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Violan otra vez ley de Corredor Ecológico

La Coalición Pro Corredor Ecológico del Noreste (CEN) denunció que la Oficina de Gerencia de Permisos (OGPe), autorizó la operación de un estacionamiento para uso exclusivo del hotel El Conquistador & Las Casitas Resorts (en adelante, “Hotel El Conquistador) en violación a la Ley de la Reserva Natural del CEN. El permiso fue emitido a la empresa Colonial Parking, Corp., cuyo dueño es Miguel A. Cabral Veras. Este empresario fue uno de los implicados en el esquema de soborno y extorsión por el cual fue convicto el exsenador Jorge De Castro Font, según declaraciones de testigos reseñadas por la prensa durante el juicio contra el exlegislador.

“Exigimos al Ing. Ian Carlo Serna, Director Ejecutivo de la OGPe, a que declare nulo y de inmediato, el permiso aprobado a favor de Colonial Parking, Corp., por violar la Ley de la Reserva Natural del CEN, y su Plan Sectorial. Es sencillamente increíble que tras tantos años de discusión y consenso público sobre el valor del Corredor, la existencia de una ley especial, y hasta de un plan de usos de terrenos y manejo específico para esta área, esta agencia haya sido tan irresponsable y decidiera aprobar un permiso claramente contrario a los fines de esta reserva natural,” reclamó Cristóbal Jiménez, presidente de la Coalición Pro CEN.

Según la denuncia el permiso emitido por OGPe y objeto de la controversia fue aprobado el 5 de junio pasado, con vigencia hasta el 30 de noviembre de 2017, para “uso exclusivo de estacionamiento temporero para las actividades del Hotel Conquistador”.

El Presidente de la Coalición expuso que la Ley de la Reserva Natural del CEN (Ley Núm. 126 de 25 de junio de 2012, según enmendada) establece como política pública del Gobierno de Puerto Rico la designación como reserva natural, del área denominada Corredor Ecológico del Noreste, disponiendo que cualquier actividad o uso propuesto en sus terrenos, “estará supeditado y dará prioridad a su preservación, restauración y conservación.”

De acuerdo al Plan Sectorial, los únicos usos permitidos en este distrito de zonificación son aquellos dirigidos a mejorar las condiciones naturales y paisajísticas de estos espacios, o bien a facilitar la realización de actividades científicas, didácticas y recreativas basadas en la apreciación de la naturaleza. El planificador calificó de “pasmoso” que la OGPe haya emitido un permiso para un estacionamiento con el fin de viabilizar o facilitar las operaciones del Hotel El Conquistador, máxime cuando es una actividad externa y ajena a los propósitos de la designación del CEN como un área natural protegida.

Para ambos miembros de la Coalición la única explicación razonable a la otorgación del permiso pudiese ser la falta de conocimiento o experiencia que puedan tener los funcionarios y técnicos particulares que tuvieron a su cargo la evaluación y otorgación del permiso, si es que éstos llevan poco tiempo ocupando sus cargos tras haber sido nombrados recientemente por la administración entrante del gobernador Ricardo Rosselló Nevares.

“Si el Director Ejecutivo de OGPe no atiende esta situación de inmediato, según solicitamos públicamente, estaríamos hablando entonces de un acto de negligencia crasa en contra de la política pública dirigida a proteger los recursos naturales del Corredor, en menosprecio y violación también a la responsabilidad ministerial que tienen los funcionarios de ésta y otras agencias de velar por el fiel cumplimiento de nuestras leyes y reglamentos.”

La Coalición aprovechó para instar de manera pública a la gerencia del Hotel El Conquistador y a la empresa Waldorf Astoria – Hilton, operadores de esta hospedería, a no utilizar más los terrenos de la Reserva Natural del CEN como un estacionamiento, comprometiéndose públicamente a no fomentar dicha práctica entre sus empleados y huéspedes en el futuro.

Soy una boricua bestial

El primer paso es admitirlo. Soy una boricua bestial.

Hace mucho tiempo me asumí. Fui al Día Nacional de la Salsa y me puse una camisa que decía ‘Para ti motherflower’.

Sin embargo, ahora, en este momento de mi vida, es que realmente puedo decir, orgullosa, sin tapujos ni complejos, que sí, soy una boricua bestial.

