Encontré El Comunista en la Colección Puertorriqueña de la Biblioteca Lázaro, no pude tocarlo, lo vi como una secuencia de sombras en la pantalla. Microfilm: imágenes pixeladas, letras que vibran, páginas que se deslizan con el mouse. Fui allí sin una pregunta precisa; me movía la curiosidad de entender cómo un país se imagina a sí mismo cuando aún no sabe qué nombre darle a sus miedos. En esas páginas impresas en Bayamón entre 1920 y 1921 descubrí algo inesperado: un comunismo escrito como revelación, plegaria o poema. Casi unculto político.
El primer número, fechado 1 de mayo de 1920, se anunciaba con un costo de cinco centavos, suscripción voluntaria, y una dirección postal: Box 306, Bayamón. Director: Ventura Mijón. Redactores: Antonio Palau y E. Ramos. Nada en ese encabezado preparaba al lector para lo que venía.
La columna inicial, “Saludo”, no se dirige a obreros. Se dirige a “rebeldes”. Lo leí dos veces, para tratar de entenderlo. Habla de “romper la monotonía de una civilización decadente y convencional”, de impulsarla “por la vía recta de elevados principios de libertad y emancipación económica y social”. Es una invocación disfrazada de programa político, que prefiere profetizar antes que analizar.
Durante décadas, la historiografía tradicional marginó la historia del comunismo en Puerto Rico. Sandra Pujals ha insistido en desmitificar ese campo, en estudiarlo más allá de los prejuicios ideológicos. El radicalismo obrero en la isla, según ha rastreado ella, fue parte de un proceso cultural y transnacional, alimentado por la Revolución Rusa, la Internacional Comunista y las tradiciones anarquistas locales. El Comunista, que apenas circuló un año, condensó todas esas tensiones.
En la Colección Puertorriqueña, mientras hojeaba los tomos de Gervasio García y Ángel Quintero Rivera, supe después lo que el país vivía entonces. Mientras leía el microfilm, me pregunté por qué aquel periódico hablaba tanto de rebeldía. En esos años, me enteré por las lecturas que el país hervía. La economía descansaba en el azúcar, el café y el tabaco, pero las ganancias se iban a corporaciones ausentistas que nunca pisaban la tierra que exprimían. Los trabajadores recibían los salarios más bajos de los territorios estadounidenses. Según ha documentado Juan Ángel Silén, el país vivió más de un centenar de huelgas solo en 1920, cada una un incendio de rabia acumulada. El gobernador, usando la Ley de Sedición de 1918, prohibió manifestaciones y la bandera roja. En ese clima, la prensa obrera se volvió refugio, el único espacio donde la clase trabajadora podía representarse sin pedir permiso.
Aquella fábrica de tabaco, La Marina, sobre la que escribía Emiliano Ramos, no parecía parte de esta isla. Mientras el periódico se leía en los talleres de Bayamón, en los campos los tabacaleros—los que sembraban y vendían la hoja—libraban otra batalla. Juan José Baldrich distingue entre ambos oficios: los tabacaleros, agricultores, y los tabaqueros, artesanos urbanos que transformaban el producto. Los primeros ocuparon los sindicatos y las páginas de El Comunista; los segundos, ante la caída de los precios y el empuje de las corporaciones, ensayaron el cooperativismo como resistencia. Para 1920, la industria del tabaco era un campo de fuerzas donde la clase trabajadora se dividía por oficio y género, pero también seunía por un malestar común. Algo en mi lectura entonces me hizo sospechar que el periódico solo narraba una parte de esa historia llena de sombras, la del tabaquero varón, héroe de sí mismo, mientras el tabacalero y las mujeres quedaban en los márgenes.
La fiesta de los mártires y la guerra sin cuartel
El artículo sobre el Primero de Mayo encendió en mí un signo de interrogación. No era una conmemoración, aquello más bien sonaba a un grito a los cuatro vientos.
“Para nosotros —escribían—, no es día de júbilo, para los asalariados, no es día de expansión y alegría: sino de protesta y de agitación, de lucha y de preparación de las numerosas falanges productoras para la grande y profunda revolución que se avecina.”
