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Campeonatos nacionales de tenis en Bayamón

El Centro de Tenis Honda en Bayamón está listo para recibir a los más destacados tenistas del patio que competirán por los codiciados títulos de campeones de Puerto Rico.

El campeonato de tenis El Nacional, organizado por la Asociación de Tenis de Puerto Rico, se celebrará del 9 al 15 de junio y recibirá atletas en las categorías de sencillos, dobles, además de restituir la división de dobles mixtos.
Por segundo año consecutivo se competirá además en la división de tenis en silla de ruedas en las ramas femenina y masculina y por primera vez el torneo recibe también a atletas juveniles.
“La inclusión de nuevas categorías –como dobles mixtos, silla de ruedas y ahora la competencia juvenil– le ha dado una nueva vida al torneo. Los jugadores han sido muy estratégicos con sus pareos en los dobles mixtos, por lo que será un banquete para los fanáticos, junto a los demás encuentros que prometen ser excepcionales”, indicó Rosa Martínez, directora ejecutiva de la Asociación de Tenis de Puerto Rico.
Entre los pasados campeones de este evento, que se celebra desde el 1927, se encuentran las más destacadas figuras del tenis puertorriqueño: Miguel Rodriguez, Gigi Fernández, Charlie Pasarell, Francis Gonzalez, Miguel Nido, Gilberto Álvarez, Kristina Brandi, Vilmarie Castellví, Alex Llompart y Mónica Puig, entre otros.

Mónica para abanderada

Durante las próximas semanas le corresponderá al Comité Olímpico de Puerto Rico hacer su análisis y evaluación para nombrar a él o la atleta que entienda debe cargar nuestra bandera en los 23avos Juegos Centroamericanos y del Caribe que comienzan el próximo 19 de julio en Barranquilla, Colombia. Mientras eso sucede me tomaré la libertad de hacer una recomendación pues entiendo este honor debe ser para nuestra primera medallista de oro olímpica, la tenista Mónica Puig Marchán.

Este será nuestro primer evento multideportivo adulto como delegación desde aquel oro en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en el 2016. Aunque la medalla de oro sería razón suficiente para merecer el homenaje, también debe considerarse la trayectoria de Mónica con el uniforme de Puerto Rico, que es una con pocos precedentes en nuestra historia deportiva. Ella juega para 21-3 en representaciones de carácter olímpico (entiéndase Juegos Centroamericanos y del Caribe, Juegos Panamericanos y Juegos Olímpicos juveniles y adultos). Además del oro olímpico, ha sido medallista de oro tanto en los Juegos Centroamericanos celebrados en Mayagüez 2010, como en Veracruz 2014; mientras que obtuvo plata y bronce en los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011 y Toronto 2015 respectivamente.

Aunque a quienes señalan que se debe esperar a los próximos Juegos Olímpicos para que Mónica reciba el honor, opino que su logro debe ser reconocido en este evento pues hay demasiados factores a considerar si se decidiera hacerlo en el futuro. Cabe señalar que Mónica ha seleccionado representar a Puerto Rico aún cuando la gira del Women’s Tennis Association (WTA) tour no para ni para Centroamericanos ni Panamericanos. Recientemente ésta sufrió una lesión en la cadera que le impidió jugar el torneo de Estrasburgo (torneo que ganó en el 2014) y el Grand Slam del Abierto de Francia y nadie la hubiera criticado si hubiera decidido descansar y esquivar los juegos para recuperarse. Sin embargo, la tenista nos manifestó a través de su agente Marjin Bal que su participación en los Juegos Centroamericanos no está en discusión y que allí estará para Puerto Rico, como siempre. Su compromiso con Puerto Rico siempre ha estado por encima de sus ambiciones profesionales. Con sus méritos Mónica ha puesto el nombre de Puerto Rico tan alto como en un podio de oro olímpico y se le debe otorgar el honor más grande que un atleta boricua pueda recibir: desfilar como abanderada con la monoestrellada en la inauguración de los XXIII Juegos Centroamericanos y del Caribe.

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El gobierno de Puerto Rico no previno la mayoría de las muertes por el huracán María (final)

Por Jeniffer Wiscovitch y Omaya Sosa Pascual

Centro Periodismo Investigativo

¿36 millones después dónde está el plan?

