CLARIDAD
Muchos de los que intentamos analizar la política mundial no resistimos la tentación de comparar el extremismo de derecha que azotó a Europa durante la tercera y cuarta década del siglo XX con el ultraderechismo resurgido en esta tercera década del siglo XXI. Los paralelismos resaltan en cualquier análisis, como cuando comparamos la SA alemana con el ICE de Donald Trump, el odio a los inmigrantes con la campaña antijudía y el nacionalismo imperial trumpista con la “gran Alemania” de Hitler. El histrionismo y narcisismo del gringo también comparan muy bien con los de Mussolini.
Hay, sin embargo, una gran diferencia -al menos hasta ahora- entre ambos periodos de la historia: la probabilidad de sucesión. Me refiero a que en cada uno de los países donde, aprovechando el mecanismo electoral tradicional, ha triunfado la extrema derecha, se ha mantenido vigente la posibilidad de cambiar el régimen utilizando ese mismo sistema político.
Ni en la Alemania de Hitler ni en la Italia de Mussolini se conservó esa posibilidad. Ambos llegaron al poder utilizando el sistema parlamentario tradicional, pero rápidamente procedieron a corromperlo para perpetuarse en el poder. (Conscientemente evito utilizar el término “proceso democrático” porque con un emperador en Alemania y un rey en Italia la frase no sería del todo correcta.) Lo que siguió en ambos países fue una brutal persecución de la oposición hasta su virtual desaparición. El mecanismo que permitió la llegada al poder de ambos regímenes desapareció en poco tiempo y solo con su aniquilación futura, como resultado de las guerras que desataron, llegaría la sucesión tras un terrible costo humano y material.
Afortunadamente, con el ultraderechismo del siglo XXI está siendo distinto como hemos visto últimamente en Brasil y Estados Unidos. Utilizando el sistema electoral tradicional y manipulando procesos judiciales para debilitar la oposición, el ultraderechista Jair Bolsonaro llegó al poder en Brasil, pero más tarde ese mismo sistema permitió que Lula da Silva lo desplazara. Luego, a la usanza de los dictadores del siglo pasado, el derrotado intentó un golpe de estado, pero el sistema resistió. El pasado mes, amparándose en el mismo mecanismo, Lula repitió su victoria contra el heredero del primer Bolsonaro.
En Estados Unidos parece que ha ocurrido lo mismo en las llamadas elecciones de medio término del pasado 3 de noviembre que, como ya todos conocemos, resultaron con el control Demócrata de ambas cámaras del Congreso. El régimen trumpista que nació de las elecciones de 2024 estaba dando todas las señales de querer perpetuarse, pretendiendo cambiar políticas tradicionales mediante decretos ejecutivos y provocando terror en las calles con los paramilitares de ICE. Muchos esperaban que en la misma noche de las elecciones el pequeño déspota intentaría revertir una derrota electoral, como cuando alentó un ataque al Congreso el 6 de enero de 2020 para tratar de impedir la certificación de Joe Biden como presidente. Pero tal vez la contundencia de la victoria opositora lo paralizó y, al menos aquella noche, tuvo que digerir su derrota.
Aún mantiene intacto el enorme poder que la constitución de Estados Unidos le da a la figura del presidente y, claro está, intentará utilizarlo hasta el final. Ese despliegue de poder, con el potencial de hacer mucho daño, lo veremos, sobre todo, en los dos meses que le restan al actual Congreso que todavía controla. No obstante, a partir de enero de 2027 se enfrentará a una rama legislativa que, a diferencia a la del cuatrienio 2017-2020, está controlada en ambas ramas por la oposición.
Las actividades criminales de Trump florecieron durante los primeros dos años de este cuatrienio. Entre otras cosas, corrompió el Departamento de Justicia y su brazo policial principal, el FBI, utilizándolos para perseguir a quienes consideraba enemigos y para encubrir la corrupción de él y su familia; utilizó esa misma estructura para impedir investigaciones, como la del pedófilo Epstein, que lo implicaban; y, al estilo del papa Alejandro VI, el célebre Borgia, se dedicó a vender indulgencias y perdones ejecutivos a cambio de millones de dólares. Ahora, sus personeros tendrán que rendir cuentas.
Otras ejecutorias, como la guerra criminal contra Irán, su apoyo al genocidio israelí en Palestina, el bloqueo genocida contra Cuba y la utilización de los aranceles como arma política unipersonal, también estarán sobre el tapete ahora, aunque no sabemos hasta dónde estará dispuesto a ir el nuevo Congreso para intentar detener sus acciones en estos temas. A diferencia de Lula en Brasil, no fue la izquierda la que ganó las elecciones de medio término en Estados Unidos, sino un partido político que realmente es una gran coalición de centroderechistas y socialdemócratas. Aunque estos últimos han ganado fuerza en los pasados dos años, imponiéndose en lugares tan distintos como Nueva York y Michigan, el control del partido sigue en manos de los Demócratas tradicionales.
A pesar de todos estos interrogantes y conscientes del enorme poder que sigue teniendo el trumpismo, el mundo entero respiró con alivio en la noche del pasado 3 de noviembre cuando se conoció que el pueblo estadounidense, utilizando el mismo mecanismo que permitió el encumbramiento de Trump, le puso un freno a sus desmanes.








