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Desde el suelo

Me gusta acostarme junto a mi perro, pegaditos al suelo, y contemplar los detalles de su otredad. Son hermosas las pequeñas hebras de su pelo, tantas y tan juntas. Bellas sus minúsculas pestañas encanecidas. Conmovedores sus dientitos frontales, evolutivamente irrelevantes.

Allí, con el oído en tierra, muchas veces trato de seguir su mirada. ¿Cómo se ve desde el suelo, desde abajo? Son tantas las pequeñeces que se vuelven, de pronto, visibles, grandiosas. Es cuando mejor entiendo, en la carne, lo del polvo de estrellas que explican las astrofísicas.

Alguna vez leí una apreciación de la perspectiva de las hormigas, quienes son capaces de percibir en cuatro dimensiones. Una hormiga, precisamente por su pequeñez, puede atravesar superficies por sus cuatro lados. Puede caminar por debajo. Vive aun más pegada a la tierra que mi perro y, desde luego, muchísimo más que yo. (Quienes escribían sobre las hormigas no lo hacían desde mi trópico, por lo que olvidaron mencionar los atléticos lagartijos.)

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He dedicado buena parte de mis esfuerzos como investigadora a defender la pequeñez de nuestro archipiélago, junto con la de todos los archipiélagos de esta región centenariamente saqueada, explotada, violentada. He insistido en la necesidad de que pensemos a escala, a nuestra escala. Que volvamos la mirada a nuestro entorno. Que abandonemos el bigger is better del capitalismo expansivo, suburbano, imperialista que atenta contra la supervivencia misma de la vida del planeta.

Hoy, alucino ante tanta defensa del achicamiento. Hasta hace muy poco, lo que había que hacer era agrandarlo todo: los malls, las tiendas, los edificios, los carros, las casas. Resulta que el capital, en su criminal afán por tomarlo todo, decide no solo qué es lo grande y lo pequeño, sino también qué debe considerarse grande y qué pequeño.

Grandes no son las cuentas bancarias, las evasiones contributivas, los números alojados en paraísos fiscales, la impunidad de los responsables de una deuda odiosa, ilegítima, criminal, las innumerables cuerdas terreno de la agro-industria, las listas de cadenas multinacionales comiéndose economías locales, los acosos y las violaciones, las deudas históricas ni las deudas afectivas del 1%. Todo eso es pequeño, pequeñísimo, minúsculo; tanto, que es inexistente.

Grande es, según el 1% que controla casi todo lo que hace posible la vida en común de todo el planeta, $2,000 al mes, una escuela pública, una universidad pública, un trabajo digno en condiciones justas, una red de cooperativas, una cuerda de terreno cultivada sin pesticidas, unos cuerpos aguerridos, un chequecito de mes a mes y va en coche, un retiro digno para envejecer, unos días garantizados para el descanso y otros garantizados para poder enfermarse.

Grande no es la inmoralidad más asquerosa, la prepotencia más impune ni el crimen contra el futuro. Eso es tan pequeño que, para el 1%, no existe.

Y, como el 1% decide qué es lo grande y qué lo pequeño, decide también qué hay que achicar a sangre y fuego. Ahora resulta que downsized is better. El 1% valora lo pequeño sólo en la medida en que engrandece lo que ya, de por sí, es grande: su crimen.

Hace unas semanas, escribí: “si se trata del glamour de cálculos numéricos tras las vitrinas de inmensos edificios y celulares de último modelo, entradas y salidas en SUVs con cristales ahumados y trajes de diseñador muy bien acicalados, la crisis se vuelve la celebridad protagónica del reality tv de ‘los expertos’ al que nos subyuga el capitalismo actual. La crisis es, de hecho, la celebridad total: está en todas partes y en ninguna, lo posee todo y no tiene nada, lo devora todo y no consume nada, lo decide todo y no es responsable de nada. En la misma medida en que sus números consumen todos los cuerpos, todos los cuentos y todos los hogares, la crisis glamorosa no tiene cuerpo, cuento, ni hogar. De ese modo, como ocurre con las celebridades, la crisis manufacturada que se alimenta de nuestros cuerpos, cuentos y hogares, nos resultará, paradójicamente, inaccesible y remota.”

