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El que ríe último

Luego de cuarenta años de litigio, se anuncia para este año el lanzamiento de El otro lado del viento, editada según los apuntes que dejó el propio Welles. Bogdanovich, que ya tiene setenta y cinco años, ha dicho que es la película más moderna que vio en su vida, “más lyncheana que David Lynch.”

En 1969, en plena revolución del Nuevo Cine en Hollywood (Busco mi destino, de Dennis Hopper; La pandilla salvaje, de Sam Peckinpah; Bonnie & Clyde de Arthur Penn), el joven Peter Bogdanovich va a México a entrevistar a Orson Welles, que está actuando en una película de cuarta. Su plan es hacer un libro sobre el legendario director que lleva doce años gitaneando porque Hollywood no le pone dinero para dirigir. Durante la charla, Bogdanovich le cuenta que no sólo los jóvenes directores sino también leyendas como John Ford y Howard Hawks empiezan a tener el mismo problema. Orson golpea la mesa, dice que está planeando una película sobre el tema. Bogdanovich le pregunta si ya tiene guión. Orson procede a mostrarle cinco páginas arrugadas y manchadas de café. “Tengo hasta el título: Las bestias sagradas”.

Bogdanovich piensa que es una más de sus bravatas, pero igual queda encandilado, porque la idea de Orson es filmar, como si fuera un documental, el último día de vida (que a la vez es el día del cumpleaños) de un director de cine legendario del viejo Hollywood. El tipo está filmando una película que va a ser su testamento, se ha quedado sin plata y sin actor principal en medio del rodaje, pero decide dar igual una fiesta enorme, a la que invita no sólo a todos sus amigos sino a sus enemigos también. Durante la fiesta muestra fragmentos de lo que tiene filmado para tentar a algún productor. En la fiesta hay periodistas entrevistando famosos, estudiantes de cine cámara en mano haciendo verité, agentes encubiertos del FBI, ríos de champagne, un apagón que obliga a la comitiva a trasladarse a un autocine al amanecer, un auto deportivo hecho trizas y una inconfundible voz en off diciendo: “Este es el auto de Jake Hannaford, muerto el día en que cumplió setenta años. Lo que van a ver es la reconstrucción de sus últimas horas, realizada con todo el material que se filmó esa noche”.

Un año después, Bogdanovich lee en Variety que Orson está en la ciudad para filmar tres comerciales de café y aparecer haciendo el bufón en el show televisivo de Dean Martin. Horas más tarde suena su teléfono. Es Orson: “¡Estamos filmando, te necesito!”. Estaba haciendo la película de canuto. Con el dinero de esas apariciones televisivas y un equipo técnico de seis voluntarios, todos jóvenes, todos fans, había logrado colarse en un estudio abandonado de la MGM (oficialmente se lo prestaban a unos estudiantes de la UCLA, Orson entraba escondido bajo una manta en el asiento trasero del coche todas las mañanas) y la idea era filmar hasta que se acabara el dinero, luego conseguir más y seguir filmando. El rodaje debía durar ocho semanas, pero se prolongó durante cuatro años, a salto de mata. Como la película era un collage de distintas texturas fílmicas, Orson no veía problema en interrumpir y reanudar, y como la fiesta debía ser un aquelarre, tampoco le importaba cambiar todo el tiempo de locación, usando diferentes mansiones prestadas. En cierto momento le habilitaron una espléndida casa con pileta en Arizona, enteramente rodeada de rocas gigantes, como un paisaje de otro mundo: en los papeles era para que se recluyera a escribir sus memorias, pero él llegó con su troupe y con John Huston (a quien había conseguido para el papel principal) y ocho meses después devolvió la casa en ruinas, además de usar todo el anticipo por aquel libro inexistente para seguir filmando.

