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Vagones

Por Rima Brusi/Especial para En Rojo

 

A veces, en momentos de oscuridad, me pongo a pensar en los vagones. 

No soy la única. Creo que la primera vez que nuestra oscuridad colectiva –ese conjunto de entendidos culturales, algunos más rígidos, otros en progreso, que se nos aloja bajo las costillas cuando sentimos el fondo– se fijó en los vagones no solo como evento, sino como símbolo, fue durante la crisis de espacio que se dio en muchas escuelas en el 2018. La secretaria de educación, en una decisión controversial y muy criticada, había cerrado un buen número de escuelas públicas y enviado a los estudiantes desplazados a otras escuelas cercanas. Algunas de esas escuelas “receptoras” eran lo suficientemente grandes para acomodar a los recién llegados, pero muchas no lo eran. De modo que en estas últimas comenzaron a aparecer los “salones-vagón”. 

El insulto simbólico se sumó así a la muy material afrenta. Nos cierran las escuelas, so pretexto de que no hay suficientes estudiantes, y luego resulta que sí hay y que no caben, y que hay que meterlos en vagones. El salón-vagón, (in)digno representante del engaño que es la”reforma educativa”, salón tan temporero y tan inadecuado como cualquiera de las “reformas” que han definido nuestra vida como pueblo, incluyendo la “reforma de salud” que aún nos persigue.

Los vagones en cuestión, a veces llamados vagones-módulo por la entonces secretaria Keleher y por representantes del gobierno, tal vez no hubieran resultado tan visibles, o llamado tanto la atención, si hubieran sido los únicos en la serie (los podríamos llamar vago-bofetón, vago-coloniaje, o incluso necro-vagón) que nos espetaron después del huracán. Los vagones como leif motif de la afrenta y el desengaño. Pero antes de los “vagones-escuela”, tuvimos que chuparnos los vagones repletos de provisiones no utilizadas, algunas podridas; los vagones “perdidos” por los centros de acopio de las agencias gubernamentales de y organizaciones de ese (¡tan opaco!) “tercer sector” a cargo de la recuperación post-huracán; los vagones que se convirtieron en clínicas improvisadas e insuficientes; los vagones llenos de muertos que aparecieron frente al desfalcado edificio de ciencias forenses. 

Quizás hasta comenzamos a conectarlos, simbólicamente, con los vagones que ya formaban parte de nuestro paisaje. Los vagones, por ejemplo, que le sirven de vivienda a algunas familias puertorriqueñas que viven en una pobreza inaceptable. Los vagones que los contratistas montan para venderle casas a los ciudadanos en urbanizaciones nuevas y sospechosas, vagones que prontamente desaparecen, junto con sus dueños y empleados, al terminar las ventas y comenzar las quejas y los vicios de construcción. Los vagones norteamericanos que nos traen la comida y los productos importados (es decir, casi toda nuestra comida y nuestros productos) a precios mucho más altos que los que pagan las islas vecinas y que nos obligan, por ley, a costear. 

En fin, que parecería que la historia moderna de nuestra isla se puede contar así, vagón por vagón, que los vagones son el tropo que mejor representa algunas de las facetas más trágicas, más descarnadas, de nuestra condición: la isla colonia, la isla crónicamente olvidada, la isla pobre, la isla del desastre, la isla donde los niños no cuentan y los muertos tampoco. 

Parecería además que la palabra “vagón” como metáfora, como melodía recurrente en nuestra canción triste, encierra una paradoja acertada. Parece tener al menos dos raíces: Una es el latín vacuus, que implica vacío y hueco y es parte de sustantivos como vagancia, vacación y vanidad (qué cosas, el presidente naranja, que de etimología no sabe nada pero de insultos sí, nos ha llamado “vagos” y “parejeros”). La otra es el verbo vagari, que es la semilla de palabras como vagar, divagar y vagabundo.1 

Me consuela pensar en otros vagones más luminosos, vagones que evocan nociones como “creación” y “supervivencia.” Me consuela el aroma que desprenden los vagones-cafetín, por ejemplo, o la belleza que nos regalan los vagones-mural. 