La celebridad total nos ha declarado la guerra. Es una guerra contra las mayorías, contra la posibilidad de mañanas, contra lo poco que nos queda de vida en común. Y, para ganarla, la celebridad total necesita triunfar también en la contienda conceptual. Le urge controlar el significado de todo. Que las grandes mayorías nos memoricemos sus definiciones es, para el 1%, apremiante.

Pero, un país no vive de botellas. Por definición, en cuanto salimos de un examen para el que embotellamos definiciones, las olvidamos. Este país vive de sus cuerpos, de sus afectos, de sus memorias, de sus de abajo. Y desde allí, desde el suelo, sabemos qué es lo grande y qué lo pequeño. Sabemos qué urge achicar: el abismo entre las más minúsculas minorías y las más inmensas mayorías. Que nadie se deje engañar por estos criminales de hecho, de palabra y de pensamiento: no entregaremos la grandeza de la pequeñez de nuestro archipiélago, de todos los cuerpos de abajo, pegados a tierra.

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Cuando miro desde el suelo, siguiendo los ojos de mi perro, comprendo que mi país está, siempre, en otra parte, grande, inmenso, en su pequeñez.

Norman H. Dávila y Elliott Castro, una amistad olímpica

Por Emmanuel Márquez

Especial para CLARIDAD

Sin duda alguna reconocerás su tono de voz tan pronto los caballos entren en carrera.  Y es que su garganta y su narrativa, se han convertido en un cántico icónico de la cultura puertorriqueña y el deporte latinoamericano. Pero hay mucho más de Norman Hopgood Dávila que simplemente narrar las carreras de caballos en el hipódromo por los pasados 47 años.

Detrás de todo eso, hay un niño criado en la calle Loíza de Santurce, apasionado por el hipismo, un maestro de educación física, un estudiante de ciencias políticas, un jugador de béisbol superior, un director de torneo del voleibol, un escritor y muchos otros adjetivos que lo consagran como leyenda.

Hoy, un domingo de febrero en el Hipódromo Camarero, según se preparan los caballos para correr, así también Dávila se alista para las crónicas del día.  Repasando con particular facilidad el nombre de los 60 ejemplares en el programa de carreras. Junto a su inseparable gorra de Puerto Rico, ya perfectamente amoldada a su cráneo, en breves minutos narrará las carreras con la misma emoción que lo hizo por primera vez en 1971. Pero antes, recuerda que su incursión en el ambiente del periodismo deportivo se dio sin esperarla.

“Yo jugaba ya en Cataño béisbol superior (1965) y uno de los mejores periodistas deportivos de la época, Joaquín Martínez Roussett, tan pronto yo me gradué me dijo que si quería trabajar en la sesión deportiva con él, y yo enseguida dije que sí, imagínate.  Él era el apoderado del equipo y director deportivo del El Mundo, el principal periódico de Puerto Rico en ese momento.”

Apadrinado por los reyes de la radio y televisión puertorriqueña, José Miguel Agrelot y Mariano Artau, Dávila incursiona como comentarista en los programas de hipismo que éstos mantenían en la década del setenta. Desde entonces, como dicen por ahí; ‘el resto es historia’.

El espigado narrador también ha formado parte por los pasado 18 años, de uno de los programas deportivos más famosos y duraderos en la radio, La Descarga Original por Radio Isla 1320 AM, haciendo pareja –entre otros– con el fenecido símbolo del olimpismo boricua, Elliott Castro Tirado. De ese junte, nacería una bonita amistad que se fortalecía según viajaban el mundo juntos, por compromisos con la prensa deportiva del país.