La sintaxis se tuerce y se desborda. Entonces viene la imagen: “aún sentimos el acompasado paso de las tropas mercenarias del gran capital; el ruido de los cascos de la caballería, armada para masacrar a los trabajadores reunidos pacíficamente en High Market”. El eco de 1886, de los mártires de Chicago, no era un recuerdo. Era una herida abierta. “Suene esta vez de otra manera —exigen—, suene con el estampido formidable de una clase entera oprimida”. Allí, en esa frase, entendí que el periódico más que informar, ritualizaba la fecha, la convertía en un sacramento de la rebeldía.
La editorial “Frente a un Momento Histórico” llevaba esa lógica un paso más allá. Ya no se trataba solo de recordar mártires, sino de declarar una guerra de aniquilación contra el orden existente. Leí el párrafo en voz baja, y sentí que no le hacía justicia a su furia contenida: “ya no es solo la razón del sentimentalismo místico la que asiste a los revolucionarios, sino también la más poderosa de todas las razones, de todas las armas: la razón de la fuerza y del determinismo.”
El texto se volvía explícito: “Dos fuerzas se disputan la supremacía universal; dos grandes corrientes, la una de estancamiento y mentida evolución, la otra de progreso y real justicia.” Luego, se presentó el modelo: el “gran coloso ruso” que presentaba “el digno ejemplo que hemos de seguir los trabajadores”. La Revolución Rusa no era un referente lejano; era el faro anclado en la isla. “Que la tierra sea del que la cultive: que la fábrica y el taller sean administrados por los mismos trabajadores… que nada sea de nadie en particular y que todo sea de todos en general.” La frase final era un grito: “¡Paso al Comunismo y a la Libertad!”
La sección de “Educación Revolucionaria” era aún más explícita en su llamado a la acción directa: “No más lucha política, no más adormidera religiosa, no más sofismas de falsas reformas; tenemos un solo campo y una sola guerra sin cuartel, iremos… con las únicas armas, con los únicos pertrechos que el legalismo usa, aunque persigue, porque son también sus armas: el sabotaje, la acción directa, y la revolución.”
La frase se acelera, acumula negaciones, y culmina en una tríada de violencia legítima. Los obreros eran “hermanos”, los caídos, “mártires”, y la revolución, una “guerra sin cuartel”. Arturo Bird Carmona ha seguido la pista de esos militantes anarquistas que adoptaban vidas austeras, casi de “apóstoles del ideal”. El Comunista recogió y amplificó esa tradición. El lenguaje se empapa de imágenes religiosas, pero no para consolar: para convocar a la batalla. “Venid con nosotros a la protesta, a la lucha”, cerraba el llamado del Primero de Mayo.
El ideal: anarquismo y revolución social
Entonces encontré un texto que me obligó a detenerme y a releer todo lo anterior con otros ojos. Se titulaba “El Ideal”, y había sido reproducido de Acción Libertaria de Madrid. Era una pieza programática, casi un manifiesto poético. No hablaba de huelgas ni de partidos se enfocaba en alma de la revolución.
“En el eterno evolucionar de los mundos, de los seres y de las cosas, yérguese nuestro ideal, el ideal de nuestros amores, lógico, justo, humano, bello, altivo, arrogante, amenazador…”
La frase era un himno y parecía una declaración de principios. Luego venía lo inesperado: una larga, casi obsesiva, negación de la violencia terrorista. “Nuestro ideal no es la bomba, el puñal, ni el veneno… No es Judith, asesinando a Holofernes, ni Jahel victimando a Sisara… No es el puñal de Bruto, la hoguera de Calvino, el veneno de Borgia, ni el revólver de Merino y de Galeote…” El texto enumeraba crímenes históricos, desde Nerón hasta Thiers, para decir: eso no somos nosotros. “Nuestro ideal no ha encendido las hogueras de la Inquisición, ni organizó la matanza de San Bartolomé, ni el ejército de Thiers ametrallando a los comunistas parisienses.”
¿Por qué tanta negación? ¿Por qué un periódico que llamaba a la guerra sin cuartel se esforzaba tanto en distinguirse de la violencia individual? La respuesta llegó unas líneas después: “Por ser anarquistas somos revolucionarios.” El periódico se declaraba anarquista, no comunista de partido. Distinguía su revolución del “motín sistemático”, de la “violencia erigida en dogma”: “la revolución que defendemos… no es la venganza sistemática, ni el asesinato glorificado, sino que es la revolución social, grande, intensa, unión de todos los buenos contra todos los malos, de todos los explotados contra todos los explotadores.”