Pero en mis momentos de oscuridad, pienso que para esos seres sombríos que deciden nuestros destinos, somos una isla-vagón, vacía de poder o propósito pero llena de comida podrida, de muertos y niños desatendidos, de nómadas que no se mueven de sitio, de seres errantes y a la vez encerrados. 

1Frances Negrón-Muntaner usa una tercera, vacuum domicilium, que alude a una isla colonizable en tanto descrita y percibida como “vacante”.

Crucigrama: Carlos Fonseca Amador

Por Vilma Soto Bermúdez/Especial para En Rojo

Horizontales

1. _____; patria de Fonseca.

5. Símbolo del cobalto.

6. Dios griego de la guerra.

9. Soase.

11. _____ Padilla Otero; conocida como Padilla de Sanz, escritora y pianista puertorriqueña. Usó el seudónimo La Hija del Caribe.

12. Impar.

13. Serie de personas o cosas colocadas en línea.

14. Nombre de continente.

17. Carlos Alberto _____ Amador; profesor, político y revolucionario nicaragüense. Uno de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

21. _____ Tió; autora de la antología poética “Palabras sin escolta”.

23. Parte del calzado que toca el suelo.

24. _____ Nolla Ramírez de Arellano; escritora puertorriqueña. Autora de la novela “La segunda hija”.

26. Símbolo del neón.

28. Repollo.

30. Usted, abrev.

31. Edificio de mucha más altura que superficie.

33. 23 de _____ de 1936; nacimiento de Fonseca.

35. Nombre de la letra n.

37. Río suizo.

38. 7 de _____ de 1976; fallecimiento de Fonseca. Cae en combate en la región de Zinica, Nicaragua.

40. Breve análisis de _____ lucha popular nicaragüense contra la dictadura Somoza (1960); escrito de Fonseca.

41. Escucha.

43. ¿Qué _____ un Sandinista? (1975); escrito de Fonseca.

44. Música popular bailable.

46. _____ Augusto Turcios Lima; comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de Guatemala a quien Fonseca, en el exilio, conociera en ese país.

47. Crónica secreta: Augusto César Sandino _____ sus verdugos (1974); publicación de Fonseca.

Verticales

1. Máquina compuesta de dos grandes ruedas engranadas que sube el agua de los pozos.

2. Soldado ruso de caballería ligera, pl.

3. ____; municipio de Puerto Rico por donde EE. UU. invadió el país el 25 de julio de 1898.

4. Ruedo de la plaza de toros.

5. _____ Fonseca Amador; autor de Crónica secreta: “Augusto César Sandino ante sus verdugos”, “¿Qué es un Sandinista?”, “Notas sobre la montaña y algunos otros temas” y “Un nicaragüense en Moscú”. 

7. Reseña de la secular intervención norteamericana _____ Nicaragua (1972); publicación de Fonseca.

8. _____ nicaragüense en Moscú (1958); escrito de Fonseca.

10. Preposición.

11. Forma de pronombre.

13. _____ Sandinista de Liberación Nacional (F.S.L.N.); organización armada revolucionaria fundada por el comandante Carlos Fonseca.

15. Unidad monetaria del Perú.

16. Carlos Fonseca _____; el 17 de enero de 1968 se le reconoce a nivel nacional como jefe político y militar del FSLN. Autor de “Notas sobre la carta-testamento de Rigoberto López Pérez” y “Sandino guerrillero proletario”.

18. Parte alta de la cerviz, lugar en que se une la columna vertebral con la cabeza.

19. Catedral.

20. Pronombre, fem.

22. _____ Felipe; poeta español. Murió en el exilio en México.