“Antes de que trabajaramos en la descarga -yo comencé en el 2000-, yo lo conocía del periodismo y de ideas políticas, pero no era amigo de él”, dijo Dávila. “Nos conocíamos y hablábamos cuando estábamos trabajando un juego de baloncesto pero no puedo decir que era amigo de él, éramos conocidos”.

“Una vez comenzó el programa (siete días a la semana), uno comienza a prácticamente convivir con esos compañeros, y desde 2001 comenzamos a hacer viajes al exterior (juntos) siguiendo al equipo de baloncesto, y estuvimos ahí hasta hace dos años.  Por ésos 15-16 años, nos veíamos todos los días. Después de los primeros tres años, eramos compañeros de cuarto Elliot y yo.” Sobre su relación con el creador de la frase “Qué buenos es!” no tuvo más que elogios, reconociendo que aun cuando compartían visiones desde el deporte hasta lo socio-político, tuvieron diferencias, que ponían a un lado rápidamente, en pos de su amistad.

“Nosotros discutimos mucho siempre, teníamos muchos puntos en común pero (también) teníamos muchas diferencias, sin embargo, nuestra convivencia y nuestra relacion era muy positiva.”

Tanto Norman como Elliott, nunca fueron educados en periodismo ni mucho menos. Dávila cursó Ciencias Políticas mientras que Castro era ingeniero industrial. Sin embargo, eso no fue impedimento para que se destacaran como pilares del olimpismo y ese sentir patriótico manifestado a través de la prensa deportiva .

“Yo creo que no había escuela de periodismo en esa época. Uno estudiaba lo que fuese hasta donde fuese.  Casi todas las personas que escribían venían del deporte de alguna forma, había personas que eran genialidades, literatos que les gustaba el deporte y escribian del deporte. Y en ese grupo estaba Rafael Pont Flores y Emilio Huyke, que eran personas que también escribían de otras cosas y eran personas muy cultas. Todavía hay algo de eso pero, ese prototipo ya no es común. Yo creo que de las personas más preparadas que hay ahora mismo en ese sentido es  Chu García.”

El dúo era parte de la cepa de periodistas y comentaristas borinqueños que no les temblaba la mano, el pulso, ni la voz para señalar asuntos políticos que afectaban al deporte y la cultura, aún cuando eso rebotaba en contra de sus vidas personales.

Esa tenacidad crítica y el pasar tanto tiempo juntos, permitió que pudiesen identificar las cosas que mejor hacían y que los distinguen de los demás, desarrollando un sentimiento de admiración mutua.

“Él era uno de lo principales mantenedores, animador. Para mí ésa era su mejor faceta, más que narrar incluso” dijo Dávila refiriéndose a Castro. “Era un animador que contagiaba a la gente con una soltura hablando y una facilidad de palabra, por eso estuvo como mantenedor de todas las últimas Olimpiadas, era una figura  clave, el centro, el eje de la transmisión.”

Tanto Dávila como Castro lograron mantenerse relevantes en televisión y radio por décadas, aún con los retos enfrentados, –y que enfrenta– el periodismo deportivo. Principalmente el declive en espacio en los periódicos y tiempo en la pantalla chica. A esto se le suma la llegada del internet y las redes sociales, creando un sinnúmero de plataformas -muchas de ellas no bien fundamentadas y basadas en opinión-  que desvían la atención de los medios tradicionales.

“Yo tuve la suerte que me ofrecieron una oportunidad que yo no esperaba y desarrollé un estilo y una forma de narrar las carreras que tuvo la aceptación general del público y eso me dio la oportunidad de mantenerme en un deporte que es de 12 meses.  Porque aquí, si uno se retira, prácticamente en 2 anos nadie se acuerda de lo que uno hizo y eso pasa, eso es natural” explicó el hípico.

