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Mentes demolidas entre los escombros de Líbano

 

 

Enviado especial de Claridad en Beirut

A mediados de mayo me encontré en Beirut con un joven psicólogo canadiense de origen pakistaní que me decía que a ninguno de sus pacientes blancos le pasaba nada verdaderamente serio, y que en una breve conversación con su taxista durante el trayecto desde el aeropuerto de Beirut hasta su hotel se había topado con más trauma que en toda su carrera profesional.

Durante los primeros 60 días de la escalada de la última invasión del Estado de Israel —otro ataque contra territorio libanés tan injustificado como planificado—, las llamadas a la Línea Nacional de Ayuda (1564) prácticamente se duplicaron de la noche a la mañana. Quienes marcaban el número de emergencia lo hacían desde entornos completamente colapsados y, a menudo, bajo amenaza inminente de muerte: familias enteras susurrando desde el interior de vehículos mientras huían bajo el fuego, niños aterrorizados hacinados en refugios colectivos y madres desbordadas a las que la angustia empujaba a buscar ayuda psicológica por primera vez en sus vidas.

A medida que la aviación y la artillería continúan bombardeando el país sin tregua y forzando la evacuación masiva de docenas de pueblos enteros, la agresión externa ha terminado por quebrar los últimos mecanismos de defensa internos de la población.

Durante este periodo de máxima intensidad de la ofensiva, los equipos de la ONG Embrace, que opera este servicio crítico de 24 horas en colaboración con el Programa Nacional de Salud Mental, se vieron obligados a sostener una línea de frente invisible pero devastadora. Respondieron a un total de 2.445 llamadas de emergencia, desplegaron 30 intervenciones de respuesta inmediata para salvar vidas en siete zonas clasificadas como «rojas» o de alto riesgo por los ataques, e involucraron a 147 niños en actividades semanales de apoyo psicosocial dentro de los propios refugios.

La organización también ofreció 437 sesiones de terapia a bajo coste, un tercio de las cuales se administraron de forma totalmente gratuita a personas desplazadas internas. Con más de 3.000 muertos por la violencia y aproximadamente 1,2 millones de personas obligadas a huir de sus hogares en un éxodo desesperado, el trauma psicológico ha avanzado al mismo ritmo que las bombas, sin un solo segundo de respiro.

Para los profesionales que trabajan en la vanguardia de esta emergencia, la dura realidad del trauma en Líbano ha desnudado la profunda insuficiencia de los manuales y enfoques tradicionales de la psicología clínica occidental. Peter Wanna, psicólogo clínico y responsable de psicología científica en Embrace, explica que las herramientas estandarizadas fallan porque están diseñadas para entornos donde el peligro es un evento con un principio y un final claramente definidos, algo que no existe bajo una agresión sistemática y continua.

«Algunos de los modelos tradicionales de base occidental requieren una adaptación cuando se trabaja en contextos caracterizados por una inestabilidad continua y una exposición repetida al trauma», señala Peter. Explica que, en Líbano, muchos tratamientos para el trauma, incluido el EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares), una psicoterapia ampliamente utilizada basada en el reprocesamiento de recuerdos traumáticos mediante estimulación bilateral —generalmente movimientos oculares— que se ha convertido en una de las herramientas más comunes para tratar traumas graves, trastorno de estrés postraumático e ideación suicida, se topan con serias limitaciones estructurales si se aplican de forma literal.

«Muchos tratamientos para el trauma, incluido el EMDR, se desarrollaron originalmente en torno a eventos traumáticos que ya han terminado. En Líbano, los profesionales clínicos trabajamos a menudo con personas que se enfrentan a una inestabilidad continua y a exposiciones repetidas a la adversidad, lo que significa que estos enfoques frecuentemente necesitan ser adaptados para abordar tanto el trauma pasado como las amenazas del presente. Muchos modelos de trauma asumen que la amenaza ha cesado, pero aquí nos enfrentamos de manera constante a la incertidumbre y a impactos repetidos, lo que hace que el tratamiento sea más complejo y requiera adaptaciones que van más allá de los marcos tradicionales del TEPT. Por ello, los esquemas estándar de ocho a veinticuatro sesiones suelen quedarse cortos y resultar insuficientes; las personas necesitan un apoyo más continuo y a más largo plazo debido a que los estresores permanecen activos», argumenta Peter.