El secretario de Salud, Rafael Rodríguez Mercado, rechazó responder la pregunta de si existía o existe algún tipo de plan de respuesta, ni proveyó la copia del documento solicitada por el CPI. Su portavoz, Peter Quiñones, respondió en su lugar diciendo que están “trabajando una posible conferencia de prensa sobre este tema”, luego de semanas de insistencia del CPI.

Un plan abarcador y real estaba supuesto a elaborarse a partir de unos planes regionales que quedaron a cargo de las Coaliciones de Servicios de Salud (HCC, por sus siglas en inglés) que la agencia estableció con fondos federales hace seis años. Esta iniciativa es parte del Programa para la Preparación de Hospitales de Salud federal que ha otorgado sobre $33 millones al Departamento de Salud de Puerto Rico desde 2009 hasta el año en curso.

Pero los planes no fueron desarrollados, según reconoció al CPI Liza Millán, planificadora de las Coaliciones del Departamento de Salud.

Millán sostuvo que cada hospital debe tener sus planes operacionales para atender emergencias, pero que a través de las Coaliciones se pretende que todas las instituciones y facilidades de salud de cada zona se rijan bajo el mismo plan.

“Si hay una emergencia en la región, se supone que se utilice un plan regional”, sostuvo en enero durante la primera reunión de la Coalición de la región Aguadilla-Mayagüez. Ahora, tras la tormenta, es que están desarrollando dichos planes, agregó.

La Oficina de Preparación y Coordinación de Respuesta de Salud Pública de Salud cuenta con una división de Coaliciones de Servicios de Salud (HCC), cuya misión es preparar a las siete regiones del Departamento de Salud, al igual que a toda facilidad que provea servicios de salud, ante una emergencia de salud pública. Estas Coaliciones llevan seis años reuniéndose, sin embargo, no fue hasta inicios de este año 2018 — cuatro meses después del huracán María — que las mismas comenzaron a trabajar con sus planes estratégicos y de preparación.

“(El objetivo es) desarrollar un plan regional porque no había, y se tuvieron que comunicar de manera informal [durante el huracán María]. Cuando digo informal es que no había nada escrito, no había responsabilidades asignadas”, explicó Millán.

La ausencia de un plan de respuesta coordinado de salud pública fue además uno de los hallazgos principales de la comisión que investigó las violaciones de derechos humanos tras los huracanes Irma y María, y que también documentó casos en otros hospitales del país.

“Claramente, con el paso del huracán se vio cómo hospitales privados aislados de prácticas y centros individuales no pudieron constituirse en las redes necesarias ni prevenir ni atender las necesidades de salud mediante servicios directos o poblacionales — ofrecer medicamentos necesarios ante la esperada crisis, educación en torno a la prevención de accidentes, enfermedades contagiosas, contaminación de las aguas y del ambiente y precauciones para su prevención o mitigación”, sostiene el informe de la comisión liderada por el Instituto Caribeño de Derechos Humanos y la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana.

“Evidentemente hubo monitoría inadecuada de las instituciones de modo que contaran con los equipos de emergencia necesarios, por ejemplo. La seriedad de muchos de estos ejemplos apunta a un sistema deshumanizado que ofrece un cheque en blanco para transgredir los derechos de forma ‘rutinaria’ y ‘normalizada’”, agrega.

El 60% murió en facilidades de salud

Una muestra de casos de las víctimas fatales del huracán María documentados y analizados preliminarmente por el CPI y qz.com, un medio especializado en periodismo de datos, apunta a que sobre el 60% de las muertes vinculadas al desastre ocurrieron en los hospitales, CDTs y asilos del país.

