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NaciÓN

La economía manda en la batalla entre Lula y Flávio Bolsonaro

 

Por Ibai Azparren

El presidente afronta la que podría ser su cuarta reelección con buenos indicadores económicos. Sin embargo, a nueve días de los comicios Lula parece estar empatado con Flávio, hijo de Jair Bolsonaro, y la campaña refleja la distancia entre las cifras macroeconómicas y el bolsillo de los brasileños.

Un día antes de subir al estrado de la Asamblea General de la ONU, Lula da Silva recibió un cumplido del alcalde de Nueva York. Zohran Mamdani, revelación de la socialdemocracia estadounidense y mandatario al que toda figura progresista quiere arrimarse, le dijo que era su fuente de inspiración. El viernes se sumó Bad Bunny. El puertorriqueño cedió a la campaña de Lula ‘Lo que le pasó a Hawái’, su canción sobre cómo la isla pierde tierra e identidad frente a EEUU, ahora reconvertida en un mensaje de soberanía brasileña. A sus 80 años, el que fue obrero metalúrgico busca un cuarto mandato al frente de la mayor economía de América Latina y se ha vuelto el gran referente de la izquierda en la región. Y llega en un momento delicado, con Trump resucitando la doctrina Monroe y su «América para los americanos».

El 4 de octubre Brasil se juega mucho más que la presidencia. De su voto depende buena parte del rumbo del continente, y la campaña lo refleja. El miércoles, Meta bloqueó las cuentas de Lula en Facebook e Instagram. El Partido de los Trabajadores denunció la injerencia de las grandes tecnológicas y estudia llevarlo al Tribunal Superior Electoral. El viernes, el presidente reunió a unas 80.000 personas en el centro de Recife, según su campaña, en uno de los actos más multitudinarios de la recta final. La contienda se ha movido estas semanas por la intromisión extranjera, la seguridad o los escándalos de corrupción. Pero lo que decide el voto, coinciden politólogos y economistas, es la economía. Ahí se juega Lula la reelección.

Sobre el papel, números de su Gobierno son buenos. Lula ha recuperado los programas sociales que Bolsonaro había desmantelado, ha subido el salario mínimo por encima de la inflación y ha eximido del impuesto de la renta a unos 25 millones de trabajadores. El paro está en mínimos históricos, y Brasil ha vuelto a salir del Mapa del Hambre de la ONU.

Aun así, los sondeos dibujan un empate técnico con el candidato de extrema derecha Flávio Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro, hoy en prisión por intentar un golpe de Estado tras su derrota electoral. La última encuesta de Datafolha deja a Lula apenas cuatro puntos por delante en la primera vuelta, y el resultado podría seraún más ajustado en una eventual segunda. Ni el escándalo del Banco Master, que investiga al propio Flávio por financiar un biopic sobre su padre con dinero del banco, ha frenado su ascenso.

Los buenos indicadores macroeconómicos no parecen percibirse en el bolsillo de los brasileños. Casi la mitad cree que la economía empeoró en el último año, según Quaest. Solo dos de cada diez notan una mejora. La desaprobación de Lula ronda el 50%, frente a un 44% que aprueba su gestión, cuando al cierre de sus dos mandatos anteriores rozaba el 80% de apoyo. El Gobierno lo achaca a la polarización política, que a su juicio impide que los buenos resultados se reflejen en las encuestas. La renta media ha crecido, pero el Departamento Intersindical de Estadística y Estudios Socioeconómicos (DIEESE) constató que la cesta básica subió en todas las capitales durante el primer semestre. Sobre todo el arroz y las alubias, dos pilares de la mesa brasileña.

El endeudamiento privado, además, se ha disparado. Según la Confederación Nacional del Comercio, el 82% de los hogares arrastra alguna deuda, un récord histórico. Buena parte procede de las apuestas deportivas online, que absorbieron unos 11.000 millones de dólares de los bolsillos brasileños el año pasado. El presidente brasileño, que había regulado el sector hace apenas tres años, las prohibió el viernes por decreto. Los tipos de interés, además, están por las nubes y sin embargo escapan al control directo del Ejecutivo, ya que es el Banco Central quien los fija.

Un legado neoliberal 

Otra deuda, la del Estado, alimenta otro debate. Los mercados financieros, concentrados en la avenida Faria Lima de São Paulo, reclaman un ajuste fiscal para contener una deuda que roza el 82% del PIB. La oposición y buena parte de las cabeceras del país machacan a diario al Gobierno con esa cifra.

