Especial para En Rojo
Cavó la tierra, supuse, con las manos y con la rabia e incomprensión primigenias de los cavernícolas.
La noticia llegó contra natura en esta modernidad líquida en la que vivimos: vía texto, tal cual me hicieron llegar las exequias de mi tía abuela la semana anterior junto a las notificaciones de memes y artículos en otro chat sobre el próximo racionamiento de agua en el área metro puertorriqueña. Mi tía abuela atravesó el umbral de la muerte con cierta tranquilidad contrario a esta muerte particular que aconteció entre verja bayamonesa: un adorado can visitó a Cerbero y atravesó, muy sin querer, al valle del Érebo queriendo tomar el sol en el patio, o queriendo, al verse atorado por el torso felpudo, regresar a su hogar.
Sus alaridos de dolor ante la noticia tropellaron mi sueño y mareajaron mi mar interno durante los días por venir.
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Digiriendo estas dos noticias, pensé en el discurso de This is Water / Esto es agua del fallecido escritor David Foster Wallace (1962-2008). Agua, en boca de todos. Agua, que está en todas partes; en nuestro cuerpo, en este globo terráqueo, pero en parte nula, al parecer, ahora mismo en Puerto Rico. Bueno, sí: desbordándose por las calles humedeciendo el pavimento y humectando los pocos árboles de las aceras (ahí está quizás entre el 40 y el 60 % del agua potable malgastado del país).
Agua que necesitamos para vivir; agua que nos rodea por todas las costas. Agua.
En el discurso, Foster Wallace cuenta que dos peces disfrutan de mutua compañía hasta que llega otro, el mayor, que les pregunta qué tal el agua, a lo que uno responde: «¿Qué diantre es agua?». Uno se preguntará: si eres pez, ¿cómo no sabes qué es agua? A lo que el orador de entonces responde: «Las realidades más obvias e importantes son con frecuencia las más difíciles de ver y sobre las que es más difícil hablar. Enunciado como una frase, por supuesto, éste es sólo un lugar común como cualquier otro, pero el hecho es que en las trincheras del día a día de la existencia adulta, los lugares comunes pueden tener una importancia de vida o muerte […]».
A continuación, Foster Wallace cuenta otra suerte de parábola en la cual dos hombres en una remota Alaska comparten anécdotas sentaditos en un bar; uno es ateo; el otro, creyente. El ateo cuenta que una vez se vio perdido entre la nieve y que se arrodilló y rezó por una señal, o salvación. Al rato apareció la ayuda. El creyente arguyó que Dios lo había ayudado y que ahora debía ser creyente, ¿no?. «Qué va a ser. Casualmente, un par de esquimales pasaron por aquí y me mostraron el camino de regreso». Durante el resto del discurso, el autor hace hincapié en la importancia de la atención, del criterio, de la observación; de la resistencia a los automatismos de la vida adulta e invita a los estudiantes a dilucidar las diferentes perspectivas que puede tener un mismo evento, como lo fue, por ejemplo, el rescate [milagroso, o no] del hombre perdido en la nieve.
Hacia el final discurso, dice: «Nada de esto se trata de moral, religión, dogma o sofisticadas preguntas sobre la vida después de la muerte. La cuestión aquí, es la vida antes de la muerte. Es llegar hasta los treinta, o tal vez incluso los cincuenta, sin querer dispararse a sí mismo en la cabeza. Es sobre el verdadero valor de la educación, que no tiene que ver con calificaciones o títulos sino con la simple conciencia: conciencia de lo que es real y esencial, tan escondido a simple vista alrededor de nosotros, que tenemos que recordarnos a nosotros mismos una y otra vez:
“Esto es agua.”
“Esto es agua.”
“Estos esquimales pueden ser mucho más de lo que parecen.”
Es inimaginablemente difícil hacer esto, vivir de manera consciente, adulta, día tras día. Lo que significa que una vez más el cliché es cierto: su educación realmente es el trabajo de una vida, y comienza ahora. Les deseo mucho más que suerte».
Sentada en el sofá, con Barrilito y agua soda en mano, a la espera de que volviese mi pareja de enterrar al perro me murmuré «esto es agua» una y otra vez y pensé que Foster Wallace se colgó en el patio de su casa tras pulsear con su gran depresión en 2008. Y que ambas realidades coexisten: que las palabras más optimistas acaso jamás pronunciadas hayan sido en boca de un gran deprimido. Que yo adolezca la falta de agua del pueblo aunque disfrute de tenerla. Que asuma todos los duelos y pugnas con ligereza y desasosiego.
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Directo de la oficina, salí al hospital al encuentro con mi abuelo bajo un chubasco tenebroso y deseado. El embalse de Carraízo se llenó en algo aquel día como se llenó mi corazón de fe al ver a mi patriarca pizpireto a pesar del asunto en mano. Tenía entonces la impresión de que podría diluviar cuarenta días y cuarenta noches con tal de que la familia se mantuviera en esa pecera de cuarto, nadando y subiendo y bajando con la presión, los niveles de azúcar y sodio de mi abuelo. Curiosa y no tan curiosamente, su afección fue debida a consumo excesivo de agua. Ingesta inmedible de agua; fuga de potasio.
Ahí, en el hospital, me lamí los labios secos y observé los del abuelo. Estamos sedientos, y todo reenvía al agua. A su estado, a su presencia, a su ausencia. Agua.
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En la adultez, siempre hay una emergencia que aplacar: en Puerto Rico, estas se triplifican y amplifican a medida que los gobiernos se pasan la papa caliente, papa caliente, papa caliente ya al que toque, finalmente, tapar o destapar la verdad. La adultez son decisiones, pienso, en activo: como ciudadanos que sí somos, soportamos, aportamos, pero también portamos cada uno un poder especial.
Foster Wallace dijo en el mismo discurso que «el tipo de libertad más importante involucra atención, consciencia, disciplina, esfuerzo, y ser capaces de preocuparse realmente por las demás personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, realizando miles de pequeños, y nada sexys, actos, día tras día. Esa es la verdadera libertad». Liberación, revolución, sumisión, colonización. El verano 2026 que nunca transcurrió a pesar de la pregunta ¿qué tal el agua?.
En ello pienso a mediados de agosto y, cuando desespero, hirsuta como mis nuevas canas, intento volver una y otra vez a esta libertad que poseo según el escritor. Ninguna distracción, reunión corporativa, superestrella, desparpajo gubernamental, objeto de lujo es suficiente.
La muerte es la muerte. El amor es el amor. «Esto es agua», y de aquí no me han de sacar.
* Las traducciones del inglés al español del discurso Esto es agua son algunas mías y otras de Pablo Robles Gastélum (Círculo de Poesía).