“El programa de radio que tenemos al mediodía de la descarga para mí ha sido una bendición.Porque primero, me da la oportunidad de decir cosas que no me lo permiten en ningún sitio de los que yo trabajo, de expresarme con total y absoluta libertad. (Además) Me da un desahogo de temas que a veces no son exclusivamente deportivos pero que están relacionados.”

No fue un trabajo fácil sustituir al legendario Pito Rivera Monge, pero con su voz Norman H. Dávila logró dibujar historias en las mentes de los que no lo estaban viendo. Son 47 años, dando buenas noticias a unos y malas nuevas a otros. Crónicas que hacen feliz al que pasa la meta al frente mientras otros escuchan como su dinero se rezaga encima del caballo perdedor.

Sin títulos, ni apodos, todos sabemos que es una leyenda, porque cuando Norman no narra, la historia no es la misma.

Con mucho respeto y admiración, en memoria de Elliott Castro Tirado.

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Cuba, Trump y el diálogo coreano

Por Atilio A. Boron

De regreso de un viaje a Cuba quisiéramos compartir unas pocas reflexiones sobre el momento actual de la isla. El endurecimiento del bloqueo ordenado por Donald Trump complica la situación económica de la isla rebelde. Pone piedras en el camino de la actualización del modelo económico pero no hace mella en la moral de los cubanos que a lo largo de casi sesenta años aprendieron a convivir con tanta malevolencia que, como el mal tiempo, viene del Norte. Con Trump ya son doce los inquilinos de la Casa Blanca que quisieron derribar a la Revolución Cubana, o producir el tan ansiado “cambio de régimen”. Los once anteriores mordieron el polvo de la derrota, y al magnate neoyorquino le espera más de lo mismo. Ordenó el retiro de numerosos diplomáticos de la reabierta embajada de EEUU en La Habana (la mayoría de los cuales eran agentes de inteligencia o personal adiestrado para “reanimar” con diversos subsidios y programas a la “sociedad civil” cubana) e impuso renovados obstáculos al comercio exterior de la isla, a las inversiones norteamericanas y también al turismo de ese origen que se dirige a Cuba, exhortando al ciudadano a “reconsiderar su decisión de viajar” a la isla.

El nuevo presidente, Miguel Díaz Canel, deberá transitar por un sendero erizado de dificultades: desde la ilegal extraterritorialidad de las leyes de EEUU que, con la aquiescencia de gobiernos serviles (empezando por los europeos y siguiendo por los latinoamericanos) impone sanciones a bancos y empresas de terceros países que intervengan en el comercio exterior de Cuba hasta los vetos a la importación de productos que contengan más de un diez por ciento de componentes estadounidenses o de patentes radicadas en ese país, pasando por la prohibición de entrar a puertos de Estados Unidos a buques de carga que en los seis meses anteriores lo hubiesen hecho en alguno de Cuba. El repertorio del chantaje mafioso al que someten a la isla rebelde es tan grande como enfermiza su vieja obsesión por apoderarse de ella, que comienza con la célebre exhortación de John Adams en 1783 para acelerar la anexión de Cuba a las Trece Colonias. Pero la patria de Martí y Fidel ha dado sobradas muestras de tenacidad para defender su revolución y de su capacidad para, en medio de tan desfavorables circunstancias, garantizar para su población estándares de salud, educación y seguridad social y ciudadana como ningún otro país de la región.