Estos casos, informados directamente por familiares y conocidos a través de un formulario desarrollado por ambos medios y expertos en salud pública, demuestran que la mayoría de estas muertes se produjeron durante las semanas que siguieron al huracán, no el día del evento, y según detallan familiares y amigos de los difuntos en los testimonios vertidos en los formularios y en entrevistas posteriores de seguimiento, se produjeron en circunstancias relacionadas a problemas con servicios básicos en estas facilidades u otras dependencias de servicios de salud como farmacias, oficinas de médicos, centros de tratamientos especializados como diálisis y quimioterapia, que no estaban prestando servicios vitales o que incluso tuvieron que cerrar sus puertas quedando los pacientes a la deriva. Entre los problemas denunciados figuran fallas en equipos médicos o imposibilidad de utilizarlos por falta de electricidad, condiciones insalubres por la humedad y el calor, falta de suplidos como oxígeno y medicamentos, y falta de facilidades para refrigerar medicamentos. Estas situaciones continuaron ocurriendo semanas y meses después del paso de María, según la muestra.

Tanto Millán como Ada Santiago, especialista de las Coaliciones del Departamento de Salud, coincidieron en que el problema mayor en los hospitales y demás facilidades de salud durante la emergencia, adicional a la falta de agua potable y electricidad, fue el suministro de oxígeno.

“El problema del oxígeno lo tuvieron todos los hospitales”, aseguró Santiago.

“El problema con el oxígeno, que a lo mejor la gente no lo entiende, es que son compañías privadas [quienes lo suplen]. El trabajo de los hospitales no es darte oxígeno, es atender emergencias. Una persona con necesidad de oxígeno, en una emergencia declarada, no es prioridad para un hospital, por eso no se estaban recibiendo. Eso es estándar; en una emergencia los hospitales van a limitar sus servicios, porque están limitados de personal, de recursos. Ellos se van a enfocar solamente en situaciones de emergencia”, indicó Millán.

Hay un sinnúmero de condiciones pulmonares y respiratorias que requieren que personas utilicen oxígeno como mecanismo de sostenimiento para vivir en sus residencias o en hogares de ancianos. Estos casos no constituyen una emergencia médica, pero si dejan de recibir oxígeno se pueden descompensar y convertirse en una emergencia o muerte. Regularmente estos pacientes reciben los suplidos de oxígeno en su lugar de vivienda, pero tras el desastre, las compañías dejaron de hacer las entregas y los pacientes acudieron a los hospitales en busca de su dosis vital. Pero los hospitales no están diseñados para dar este tipo de servicios de apoyo y no cuentan con reservas para ello. La cantidad de oxígeno que adquieren y almacenan es para sus servicios de emergencias y cirugías, que es mucho menor.

Gobierno dice que no hay recursos para inspeccionar

El estado real de todas las instituciones previo al desastre natural y si cumplían con los estándares de contingencia ante este tipo de emergencia, así como la magnitud de la dejadez del gobierno en fiscalizarlas, no puede determinarse porque el gobierno se niega a entregar al CPI los nombres de las facilidades inspeccionadas, las fechas de las visitas y los informes con los resultados, alegando que es información confidencial. Esto, pese al alto interés público y al aumento significativo de fallecimientos en estas instituciones las seis semanas que siguieron al huracán, cuando la tasa promedio de muertes en los hospitales se disparó en un 38% respecto a 2016 y en los asilos un 77%, según las estadísticas del Departamento de Salud.

La Secretaría Auxiliar para la Reglamentación y Acreditación de Facilidades de Salud (SARAFS), división de Salud a cargo de la tarea de inspección, no ha contado con los recursos para la encomienda al menos por los pasados 10 años. En 2009, la secretaria auxiliar Rosa Hernández declaró ante una investigación del Senado de Puerto Rico que, por causa de los despidos de la Ley 7 de Emergencia Fiscal de 2009, quedó con solo cuatro inspectores, lo cual les había impedido verificar si todos los hospitales y salas estabilizadoras de la isla cumplían con los requisitos de ley.

La funcionaria que ocupa el puesto actualmente, Verónica Núñez, reconoció en entrevista con el CPI que tampoco ha podido inspeccionar la totalidad de las instituciones cada dos años, como procede, porque aunque ahora cuenta con 10 inspectores, son insuficientes.

“Son muchísimas facilidades para los inspectores y claramente no se puede, se tiene que programar de forma tal para cubrir la mayor cantidad de facilidades distintas posibles. Por eso es que no se inspeccionan en total”, explicó.

“Se hace lo que se puede”, acotó.