25. Conduce.

27. Nicaragua hora _____ (1969); escrito de Fonseca.

29. Estrujar.

32. Segunda nota musical.

34. Apócope de nada.

36. Acción y efecto de repasar.

38. _____ sobre la Carta-testamento de Rigoberto López Pérez (1972); escrito de Fonseca para la revista Casa de las Américas.

39. _____ Poniatowska; autora de “La noche de Tlatelolco. Testimonios de historia oral”. 

40. Dativo de pronombre.

41. Símbolo del osmio.

42. Desde la cárcel _____ acuso a la dictadura (1964); publicación de Fonseca.

45. Antiguamente la nota do.

Trazos por la memoria de Walter Torres: Una introducción imprescindible

Por Vanessa Droz

Ilustrar ha sido mirado tradicionalmente como si fuera un arte menor, como aquello a lo que se dedica quien no alcanza maestría en las pasiones o recursos de las artes plásticas, mucho menos en gran formato… como aquello que necesita el referente inicial, creado por otro, generalmente un texto, para poder SER… La ilustración y el ilustrador han sido vistos como apéndices súbditos, como siervos sujetos a la valía de un original…

 No obstante, lo que fuera ilustración hace cien años hoy se cotiza como arte y cada vez más se aprecian las destrezas de ilustradores que se sirven de diferentes medios gráficos para ilustrar. Los carteles, por ejemplo, de Aristide Bruant realizados por Toulouse Lautrec han perdido desde hace mucho su estigma publicitario del mismo modo que los carteles de la DIVEDCO son ahora buscados como joyas de nuestra historia plástica y, de ser meras “ilustraciones” para promover filmes u otras actividades, son ubicados en nuestro imaginario como parte del “main stream” de la producción plástica de los años cincuenta en nuestro país. Claro está, había excelencia en la concepción y realización de ambos ejemplos.

Más atrás en el tiempo, recordemos los libros iluminados, después los libros de cordel o los periódicos que tenían que esperar por el trabajo del grabador para acompañar la noticia del momento, uno de cuyos casos más ejemplares son las ilustraciones del mexicano Posada. Tantos ejemplos…

¿Acaso no habrá casos en que el trabajo de ese ilustrador supuestamente súbdito supere al original que le da pie? Y ya que hablamos de extremidades, ¿acaso no podría darle mano y muñeca el trabajo de un ilustrador al texto que se supone que reine? ¿Qué sucede cuando el ilustrador elegido es, como innumerables casos hay en la historia del arte, un Maestro en su disciplina, como es el caso de Walter Torres?

Lo ideal es que —como en las relaciones amorosas a las que debemos aspirar— texto e ilustración no se vulneren, que funcionen como colaboradores, que se desempeñen como un equipo… De ese juego sin par —en realidad debería decir con par— depende el éxito del libro que albergue los dos géneros en su conjunto. Y Walter tenía la mitad del camino ganado porque también era escritor —cuando comenzábamos a escribir fue que nos conocimos—, por lo que sabía cómo compenetrarse con la imagen literaria para estructurar la imagen visual. 

No hay nada como el origen de las palabras para, literalmente en este caso, iluminarnos. Ilustrar viene del latín illustrare, palabra formada por el prefijo in (que se usa para intensificar) y lustrare, que significaba, precisamente, iluminar y purificar.

Más atrás: estos vocablos vienen, a su vez, de la raíz indoeuropea leuk, que quería decir luz, brillo, esplendor, lo que dio origen a muchas otras palabras: luz, lucir, lumbre, luminoso, alumbrar, luna, lunación, lunes, elucubrar…

¿Debemos elucubrar cómo hubieran sido la vida y los proyectos de Walter si siguiera entre nosotros? No lo creo necesario. 