Entendí algo que había estado leyendo mal. El llamado a la guerra sin cuartel no era una justificación del terror, sino una declaración de guerra total contra un sistema que, según ellos, solo entendía la fuerza. “Y como entendemos que jamás por la persuasión abandonarán nuestros enemigos sus odiosos privilegios, propagamos el acto revolucionario por todos los medios y con todos los elementos para conquistar la Anarquía.” La violencia que defendían era colectiva, social y no individual de la clase contra la clase.
El texto era una pieza de una red transnacional: venía de Madrid, de Acción Libertaria, y su presencia en las páginas de El Comunista mostraba que los redactores de Bayamón se veían a sí mismos como parte de una familia anarquista global. Pero esa filiación también tenía consecuencias: los anarquistas europeos que admiraban no eran los que estaban en el Caribe anglófono, ni los que luchaban en Jamaica o Trinidad. El mapa seguía siendo el mismo: Europa y, de pasada, América Latina.
El mapa del mundo y sus fronteras invisibles
El internacionalismo que proclamaba el periódico era un mapa muy particular. La sección “Mirando Hacia Afuera” era una ventana a Europa. Allí estaban todos: los sindicatos españoles luchando contra “la indecente clerigulla” y los Borbones; los obreros italianos siguiendo a Malatesta y Viviani, soñando con la soviética; los espartaquistas alemanes en la región del Rhur, de quienes decían con admiración: “Su bandera se rompe pero no se arría.” Una frase perfecta, contundente, que dejaba claro quiénes eran los héroes de aquella narrativa.
El fragmento titulado “La Tercera Internacional es una Realidad” era, quizás, el más revelador. Empecé a leerlo esperando un artículo. Encontré una lista de compras del supermercado. Una enumeración casi obsesiva de partidos y secciones que, según Boris Souvarine, integraban la Internacional Comunista. Leí los nombres en voz alta y recordé que estaba en la biblioteca: Partido comunista de Rusia, de Estonia, de Letonia, de Lituania, de Armenia, de Polonia, de Alemania, de Hungría, de Bulgaria, de Rumanía. Partido socialista obrero de Grecia. Partido socialista de Italia. Partido comunista de Holanda, de Bélgica, de Luxemburgo. Juventudes socialistas de España. Confederación General del Trabajo de España. Partido comunista de México. Partido comunista de Argentina. Partido comunista de Chile.
Leer esa lista me secó la garganta y no tenía agua. En esa sección estaba el mundo, o al menos su versión de él. Pero mientras leía, algo me chocó. El Caribe no hispano no aparecía. Jamaica, Trinidad, Barbados, las Antillas francesas y holandesas, la diáspora caribeña en Nueva York… no existían en ese mapa. Sin embargo, mientras ellos escribían desde Bayamón, en Jamaica y Trinidad las rebeliones obreras de los años treinta se gestaban con repertorios culturales muy parecidos. En Nueva York, la diáspora caribeña articulaba redes que conectaban a Puerto Rico con el radicalismo negro y comunista del continente. Sandra Pujals ha rastreado esas conexiones: el Buró del Caribe de la Comintern, los exiliados que tejían conexiones desde la Gran Manzana. El Comunista soñaba con una revolución mundial, pero su mirada se quedaba fija en el Atlántico Norte y en la Europa revolucionaria, sin escuchar los ecos que ya resonaban en el propio vecindario.
La unidad que se quiebra: tabaqueros en el exilio
Había otra fisura en ese internacionalismo. Una que no se veía en los mapas de partidos sino en los conflictos cotidianos entre trabajadores. La sección “Mirando hacia Afuera” me ofreció un reportaje detallado sobre el conflicto entre las sociedades de tabaqueros de Cuba, Tampa y Key West. Lo leí con detenimiento, y lo que encontré era un periódico que denunciaba a la Internacional con una dureza inesperada.
La Federación de Torcedores de La Habana y Pinar del Río había tomado una decisión despiadada: ningún tabaquero que viniera del extranjero podía trabajar en las fábricas cubanas sin presentar una libreta de una sociedad del oficio. El periódico describía la situación con una mezcla de indignación y perplejidad: “Los Cubanos y Españoles residentes en Tampa, Key West y otras ciudades del Continente, que tienen sus familiares en la Habana o en Pinar del Río, podrán no ir a Cuba, a menos que llevasen una patente en el bolsillo, porque sus compañeros y paisanos les niegan el derecho a trabajar en las fábricas de tabacos.”