Hace varios días, fui con el crío al Festival Puertorriqueño de New Haven. Viviendo en el exilio, una aprovecha todas las oportunidades para darle cultura y afianzar mi lección constante de que “vivimos en Connecticut, pero somos de Puerto Rico”.

‘Jalamos maví’ para el sur. Quería que el chiquito viera la boricuada y se sintiera pleno. Desde unas cuadras antes de llegar al ‘Green’, la gran plaza donde celebran la actividad, se observaba a los boricuas caminando en peregrinación divina. Armados de sillas, neveritas, mesitas plegables y camisetas de la monoestrellada, familias de padres, madres, abuelitas y abuelitos, niños y hasta los perros, desfilaban con vuvuzelas y todo lo necesario para pasar un buen rato de sábado en la tarde. Mi mochila, ingenuamente empacada, sólo tenía algunas meriendas y agua. Tendría que ser suficiente.

Un mar rojo, azul y blanco, con reggaetón en el fondo nos recibió al llegar al Green, en el que ondeaba no sólo la pecosa, sino también nuestra hermosa monoestrellada. Navegando entre la multitud, dimos una vuelta de reconocimiento para ver qué ofrecían en los ‘food trucks’ y en las carpas de los vendedores. El ambiente olía a cuchifritos, pinchos y fritanga. La manteca nos llamaba, pero las kilométricas filas hicieron que me conformara con una carísima piña colada ‘con’, código boricua clandestino que significaba que estaba bautizada.

El chiquito se quiso montar en un jeep pintado como nuestra bandera nacional y yo con temor a que fuese a tocar algo delicado. De repente se aparece el dueño y me dice con una sonrisa que “sí se puede montar, pero, Papi no toques los cambios”, dándole la mirada de todo padre, tío o abuelo que conoce los estragos que pueden causar esas manitas curiosas. Luego de tomarle una foto en la máquina, que estaba de lo más ‘aniquelá’, mi nene se fijó en un carrito que vendía calcomanías. Se empeñó en una del Hombre Araña y otra del ratón de Disney. “Wao, un Spiderman y un Mickey boricua, eso sí que es grande”, dije en voz alta, para el deleite del señor que estaba a mi lado que se soltó una gran carcajada.

Nos ubicamos al lado de una familia que tenía varios niños cercanos en edad a mi chico para que pudiera jugar con ellos. Conversé con la madre sobre las filas para la comida y la bebida y me explicó que debería haber llevado mis propias cosas: neverita con cositas para el nene y para mí, sillas y una mesita plegable y juegos o pelotas para entretenerlo. Luego bailamos al son de Héctor Tricoche y su “Lobo domesticado”. Recordé cómo fue que aprendí a perfeccionar mis pasos de baile de salsa y merengue con otros boricuas bestiales en Jimmy’s Bronx Café, en Nueva York, allá para finales de los noventa.

Allí, en familia, bailamos, sudamos, nos reímos y gozamos hasta que el cansancio nos venció. Agradecí a mi nueva amiga, su abuelita y sus demás parientes, sus atenciones y marchamos de regreso a nuestro pueblo, contenta de haber pasado una tarde maravillosa.

Anteriormente, para las décadas de los sesenta y los setenta, los profesionales de clase media y alta, entendían que estos comportamientos típicos de los boricuas bestiales eran una cafrería. Más aún, si formaban parte de los boricuas que vivían en los Estados Unidos o niuyoricans. Eso de usar la bandera para todo y en todo, de hablar “spanglish” o no saber español, de hablar “esplayao” y ser cocolo, era considerado una soberana cafrería.

Existía una división entre los puertorriqueños que se consideraban cultos y veían con desdén este tipo de costumbre de los boricuas cafres de “Niuyol”. Y así crecía ese abismo entre lo que ahora se conoce como la diáspora y los puertorriqueños “de la Isla”.

No obstante, esos boricuas bestiales, de Nueva York, de Chicago, de Connecticut son los que tienen que reafirmar su puertorriqueñidad desde las fauces del imperio… a diario. Estas personas son bravas porque defienden con orgullo su bandera, su gastronomía y música sin importarles lo que puedan pensar o decir los gringos. Porque ésos, los que llevan con el pecho inflao’ la camisilla de la monoestrellada, son los que sienten a Puerto Rico su patria, aunque nunca hayan visitado la Isla y no sepan mucho español. Y eso es válido y hay que reconocerlo.