Un proverbio recordado por uno de esos sabios de la Antigüedad dice que “el ser humano muere tantas veces cuantas pierde a alguno de los suyos” y García Márquez, pa’ ponernos un poco más del lado de acá, dijo que “yo me entierro con mis amigos”. Hoy estamos haciendo “trazos por la memoria de Walter Torres” y, en medio de la pena que sentimos, estamos de celebración pues su poderoso trabajo, en medio de tantos atropellos a nuestro país y cultura, perdurará ya que él, junto con otros y otras, ha contribuido extraordinariamente a darnos formas, colores, imágenes, energía, relaciones visuales inéditas y afectos duraderos, mucho de ello en esa forma también iluminadora que llamamos libro.

Signario de lágrimas

Por Miguel Ángel Natér

La Editorial Tiempo Nuevo acaba de publicar el primer libro de Francisco Matos Paoli (1915-2000), titulado Signario de lágrimas, originalmente publicado en 1931. Es un libro de juventud que no tuvo suerte cuando se publicaron los Primeros libros poéticos en 1982. Afirmaba en aquel entonces el editor, Joserramón Melendes: “Escluimos de esta recopilasión el primer libro publicado por Matos Paoli como responso a la muerte de la madre amada; porqe Signario de lágrimas (1931) es un yanto rimado, anunsiador de potensia, pero no parte impresindible del corpus poético del maestro qe, siendo niño, lo escribiera” (1982, xi). Incluía aquella recopilación los libros Cardo labriego y otros poemas (1932-37); Habitante del eco (1937-41), publicado en 1944; Canto a Puerto Rico, escrito en 1947 y publicado en 1952; Luz de los héroes, escrito en 1951 y publicado en 1954; Canto nacional a Borinquen, escrito en 1955 e inédito hasta aquel momento; Criatura del rocío, escrito en 1956 y publicado en 1958; y Canto de la locura, escrito en 1961 y publicado en 1962. 

Aun cuando Melendes señala que Signario de lágrimas es “anunsiador de potensia”, tuvo mayor significación en la selección el hecho de haberlo escrito “siendo un niño”. Así, el libro no se volvió a imprimir hasta ahora, acompañado por un prólogo titulado “El arte de un primer libro: Signario de lágrimas de Francisco Matos Paoli”, debido a la pluma del recientemente finado Carlos R. Alberty Fragoso, uno de los más entusiastas estudiosos de la obra de Matos Paoli. El vínculo de Alberty Fragoso se remontaba a décadas atrás, cuando culminó su doctorado en la Universidad de Massachusetts en 1988 con una tesis titulada Formación y trayectoria de la voz poética de Francisco Matos Paoli de 1937 a 1962. Ya profesor en la Universidad de Puerto Rico, se dio a la tarea de seguir indagando en los misterios de esa poesía difícil y, a veces hermética, llegando a publicar en revistas varias artículos como “Canto a Puerto Rico: la utopía de un poema” (Exégesis, 1992), “La lucha contra las grandes potestades: vanguardia, espiritismo y Francisco Matos Paoli” (Revista de Estudios Generales, 1996), “Francisco Matos Paoli: poeta de la victoria” (Exégesis, 2000), “Habitante del eco: hacia una retórica espiritista de lo inefable (Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2001), “Los oyentes del Canto de la locura” (Cuadrivium, 2003), “El Canto de la locura o el poder de la paradoja” (En Rojo, 2005), “Del espiritismo a la poesía mediúmnica: entrevista inédita a don Francisco Matos Paoli”, (En Rojo, 2005), “Hace 45 años: Francisco Matos Paoli y la poesía joven (Exégesis, 2008). No bastó esta serie considerable de ensayos. Alberty Fragoso impulsó la publicación de un libro titulado En busca de Francisco Matos Paoli: ensayos, que divulgó la Editorial Callejón en 2015, donde se incluyen trabajos de análisis críticos realizados por los más importantes estudiosos de la obra de Matos Paoli. 

