Especial para En Rojo
Son las nueve y veinte de la mañana del viernes 24 de julio. El cielo está nublado. Camino con Maya en brazos por la Plaza de Mayo. Hay personas dirigiéndose a sus trabajos, turistas tomando fotos y artistas ambulantes ocupan sus puestos para comenzar el día. De repente, y sin esperarlo, las puertas de la Casa Rosada se abren dando paso a un grupo de soldados vestidos de gala. Marchan con parsimonia, sin prisa, a paso constante, cargando lo que a primera vista parece un cadáver. El cuerpo, sin embargo, es el de la bandera argentina, a punto de ser izada. Cuatro soldados llevan el paño, otros tres le abren paso. La formación se detiene frente al asta. La bandera asciende con cuidado, celeste, con su simulacro de sol coronando la plaza.
Frente a ella se alza el Monumento Ecuestre al General Manuel Belgrado, a quien se atribuye la creación de la bandera. La estatua se levanta imponente sobre el recinto. Belgrado cabalga con brío su caballo y alza en la mano derecha otra bandera, como una espada, listo para proclamar la patria. Pero el general no está solo. En los escalones que forman la base del monumento yace un grupo de piedras dispuestas espontáneamente. Sobre ellas se alcanza a identificar algunos nombres en distintas caligrafías: Carlos Clausen, Rodolfo Maurizzio, Aldo Chiappetta y Erina Muller, entre otros. Son nombres de desaparecidos que se resisten ser borrados por la historia y el discurso oficial. Por un momento, las piedras parecen sostener al monumento, sin el cual tampoco se entendería del todo la bandera.
El grupo de siete soldados vuelve a entrar en la Casa Rosada. Quienes hemos presenciado la ceremonia seguimos nuestro camino. Cuando los asistentes se dispersan, la bandera, la estatua y las piedras vuelven a formar en parte del paisaje.
II.
Son las siete de la noche del domingo 26 de julio. Los puestos de la Feria de San Telmo recogen sus mercancías. Se ven camisas de la selección nacional, joyería artesanal, Mafaldas, libros, empanadas, mate y muchos otros artículos. A lo lejos, el sonido de unos tambores se apodera del paisaje sonoro del barrio. Una comparsa también marcha sin prisa, y aunque ajena a los códigos militares, también conmemora. Toca tambores de candombe, esa música afroporteña que cuestiona y resiste. Los bailarines contonean las caderas al ritmo de los cueros. Por un momento, parecería que estamos en el Caribe o que el Caribe se apodera de San Telmo.
Los tambores convocan a la multitud, que al aglomerarse se convierten en testigos de la huella negra de la ciudad. El candombe, la bomba, el calipso, la salsa, la plena, el reguetón, el blues, el rock and roll y el funk brasilero, entre otros muchos ritmos, parecen resistirse a la estética del borrón. No uso aquí la frase en su sentido pictórico, como técnica de difuminación asociado a la historia del arte. Llamo estética del borrón a políticas y prácticas culturales que buscan eliminar la huella de comunidades marginadas. Las comparsas domingueras de candombe en el barrio San Telmo son un ejemplo de esa resistencia. Cada domingo celebran su legado y reformulan qué significa ser negro en Argentina.
El grupo de tamboreros se aleja. Como los soldados de la Plaza de Mayo, completa un circuito memorial. Al retirarse, la calle recupera poco a poco su ritmo habitual. La música desaparece en decrescendo hasta que el rugido de los tambores se mezcla con el ruido de los carros y las voces de la gente, como si el tejido urbano lo absorbiera. Allí permanecerá hasta la siguiente cita.
III.
Una semana antes, del domingo 19 de julio, a las seis de la tarde, las calles de la ciudad están desoladas. Todos concentran su atención a los televisores, que transmiten el partido de la final. Entro a un restaurante, el Pertutti. La anfitriona me informa que la única mesa disponible tiene vista parcial a la pantalla. Es cierto, me sienta frente a una columna que no me permite ver casi nada. Intento seguir el partido a través de las reacciones de la gente, que con cada grito le hace eco a un cartel junto al televisor que lee: “Escogemos Creer”.
La esperanza se deshace cuando España marca el gol ganador. De golpe, el restaurante se llena de lamentos, y la derrota empuja a la gente poco a poco hacia la calle. Yo quedo sentado frente a la columna, viendo el suceso como en un sueño.
Al día siguiente, un taxista me explica el furor del pueblo argentino por el fútbol. Se confesa diciendo que no segue el deporte, pero que aun así se siente muy “argento”. Al hacer balance de la derrota, agradece que la Copa del Mundo haya producido, según él, una revaloración de “lo argentino” en la generación más joven. Mientras habla, miro la ciudad por la ventana y me pregunto: ¿qué significa ser argentino? Es una pregunta distinta y, sin embargo, cercana a preguntarse qué significa ser puertorriqueño o latinoamericano. No lo sé. Tal vez consista en vivir una derrota deportiva apostando a la esperanza, reconocerse con dolor en una bandera o bailar con furia en las calles cada domingo. Tal vez sea todo eso, o ninguna de esas cosas. Tal vez sean las mil y una formas de resistirse, cada día, al borrón.








