticos. Cuando tomé la difícil decisión de dejar Beirut para irme a Barcelona, fue la primera vez que presencié una guerra en mi país sin estar lo suficientemente cerca para ayudar y acompañar a la comunidad. Muchas de nosotras nos vimos empujadas a irnos, pero no esperábamos que lo ocurrido en estos últimos tres años fuera tan desgarrador”.
Ese carácter “desgarrador” tiene raíces profundas en la inseguridad y la oscuridad —tanto literal como metafórica— que se apoderaron de Beirut entre 2021 y 2022. La crisis económica y el colapso de los servicios públicos convirtieron las calles en espacios oscuros y peligrosos, un entorno que termina expulsando incluso a las mentes más comprometidas. Después de pasar por instituciones como Brown y Harvard, y tras realizar una etnografía constitucional en la Libia post-Gadafi trabajando con mujeres que buscaban un futuro democrático, Carmen se instaló brevemente en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, buscando un respiro que la historia parece negarle.
Cuando analizamos la estructura interna del Líbano, Carmen es tajante: la participación de las mujeres en la política es casi una misión imposible. Quienes logran llegar al parlamento o a los municipios se enfrentan a una violencia de género sistémica y a un acoso constante. El país carece de mecanismos básicos de protección; la violación marital sigue siendo legal, el matrimonio infantil está permitido y actos de libertad personal como la convivencia fuera del matrimonio son perseguidos. Sin mencionar la impunidad profundamente arraigada en el Líbano, donde los asesinatos de periodistas, académicos y políticos permanecen reiteradamente sin investigar, y donde el país sigue esperando justicia por la explosión del puerto de Beirut casi seis años después.
El sistema sectario libanés, que distribuye el poder entre 17 confesiones religiosas, es la mayor trampa para la igualdad. Bajo este esquema, las mujeres no son tratadas como sujetos plenos de derecho, sino como extensiones legales de sus figuras masculinas de referencia, ya sean sus padres o sus maridos. Esta vulnerabilidad jurídica se duplica cuando entran en la esfera pública, donde quedan expuestas a una violencia orientada a devolverlas al ámbito privado.
“Las mujeres se ven desproporcionadamente afectadas por el sistema sectario porque son tratadas legalmente como extensiones de sus padres o de sus maridos. Así que las mujeres son extremadamente vulnerables y, cuando entran en la esfera pública, se vuelven doblemente vulnerables porque están más expuestas a la violencia”.
Sin embargo, Carmen subraya que existe otra cara de la moneda. Frente a un sistema tan hostil, ha surgido un espacio activista de una fortaleza extraordinaria. En Beirut, pese a las divisiones sociales y políticas, existe una red de solidaridad femenina que Carmen admite extrañar en Europa. Las mujeres libanesas median en conflictos, entregan ayuda humanitaria y mantienen puentes de diálogo allí donde las estructuras dominadas por hombres solo ven líneas rojas.
En el parlamento, figuras como Paula Yacoubian o Najat Saliba representan esta lucha. Son mujeres altamente cualificadas en sus áreas, pero obligadas a soportar la ridiculización y el silenciamiento sistemático durante las sesiones legislativas. Es un entorno peligroso en un país con una larga historia de asesinatos políticos. Pero la lucha no se limita a las instituciones. Carmen dibuja un amplio abanico de resistencias: desde Wadad Halawani, que a sus 80 años sigue liderando la búsqueda de los desaparecidos de la guerra civil, hasta las activistas que luchan por el matrimonio civil para romper el control de los tribunales religiosos.
Para una mujer maronita como Carmen, el divorcio en el Líbano sigue siendo una imposibilidad legal incluso en pleno 2026. Los tribunales religiosos tienen la potestad de retirar la custodia de los hijos, dejando a las madres en una situación de absoluta vulnerabilidad. A esto se suma la lucha por los derechos de las trabajadoras migrantes bajo el sistema de kafala, un régimen de patrocinio que despoja a las trabajadoras domésticas de autonomía y contra el cual las mujeres libanesas también se han movilizado en primera línea.
“La sociedad civil es la gente que sale, habla, argumenta, debate y negocia. Siempre ha sido así. Es algo muy hermoso. La gente es muy acogedora. Amo el Líbano”.
A pesar de describir el sistema libanés como “machista, sectario y corrupto”, Carmen se resiste a aceptar la etiqueta de “sociedad conservadora” para el país. Distingue claramente entre el sistema político —que considera profundamente desviado— y la sociedad civil. Beirut, según ella, sigue siendo una ciudad cosmopolita y liberal, donde la vida nocturna, la cultura y el debate intelectual conviven de forma orgánica con la religiosidad. Es una ciudad que “lo tiene todo”, pero que hoy atraviesa su momento más empobrecido.
Hacia el final de nuestra conversación, Carmen reflexiona sobre el peso emocional de ser mujer en este contexto. Sostiene que son ellas quienes conocen más profundamente los problemas del país porque los interiorizan y los soportan en sus propios cuerpos, desde la desigualdad salarial hasta la ausencia de protección frente al acoso. Mientras los hombres operan dentro de las cadenas del sectarismo, las mujeres cargan con el peso de un sistema que no está de su lado y aun así siguen siendo quienes más inspiran por su capacidad de actuar en medio de la oscuridad.
“Ante tanta oscuridad, creo que las mujeres libanesas en política son de las más inspiradoras del mundo. Y lo que soportan es una de las cargas más pesadas del mundo para seguir luchando por sus derechos. Porque el sistema no está de su lado”.
Carmen Geha es hoy esa voz que, desde la academia en Barcelona o la consultoría estratégica, sigue analizando la realidad de un país que ama profundamente pero en el que se volvió insoportable permanecer. Su testimonio no es solo un análisis político; es el relato de alguien que convirtió el dolor y la injusticia en una línea de investigación reconocida internacionalmente, recordándonos que, en el Líbano, la política no es una elección, sino una condición de supervivencia para quienes se niegan a convertirse en simples anexos en la historia de otros.