La acumulación histórica del colapso mental

Como advierten los propios equipos clínicos desde el terreno, esta quiebra de la salud mental colectiva no es una respuesta reactiva a un único acontecimiento reciente; es el resultado acumulativo de todo un siglo de sufrimiento estructural, violencia impuesta y traumas históricos recurrentes que han fracturado sistemáticamente la psique de la sociedad. La arquitectura de esta inestabilidad comenzó a fraguarse tras la Primera Guerra Mundial con el establecimiento del mandato colonial francés en 1920 y la constante influencia de Gran Bretaña en la región, potencias que dibujaron fronteras artificiales e institucionalizaron divisiones sectarias como método de control político.

Tras la independencia en 1943, el país se convirtió en un tablero de ajedrez en el que se libraron conflictos geopolíticos ajenos. Esta escalada de tensiones culminó en la sangrienta Guerra Civil Libanesa (1975-1990), quince años de contienda que normalizaron la violencia sectaria, destruyeron las instituciones estatales y dejaron profundas cicatrices psicológicas en las generaciones que la sobrevivieron.

La firma de la paz en 1990 no terminó con el sufrimiento del pueblo libanés, que siguió expuesto a constantes agresiones de sus vecinos y a sucesivas invasiones militares, siendo uno de los picos más destructivos la ofensiva de 2006. Junto a los bombardeos y ocupaciones, el país ha soportado un desgobierno crónico ensombrecido por la impunidad y la violencia política, cuyo impacto psicológico más devastador se sintió el 14 de febrero de 2005 con el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri, muerto en un atentado masivo con coche bomba en el paseo marítimo de Beirut. Este crimen político inoculó en la población la certeza de que nadie, ni siquiera las figuras más poderosas, estaba a salvo en suelo libanés.

El golpe definitivo a la capacidad de resistencia de la población llegó en los últimos cinco años a través de un colapso económico y una catástrofe civil sin precedentes.

A partir de finales de 2019, Líbano se sumergió en una de las crisis económicas más graves del mundo desde mediados del siglo XIX, según el Banco Mundial; una depresión financiera que pulverizó el valor de la libra libanesa, borró los ahorros de toda la vida de la población y empujó a más del 80% de los ciudadanos por debajo del umbral de la pobreza. En mitad de esa agonía económica, el 4 de agosto de 2020, la catastrófica explosión en el Puerto de Beirut —provocada por la flagrante negligencia de las autoridades al almacenar toneladas de nitrato de amonio sin medidas de seguridad— mató a más de 200 personas, hirió a miles y destruyó un tercio de la capital.

El estallido fue la confirmación física de lo que significaba vivir en un estado fallido, un evento cataclísmico que terminó por demoler la salud mental de un cuerpo social exhausto. Para los terapeutas que trabajan sobre el terreno, cada nuevo impacto de la actual agresión israelí reactiva instantáneamente ese pozo de trauma no procesado.

«A veces me asusto cuando hablo de esta gente; me quema el corazón. Esto no es solo por la guerra actual; es por los años y años y años acumulados desde la Segunda Guerra Mundial, luego la guerra libanesa en 1975, luego los eventos de 2005 y la guerra de 2006, y ahora esta nueva guerra… Los niños aquí no han tenido tiempo de asimilarlo, y nosotros, como profesionales, tampoco hemos tenido tiempo de procesarlo. El dolor es continuo; nunca se detiene», lamenta el psicólogo.

El espejismo de la resiliencia y la máscara de la evitación

Frente a esta cadena de desastres, coexiste una marcada disparidad social que a menudo se malinterpreta desde el exterior. Mientras el dolor y la penuria extrema se extienden por las miles de tiendas de los campos de desplazados surgidos azarosamente en el paseo marítimo, en los barrios más acomodados de Beirut perdura una cultura de escapismo y ocio nocturno.

Terrazas llenas, locales donde la música retumba a pocos kilómetros de las zonas bombardeadas y un consumo generalizado de alcohol reflejan un fenómeno que desde fuera suele etiquetarse con admiración casi romántica bajo el mito de la «resiliencia» libanesa. Los profesionales de la salud mental, sin embargo, aclaran que, junto a una resiliencia genuina, algunas personas pueden depender de la compartimentación, el distanciamiento emocional o la evitación como estrategias de supervivencia adaptativas para hacer frente a la adversidad crónica. El funcionamiento social y la apariencia de normalidad pueden coexistir a veces con un sufrimiento profundo y no procesado, actuando como un mecanismo de protección para mantener a raya el pánico, los recuerdos del horror y el miedo mientras estos siguen operando bajo la superficie de la psique colectiva.