El entusiasmo de Carlos Alberty por la obra de Matos Paoli era evidente. Al asumir mi encomienda de realizar el prólogo o introducción a Signario de lágrimas, destacó precisamente la importancia del libro primerizo como embrión del poeta que se hallará posteriormente en los mejores libros publicados de uno de los poetas más prolíficos en Puerto Rico. El gran problema que ofrece un libro inicial que no es la obra maestra del escritor, como es el caso, ha sido bien atendido en el caso de Alberty Fragoso. Comienza su exégesis con las siguientes palabras:

Toda la poesía de Francisco Matos Paoli es importante. Aunque se distingan algunos libros y poemas, creemos que el conocimiento y evaluación de toda la trayectoria, de la relación de unas obras con otras, no debe prescindir de ninguna de sus partes. Recalquemos aquí, por lo tanto, a modo de advertencia, que no tendremos una visión total de la riqueza de la producción hasta que no se conozcan los libros inéditos. (9)

Alude Alberty Fragoso a la gran cantidad de libros inéditos que todavía duermen en los archivos de la familia del poeta –tengo noticias de 200 títulos, entre los cuales se destaca Nuevo Canto de la locura, que próximamente verá la luz con estudio de quien suscribe, y Contrarréplica al Canto de la locura, extensísimo libro donde el poeta se aparta de su proyecto central en su mejor libro al decir de la crítica más autorizada–. En una cantidad tan elevada, es evidente que no todos los libros tengan la misma factura y, más aún, no todos ostentan la voz del ya famoso Canto de la locura. Sin embargo, seríamos insensatos si rehuyéramos el estudio de las obras menos elevadas del poeta. Afirma Alberty lo siguiente:

Por ser el primer fruto de un gran poeta, es lógico que Signario de lágrimas nos lleve a preguntarnos cuánto del futuro creador ya está aquí. La pregunta revela una preocupación legítima de los estudios literarios: cómo evaluar la primera obra –en este caso– de una vasta y valiosísima producción estética. Ante la situación, nos parece que la tendencia general es buscar en el primer libro las “raíces” del escritor que será, precisamente porque ya hay certeza del valor de la creación posterior. (9)

¿Cómo estudiar la evolución de Pablo Neruda, por ejemplo, sin conocer sus primeras obras antes de Residencia en la tierra: La canción de la fiesta (1921), Crepusculario (1923), por tomar dos ejemplos. Más aún, ¿cómo lograr una mirada profunda y abarcadora si no conocemos, también, aquella poesía que quedó inédita y que fue publicándose con el paso del tiempo? Del mismo modo sucede con la obra de Francisco Matos Paoli.

Uno de los sonetos del libro ofrece una poética que no dejó de acompañar al poeta en su larga trayectoria. ºSe titula precisamente “Mi verso” y la poesía se define como un misterio indefinible, como un enigma sagrado:

Mi verso es un misterio indefinible

Un enigma sagrado e inmortal,

El ensueño de un amor imposible

El suspiro de un tímido cantar.

Es cual el ave que cruza impasible

Por el cielo azul y el zafir del mar;

Tras quimeras y sueños asequibles

Y fantasías de un opiado soñar.

Envuelto en una niebla de dulzura

Desgrano los cantares de mi verso

Para el consuelo y ocio de mi ser,

Y sigo el sendero de mi ventura

Esparciendo por todo el universo

Las notas de mi verso rosicler.

