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NaciÓN

Amarillo

 

Alguien subió a TikTok un vídeo de quince segundos que mostraba un objeto encendido que trazaba una línea diagonal de humo antes de zambullirse en el Atlántico, a dos kilómetros de Isla de Cabras. Poco después, varios vídeos que mostraban el suceso desde distintos puntos fueron subidos a las redes sociales. Algunos periódicos digitales confirmaron la noticia unas horas más tarde, añadiendo que la Guardia Costera había establecido un perímetro de exclusión hasta que llegara otra rama del Departamento de la Defensa.

Los pocos periódicos en papel que quedaban en el país reportaron al día siguiente que, de acuerdo con declaraciones oficiales, el objeto capturado había sido un meteorito, ahora bajo custodia de la Fuerza Aérea. Se aseguraba que no había peligro alguno para la población. En una conferencia de prensa, una periodista cuestionó por qué se le daba tanta custodia a un meteorito que no era peligroso. El oficial de prensa evitó dar una contestación, declarando el asunto una cuestión de seguridad nacional.

De acuerdo con un documento filtrado por una fuente cercana al Pentágono, se trataba de una pequeña cápsula lanzada unos años atrás por la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial (JAXA, por sus siglas en inglés), esto con el propósito de traer muestras exoplanetarias. Se empezó a rumorar que, rompiendo el protocolo de recuperación de naves internacionales, el Pentágono había transportado el artefacto a Roosevelt Roads para su estudio.

Unas semanas más tarde, el grupo autodenominado «Cyborgkey» difundió a través de las redes un documento producido por el Departamento de Defensa en el que se detallaba la naturaleza del descubrimiento. El secreto se debía a que la cápsula había regresado con una muestra de vida primitiva, presurizada a nueve atmósferas. Se trataba de un musgo casi microscópico al que habían bautizado tentativamente como Bryophyta sulfurea exoterra cepa E-06, por su color amarillo. La planta, de acuerdo con imágenes extraídas de la memoria de la cápsula, parecía ser la única señal de vida en su planeta o asteroide (no quedaba claro), por lo que se alimentaba directamente de minerales en las rocas, como hierro, azufre y manganeso.

Como producto de su digestión, exhalaba un compuesto orgánico volátil neurotóxico (COV) potencialmente alucinógeno.

Cómo escapó la planta de la estricta custodia y llegó a manos del narcotráfico es terreno de especulación. El rumor más difundido señalaba a algún oficial desconocido que, percibiendo el valor de semejante droga en el mercado ilícito, extrajo una muestra imperceptible de ella, resguardándola en el compartimiento presurizado de una máquina de café espresso adaptada para tal propósito. A partir de ahí, los laboratorios caseros comenzaron a propagarse silenciosamente.

Al principio, el narcotráfico replicó el sistema de presurización de la máquina de café. Luego, conforme prosperaba el negocio, se diseñaron máquinas más avanzadas y se estableció una red de distribución paralela a la de otros narcóticos. Alimentar la planta era barato: solo requería de limaduras de cualquier chatarra que se rescatara en un junker. Desde Puerto Rico se ampliaron las fronteras cuando, según se rumora, un bote que cruzó el canal de La Mona hacia la República Dominicana, con el pretexto de llevar turistas a bucear cerca de Bayahíbe, infiltró dos tanques alterados que cargaban las plantas.

El uso de nitrox (nombre callejero para el COV) fue lento al comienzo. Sin embargo, debido al novedoso viaje que producía, se corrió la voz hasta convertirlo en la droga de moda. Más allá de un estado de euforia parecido al de la cocaína, el nitrox no mostraba signos particulares para un observador externo. Por otro lado, los usuarios manifestaban experimentar un incremento en la percepción visual y auditiva: describían los colores con una intensidad similar al neón y los sonidos con una cualidad como de metal vibrando. Y lo mejor de todo: no parecía crear una dependencia.

Mi hermano fue uno de sus primeros consumidores. Por su actitud de experimentar de manera descuidada con cuanta droga encontraba, alguien habría podido considerar un milagro que todavía estuviese vivo a los sesenta años.