Ahora, en tiempos en que las cifras de los puertorriqueños que se exilian crecen a pasos agigantados y aceptamos que somos un país dividido (como bien lo llamó el Partido Socialista Puertorriqueño en la década de los setenta), hay que acoger y aceptar a los boricuas bestiales tal como son, en particular porque ellos y ellas están en resistencia todos los días.

Los boricuas bestiales pueden parecer cafres para algunas personas, pero son los que desde principios del siglo XX han acogido con afecto y solidaridad a cada pariente recién llegado de Coamo, Arecibo, Ciales o cualquier otro pueblo. Estos boricuas bestiales son los que hacen festivales anuales, como el que visité, para que la gente tenga su fiesta patronal y que aunque sea por unas horas rodearse de los suyos y sentirse mayoría.

La realidad es que pocas veces me he sentido más cómoda que entre esa multitud, con jevas apretás, tipos marcando la clave y niños correteando y gritando en spanglish. Era como estar entre gente de confianza. Porque se sentía familiar. Porque se sentía bien boricua, bien boricua bestial.

Entender el poder para actuar con fuerza

Uno de los peores enemigos en momentos de crisis es la desesperación. Desde que comenzó en Puerto Rico la política neoliberal como acción abarcadora de gobierno, en 1989, hasta el día de hoy, la clase trabajadora y las comunidades han recibido golpes muy duros. Pero también pudieron poner en marcha movilizaciones impresionantes. Basta mencionar algunas: los paros nacionales de los trabajadores del sector público contra la venta de La Telefónica en marzo de 1989 y octubre de 1997, la contundente huelga del pueblo, y la lucha contra la presencia de la Marina de Guerra de Estados Unidos en Vieques. El éxito de la enorme movilización contra la Marina puso sobre la mesa de la historia una formidable ironía: la energía popular salió victoriosa contra el enemigo de mayor fuerza. Sobre eso hay que reflexionar hoy más que nunca. ¿Cómo es posible derrotar al más poderoso y ser derrotado ante fuerzas menos formidables? La contestación solo puede ir encaminada hacia un aspecto fundamental: la unidad del movimiento, la tenacidad y el sacrificio de los luchadores y su diversidad concertada. Ahí está la figura de la victoria.

Ahora bien, es evidente que el Puerto Rico existente entre 1989-2006 no es el mismo de hoy. Una debilidad crónica parece asediarnos por todos los costados. Es imposible esconder los aspectos depresivos y desmoralizadores: 1) la pérdida masiva de empleos industriales como resultado de la desaparición de la Sección 936; 2) la eliminación de decenas de miles de empleos del gobierno a partir de la Ley 7 de 2009; 3) el aumento de la dependencia de fondos federales; 4) la emigración masiva de sectores productivos hacia los Estados Unidos; 5) los ataques sistemáticos a los sectores laborales por vía de privatizaciones y reformas de las leyes que regulan el trabajo: 6) la voracidad de sectores empresariales en combinación con políticos inescrupulosos de nuevo cuño en un festival de contratos que han esquilmado la riqueza pública; 7) y la corrupción rampante que ha devorado fondos públicos en una estructura de robo legal e ilegal que incluye al sector financiero. Una verdad se desprende de esta política neoliberal de expoliación: ha sido un movimiento capitaneado por los dos partidos de turno en el gobierno. Por consiguiente, el llamado reciente del gobernador Ricardo Rosselló para formar un frente unido por Puerto Rico no es otra cosa que una combinación de los defensores de la política neoliberal para capear la tempestad que ellos mismos han creado. Al proponer la misma política, no tiene ninguna credibilidad.