La crítica se volvía más afilada cuando el periódico narraba cómo la Federación cubana había reconocido a la Internacional como “sociedad única en Tampa”, dando treinta días a los dos mil tabaqueros disidentes para disolver su organización. “Así como suena —escribía el cronista—, ¡a la brava!”
Pero el giro llegó después, cuando el periódico terminó poniéndose del lado de los disidentes. Reconocía que los tabaqueros de Tampa que no querían entrar en la Internacional eran “leales, dignos, honrados en las luchas del trabajo, de alta idealidad y siempre dispuestos al sacrificio”. ¿Y por qué no querían entrar? “Sencillamente, porque casi todos la conocen bien y saben que no hay quien haga caminar a esa tortuga de patas cansadas y de carapacho enorme, y que parece que no hay modo de poderla reformar, debido a los múltiples intereses que ha creado y a los muchos negocios que maneja y sostiene.” La Internacional era una “barca vieja” que no iba a ninguna parte. Los tabaqueros de Tampa querían organizarse para luchar contra el patrono, “no para pagar estampa, como pretenden algunos”.
El periódico estaba denunciando el proteccionismo gremial, pero también revelaba algo más: la Internacional no era una hermandad abstracta. Era un campo de tensiones entre trabajadores de distintos países. Entre los que se habían ido, los que se habían quedado, los que tenían libreta y los que no. La crítica a la Internacional como una burocracia lenta y llena de intereses creados — “esa tortuga de patas cansadas”— era una fisura interna en el discurso del propio periódico. El mismo medio que proclamaba “¡Paso al comunismo y a la libertad!” Se veía obligado a reconocer que, en la práctica, la organización internacional era vista por muchos trabajadores como un estorbo y no como un faro.
Meditando y Contra el Convenio: la voz de los trabajadores
Otras dos secciones, “Meditando” y “Contra el Convenio”, me ofrecieron la voz directa de los trabajadores o al menos, la voz que el periódico quería representar. La primera, “Meditando”, era un texto más teórico, casi filosófico, que criticaba la ley del salario. “El individuo como la institución, que dedique su tiempo o parte de él para defender la ley del salario, no hará otra cosa que defender los intereses de la burguesía.” El autor explicaba cómo los aumentos salariales eran devorados por el aumento del costo de la vida: “Hoy, un trabajador que ha adquirido alguna habilidad en su arte, puede ganar hasta 3 pesos por 8 horas de labor; sin embargo, ese trabajador está hasta más miserable, juzgándolo por su aspecto.” El texto terminaba con un llamado a la acción colectiva: “Pueblo, contribuye a tu emancipación social y económica para que en no lejano día, acabemos con todos los déspotas y explotadores.”
“Contra el Convenio” era más concreto y visceral. Escrito en primera persona, denunciaba el convenio laboral que ataba a los trabajadores: “Se nos contrata como si fuéramos siervos y ya se sabe que los convenios y las leyes son el amparo más eficaz de la burguesía.” El autor rechazaba el aumento de dos pesetas como “una especie de salivazo lanzado por el trust sobre mi rostro de proletario indigno”. Exigía seis pesos diarios para hacer frente al costo de la vida. Pero lo que más me llamó la atención fue la desconfianza final: “Ahora bien, yo estoy contribuyendo a que mi pueblo evolucione dentro del socialismo, pero no estoy muy confiado en que esta política satisfaga las aspiraciones del proletariado puertorriqueño, porque como política al fin, temo que tenga las uñas escondidas y concluya por arañarnos el rostro y el corazón.”
Surgía otra vez, la duda. El trabajador que escribía apoyaba la lucha, pero no confiaba del todo en la política, ni siquiera en la política socialista. El mismo periódico que proclamaba la revolución publicaba una voz que desconfiaba de las organizaciones.
Entre tabaqueros: la vergüenza como arma
La sección “Entre Tabaqueros” era diferente. No hablaba de Europa ni de conflictos en el exilio. Hablaba de lo que pasaba en los talleres de la Porto Rican American Tobacco Company, allí mismo, en Bayamón.
“No es posible callar por más tiempo, las condiciones en que tan pasivamente soportamos todos los explotados de la industria del tabaco en el país.” La frase me trajo a la realidad. No era un llamado a la esperanza; era un reproche seco. La columna preguntaba, con una dureza que me sorprendió: “¿No habeis demostrado en los últimos meses, que estáis conformes con vuestra situación? ¿No habéis dado la autoridad a vuestros representantes del Cuerpo Consultivo, para que éste os entregue atados como mandiles de siervos, contratados por dos años a los piratas del trust en Puerto Rico?”