No fue hasta el 27 de septiembre, una semana posterior al ciclón, el 27 de septiembre, que los inspectores de SARAFS se lanzaron a la calle a inspeccionar los hospitales para ver si estaban cumpliendo con los requerimientos mínimos para poder estar proveyendo servicios de salud, reconoció Núñez.

El 18 de octubre, un mes después del huracán y tras una investigación publicada por el CPI sobre el caos que imperaba en los hospitales proclamados por el gobierno como los centros regionales mejor preparados para atender a los pacientes, fue que el secretario de Salud, Rafael Rodríguez Mercado, emitió la Orden Administrativa 374 para que los inspectores de SARAFS inspeccionaran los hospitales cada 72 horas. Encontraron que los hospitales “no estaban cumpliendo al 100%” con la Ley 101 de Facilidades de Salud de Puerto Rico y el Reglamento 117 que rige el licenciamiento, operación y mantenimiento de hospitales en Puerto Rico, dijo la funcionaria, pero no quiso ofrecer detalles sobre los incumplimientos alegando que esa información es confidencial.

La funcionaria dijo que desde finales de septiembre hasta diciembre sus inspectores realizaron 359 inspecciones, pero no permitió al CPI obtener copia de los resultados de las inspecciones, ni detalles sobre los hallazgos. No hubo multas.

Sostuvo que SARAFS solo recomendó el cierre de un hospital, el Buen Samaritano en Aguadilla, que estuvo cerrado del 7 de octubre al 17 de noviembre de 2017, un día después que el CPI denunciara las condiciones en que se encontraba éste y otros dos hospitales que según el gobierno estaban operacionales. La recomendación surgió porque dicho hospital tenía pacientes entubados en la Unidad de Cuidado Intensivo y dependientes de ventilador, sin energía eléctrica y operando con un solo generador. La facilidad no contaba con un generador de resguardo.

Los dos otros cierres que hubo — según SARAFS — fueron del Healthsouth Rehabilitation Hospital de Manatí y el Centro de Salud familiar Susana Centeno de Vieques. El hospital de Manatí tuvo un cierre temporero y de manera voluntaria del 27 de septiembre al 6 de noviembre de 2017 por los daños sufridos por el huracán. En el caso del hospital de Vieques, fue cerrado luego de la evaluación y recomendación del Departamento de Salud, Department of Health and Human Services (HHS) y el Cuerpo de Ingenieros. Todavía se encuentra cerrado.

Núñez no mencionó el cierre de otros dos hospitales tras el huracán, constatado por el CPI: el Hospital Susoni de Arecibo y el Hospital Ryder de Humacao. A ocho meses del huracán, Ryder solo mantiene su sala de emergencias abierta, sus salas de operaciones, partos y algunos pisos continúan cerrados, confirmó la institución.

La omisión se suma a las incongruencias del gobierno en cuanto al cierre de hospitales y facilidades de salud justo después del ciclón. El 26 de septiembre, el secretario de Salud, Dr. Rafael Rodríguez Mercado, declaró al CPI que el 70% de los hospitales estaban cerrados y solo 18 permanecían abiertos. Rodríguez nunca volvió a conceder entrevista al CPI sobre el tema. Una semana más tarde, el gobernador Ricardo Rosselló anunciaba en conferencia de prensa que 63 de los 68 hospitales del País ya estaban “operacionales”, y la semana siguiente dijo que todos los hospitales estaban abiertos, sin explicar cómo logró reabrir los 56 hospitales que estaban cerrados dos semanas antes. Horas después de este último anuncio, Fortaleza tuvo que anunciar que cerraba Ryder de Humacao.

La misma semana que el Gobernador anunciaba que todos los hospitales estaban abiertos y “operacionales”, el CPI encontró que Susoni estaba cerrado, y otros no estaban en condiciones aptas para atender pacientes o tenían áreas cerradas como Pavía de Arecibo y el Buen Samaritano de Aguadilla.

La Fortaleza asignó al secretario de Asuntos Públicos, Ramón Rosario, en vez de al secretario de Salud, para responder las preguntas del CPI sobre el tema y explicar las incongruencias. Rosario dijo que la designación de “operacionales” lo único que significaba era que “estaban recibiendo pacientes”. Asimismo dijo que no había por qué ofrecer información adicional a los ciudadanos sobre las condiciones reales en los hospitales porque el sistema de salud del país estaba funcionando “como de costumbre”. Un día después de la publicación del CPI, el gobierno cerró el Buen Samaritano.