Según Bogdanovich, la actuación de Huston, combustionada por el alcohol y la improvisación sin red, es superior a la que ofreció en Chinatown (a tal punto que, cuando Orson murió, Huston intentó comprar la película y terminar de editarla él mismo). Bogdanovich también cuenta que en medio del rodaje en Arizona, Huston avisó que se ausentaba unas semanas: fueron dos meses, los que necesitó para irse a Marruecos, dirigir esa joya llamada El hombre que sería rey y volver. Orson sólo comentó: “Tenemos estilos diferentes”. Y siguió incluyendo en su película todo lo que sucedía a su alrededor, en especial a los jóvenes de talento que se acercaban al enterarse de que estaba haciendo cine-guerrilla en el patio trasero de Hollywood: a todos les permitía aparecer con su propia ropa, pero los vestía él (“No me digas que esa camisa no pega con ese pantalón; yo conozco tu personaje mucho mejor que tú”). En cierto momento se enamoró de una turbina aeronáutica Ritter, la compró y la hizo montar en un camión para poder generar su propio viento cuando quisiera (para entonces ya había cambiado el título de su película a El otro lado del viento).

Hacia fines de 1973 nadie sabía ya qué estaban filmando. Orson pasaba más tiempo en Europa que en California. En París logró sacarle un millón de dólares a la productora Astrophore, del cuñado del sha de Irán, pero cuando éste exigió sentarse a ver el material, Orson desapareció con las latas. Se encerró en un laboratorio de montaje en Roma, donde preparó unos cuarenta minutos de material para llevar a Los Angeles. El American Film Institute iba a dedicarle un homenaje y su plan era llevar con él esos cuarenta minutos para conseguir fondos que le permitieran terminar. Orson odiaba los premios a la trayectoria (“preavisos de la muerte” les decía), pero necesitaba dinero urgente. Convenció a Astrophore para que pusieran avisos en Variety anunciando que la película estaba “casi lista” y partió a la fiesta de más de mil invitados (de Groucho Marx a Rock Hudson, de Ingrid Bergman a Jack Nicholson y Frank Sinatra cantándole “The Gentleman Is a Champ”), subió al escenario y dijo: “Mi padre me dijo una vez que el arte de recibir un cumplido es un signo definitorio del hombre civilizado. Pero se murió antes de enseñármelo, así que me alivia que no esté aquí para verme. Yo sólo puedo decirles que las necesidades de las que soy esclavo son distintas de las de ustedes. Yo pago mi carrera de director trabajando como actor. Me subsidio a mí mismo para hacer cosas como ésta”. Y las luces se apagaron y en la pantalla apareció una escena de El otro lado del viento en que el director trataba de sacarle dinero a un pez gordo de Hollywood mostrándole escenas de su película. Las escenas no tenían diálogo, ni continuidad, ni sonido. El pez gordo decía: “Preferiría leer el guión. ¿¡Cómo que no tienen guión!?”.

Orson contó después que durante la fiesta recibió una oferta, pero Astrophore la rechazó apostando a un socio mejor. Bogdanovich dice que nadie en Hollywood estaba dispuesto a poner dinero en una locura de Orson. “Todos aquellos que habían pagado mil dólares el cubierto lo aplaudieron salvajemente y se negaron a soltar un solo dólar después.” Con la llegada de los ayatolás al poder en Irán, Orson perdió el control de la película y le negaron hasta la chance de editarla con el material que ya existía. Cuando sufrió el ataque cardíaco que lo mató, en 1985, estaba sentado frente a su máquina de escribir tipeando una escena que iba a filmar en su casa esa tarde: una versión abreviada del Julio César de Shakespeare en que se proponía hacer todos los papeles él. La casa quedaba en Hollywood, pero no era una mansión.

Luego de cuarenta años de litigio, se anuncia para este año el lanzamiento de El otro lado del viento, editada según los apuntes que dejó el propio Welles. Bogdanovich, que ya tiene setenta y cinco años, ha dicho que es la película más moderna que vio en su vida, “más lyncheana que David Lynch.”

Tomado de Página 12 con permiso del autor.