Los efectos secundarios comenzaron a manifestarse tiempo después, por lo que los usuarios no los relacionaron de inmediato con la droga. Incluso en sus momentos de sobriedad, comenzaron a tener pensamientos que podrían catalogarse de paranoicos. Unos empezaron a formular la idea de que el gobierno había creado el nitrox para controlar las mentes de la población, y que se inventaban la historia de una planta que llegó en un cohete para tapar su conspiración. Otros decían que los extraterrestres nos habían enviado la planta para invadirnos cuando estuviéramos drogados. Un tercer grupo alegaba que eran señales del fin del mundo.

El caso de mi hermano parecía único. Aseguraba escuchar voces de alienígenas como si estuviesen hablando por radio, aunque no podía descifrar qué decían. Yo le aconsejaba que dejara las drogas, pues ya le estaban afectando la mente. Me respondía que, cuando comenzó a escuchar las transmisiones, hacía más de un mes que no usaba nada. Algunos días más tarde, se colocó un centavo envuelto en papel de aluminio en el hueco de la oreja en la que también llevaba un cigarrillo de reserva, dizque para tener mejor recepción.

Poco tiempo pasó antes de que los grupos interactuaran entre sí y se consolidaran en un colectivo con características de secta. El líder, profeta o loco con ideas —me avergüenza decirlo— fue mi hermano. Él no lo buscó; los grupos ya consolidados encontraban una explicación en sus palabras, aunque fueran incoherencias. Todas las mañanas acudían a él para enterarse de las más recientes transmisiones de los supuestos extraterrestres, como quien enciende el radio para escuchar las primeras noticias del día.

El grupo de atentos seguidores aumentaba día a día, hasta el punto de parecer una congregación constante detrás de él.

—Nuevo… la… cómo… eco… Vladimir.

Ese era el tipo de mensaje que transmitía y que causaba tanto furor. Cifras desarticuladas en las que cada cual encontraba lo que quería.

Así las cosas, la experimentación con drogas trasciende las clases sociales, y el nitrox no fue la excepción. Se supo de políticos que la usaban con frecuencia, además de empresarios prestigiosos y periodistas sobrecargados de trabajo.

La súbita popularidad de que parecía gozar mi hermano llamó la atención de un programa mañanero de televisión, que difuminaba entretenimiento y noticias duras. Vinieron a casa en una pisicorre identificada con el logo del canal para entrevistarlo en vivo. Después de una pequeña ronda de preguntas, mi hermano dijo lo que escuchaba:

—Enfermedad… Palmolive… zoonótico… transmite…

En la tarde, el clamor de la multitud frente a nuestra casa fue demasiado para mi paciencia.

Salí al oír el tumulto y encontré la calle llena de almas que querían escuchar a mi hermano. Algunos estaban embadurnados de pies a cabeza con líquido de fregar, porque interpretaban en las palabras de mi hermano que aquella medida les podría librar de alguna pestilencia. Otros, por el contrario, aconsejaban a viva voz que no usaran más jabón de una marca particular, porque podía ser infeccioso.

Para colmo de males, mi teléfono parecía una central de llamadas. Llamadas entrantes.

Llamadas perdidas. Llamadas ignoradas que se convertían en mensajes de texto. Quien decía tener contacto con extraterrestres lejanos ni siquiera tenía su propio teléfono, así que había convertido el mío en el de una figura pública sin pedirme permiso. Influencers que invitaban a mi hermano a sus pódcasts. Periodistas drogados. Periodistas sobrios, pero marcados ya por las alucinaciones. Hasta comediantes, drogados y sobrios, que buscaban subir sus puntuaciones en encuestas. Cuando él salió a encontrarse con sus seguidores, me colé entre el gentío para desaparecer, rogando que todo terminara pronto.

Llegué a la cafetería de la esquina, pero salí de inmediato, antes de que me reconocieran. En la pantalla del televisor aparecía el frente de mi casa con la muchedumbre aclamando a mi hermano, mientras la reportera describía de manera redundante lo que ya se veía. Antes de salir de allí, escuché lo que uno de los televidentes comentaba —sin mirarme a la cara, por fortuna—:

—Los extraterrestres nos van a invadir, pero no con cañones láseres: con una yerbita.

No sé si lo que decía era producto de la alucinación o de un análisis lúcido. Ya ni sé qué es qué. Y ese ha sido el mayor efecto secundario en esta situación: el efecto en la población sobria que se ve rodeada del mismo mensaje llegando de todas partes. Mientras la planta sigue propagándose y su droga se esparce por el planeta, se sigue sembrando el mensaje de personas con su juicio afectado y más difícil es descifrar cuál es la verdad.