Finalmente, Núñez dijo desconocer si el reglamento de licenciamiento de hospitales y facilidades de salud de Puerto Rico, que administra su dependencia, contiene alguna disposición que exija a las instituciones tener un plan de respuesta a emergencias.

“Entiendo que hay un capítulo de emergencias, pero de estarlo, entiendo que es muy vago, tengo que corroborarlo nuevamente, porque no me parece que lo tenga”, sostuvo.

El CPI corroboró que en realidad dicho capítulo no existe. Lo único que existe es una referencia a que los hospitales tienen que tener abastos de agua listos en casos de emergencia.

Investigaban hospitales y CDT’s antes de María

Las condiciones en las que se encontraban los hospitales antes de María ya habían motivado el inicio de varias investigaciones legislativas.

Entre estas, una pesquisa iniciada en el 2017 por la Comisión de Salud de la Cámara de Representes para indagar en los servicios que ofrecen los hospitales y Centros de Diagnóstico y Tratamiento (CDT) que pertenecen al gobierno. La medida, la Resolución de la Cámara 57, fue presentada por el representante Juan Oscar Morales.

La Comisión inició visitas a los CDTs y hospitales, encontrando, entre muchas deficiencias, plantas físicas deterioradas y no aptas para pacientes ni empleados. Asimismo, encontraron informes con señalamientos de problemas emitidos por SARAFS que tardaron más de dos años en atenderse. No hubo multas.

Según el representante Morales, SARAFS emitió un informe con unos señalamientos al CDT de Guayanilla en septiembre de 2016 y no fue hasta enero del 2018 que el administrador de esta institución hospitalaria sometió el plan correctivo a SARAFS.

El representante dijo desconocer cuáles fueron los señalamientos en detalle, porque el día de la vista ocular el representante de SARAFS que estuvo presente no lo llevó consigo.

En el caso de Manatí, el legislador dijo que la Comisión encontró que SARAFS no había visitado el CDT de dicho municipio hacía ocho años, desde el 2008, cuando por reglamento las visitas tienen que ser al menos una vez durante los dos años que está vigente su licencia.

Otro de los hospitales visitados fue el Centro Médico de Río Piedras. Fue una visita sorpresa para constatar las quejas de que los pacientes pasan semanas en los pasillos sin ser atendidos.

“Fuimos y constatamos que había personas que llevaban días sin ser atendidos”, aseguró el legislador, quien además mencionó que durante su visita encontraron gente esperando en el área de afuera, en lugar de en la sala de espera, ya que no había espacio.

En Vieques la situación encontrada en julio de 2017 era tétrica: un CDT con áreas sin aire acondicionado, los matress rotos a tal nivel que los pacientes manifestaban sentir el frío de los tubos de la parte de abajo de las camas.

El asunto del aire acondicionado será motivo de otra investigación adicional, puesto que durante la pasada administración se adquirieron unos aires a un costo de $400 mil, los que funcionaron solo cuatro a cinco meses, aproximadamente. Luego, adquirieron unas unidades móviles por las que pagaban unos $8 mil al mes, en lugar de reparar los costosos aires que se habían adquirido. Hoy día, el CDT sigue cerrado.

La Comisión regresó al Centro Médico después del huracán María, el 7 de noviembre de 2017, ante los rumores de que estaba inoperante. Encontraron que estaba funcionando, pero con generadores eléctricos y recibiendo a una cantidad excesiva de pacientes. “Estaba demasiado lleno”, sentenció.

Otra visita hecha después de María fue al Hospital Universitario Ramón Ruiz Arnau (antiguo Hospital Regional) de Bayamón. A pesar de que sufrió severos daños en el techo y no contaba con condiciones adecuadas para albergar pacientes y empleados, nunca dejó de operar. Por el contrario, se convirtió en un hospital regional que recibió personas de Naranjito, Barranquitas y Orocovis, canalizando el ataponamiento de pacientes en el Centro Médico.