Sin embargo, ese llamado hace visible varias cosas. La política neoliberal, si bien ha enriquecido a un grupo reducido de intereses locales, ha debilitado al conjunto de la economía, con repercusiones políticas desconocidas en nuestra historia. Los dos partidos responsables de la crisis que agobia al país se han debilitado de una forma que parece irreversible. Viven chapoteando en el charco podrido del neoliberalismo. La llamada de apariencia unitaria que hace el gobernador es hipócrita y está cruzada por la mentira. Mientras sus socios demenciales, como Dávila Colón y los participantes de su programa radial, le echan toda la culpa de la crisis a la ineficiencia – innegable, por cierto – del gobierno de García Padilla, Ricardo Rosselló, quien fuera parte del mismo programa radial durante largos meses antes de las últimas elecciones, llama a la unidad. Ante la dificultad de gobernar bajo el poder de la Junta de Control Fiscal, con el barco lleno de agua, el maltrecho gobernador se exhibe en ropas menores. Llama porque está débil, no porque camina con fuerza hacia la estadidad. Llama porque la estadidad es una caja que se ha quedado vacía desde que el PNP se convirtió en el más eficiente promotor del neoliberalismo y sus consecuencias: el robo y la insensibilidad. Una caja donde no cabe hoy una sola ilusión de futuro. De la misma forma, los políticos que recurren a su llamado son políticos derrotados, desmoralizados, tan vacíos como el gobierno en su capacidad de presentar un nuevo proyecto de autosuficiencia económica para Puerto Rico.

Si alguien tiene dudas sobre la debilidad del partido de gobierno, piense en lo siguiente: el año 2017 pudo haber sido uno de grandes celebraciones anexionistas después de la raquítica victoria electoral del pasado noviembre. Con una gran fanfarria, desde el año pasado, pusieron pasquines en cuanto muro encontraron, con el anuncio de los cien años de ciudadanía. Este año también se cumple el medio siglo de vida del PNP y el centenario del Senado de Puerto Rico, dirigido por el flamante Rivera Schatz. Pues bien, no han podido hacer ni un cumpleaños en una plaza pública. El día del natalicio de Barbosa pasó sin una movilización de masas como en años pasados, con un silencio más fuerte que los grititos que se oyen de la boca del gobernador y de la comisionada residente anunciando la supuesta cercanía de la estadidad. La realidad es que con una economía quebrada, con todos los sectores debilitados, sin fuerza, como resultado del elitismo neoliberal y las medidas que empobrecen a la población, no hay camino posible hacia la estadidad. El país en su conjunto está débil. El gobierno es un gobierno inevitablemente débil. Y la Junta, que no tiene ninguna fuerza interna , se regodea y se arregla el pelo en el espejismo de un poder vacuo. Hoy más que nunca brilla el pensamiento de Betances: los grandes parecen grandes porque estamos arrodillados.

Una verdad brilla en esta crisis. La burguesía local es un ente deforme y raquítico que ha manifestado consistentemente su incapacidad de elaborar un proyecto económico-político propio. El movimiento obrero está debilitado y presenta una figura que propicia la inmovilidad. Su debilidad mayor es la falta de unidad de propósito y de acción. Tampoco ha demostrado que tiene un proyecto de país. Pero lo peor de todo es que no da muestra de sentarse en una mesa colectiva a construirlo. Predomina en su dirección el individualismo y la urgencia de proyección y liderato. Es triste ver hombres viejos que se comportan como niños y no acuden a la acción común o se alejan descontentos por pequeñeces y minucias. Es triste porque el país se derrumba y ellos pueden ayudar a que se levante la esperanza. A pesar de la debilidad de la economía, a pesar de la pérdida de cientos de miles de empleos públicos y privados, la clase trabajadora tiene potencialmente mucho más fuerza que el sector empresarial que está a la cabeza de la crisis.

La indignación está en la calle. Pero camina sin rumbo y en silencio. Hace falta salir a organizarla de forma concertada, cada cual con su instrumento, para hacer que poco a poco se oiga una orquestación de pueblo. ¿No hay base para tanto optimismo? ¿Se olvidaron que hace solo unos meses, inspirado por un movimiento estudiantil ejemplar, se dio en Puerto Rico el primero de mayo más grande en la historia de esta isla? No se puede negar la desmoralización, pero se puede trabajar contra ella y abonar con buena fe la imaginación colectiva. La comunidad de Peñuelas lo reclama, la Universidad de Puerto Rico lo reclama, los que ven su sistema de retiro en peligro lo reclaman, los trabajadores públicos y privados lo reclaman. El pasado viernes se dio una nutrida protesta laboral frente al local de la Junta. El próximo miércoles 30 de agosto hay otra actividad. Cada actividad debe ser un escalón en el ascenso de la movilización. Puerto Rico entero necesita que sus fuerzas inspiradas por la igualdad y la justicia se organicen y comiencen a moverse con su propio ritmo, en combinación.