La inflación está en el 4,2% y los altos tipos de intereses engordan las ganancias de un capital financiero que exige recortes sociales y disparan el precio del crédito para las familias y para la inversión productiva. Lula, sin embargo, no ha cedido y ha prometido avanzar en su agenda social. Así, ha impulsado el impuesto BBB, que grava a billonarios y bancos, y esta semana ha subido un 15% la Bolsa Família, el programa estrella del ‘lulismo’ de ayudas a los hogares pobres.

Entre 2003 y 2010, Lula tuvo el viento a favor. Las materias primas que demandaba China llenaron las arcas públicas y sacaron de la pobreza a más de treinta millones de personas. Cuando volvió al poder en 2023, el país era otro. Se encontró una industria debilitada, un comercio mundial más hostil y un Congreso fragmentado en el que no tiene mayoría propia. Heredó, además, la austeridad que Michel Temer había constitucionalizado tras el golpe contra Dilma Rousseff en 2016, un techo que congelaba el gasto durante veinte años.

Pekín y Washington 

El petróleo, la soja y el hierro son el grueso de las exportaciones brasileñas. Su primer cliente es China, aliado en los BRICS, que le compra el triple que EEUU. Brasilia le vende sobre todo materia prima y recibe a cambio automóviles, chips y maquinaria. Pero Lula quiere ir más lejos en la próxima legislatura. Su ministro de Finanzas, Dario Durigan, explicó en ‘Le Grand Continent’ que la meta es refinar e industrializar las tierras raras y los minerales críticos, de los que Brasil guarda las segundas mayores reservas del planeta. Cuenta, además, con una baza que pocos tienen, ya que más del 90% de su electricidad proviene de fuentes limpias.

La apuesta del mandatario brasileño por diversificar culminó en el acuerdo comercial entre Mercosur y la Unión Europea, una de las grandes victorias diplomáticas de Lula tras 25 años de negociación. Su parte comercial entró en vigor provisional en mayo. Doce días después, Bruselas vetó la carne brasileña por el supuesto uso de antibióticos, un golpe que Brasilia atribuye a la presión de los agricultores europeos.

En la Amazonía, Lula presume de su mejor dato ambiental. Con Bolsonaro, la deforestación rozó picos de 12.500 km2 al año. Con Lula ha caído a mínimos históricos, un 37% en el último ciclo según el instituto oficial INPE. El presidente defiende, eso sí, explorar petróleo a 175 kilómetros de la costa amazónica, una zona que los ecologistas consideran sensible y que él reivindica como recurso soberano.

Propuestas

En materia económica, los dos candidatos miran hacia lados opuestos. Lula defiende un Estado que impulse el desarrollo, con inversión pública en infraestructura e industria, los programas de renta intactos y el fin de la escala 6×1, la jornada de seis días de trabajo por uno de descanso que millones de brasileños quieren dejar atrás.

Por su parte, Flávio Bolsonaro promete lo contrario, un tijeretazo al gasto que ha bautizado como «tesouraço», el cierre de diez ministerios, una rebaja general de impuestos y la privatización de buena parte de las empresas públicas. El analista Thomas Traumann, que fue portavoz del Gobierno de Dilma Rousseff, le pone otra pega, cree que al senador le interesa poco la economía y que gastará su capital político en amnistiar a su padre y en tumbar al juez De Moraes, quien lo encarceló.

En política exterior, Lula dejó claras sus prioridades en el discurso de la ONU. Defendió el multilateralismo, denunció la parálisis del Consejo de Seguridad y el genocidio de Israel en Gaza, y subrayó que Brasil «no es el patio trasero de nadie».

Flávio Bolsonaro, en cambio, se reunió con Trump en mayo y ha prometido meter a Brasil en el Escudo de las Américas, la alianza de seguridad con la que Washington reactiva la doctrina Monroe que recoge su propia Estrategia de Seguridad Nacional. De Lula dice que «lame las botas de China y tira piedras contra Estados Unidos», y promete enfriar la relación con Pekín para plegarse a EEUU. El problema es que el agronegocio, columna vertebral del bolsonarismo, le vende a China la mayor parte de su soja.

Por todo ello, el 4 de octubre se sigue mucho más allá de Brasil. Tras la ofensiva de Trump sobre la región, con gobiernos progresistas cayendo uno tras otro, Brasil y México son los dos grandes bastiones que le quedan a la izquierda latinoamericana. Si gana Flávio, la mayor economía del subcontinente se acercaría a Washington y los BRICS perderían fuelle. Si gana Lula, Brasil seguirá siendo el principal contrapeso al poder estadounidense en la región. Los brasileños eligen presidente y, con él, hacia dónde se inclina buena parte de América Latina.

Reproducido de: www.resumenlatinoamericano.org