Desde el Puente Martín Peña

(en Poema en Veinte Surcos, 1938)

Julia de Burgos

Tierra rota. Se hace el día

el marco de la laguna.

Un ejército de casas

rompe la doble figura

de una cielo azul que abastece

a un mar tranquilo que arrulla.

Un ejército de casas

sobre el dolor se acurruca.

Hambre gorda corta el sueño

de enflaquecidas criaturas

que no supieron morirse

al tropezar con su cuna.

Marcha de anhelos partidos

pica la calma desnuda

donde recuesta su inercia

la adormecida laguna.

Una canción trepa el aire

sobre una cola de espuma.

un verso escapa gritando

en un desliz de la luna.

y ambos retornan heridos

por el desdén de la turba.

¡Canción descalza no vale!

¡Verso sufrido no gusta!

Tierra rota. Fuerza rota

de tanto cavar angustia.

Huesos vestidos alertas

a una esperanza caduca

que le hace mueca en las almas

y se le ríe en las arrugas.

Hacha del tiempo cortando

carne de siglos de ayuna

adentro la muerte manda

afuera el hambre murmura

una plegaria a los hombres

que al otro lado disfrutan

de anchos salarios restados

a hombres obreros que luchan.

¿Respuesta?- Brazos parados.

sobre el mantel. No hay industrias.

¡Obreros! Picad el miedo.

vuestra es la tierra desnuda.

saltad el hambre y la muerte

por sobre la Honda laguna,

y uníos a los campesinos,

y a los que en caña se anudan.

¡Rómpanse un millón de puños

contra moral tan injusta!

¡Alzad, vuestros brazos

como se alzaron en Rusia!

De las tribus perdidas de Israel a la biblioteca indígena: las piedras del Padre Nazario

Giancarlo Vázquez López / En Rojo

“Negar la capacidad de los indígenas es desvirtuar nuestra capacidad en el presente porque ese es el único periodo de nuestra historia donde, salvando las distancias, hemos sido independientes y autosuficientes. Un periodo peligroso para la mentalidad colonial”. 

Así lo manifestó el arqueólogo Reniel Rodríguez Ramos, en una entrevista especial para EN ROJO sobre la investigación más reciente en torno a las piedras obtenidas por el Padre José María Nazario y Cancel en el municipio de Guayanilla a finales del siglo XIX, y que según se ha dicho constituyen una biblioteca indígena. 

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La primera vez que escuché sobre estas piedras cursaba mi segundo año en la Universidad de Puerto Rico (UPR) en el recinto de Utuado, dónde Rodríguez Ramos es profesor de sociología y antropología. 

Sin embargo, hace algunos meses, me tropecé con un artículo en las redes que, más o menos, tergiversaba la historia hasta ahora conocida sobre las piedras, dando a entender forzosamente que el arqueólogo daba por hecho el planteamiento original del Padre Nazario quien creía que las piedras estaban asociadas a las tribus perdidas de Israel. 

En cambio, el profesor aclaró que su investigación consiste en evaluar esa hipótesis como cualquier otra posibilidad que pueda existir respecto al sistema de escritura. 

“Mi respuesta fue que no, yo lo que quiero es evaluar ¿Cómo y cuándo se hicieron las piedras? ¿Qué lenguaje esta expresado en en ellas para tratar de entender que es lo que representan? Si en efecto terminan representando un contacto que tiene que ver con las tribus perdidas de Israel, perfecto, yo no tengo problema con hacer ese planteamiento, pero para poder llegar ahí yo necesito mucha información”, explicó Rodríguez. 

“De igual forma si sale otra cosa y esto tiene que ver con otro tipo de escritura de los indígenas de las Americas, inventada acá o relacionada con algún otro tipo de escritura que se dio en el viejo mundo igual, mi trabajo esta abierto a cualquier tipo de interpretación que se base en los datos que genere la investigación. No tiene una agenda de demostrar que una cosa o la otra está asociada con las tribus perdidas de Israel”, continuó. 