Breves de septiembre-1

No siempre podemos predecir qué películas quedan en cartelera por más de dos semanas pero siempre pensamos que si fue un filme especial—esos que nos hacen pensar y vibrar—permanecerá en los cines, especialmente los Fine Arts, hasta que el público deje de asistir. Detroit fue uno de esos filmes que por ser muy especial—temática, cuadro histórico-político, directora premiada—estábamos seguras que tendría una buena temporada. Nada más lejos de la realidad: solo duró dos semanas en una sola sala de Fine Arts de Miramar y me la perdí. Así que los tres que comento pueden seguir en cartelera o haber desaparecido, pero todos son excepcionales por la temática, su presentación y su alejamiento de los elementos hollywoodenses.

Maudie

(directora Aisling Walsh; guionista Sherry White; cinematógrafo Guy Godfree; elenco Sally Hawkins, Ethan Hawke, Kari Matchett, Zachary Bennett, Gabrielle Rose, Billy MacLellan, Marthe Bernard, David Feehan)

Lo que destaca este hermoso y emotivo cuadro de una mujer que poco a poco y a pesar del ambiente y circunstancias que le han tocado vivir sobrevive y florece como artista es su sencillez. Comienza en la década de 1930 en el pueblo de Marshalltown en Nova Scotia, Canadá. Al perder a sus padres, Maud Dowley también perdió su casa ya que su hermano la hereda y la vende sin consultarla. Le toca entonces vivir con una tía que no entendía cómo una mujer soltera y en sus treinta no podía quedarse en su casa y ser parte de su congregación religiosa. No importa si Maudie caminaba medio tullida por una condición artrítica severa, a ella le gustaba ir al pueblo en las noches cuando había música y baile y podía beber alcohol. Ya se imaginarán como esto le caía a su tía Ida. Su único entretenimiento en esta casa donde le recordaban a cada momento que no pertenecía era dibujar y pintar con juegos de colores que su madre le había dejado.

En una de sus caminatas al pueblo —pues no importaba si se le hacía difícil la travesía ya que era una manera de liberarse del encierro en que vivía— encuentra un anuncio de trabajo como sirvienta de un campesino que vivía solo y responde presentándose y convenciéndolo de que podía hacer el trabajo de limpieza a pesar de ser pequeña de estatura y caminar raro. Así convencerá a Everett Lewis de dejarla transformar su vivienda, una casita de una sola habitación y buhardilla, y llenarla de pájaros, hojas, flores pintadas en colores brillantes. Poco a poco tanto la gente a su alrededor como extraños de muy lejos conocerán su arte y pasarán por su pequeña casa a comprar sus postales y pinturas.

Sally Hawkins como Maudie es una obra maestra e Ethan Hawke nos sorprende por su interpretación de un personaje tan diferente a lo que nos tiene acostumbradxs. Todos los elementos de producción hacen de este cine minimalista un ejemplo de cómo se puede contar una historia con mínimo de diálogo, gestos casi congelados, cámara contemplativa pero también en movimiento para seguir a sus personajes y el relato de una vida relevante como son todos los que nos rodean.

The Big Sick

(director Michael Showalter; productor Judd Apatow; guionistas Emily Gordon y Kumail Nanjiani; cinematógrafo Brian Burgoyne; elenco Kumail Nanjiani, Zoe Kazan, Holly Hunter, Ray Romano, Anupam Kher, Zenobia Shroff, Adeel Akhtar, Bo Burnham, Aidy Bryant, Kurt Braunohler)

Puede que los comediantes ‘stand-up’ sean muy exitosos en sus presentaciones ante un público en vivo o en programas diseñados por ellos en Comedy Central, pero eso no traduce a un largometraje de ficción con una historia que vaya más allá del chiste fácil o de montaje difícil. Aunque con diferentes experiencias pero todos con la base de reírse de la vida, sí lo lograron en Funny People (2009), dirigida por Judd Apatow y protagonizada por Adam Sandler, 50/50 (2011), escrita casi como autobiografía por Will Reiser y Trainwreck (2015), escrita y protagonizada por Amy Schumer y dirigida también por Apatow. En The Big Stick, Kumail Nanjiani es co-guionista y protagonista de una historia que recoge lo que pareciera ser algo inventado en vez de una experiencia de vida.