Esta nueva edición invita a la lectura del joven poeta, pero, también, a la lectura del crítico maduro y avisado que lo acompaña en una travesía que aúna la poesía inicial de Matos Paoli con el bagaje de la trayectoria del estudioso. Afirma finalmente Alberty:

Con esta edición de Signario de lágrimas los lectores podrán ser testigos de las primeras palabras de un gran creador cuya obra total aún está por leerse en todo su alcance. A pesar de las inteligentes interpretaciones realizadas, podemos afirmar que, en vista de la inmensidad que falta, experimentamos una esperanzadora sensación de comienzo. Léase, pues, este primer libro con el entusiasmo del descubridor que ya siente el deseo de explorar un territorio prometedor. Pero sépase, pues nos consta, que la vasta obra de Francisco Matos Paoli es la tierra firme de una promesa iniciada en 1931 ya magistralmente cumplida. (28)

Debo agradecer a la Editorial Tiempo Nuevo esta bella edición del primer libro de Francisco Matos Paoli. Viene a unirse al Canto nacional a Borinquen, que vio la luz con la misma editorial en 2016. Carlos Alberty estaría muy agradecido también, aun cuando no pudo llegar a ver la edición finalmente realizada. Muchas gracias, Carlos…

El autor es Director del Seminario Federico de Onís Universidad de Puerto Rico

El Quijote descubre su película: Lo literario y lo cinematográfico en The Man Who Killed Don Quixote

Por Juan R. Recondo e Ivette Marti Caloca/Especial para En Rojo

El cine necesita de una comunidad de artistas para reconstruir una historia visualmente. El proceso creativo no es tan aislado como el del novelista o el del artista plástico, que cuentan con cierta independencia. Por lo general, estos no dependen de un grupo para llevar el proyecto a su final. Sin embargo, hacer cine requiere colaboración, como podemos ver en la larga lista de créditos al final de cada filme. Casi siempre el director y/o productor, entre otras figuras que llevan la voz cantante, le dan cohesión a la diversidad de voces que contribuyen en la creación de un mundo visual. Esto significa que el estudioso debe considerar múltiples aspectos para escribir sobre los problemas o triunfos de una producción, pues, aunque muchas veces no desemboquen en una buena película, un análisis crítico profundo debe tomar en cuenta la cinematografía, la edición, y el diseño de producción, entre otros, y explorar los contextos dentro de los que se lleva a cabo un proyecto. Aunque no siempre es posible, este es uno de los retos del crítico, transmitir la experiencia de una película, abundar sobre sus limitaciones y logros, y entender los diálogos que establece con otras creaciones en la multiplicidad de universos artísticos.

Terry Gilliam es un director cuya obra he seguido desde que vi su Time Bandits (Reino Unido, 1981) y The Adventures of Baron Munchausen (Reino Unido/Alemania Occidental, 1989) durante la década de los 80. Sus mundos resuenan en mí por su fantasía y sus misteriosos pasados históricos que adquieren proporciones míticas. En Time Bandits, un niño viaja a través del tiempo con un grupo de enanos que usan un mapa que le han robado al Ser Supremo para brincar entre varias épocas históricas y míticas. La película reconstruye cada uno de sus peligrosos mundos con un balance entre la fascinación fantástica del niño y el mugriento naturalismo donde se esconden los peligros que tendrán que enfrentar los aventureros. En Baron Munchausen, Gilliam nos cuenta las aventuras del legendario barón (John Neville) que timó a un sultán para llevarse toda la fortuna de su reino, bailó con la diosa Venus y viajó al espacio donde conoció al rey de la luna (uno de mis personajes favoritos de Robin Williams). La teatralidad del diseño de producción de Dante Ferretti y los visuales cargados de Gilliam nos llevan como espectadores a dudar de la veracidad de los cuentos de Munchausen sin dejar de maravillarnos de sus hazañas. Gilliam puebla sus historias con niños inocentes, héroes caídos y rebeldes idealistas fascinados con los ladrones, embusteros y dementes cuya visión desafía una normalidad aplastante. La película más reciente de Gilliam, The Man Who Killed Don Quixote (España, Reino Unido, et al.; 2018), le permite explorar con su toque particular el diálogo entre las visiones disímiles de Quijote y de Sancho.