Ante la ausencia de un epigrafista que analice la escritura en las piedras, Rodríguez, ha tratado de ver los símbolos y compararlos con otros sistemas de escritura para ver sus parecidos. 

El arqueólogo, explicó que lo más cercano a la escritura en las piedras es la escritura líbico-bereber perteneciente a la región noroeste de África, y otras variantes de lo que se conoce como escritura paleoibéricas que se encuentran en diferentes partes de la península ibérica (principalmente al sur) e Islas Canarias. “Es lo más cercano que yo he visto pero eso todavía depende de la confirmación de un experto en escritura antigua”. 

A diferencia de la escritura cuneiforme (mucho más antigua) estos son sistemas más estructurados de escritura, silabarios o “alfabetaicos”, donde cada símbolo representa una sílaba o una letra; sistemas que en su mayoría derivan de la escritura fenicia y son variantes regionales. 

“La investigación se enmarca dentro de un estudio que incluye elementos de archivo sobre el contexto histórico donde se dio la aparición de las piedras y todos los personajes asociados con esta historia… para tratar de ver que se conocía, que información se difuminó en ese momento sobre las piedras”

Algunos estudiosos de las piedras fueron, desde diversas perspectivas, el escritor Manuel Zeno Gandía, Mariano Abril, Cayetano Coll y Toste, Salvador Brau y José Julián Acosta; el arqueólogo Jesse Walter Fewks, Pinart, Samuel Lothrop y Barry Fell -ambos de la Universidad de Harvard- y Martin Bernstein quienes dudaron de la teoría del Padre Nazario. También, instituciones como el Museo del Hombre, en París, y el Smithsonian. 

También, se está realizando el estudio propio de los artefactos, el análisis de cada pieza y viendo que tipo de marcas son representadas, esto para entender que tipo de escritura era. 

Rodríguez enfatizó en que la investigación se está haciendo con el apoyo del municipio de Guayanilla, el Ateneo Puertorriqueño y la Universidad de Puerto Rico en Utuado. 

Ante esto destacó la importancia del recinto de Utuado en términos arqueológicos pues el mismo esta construido sobre un yacimiento indígena, lo que hace del lugar un sitio idóneo para proyectar investigaciones arqueológicas de todo tipo. También, que así como en todos los recintos de la UPR, en Utuado se están haciendo investigaciones importantes que son parte del capital que genera la universidad. 

“Esta investigación demuestra el rol protagónico de la UPR, en este caso la UPR de Utuado, en la producción del conocimiento sobre nuestros ancestros indígenas”, dijo. 

Comentó que próximamente estará realizando estudios de campo tratando de identificar la posible existencia de esa escritura en otros contextos, como por ejemplo, en el arte rupestre, petroglifos, pictografías, imágenes pintadas en las cuevas que tengan elementos similares a los de las piedras y que permitan ver si independientemente de las piedras este tipo de escritura se da en contextos contemporáneos, o sea, de la misma antigüedad de las piedras que según los fechados de radiocarbono van entre los 900 a. C. Y 900 d. C.

“Ese tipo de sistema de representación, lo que se ve en las marcas de las piedras, es uno bien diferente al tipo de arte rupestre tradicional que se encuentra en la Isla y por eso es tan llamativo. Es un sistema lineal de códigos sobre líneas de registro, líneas que le dan sentido en términos fonológicos a cada uno de los símbolos como en nuestra escritura, escribes y verbalizas. Cada letra tiene un significado por la secuencia donde está puesta. El valor fonético que se le asigna a cada una de esas marcas va depender de como se estructuró ese sistema. Porque en definitiva parece que lo que hay representado en las piedras es un sistema de escritura”.

Los enigmas como este se resuelven con la ciencia y el estudio. Con paciencia, sin prisa, sin pausa. Eso es lo que hace nuestro entrevistado.

Los superchicos del Espacio

El espacio sideral obsede a ciertos hombres, la Luna y Marte les fascinan. 