En el Senado, también se comenzó en marzo de este año una investigación sobre los servicios que ofrecen los hospitales. La Comisión de Salud tendrá que presentar en 90 días un informe detallado sobre los hallazgos que encuentren, según un comunicado enviado por el senador Ángel “Chayanne” Martínez, autor de la Resolución del Senado 520 radicada en noviembre de 2017, pero aprobada en marzo de este año.

Según indicó el legislador, inicialmente, personal del Departamento de Salud Federal, junto a miembros de la Reserva del Ejército de los Estados Unidos se encargaron de realizar inspecciones para evaluar el funcionamiento de las instalaciones hospitalarias. Esa inspección arrojó que durante las primeras semanas, la mayoría de los hospitales solo brindó servicios de Sala de Emergencia, mientras que en otros estuvo disponible la Sala de Operaciones.

“En los pasados meses, muchas de las instalaciones hospitalarias públicas y privadas sufrieron daños. Por lo tanto, es indispensable investigar las condiciones actuales en las que operan los centros hospitalarios. De igual manera, resulta de gran importancia conocer el plan de rehabilitación para las áreas afectadas y el restablecimiento de los servicios interrumpidos”, destacó durante el mes de marzo el presidente de la Comisión de Ética en el Senado. Esto no ha ocurrido y la temporada de huracanes comienza nuevamente el 1 de junio.

En el 2016, la senadora Rossana López León, entonces presidenta de la Comisión de Derechos Civiles, Participación Ciudadana y Economía Social, también investigó los servicios que ofrecen los hospitales y las instituciones de salud mental. León envió cartas a todos los centros hospitalarios buscando conocer qué realmente estaba ocurriendo tras el huracán. Sin embargo, solo el hospital HIMA San Pablo de Caguas respondió a la misiva.

Nuestros muertos han hablado

Como para obligarnos a reivindicar su memoria y a nunca olvidarlos, nuestros muertos han hablado. Un estudio realizado y financiado por la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard, en alianza con otras prestigiosas instituciones de Estados Unidos y Puerto Rico, estimó en 4, 645 la cifra de muertes asociadas al paso del huracán María por nuestro país. Un saldo de vidas setenta veces más alto que los 64 fallecimientos promulgados y defendidos como cifra oficial por el gobierno de Ricardo Rosselló y el Partido Nuevo Progresista (PNP)-y en especial por el secretario del Departamento de Seguridad Pública, Héctor Pesquera.

Nunca sabremos las verdaderas razones que tuvieron Pesquera y Rosselló para insistir en una cifra tan baja de muertes a causa del huracán. El reclamo ciudadano para que se conociera el verdadero número se hizo desde el principio, porque ya el País intuía que, por la magnitud del desastre, y la destrucción y el aislamiento provocados por el mismo, 64 muertos era una cifra demasiado baja para ser real. Para aplacar el clamor, el Gobernador anunció en febrero que contrataría al Instituto Milken de la Universidad George Washington, para que investigara las muertes por María, investigación que no ha concluido y que ya es académica a la luz del estudio de Harvard.

Ya el Centro Investigativo de Prensa (CPI) había realizado y publicado su investigación que apuntaba a la ocurrencia de más de 1,000 muertes. De hecho, los datos de defunciones del Registro Demográfico de Puerto Rico entre septiembre y diciembre de 2017 –los meses más álgidos de la temporada post huracán– fueron celosamente guardados en estricta confidencialidad, siéndoles negados a los investigadores de Harvard. Solo ahora que, ante la contundencia del estudio de Harvard, se han hecho acusaciones de falta de transparencia al gobierno de Rosselló en la prensa estadounidense, se han publicado los datos del Registro Demográfico, los cuales expresan un aumento de cerca de 1,400 muertes en dicho período en comparación con el mismo período en 2016.