En una de las secuencias centrales de The Man Who Killed Don Quixote, Toby (Adam Driver) sigue un letrero que anuncia “Quixote Vive” ya que va en busca de Javier (Jonathan Pryce), un viejo zapatero que hizo del hidalgo manchego en una película estudiantil que el joven filmó muchos años antes. En un carnaval olvidado y polvoriento, Toby le paga a una vieja de apariencia brujeresca para poder acceder a la supuesta figura de un Quijote real. Esta lo guía a un vagón donde mantiene al anciano aprisionado en sus recuerdos. Dentro de su aposento se exhibe la película de Toby y nos damos cuenta que Javier el zapatero nunca pudo liberarse del personaje. Quijote recibe a Toby con la siguiente sentencia: “I am four hundred years old. It’s not easy living so long. But I cannot die unless perhaps I could rid myself of my dreams.” En este momento, Gilliam se desvincula del Quijote que se representa en una película como Man of la Mancha (dir. Arthur Hiller, EEUU/Italia, 1972), basada en el musical de Broadway. El espíritu de esta última se concentra en la canción “The Impossible Dream,” donde el personaje de Quijote/Cervantes (Peter O’Toole) le explica a Dulcinea (Sophia Loren) su misión de seguir sus sueños hasta las profundidades del infierno si es necesario. Cuántos de nosotros nos juramos luchar por un ideal mientras escuchábamos “The Impossible Dream” (lo acepto aunque sienta la maldita risa de Ivette Martí ante tanta ingenuidad). Esta es precisamente la visión que Gilliam rechaza en su película. Su Quijote no es el viejo soñador que torna una realidad pedestre en una fantasía musical, sino un prisionero de la película de Toby. Siguiendo la línea de Miguel de Cervantes, Gilliam crea un Quijote obsesionado por una película sobre un anciano aturdido por las novelas de caballería. Es decir, mientras el Quijote cervantino ha enloquecido envuelto en la fantasía de sus héroes caballerescos, el Quijote de Gilliam se ha sumergido en las escenas constantes de la película en la que encarnó a ese personaje. Así, Gilliam se apropia de Quijote como figura literaria para comentar sobre el cine como una máquina creadora de sueños. 

Es sumamente difícil traducir la genialidad del Quijote al medio cinematográfico, no tanto por su perspectivismo —algo que Gilliam logra bastante bien—, sino, más que nada, por sus juegos narratológicos imposibles de capturar visualmente. (A Juan R. Recondo le parece muy categórico mi comentario, pues argumenta que el cine también tiene la posibilidad de crear juegos narratológicos visuales). Esta imposibilidad limita considerablemente el éxito de la empresa. Es por esta razón que lo más sensato para un cineasta admirador de la primera novela moderna sería tratar de capturar a través del lenguaje fílmico algo de la esencia de la misma. En ello radica uno de los aciertos de Gilliam, quien, casi como si estuviera valiéndose de la técnica renacentista de la imitatio, reelabora la historia del hidalgo enloquecido y la convierte en un juego en el que el espectador se entrega al disfrute de reconocer las escenas o personajes a los que va aludiendo la película. El filme se convierte en un interesante tour de force de momentos emblemáticos y viñetas del Quijote sometidas –aunque no siempre acertadamente– a una nueva adaptación.

El comienzo de la película en el que Toby se encuentra filmando un comercial basado en la lucha contra los molinos captura el icónico inicio de las aventuras de Don Quijote en compañía de Sancho. Así pues, la evocación al capítulo VIII de la primera parte del texto nos permite enseguida reconocer lo importante que será el personaje del escudero dentro de la acción. Es justo en el capítulo anterior del Quijote de 1605 que se introduce a la diégesis la figura de Sancho, hecho que permitió a Cervantes, en última instancia, innovar literariamente y crear un nuevo género narrativo basado en la polifonía dialógica y el perspectivismo. Es solo a través de la inserción del personaje de Sancho que, no solo se abre la posibilidad de que “veamos” el punto de vista del “otro”, sino también que se permite el intercambio discursivo. Gilliam le devuelve protagonismo a Sancho. Es más, la estrella de la película no es Jonathan Pryce (Javier/Quijote), sino Adam Driver (Toby/Sancho). 