Si creemos en la mitología griega, y si no creemos también, tal vez fue culpa de Endimión por enamorarse de Selene. (Aunque ella no se quedó atrás.) Desde el enamoramiento de aquel pastor, la Humanidad masculina ha estado fascinada con la Luna. Es cierto que el enamorado solo quería ver y recibir a su amada de vez en cuando, pero después de él algunos hombres han querido llegar hasta ella y hasta poseerla. El olímpico supermacho (o superchico) Zeus no ha desaparecido del todo de ciertas psiquis. 

(Aquí conviene recordar, por si acaso, el otro relato mitológico, el de Ícaro que imprudentemente voló tan alto que Helios, el Sol (hermano de Selene) precipitó su caída quemándole las alas.)

Sí. Deberá la Humanidad viajar a la Luna y a Marte pero no por necesidad sino por libertad, no como loca opción al exterminio de la especie, sino como cumplimiento de un anhelo del espíritu. Para ello, antes, la Humanidad deberá superar toda desigualdad e injusticia y alcanzar una vida plena aquí haciéndose dueña y señora de su planeta, de sus recursos y de sus propios sueños.

 Es claro que la Luna obsede a unos hombres más que a otros. Por lo mismo, no terminamos de acostumbrarnos a ciertos ejemplares que combinan con gran destreza sus fantasías con el arte de maximizar su caudal o la nutrición de su ego y de paso cultivar su imagen de visionarios. Son fundadores de grandes compañías, como patriarcas de tribus, y algunos hasta se creen salvadores. Demás está decirlo, figuran entre los especímenes más ricos del planeta.

Les presento, pues, a los cuatro superchicos del Espacio: Elon Musk, Yusaku Maezawa, Jeff Bezos y Richard Branson. (¿Cuatro, como los hermanos Marx?) 

Elon Musk (1971), que fundó Tesla Motors, también es el fundador de la compañía SpaceX. Le ha dado con salvar la Humanidad, o esa es la excusa. ¿Su propuesta? la emigración espacial. Ha dicho: “Tarde o temprano, tendremos que expandir la vida más allá de esta bola verde y azul –o extinguirnos”. Quiere establecer una colonia humana en Marte en 2040. Fue asesor de Trump, pero renunció cuando EEUU se retiró del Tratado de París sobre el cambio climático. Ha dicho que es socialista, suponemos que a su manera. De niño era algo reservado. Además de su interés mesiánico, también le interesa el negocio del Espacio. Su empresa realizará un viaje turístico alrededor de la Luna en 2023.

Yusaku Maezawa (1975) será el primer pasajero del viaje de SpaceX alrededor de la Luna. Maezawa es un empresario de la moda y coleccionista de arte que empezó a hacer fortuna vendiendo discos. De joven le gustaba jugar con la patineta. Hace poco compró un obra de Basquiat por más de 100 millones de dólares. El japonés, a su vez, invitará artistas para que lo acompañen en su travesía y creen arte en el que plasmen su experiencia sideral. Él asegura que serán “obras maestras”.

Lo podemos ver en internet con su proyecto “dearmoon” y sus palabras inspiradoras: “Escojo ir a la Luna, con artistas. ¿Qué verán? ¿Qué sentirán? ¿Y qué crearán?” Y añade preguntándose -retóricamente, supongo- “qué clase de pintura habría hecho Picasso si hubiera podido ver de cerca la Luna” o “qué clase de canciones hubiera compuesto John Lennon si hubiera visto la curvatura de la Tierra”. 

Simpáticas preguntas imposibles de contestar. Uno no sabe qué pensar. Afirma García Márquez que le bastó recordar cómo su abuela le contaba los relatos de aparecidos para encontrar el tono del narrador de Cien años de soledad.De Picasso sabemos que el encuentro con el arte africano le señaló un nuevo rumbo pues le enseñó a mirar de otro modo. (Tal vez África para el malagueño era otro planeta.) Vaya usted a saber. A lo mejor, después de darle la vuelta a la Luna, los compañeros de viaje de Yusaku se quedan en blanco sin que se les ocurra nada. 