La tentación de maquillar los números es demasiado fuerte para los políticos y los gobernantes. A estos solo les gusta presentar aquello que les hace lucir bien. Y un número de muertos muy alto, en un desastre bajo su responsabilidad, no habla bien de un gobernante. El gobierno de Rosselló, el último y más inexperto en la larga lista de gobiernos coloniales incompetentes y corruptos que hemos sufrido, es particularmente alérgico a los números claros. Sí está estipulado que, al llegar el huracán María, nuestro país ya batallaba con el peso insostenible de un deterioro marcado en todos los órdenes y una deuda pública impagable. Rota la ilusión del gobierno propio por el Congreso de Estados Unidos, ya estábamos bajo la égida de su criatura, la Junta de Control Fiscal.

Tan abundante en recursos –y supuestamente tan rápido y eficiente– el gobierno de Estados Unidos también falló malamente. El mundo entero presenció cómo sus oficiales y funcionarios arrastraban los pies ante el desastre en su colonia, y cómo, a todos los niveles, justificaban su inacción en el supuesto reto logístico que les representa el que Puerto Rico sea una isla y tenga una topografía escarpada. Dieciséis muertos dijo que había el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuando nos visitó a los pocos días del huracán. Obviamente, alguien de aquí le dio como cierta esa cifra que el mandatario usó para vanagloriarse de su grandeza y minimizar nuestra tragedia.

La guerra avisada en la que no iba a morir gente- a pesar de que por años se había advertido sobre el creciente deterioro de nuestra infraestructura eléctrica, de agua y de carreteras y su peligrosidad ante un posible desastre- llegó a Puerto Rico en forma huracanada y costó la vida de miles de nuestros compatriotas, gracias a la respuesta oficial más errática y displicente en una emergencia de que se tenga registro en Puerto Rico y Estados Unidos. Hasta ahora, el “premio” a la peor respuesta federal a una emergencia lo tenía la administración de George W. Bush tras el paso del huracán Katrina por Louisiana y Mississippi en 2005, el cual costó 1,803 vidas , y fue un desastre de negligencia y corrupción comentado y condenado en todo el mundo. Ahora, el notorio “premio” le pertenece a Donald Trump, con más de 4,000 muertos a su haber, en una administración federal sorda e insensible a la tragedia en su colonia.

Ante el colapso total del sistema eléctrico y de telecomunicaciones; ante la destrucción masiva de carreteras y puentes por los vientos y las lluvias; ante los enormes desafíos para lograr acceso a nuestras poblaciones más aisladas los funcionarios del gobierno de Puerto Rico y Estados Unidos se mostraron incapaces ante la tragedia, encapsulándose todos en las facilidades refrigeradas del mal llamado Centro de Operaciones de Emergencia (COE) en el Centro de Convenciones o en el Coliseo de Puerto Rico, y emitían comunicados de prensa continuos que alababan los esfuerzos titánicos que realizaban para salvar vidas. Aquello pareció una comedia de errores. Escasez general de combustible y alimentos; el escándalo del controversial contrato millonario con la empresa fantasma de Montana, Whitefish, para la restauración de la red eléctrica; disputas constantes entre el gobierno de Rosselló y el Cuerpo de Ingenieros por el calendario de restauración y otros proyectos de infraestructura; las cifras engañosas de generación eléctrica de la AEE; un Secretario de Salud invisible ante la crisis de salud pública; un barco hospital estadounidense flotando en nuestras costas sin pacientes suficientes, mientras tierra adentro nuestra gente se moría.

Fuera del confort y el aire acondicionado del COE, en el mundo duro de las familias, barrios y comunidades aisladas, miles se debatían en peligro inminente de muerte, ya por inundaciones como las de Levittown o las ocasionadas por ríos y quebradas crecidos en todo el País; o porque no había acceso terrestre a sus comunidades; o porque los centros de salud y hospitales estaban cerrados o no operaban a capacidad; o porque la total falta de energía eléctrica y de telecomunicaciones imposibilitaba ofrecerles a tiempo algún servicio vital.

Ahora que nuestros muertos por María han hablado, llegó la hora de actuar. Ya sabemos que el Gobernador y la Primera Dama visitaron la instalación memorial a nuestros muertos colocada en una plazoleta frente al Capitolio. Es necesario, entonces, que el Gobernador pase de lo simbólico a lo afirmativo, destituyendo a Héctor Pesquera como secretario del Departamento de Seguridad Pública. Este funcionario merece ser relevado de su cargo por haberle mentido sistemáticamente al pueblo sobre las muertes relacionadas al huracán y por mantener una actitud de claro menosprecio a la pérdida de vidas puertorriqueñas.