Las estadísticas oficiales de suicidio recopiladas por las Fuerzas de Seguridad Interior (ISF) reflejan matemáticamente cómo la desesperanza acompaña a las crisis del país. En 2019, Líbano registró 171 muertes por suicidio. Durante los años de la pandemia y el impacto inicial de la crisis financiera, los registros oficiales mostraron un descenso hasta los 115 casos en 2021, para volver a subir de forma alarmante hasta las 168 muertes en 2023. Aunque las cifras oficiales de 2024 reflejaron una ligera disminución con 129 casos, el año 2025 cerró con un repunte del 14% en la tasa de suicidios, registrando un total de 147 muertes. La tendencia a principios de 2026 sigue siendo crítica: los datos oficiales de las ISF reportan que solo entre enero y abril ya se habían contabilizado 47 muertes por suicidio en todo el país.

Sin embargo, los profesionales de primera línea advierten que estas cifras representan solo la superficie de una tragedia oculta. El subregistro del suicidio en Líbano sigue siendo masivo debido al profundo estigma social y a la severa condena de las distintas autoridades religiosas, lo que lleva a muchas familias a ocultar las verdaderas causas de la muerte de sus seres queridos por miedo al rechazo de su comunidad.

El verdadero barómetro de la crisis se mide en la búsqueda desesperada de ayuda. Durante los meses de la ofensiva militar en 2026, el volumen de llamadas diarias recibidas por la línea de prevención de Embrace aumentó un 55% en comparación con la media registrada en 2024, pasando de un promedio de 22,4 llamadas al día a una media de 34,8 interacciones diarias.

«Al mismo tiempo, creo que el funcionamiento social a veces puede enmascarar el sufrimiento. Las personas pueden desplegar esa cultura relacional durante la interacción social, y aprendemos que debemos seguir adelante porque los cambios globales continúan ocurriendo. Dentro de esa interacción, hay una perspectiva… la de continuar con tu vida diaria y tus responsabilidades, mientras que los sentimientos, los recuerdos y el miedo se quedan en un segundo plano. Esto no es terrible, por supuesto, pero ciertamente va más allá de simplemente respirar», apunta Peter.

La ruptura del entorno doméstico y los colectivos más vulnerables

El suicidio nunca es la consecuencia de un único hecho aislado, sino el resultado de una compleja convergencia de estresores socioeconómicos crónicos —como el desempleo endémico, la inseguridad financiera y el aislamiento que provoca el desplazamiento forzoso— que se van entrelazando hasta hacer insoportable la existencia. El peligro clínico, sin embargo, escala drásticamente cuando los entornos que deberían ofrecer protección y apoyo, como el ámbito familiar, se encuentran profundamente dañados por el agotamiento histórico y la violencia estructural.

Peter Wanna recalca que la ruptura de los vínculos primarios de confianza es la primera señal de alerta en la práctica psicoterapéutica diaria. Cuando la crisis económica y el trauma del desplazamiento desbordan las dinámicas domésticas, la familia puede dejar de ser un refugio seguro para convertirse en un espacio de maltrato o negligencia, dejando al individuo en una situación de soledad radical en el momento de mayor vulnerabilidad.

Esta desintegración familiar y social golpea con especial dureza a los sectores más jóvenes de la población y a los estudiantes universitarios, cuyos proyectos de vida y expectativas de desarrollo profesional han quedado completamente suspendidos por la parálisis del país, generando niveles inéditos de trastornos de ansiedad, distimia y un desgaste clínico muy temprano.

La vulnerabilidad se multiplica exponencialmente al poner el foco en colectivos históricamente marginados dentro de una sociedad profundamente conservadora y confesional. Las minorías de género y las comunidades trans se enfrentan a un entorno externo de exclusión sistemática y rechazo social que niega la legitimidad de su existencia desde la infancia. Al no encontrar amparo ni en las instituciones de un Estado fallido ni en sus propias familias, el aislamiento se vuelve absoluto.