Jeff Bezos (1964), fundador de Amazon y, según los expertos, el hombre más rico del mundo, también tiene su compañía de transporte aeroespacial, Blue Origin. También dice que quiere salvar la Humanidad. ¿Original, no? A los 18 años dijo que quería “construir hoteles espaciales, parques de diversiones y colonias para 2 o 3 millones de personas”. En la página de Blue Origin leemos su misión: “construir un camino al espacio para que nuestros hijos puedan construir el futuro”. Uno se pregunta, ¿los hijos de quiénes? Su visión, según lo cita Los Angeles Times en 2016 es de “millones de personas viviendo y trabajando en el espacio”. Una de sus citas célebres reza: “Es necesario anticipar un cierto grado de fracaso”, palabras con luz que en estas aventuras espaciales esperemos que no olvide. Tiene varios contratos con la NASA. 

El “viejito” testosterónico del grupo es Richard Branson (1950). Comenzó a amasar fortuna con la venta de discos piratas y fundó la compañía Virgin Records. (Otra vez los discos, el círculo que se repite.) Cultiva la imagen de deportista. Ha hecho cosas como cruzar el Canal de la Mancha en una nave anfibia con el único propósito de batir el récord e intentar infructuosamente darle la vuelta al mundo en un globo. Aunque parece un vaquero medio jipitón, (antes se hubiera dicho “groovy”), le gusta también la pompa: la reina de Inglaterra lo ordenó caballero, y él aceptó muy gustoso. Es dueño de Necker, una de las Islas Vírgenes, (dicen que para evadir impuestos) y posee negocios de bienes raíces en islas vecinas. Como ya debemos esperar, también tiene su compañía aeroespacial, Virgin Galactic, cuyo nombre, casi como un amuleto de buena suerte, recuerda el comienzo de la riqueza del fundador. La compañía también quiere realizar viajes turísticos al espacio. Por un viajecito de 90 minutos Virgin Galactic cobra 250,000 dólares. No está mal. Su autobiografíaa se titula: Losing My Virginity: How I’ve Survived, Had Fun and Made a Fortune Doing Business My Way. Se cree simpático.

Ahora, después de este corto viaje con los olímpicos chicos del espacio pongámonos algo graves para la reflexión y regresemos a Tierra con la mitología griega. 

Prometeo desafió el Olimpo y trajo el fuego a la Humanidad. Ese fuego es gesto libertario y solidario, símbolo de conocimiento. Por eso, Zeus, castigó a su portador poniéndole cadenas. ¿No es hora ya de que esa Humanidad libere a su benefactor y asuma ella la responsabilidad de su propio fuego, de su imaginación, de su ciencia y de su riqueza mediante el principio bien aplicado del bien común planetario (“de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades”)? Sí. Deberá la Humanidad viajar a la Luna y a Marte pero no por necesidad sino por libertad, no como loca opción al exterminio de la especie, sino como cumplimiento de un anhelo del espíritu. Para ello, antes, la Humanidad deberá superar toda desigualdad e injusticia y alcanzar una vida plena aquí haciéndose dueña y señora de su planeta, de sus recursos y de sus propios sueños. Estos no deben estar usurpados por un puñado de chicos machos desorbitados, aspirantes a Zeus, representativos de la explotación y desigualdad planetarias. Deberá ser, pues, la Humanidad, a un tiempo, Endimión o enamorada Endimiona, prudente Ícaro o Ícara y desafiante Prometeo o Prometea. Disfrutando, así, de todo en toda la Tierra, la Humanidad entera podrá y deberá ser democráticamente lunática. 

Hemos aterrizado.

Breves de Kalman Barsy

EFICACIA O EXPRESIVIDAD

¿Qué valoramos más? Hasta la manera de ponerles nombres a las calles y avenidas dice algo sobre nosotros en cuanto a esta opción.