Era un discurso de la vergüenza. Intentaba sacudir a los trabajadores, avergonzarlos por su pasividad. “Cuando tuvisteis este vergonzoso convenio ante vuestra consideración: ¿Estabais ciegos, o qué fue lo que os obligó a aceptarle?” El tono era el de un padre que reprende a un hijo, no el de un compañero que convoca a la lucha. La solución propuesta era la acción directa, la revuelta.
El periódico hablaba a los tabaqueros. A los tabacaleros no les hablaba, y a las mujeres apenas las nombraba. Los llamados a la acción eran para los hombres de la fábrica, no para los campesinos del campo ni para las obreras del deshoje. Juan José Baldrich ha documentado cómo la industria del tabaco se dividía estrictamente por oficio y género. Las mujeres despalilladoras, que eran la mayoría en ciertas etapas de la producción, no aparecían en estas páginas. El sujeto de la revolución era el tabaquero varón, el artesano urbano, el que podía leer el periódico y discutirlo en el taller. Los demás, los que sembraban la hoja o la deshojaban, quedaban fuera del marco.
Las sombras de la fábula
Una fábula, por entretenida que sea, nunca es inocente. Al leer con atención, las luces del microfilm revelaban también sus sombras. El “obrero” que construía el periódico era siempre un varón, sacrificado, modelo casi heroico de virtud proletaria. Las mujeres trabajadoras aparecían invisibilizadas o reducidas a víctimas pasivas.
Me incomodó esa palabra: “virilmente”. La usaba Ramos al pedir a los hombres que defendieran a las obreras. La industria del tabaco, como muestran Baldrich y María del Carmen Baerga, estaba atravesada por una división de género muy estricta. Las mujeres cobraban menos y eran vistas como una amenaza para los tabaqueros varones. El Comunistareflejó y reforzó esa visión. Cuando las mujeres aparecen, lo hacen en un lugar subordinado. En su crónica sobre La Marina, Ramos describe sus condiciones infrahumanas, pero las presenta resignadas, necesitadas de protección masculina. Habla de su “resignación dolorosa” y llama a los hombres a defenderlas “virilmente”. El paternalismo de esa representación refuerza la idea de que las mujeres no podían ser protagonistas de la lucha. El discurso emancipador, así, se enredaba con un machismo persistente.
En la misma biblioteca, a unos anaqueles de distancia del microfilm, encontré la silueta de Luisa Capetillo. Su voz, incómoda y prudente, era el dilema que el periódico había silenciado. En 1909 editó La Mujer y en 1911 publicó Mi opinión sobre las libertades, derechos y deberes de la mujer, donde sostenía que la mujer debía “emanciparse del prejuicio, de la tradición y de la incapacidad que le han impuesto”. Capetillo vinculó el feminismo con el obrerismo socialista, desafiando al patriarcado tanto como al colonialismo. Mientras los redactores de El Comunista soñaban con una revolución de hermanos, ella reclamaba un espacio para las hermanas en la trinchera. Su ausencia en aquellas páginas no fue un olvido; fue una elección política. Fue una exclusión que delataba los límites de aquel sueño.
La clase como experiencia
Cansado de la pantalla, busqué las lecturas que logré sacar de mi mochila antes de entregarla al empleado que la pondría en el anaquel de la Colección Puertorriqueña hasta mi salida. En los tomos de García y Quintero Rivera, en el artículo de Baerga y en los mapas sociales de Baldrich, entendí que lo que estaba viendo en el microfilm no era solo un periódico, sino un fragmento de lo que E. P. Thompson llamó “experiencia de clase”. Era una cultura viva: un modo de sentir, hablar, organizarse e imaginar el mundo. No una simple relación económica.
La historiografía puertorriqueña ha dado un giro enorme en las últimas décadas. Maldonado Denis ya había cuestionado la narrativa tradicional de próceres con su lectura marxista de la élite colonial. García y Quintero Rivera pusieron la solidaridad en el centro del movimiento obrero. Pero fueron Baerga y Baldrich quienes, con lupa de género y oficio, desmontaron la homogeneidad de esa “clase”. Releí tres veces el pasaje donde Baldrich separaba a tabacaleros de tabaqueros. Comprendí que El Comunista era un documento imperfecto. Su grandeza estaba en su profecía poética, en su furia internacionalista y en su declaración de un ideal anarquista que rechazaba tanto el terrorismo como la política reformista. Su condena respiraba, en sus silencios geográficos y de género, y en las contradicciones que el propio periódico no podía ocultar. El conflicto entre tabaqueros de Cuba y Tampa. En la desconfianza hacia la política, la crítica a la Internacional como una “tortuga de patas cansadas”. Esa tensión atraviesa el periódico. El sueño de la emancipación, la sombra del patriarcado y el eurocentrismo. En las fisuras del internacionalismo práctico: esas no se resuelven, se miran de frente.