Los especialistas de Embrace insisten en que el suicidio no entiende de divisiones políticas, clases sociales ni nivel de recursos económicos; es una respuesta extrema cuando el sufrimiento agota por completo todas las reservas internas de una persona.

«A esto se suma el hecho de que existe un entorno externo que opera en contra de las mujeres o las comunidades trans, quienes sufren enormemente debido a esa presión social. Imagina crecer creyendo que eres diferente, que eres aterrador, que eres de alguna manera complicado y que deberías morir en lugar de vivir. Una persona que empieza la vida cargando con ese peso psicológico ya está fracturada… Entonces se crea esa barrera invisible entre ‘ellos’ y ‘nosotros’. Y en la infancia, no puedes esconderte del todo… El suicidio no tiene religión, ni familia, ni teoría política, ni nada. Puedes encontrar a una persona que teóricamente lo está haciendo todo bien, con muchos recursos, dinero y una aparente resiliencia social, y aun así puede intentar quitarse la vida. El suicidio es una respuesta extrema cuando el sufrimiento ha agotado todos tus recursos internos», insiste Peter.

Las señales de alerta y la urgencia de un nuevo modelo

Uno de los desafíos más urgentes en la prevención del suicidio en el contexto libanés es capacitar a las familias y a las comunidades para identificar las señales de alerta críticas, que a menudo quedan invisibilizadas o minimizadas por la urgencia de la supervivencia diaria y el caos del desplazamiento. El riesgo suicida rara vez se manifiesta de forma obvia o dramática; al contrario, suele expresarse a través de sutiles cambios en el comportamiento cotidiano. El indicador primario y más peligroso es cuando la persona comienza a aislarse, rompiendo progresivamente el contacto con sus familiares y sus círculos de amigos más cercanos.

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A nivel conductual, las señales incluyen el abandono repentino de actividades que antes le reportaban placer, una bajada injustificada en el rendimiento académico o laboral, o cambios drásticos en los patrones de sueño y alimentación. En el plano emocional y verbal, los indicadores se manifiestan a través de expresiones persistentes de tristeza, irritabilidad inusual, una desesperanza explícita sobre el futuro o verbalizaciones donde el individuo se describe a sí mismo como una «carga» económica o emocional para sus seres queridos.

Asimismo, el aumento marcado en el consumo de sustancias como el alcohol o el abuso de medicamentos sin prescripción, el desprendimiento inusual de objetos personales muy valorados o los comentarios indirectos sobre la muerte son alarmas críticas que requieren atención profesional inmediata.

Para que estas señales puedan detectarse a tiempo, es indispensable combatir el pesado estigma cultural que rodea a la enfermedad mental en Líbano. En una sociedad donde admitir la ideación suicida o el sufrimiento psicológico se asocia erróneamente con la falta de fe religiosa o con una deshonra familiar, la labor de Embrace ha sido fundamental para mover la conversación desde el silencio y la vergüenza hacia la empatía y la educación, realizando sesiones de sensibilización en escuelas, universidades y centros comunitarios.

Ante la perspectiva de una catástrofe humanitaria y psicológica que amenaza con cronificarse en un entorno donde los ataques no cesan, Líbano requiere urgentemente una profunda reestructuración de su sistema de atención. Evitar el colapso irreversible exige que el apoyo psicológico sea inmediato, accesible y totalmente descentralizado, potenciando los servicios comunitarios y las unidades móviles capaces de llegar a los asentamientos de desplazados, a las escuelas reconvertidas en refugios y a las comunidades afectadas por la violencia militar. Es imperativo integrar la atención psicológica básica en los centros de atención primaria y, con la misma urgencia, proporcionar soporte emocional y recursos a los propios profesionales sanitarios y trabajadores de primera línea, quienes operan bajo niveles intolerables de presión, fatiga y trauma secundario.

«Lo que Líbano necesita urgentemente en este punto crítico es garantizar que el apoyo siga siendo accesible, inmediato y disponible para las personas allí donde se encuentren. Esto significa fortalecer los servicios comunitarios y móviles para que la atención llegue a los hogares y refugios, integrarla en la atención primaria de salud y asegurar que los profesionales de la salud mental reciban el apoyo necesario para seguir brindando atención bajo estos niveles extremos de demanda y presión. Al final, el suicidio es una respuesta extrema a un sufrimiento que ha consumido todas las opciones disponibles». ie