Prácticamente toda la historia se desarrolla en interiores comenzando con el club donde Kumail hace su rutina junto a sus amigos y compañero de cuarto: Mary, CJ y Chris. Esas improvisaciones ensayadas de los comediantes se miden por la aceptación (muchas risas y especialmente carcajadas) del material presentado. En este caso, alguien del público decide volverse participante: así conoce a Emily. Lo que parece un romance muy interesante y con potencial de desarrollo se torna complicado por las familias de ambos. Kumail es pakistani y musulmán y si quiere continuar con el lazo familiar tiene que seguir las normas culturales, no importa dónde residan. Enamorarse de alguien diferente es un insulto a la familia. A través de la historia Kumail aprende a cómo establecer prioridades y balancear el amor y respeto hacia su familia y la mujer que ama a pesar de su negación. Todo esto sucede en medio de una crisis de salud cuando Emily se enferma seriamente y tienen que inducirle un estado de coma para salvar su vida. Todo esto parece un drama pero lo fabuloso del filme es que la audiencia/espectador estamos riéndonos a carcajadas. Muy de ‘stand-up’ los personajes entran y salen de escena con ‘one-liners’ pero tener a Holly Hunter y Ray Romano como los padres de Emily es darle otra dimensión a esta comedia romántica.

A Ghost Story

(director y guionista David Lowery; cinematógrafo Andrew Droz Palermo; elenco Casey Affleck, Rooney Mara, McColm Cephas, Kenneisha Thompson, Grover Coulson, Liz Franke, Barlow Jacobs, Richard Krause, Dagger Salazar, Sonia Acevedo, Carlos Bermúdez, Yasmina Gutiérrez)

Nuevamente en un estilo minimalista, este filme apenas tiene diálogo y depende casi en su totalidad de la cinematografía: las tomas de los personajes, la presencia del fantasma en su cubierta reconocida, los colores en interiores y exteriores, la escenografía casi desnuda, la distancia establecida entre lugares y presencias. Pero ante todo es una historia de cómo se apropian o no los espacios que ocupamos ya sea por corto o largo tiempo. Cuando conocemos a la pareja que habita la casa, C y M, reconocemos su intimidad pero a la misma vez la distancia que parece rodearles. Las pocas palabras que escuchamos tienen que ver con la casa que habitan y las que habitaron y quedan en su memoria. Cuando la pareja se separa, la casa ya es ajena y observamos cómo se vende o alquila, los nuevos inquilinos y su manera de llenar los espacios tan distinto a sus anteriores moradores. También el tiempo dejará de ser consecutivo y dará saltos hacia el pasado reciente y lejano para luego lanzarse a toda prisa a un futuro donde la casa ya sea irrelevante y sus fantasmas no tengan razón para requedarse.

La narración sin palabras, con imágenes y música, es como un poema silente que sentimos porque nos hace recordar casas no enteramente olvidadas, imaginar el pasado del presente que habitamos y las historias que quedaron flotando entre paredes.

Será otra cosa: La pecera

Cuando lo colocó, justo a la altura de los ojos, la mujer pudo apreciar en detalle la diminuta silueta de aquella criatura que parecía danzar solo para ella. Quiso sentir que había entre las dos alguna conexión, pero inmediatamente descartó la idea. Qué tontería, las cosas que se me ocurren, y siguió con lo suyo.

Desde allí arriba el pez no veía mucho y se aburría. Un pez aburrido puede confundir. A veces la perplejidad se toma por vanidad, sabiduría, desconcierto. Esto pasa mayormente con los cangrejos, las tortugas y los tinglares, pero ninguna de estas criaturas comparte su universo de forma tan íntima como este pez. En aquel cuarto no se daban grandes acontecimientos, como podía suceder en mar abierto, ni sufría grandes transformaciones, como ocurre con las costas. Sólo la luz se afanaba en un espectáculo mañanero a través de las cortinas y jugaba con los reflejos del agua por la tarde, cuando los rayos del sol calentaban un poco la reducida pecera que ocupaba el solitario pez encima del mueble.

La mujer se acostumbró muy pronto al pez, como quien se acostumbra a un cuadro o al paisaje cambiante a través de una ventana. De vez en cuando el movimiento de la criatura, como un celaje azul, le recordaba que era diferente al cuadro y al paisaje. Entonces se acercaba al pez y lo alimentaba.