Sera otra cosa / Torre Norte: punto cardinal

Nunca he tenido mucha habilidad para saber ubicarme según los puntos cardinales. Puede ser por falta de ejercicio o práctica concreta, mientras viví en Puerto Rico –hasta mis veintes– conocía la isla con relación a las carreteras, autopistas, negocios y derechas e izquierdas. Las medidas cardinales se reducían a los siguientes binomios: el este y el oeste con Fajardo y Mayagüez; y el norte y el sur con San Juan y Ponce. Nunca me hizo mucha falta en la praxis, antes de mi veintena apenas viajé al extranjero y cuando hacía falta una dirección alguien más siempre orientaba el camino. Yo ni cuenta.

No fue hasta que comencé a viajar, a hacer mis estudios graduados fuera de Puerto Rico, que empecé a orientarme, con mucha dificultad, en la lectura de mapas y de planos con preguntas ontológicas profundas hechas a vuelo de pájaro: dónde estoy y para dónde voy. Cuál línea de metro, guagua, tren, monorriel, según el caso, me lleva hacia, hasta, para, por. Más adelante, me guie según las calles o avenidas conocidas que estaban cerca de mi centro de estudio, de trabajo o del apartamento. Y poco a poco, he ido sustituyendo las calles y avenidas con la combinación de las coordenadas cartesianas. Aun así, y ahora adaptada a mis alrededores, a grande escala sigo igual, pero con conciencia plena de mis deficiencias y cegueras, el oeste es California y el este es Boston; el norte es Canadá y el sur es Texas.

Hace unos días visité Londres por primera vez. En principio y como suele ser la práctica, me dejé llevar por el sistema de transportación subterránea que conecta esta inmensa y cosmopolita ciudad. Al cabo de unos días de mapas y trenes, quería visualizar la urbe desde arriba para ver vivir a distancia y también para ubicarme. Desde una de las torres de un museo al sur de Londres pude observar no solo el río Támesis –que divide la ciudad en norte y sur–, sino la historia misma de este imperio, de sus reconstrucciones, desastres, plagas y bombardeos. Desde el piso 24 se veía, más que para arriba y para abajo, el palimpsesto histórico del país, un siglo sobre otro, una catedral sobre muros romanos, palacios y torres modernas de cristal, juntas, encima o contiguas.

Esta vista de Londres me hizo recordar lo que sin darme cuenta ha pasado a ser un modus operandi y tal vez vivendi. Eso de intentar entender de abajo para arriba. Eso de buscar distancia y tal vez altura para pensar, para asombrarme y para ver. En Rio de Janeiro, subimos a pie la montaña del Corcovado con la finalidad, no de ver solo al Cristo Redentor, sino como una especie de peregrinación para ganarnos la fortuna de la vista fluminense. Para verla delimitada, difícil, hermosa y en su realidad (y la que yo imagino).

Pienso en Puerto Rico, en cuántas veces pude observar el paisaje humano, histórico y geográfico con distancia y a cierta elevación. Recuerdo pocos momentos, algún mirador o quizás desde los edificios altos de Hato Rey mientras hacía una diligencia. Ninguna vista ha sido tan privilegiada como aquella que veía desde la habitación de una amiga que se hospedaba, mientras culminaba su maestría, en la residencia de Torre Norte en la Universidad de Puerto Rico. A veces me invitaba a almorzar a su piso y desde la ventana, como plano de fondo, se percibía el noreste de Puerto Rico, la Universidad, el área metro, el mar y hasta el Yunque. Es irónico y triste. La vista provista por la altura, por la educación, por la Universidad, se encuentra en el mismo edificio que cierra en circunstancias dudosas y que bota a sus residentes hasta nuevo aviso… si acaso.

Sigo pensando en Puerto Rico, en cuánto me ha tomado ver a mi país y con ello a su historia, su contexto y sin duda, a mí misma y a mis circunstancias. Pienso en cuánta distancia y años me han hecho falta para divisar y distinguir… y en cómo se me ha pasado factura desde allí y desde acá.