Legado y resistencia
Más que un periódico doctrinario, El Comunista funciona como un artefacto simbólico. Era un espacio donde la clase obrera puertorriqueña —recién formada, todavía incierta— podía verse como protagonista de una historia más grande que la isla. Su tono, entre exagerado y poético, cargado de imaginería religiosa y de un llamado explícito al sabotaje y la acción directa, formaba parte de una estrategia. Producir presencia donde antes había ausencia. Al mismo tiempo, el periódico cumplió una función pedagógica: educó a los trabajadores sobre la organización y la acción directa. Funcionó como espacio de debate interno, con polémicas y cartas de figuras como Luis Muñoz Marín. En la sección “Carta Abierta,” Muñoz Marín le escribe a Mijón para opinar sobre la vieja disputa entre acción directa y acción parlamentaria: en principio prefiere la primera, pero propone que socialistas y radicales se repartan el trabajo en vez de pelearse, y admira el sacrificio de los rebeldes aunque él milite en el ala socialista. Cierra con una tiraera: el Gompers de Puerto Rico es Rodríguez Vera, no Santiago Iglesias. (Santurce, agosto de 1920).
Aunque solo circuló entre 1920 y 1921, su impacto se extendió más allá. Fue parte de una tradición de prensa obrera que desembocaría en el Partido Comunista Puertorriqueño de 1934. Las huelgas de la caña, el tabaco, las cooperativas de tabacaleros, las veladas literarias de la “cruzada del ideal”, las tribunas rurales donde los “santos laicos” educaban al pueblo que describe Bird Carmona. Todo eso era el caldo de gestación del que emergió aquel periódico. No podía faltar, claro, la represión. El gobernador Arthur Yager se convirtió en el emblema de un estado que respondía con la Ley de Sedición a cualquier sospecha de bandera roja.
Leerlo invita a reflexionar sobre la relación entre cultura, política y las relaciones de género. Nos recuerda que la prensa, además de reflejar la realidad, también la construye. Recuperar esas experiencias es, también, abrir un diálogo con el presente. Las preguntas que se planteaban entonces —cómo lograr justicia social sin exclusión, qué papel juegan las organizaciones en la construcción de un país más equitativo, cómo se relacionan las luchas obreras con proyectos nacionales e internacionales— siguen siendo nuestras preguntas.
Leer hoy este periódico es escuchar un eco. El comunismo de entonces no es el de ahora, pero la necesidad de imaginar un futuro —exagerado, contradictorio— sigue siendo parte de la vida política del país. En las páginas fantasmales del microfilm quedó una sensibilidad, más que un programa. La intuición de que la representación puede ser arma, refugio, o tal vez solo un horizonte lejano. Cuando rebobiné el microfilm, apagué la computadora, lo entregué a la bibliotecaria, pedí mi mochila y salí pensativo de la colección. Me detuve en la calle cerca de la rampa que me lleva a humanidades, me di cuenta de que la luz todavía cegadora del atardecer no aclaró las sombras en mis ojos. Se quedaron allí un buen rato. El archivo se volvió fantasma, y yo sigo oyendo aquel eco que me devuelve a este tema. Buscando aclarar las sombras que se quedaron conmigo aquella tarde. La imaginación insiste en el futuro.
El periódico tuvo sombras. Silenció a las mujeres, ignoró al tabacalero del campo y borró al Caribe anglófono de su mapa. La fraternidad internacional no pudo ocultar los conflictos entre hermanos de oficio ni la desconfianza de los trabajadores hacia sus propias organizaciones.
Sin embargo, aquella tarde en Lázaro, mientras buscaba esas voces perdidas, el sueño no me pareció terminado. No sé qué hacemos con esa herencia. Sé que no puedo dejar de pensar en el tabaquero que nunca leyó ese periódico y en las mujeres que nunca aparecieron en sus páginas.