Desde allí, el pez mataba el tiempo pensando en lo que veía. Su reducida pecera no tenía adornos, aparte de un castillo sin puertas ni ventanas, como una piedra cuadrada que hubieran lanzado al fondo sobre los guijarros azules, de manera que no le quedaba más remedio que mirar hacia fuera. El pez rodeaba los límites de la fortificación y se asomaba por la curvatura del cristal que le hacía ver más cercanos los objetos: todo era verde, azul y amarillo. Su único espectáculo era el monótono y predecible ir y venir de las enormes criaturas que ocupaban el cuarto.

Poco a poco el pez aprendió a reconocer las siluetas de los individuos que se presentían en la oscuridad. Cuando la luz le permitía distinguir las figuras, vigilaba a aquellos seres que se desplazaban por el cuarto, en un espacio aparentemente más suave y cristalino que el agua y que les permitía movimientos a un ritmo incomprensible para el ocupante de la pecera.

Algunas veces entró otro animal a la habitación. Era un cuadrúpedo amarillo de ojos endiabladamente feroces y largos bigotes picudos. Parecía fascinado por aquel receptáculo y el pez llegó a pensar que el pobre padecía de una sed perpetua, pues solía beber del agua de la superficie mientras él mantenía discreta distancia en el fondo, muy cerca del castillo. En una de esas ocasiones, el pequeño monstruo fue sorprendido por la mujer, que lo sacó del cuarto como si el animal la hubiera ofendido con su presencia. El asunto llegó a intrigarle. Algo había en él, siniestro y maligno, que hacía a las criaturas mayores reaccionar violentamente.

El pez se propuso combatir su aburrimiento y comenzó a llevar cuenta de las rutinas de los otros y a imaginar lo que pasaba más allá de las puertas y ventanas del cuarto. No tenía muchas pistas para hacerlo, pero desde el minúsculo abismo de su pecera, junto al falso castillo, hacía lo que podía. Pronto conoció sus costumbres, que se limitaban a las primeras y finales horas del día. Nadie sabe cómo es eso de vivir en una pecera, pero en este caso el pez fue muy cuidadoso en no exagerar sus ideas y se atuvo a lo que podía constatar en el tránsito cierto de aquellas criaturas lastimosas, tan ignorantes del ritmo de las mareas y corrientes submarinas. El pez imaginaba el pasado de la pareja desde su perspectiva de pez o jugaba a que era él quien determinaba los desplazamientos de los personajes: era él quien los levantaba con la luz por la mañana, quien los hacía retirarse después de cambiarse de piel, quien los hacía moverse en la penumbra y quien los dejaba inmóviles hasta el otro día.

Así las cosas, una mañana, el pez imaginó que ya era una criatura feliz, que había conseguido entender el adentro y el afuera de su pecera, y se quedó muy quieto en el fondo. Tan quieto estaba que dejó pasar las horas de la noche y la mañana, dejó pasar el momento de alimentarse, dejó de seguir a la pareja por el cuarto y tan quieto se quedó que al otro día la mujer pensó que todo había terminado para el pez.

La mujer lo miró desde arriba, muy triste y compungida –el pez sólo había durado año y medio y habría que explicarle al niño qué había pasado–, y decidió deshacerse de él y limpiar la pecera. Algo llorosa, la mujer fue sacando las piedritas azules del fondo, sacó el castillo y el liviano cuerpo del pececito, y, acaso por tener empañados los ojos, no alcanzó a notar cierto movimiento en las aletas cuando lo echó, en actitud melancólica, por el inodoro. Esa noche la mujer se dormiría pensando en aquel pobre ser que nunca escuchó música, ni conoció el mar, ni se enteró de que había otras criaturas marinas.

El pez, que había permanecido quieto y catatónico, los ojos puestos en la mirada compasiva de la mujer, concentrado él en aquel instante de exultada emoción, no opuso resistencia. Otro pez hubiera sacudido su cuerpo, buscando desesperado el regreso a la pecera, pero no así el pez de esta historia. Adiós, mundo maravilloso, se habrá dicho el pez mientras la fuerza del agua lo revolvía en la taza. Con el último aliento que le quedaba, alcanzó a ver la silueta de aquella otra criatura triste, y, mientras se sumía en la oscuridad de los desagües, se conmovió pensando en una vida dispersa y vulnerable, sin la tibia protección de una pecera. Cuánta hermosura y fragilidad en el desasosiego, pensó el pez, embelesado, y después: nada.