Pero no es solo por ello que el comienzo es tan importante. Allí se perfila también la auto reflexiva realización de que este director batalló contra infinitas adversidades para lograr, veintinueve años después, ver su proyecto materializado, como un Don Quijote frente a los molinos que creyó ser gigantes. Por cierto, en el documental Lost in La Mancha (dirs. Keith Fulton y Louis Pepe, Reino Unido/EEUU, 2002), accedemos a los avatares de la producción fallida de The Man Who Killed Don Quixote a principios del milenio cuando ya había cobrado diez años de la vida de Gilliam. En aquel momento terminó por ser, no solo un sueño fracasado, sino perdido y usurpado por la compañía de seguros. Aquella vez enfrentó tormentas, ruidos de la fuerza aérea española, situaciones de salud de Jean Rochefort, quien en el momento interpretaba el rol del Quijote, entre otras vicisitudes. La película de 2018 pretende reivindicar aquel sueño desvanecido, ahora contado por un Gilliam más maduro. 

The Man Who Killed Don Quixote no es una buena película (aunque Ivette Martí me insista que no es tan mala). La historia salta precipitadamente de escena en escena, dejando así muchos episodios sin terminar o elementos sin explorar. Adam Driver, que es conocido por sus actuaciones sutiles que esconden una profundidad emocional bajo una aparente ausencia de expresión (sus ojos no dicen nada mientras expresan mundos), hace lo imposible para darle humanidad al personaje de Toby. Sin embargo, este mayormente se convierte en un eco vacío de Jack (Jeff Bridges), el cínico y amargado locutor de radio cuyas burlas provocaron una masacre en The Fisher King (dir. Terry Gilliam, EEUU, 1991). A pesar de que en un momento de la película Toby rechaza los subtítulos mientras se expresa en español, demostrando así el artificio de una historia donde los españoles hablan inglés con acento, no deja de rechinar el ver al muy británico Jonathan Pryce en el rol del viejo zapatero que se piensa Quijote. Pese a ser un gran actor, hubiese sido más acertado encargarle el papel a un artista español. Además, la película presenta un sinnúmero de ideas que nunca llevan a nada dentro de un conflicto dramático sin rumbo claro. (Aún así, Ivette Martí se obstina en opinar que estas ideas inconclusas más bien responden a referentes de la novela cervantina e incluso muestran un conocimiento profundo de la misma). No obstante, Gilliam es un auteur cuya obra, por más fallida que sea, siempre logra un efecto visual interesante con una temática muy poco convencional, y la novela cervantina se presta muy bien para ello.     

Esta película intenta capturar de alguna manera la esencia de una de las obras más complejas de la literatura universal. La empresa prometía ser tan árdua como lo ha sido para todo aquel que ha pretendido contar cinematográficamente la inigualable novela de Cervantes. Sirva de ejemplo el intento, también malogrado e inconcluso, de Orson Welles (Don Quixote [España/EEUU/Italia, 2005]). No me cabe duda de que, precisamente por ello, Gilliam entrevera, entonces, pedazos de Don Quijote, momentos importantes, personajes reconocibles interpretados por un mismo actor, en fin, hace una evocación. Como literata, recibo este filme como un juego fascinante.

Como cinéfilo, disfruto los golpes teatrales de Gilliam y la manera en que visualiza los sueños como celdas maravillosas. Aunque The Man Who Killed Don Quixote está entre las películas que menos me gustan de su filmografía, es fascinante observar la manera en la que el director se torna a sí mismo en un Quijote que luchó por treinta años para materializar sus fantasías.

The Man Who Killed Don Quixote no se exhibio en las salas de cine de la isla, pero se puede ver en la plataforma de Amazon.