Los españoles, por ejemplo, pueblo muy dado a la vehemencia y gestualidad extremas, nombran sus calles como si de homenajes se tratara. Este criterio, que prima sobre toda otra consideración, vuelve locos a carteros y repartidores. Baste un solo ejemplo:

En Badalona, provincia de Barcelona, donde vivo, hay una callejuela estrecha que arranca desde la costa llamándose Sant Jaume. Dos intersecciones y apenas cien metros más allá se ensancha, llamándose ahora, más pomposamente, Sant Francesc D’Assis. Pero poco le dura la bienaventuranza a este nuevo santo. No bien se topa con la primera intersección, pasa a llamarse Carrer del Temple, culminando en el sobrio edificio de la iglesia de Santa María en mística fusión ascendente. Todo esto en un recorrido que no llega ni a un kilómetro.

Por contraste, en la ciudad de Nueva York prevalece el criterio de funcionalidad. La mayoría de las calles de Manhattan son numeradas, con la abreviatura del punto cardinal correspondiente a continuación del número: 113 W. por ejemplo. De este modo uno sabe mejor dónde se encuentra; no hace falta honrar a nadie poniéndole a la calle su nombre.

Los españoles, por ejemplo, pueblo muy dado a la vehemencia y gestualidad extremas, nombran sus calles como si de homenajes se tratara. Este criterio, que prima sobre toda otra consideración, vuelve locos a carteros y repartidores. Baste un solo ejemplo:

Un punto intermedio entre estas dos actitudes lo encontramos en la ciudad de Buenos Aires. Allí las calles llevan nombre propio pero –con algunas excepciones– siguen llamándose igual a lo largo de todo su recorrido. El famoso “ego argentino” tiene también en esto su peculiar expresión. Elegimos no cambiarle el nombre a la Rivadavia hasta la ciudad de Luján, a 77,3 km. de distancia, y nos jactamos de tener la avenida más larga del mundo.

PALABROTAS

Los humanos nos comunicamos mayormente mediante conjuntos de sonidos o garabatos sobre papel que denotan alguna cosa. A estos llamamos “palabras”. Esencialmente, se trata de artefactos inventados para transmitir alguna información. Pero éste no es su uso exclusivo. Las palabras tienen también una “carga emotiva” que se transmite, y en ocasiones interfiere o cancela su función informativa. 

Es el caso, entre otros, de las “palabrotas”. Proferirlas o padecerlas nos sitúa en el ámbito de la pura emoción, en desmedro de su significado semántico. Así, no necesito ser una persona casada para ofenderme si me gritan “¡cabrón/a!”, ni mi santa madre tuvo que haber ejercido la prostitución para que me llamen “hijo/a de puta” en medio de una trifulca. Es evidente que se trata de puros exabruptos, sin vocación informativa alguna.

Resulta gracioso cuando las palabrotas se vacían a tal punto de significado que comunidades enteras de hablantes ya lo han olvidado completamente. Es el caso de “carajo”, por ejemplo. Aún con el diccionario de la RAE en la mano, no lograba convencer a mis amigos en Puerto Rico de que la primera acepción es (cit.) “miembro viril” –y no unas islas de la costa de África ni la cofia del palo mayor en un velero. 

Lo mismo sucede por todos lados y en cualquier idioma. El uso y abuso de “fuck” en inglés ya está tan alejado de la cópula como nuestro “joder”, o el “merde” francés de la representación mental del excremento humano. Todo es cuestión de costumbre, por supuesto –que estos vaciamientos de significado toman su tiempo. Después de muchos años viviendo en España todavía me perturba oír en boca de alguna señora mayor, muy compuesta, la ubicua expresión “a tomar por culo”, dicha con el mayor candor, como si no aludiera al coito anal con violencia.

La fórmula infalible para que las palabrotas recobren su significado original es cambiarlos a un registro culto o traducirlos a otro idioma. Hagan la prueba y verán.