Es obvio que se avecinan tiempos difíciles para Cuba, pero nada que no se haya experimentado antes. Hay un gobierno de super-halcones como también lo había, sobre todo, en tiempos de Ronald Reagan. La diferencia es que ahora la CIA adquirió una muy visible pre-eminencia en el staff presidencial. Siniestros personajes como Michael Pompeo (ex Director de la CIA) ahora es Secretario de Estado; John Bolton, el matón del barrio, dirige el Consejo de Seguridad Nacional; un ignoto (por buenas razones) Juan Cruz fue designado por Bolton Director de Asuntos del Hemisferio Occidental en el Consejo de Seguridad Nacional. Decíamos “ignoto” porque Cruz fue un hombre de acción en la Agencia, no un simple analista sino un killer. Según el vicepresidente de Colombia, el General Oscar Naranjo, el puertorriqueño participó “en varias de las operaciones de inteligencia más productivas y eficientes”, incluyendo golpes militares contra los principales líderes de las FARC, Raúl Reyes y el  Mono Jojoy, y la importante liberación en 2008 de un grupo de rehenes de las FARC, entre ellos tres contratistas del gobierno estadounidense e Ingrid Betancourt. O sea, un hombre de armas llevar (y disparar). La cadena Univisión comentó que “no pudo encontrar una fotografía de Cruz ni ninguna referencia a él en Internet, una muestra de su trabajo como espía.”

Pues ese se encargará ahora de todos nosotros, los del Hemisferio Occidental. A estas enternecedoras figuras hay que agregar los nombres de John Kelly, ex general de los Marines y ex Jefe del Comando Sur es Jefe de Gabinete de Trump; de Liliana Ayalde, número dos del Comando Sur y casualmente ex embajadora en Paraguay y Brasil en tiempos de los “golpes blandos” contra Lugo y Dilma; y el de la actual jefa de la CIA, Gina Haspel, una mujer de rostro encantador con más de treinta años de carrera en la agencia y el mérito de haber dirigido una prisión clandestina en Tailandia en el 2002, donde sospechosos de terrorismo fueron objeto de torturas aplicándoseles la técnica del “submarino” bajo su supervisión y, al menos en un caso, su personal administración.

No es la primera vez que Cuba tiene que vérselas con personajes como estos. Lo que ocurre es que ahora están en la superficie; antes, en cambio, se movían tras bambalinas pero de una forma u otra siempre estuvieron allí, en lo que se llama en Washington el “deep state”, el estado profundo, elegido por nadie y que ante nadie da cuenta de sus actos. Sin dudas que el gobierno y el pueblo cubanos sabrán enfrentar esta nueva ofensiva. Y que los halcones de Washington tampoco podrán enfilar todas sus baterías en contra de Cuba, y de Venezuela, porque toda su atención está concentrada en la histórica reunión de los dos jefes de estado de Corea del Norte y Corea del Sur que provocó un terremoto de vastas proporciones en el tablero de la geopolítica mundial. La guerra comercial declarada contra China requiere más que nunca mantener, en Corea del Sur y a tiro de cañón del litoral marítimo chino, un inmenso aparato militar con unos 35.000 hombres y equipamiento de última generación. Si el diálogo entre las dos Coreas prospera a Washington le será muy difícil continuar con sus tropas y armamentos en el Sur. Y el objetivo militar más importante no es Corea del Norte sino China.

Podría parecer exagerado pero el sorpresivo acuerdo entre las dos Coreas es una da las mayores humillaciones diplomáticas sufridas por la Casa Blanca en mucho tiempo, y de una trascendencia que nos atreveríamos a decir superior a la que en su momento tuvo la derrota del ALCA en Mar del Plata en el 2005. Y un inesperado dolor de cabeza para la Casa Blanca que estará muy ocupada (y sin tanto tiempo ni gente para acosar a Cuba) para evitar que la situación en el Sudeste asiático se le escape de las manos.

Reproducido de www.rebelion.org

Cine Solar

Casa Pueblo de Adjuntas celebró la apertura del primer Cine Solar del País el pasado domingo 29 de abril. El proyecto persigue añadir espacios para la transformación social y energética a través del entretenimiento educativo.

El cine de 71 butacas está energizado a través de una micro-red fotovoltaica. Además, la sala está equipada con una pantalla grande, sistema de sonido dolby 7.1 y proyección de alta definición. El acogedor espacio será un oasis para los amantes del cine en la montaña, donde la actividad cultural es menos accesible que en el resto del País.

En la inauguración se develó una obra-mural del maestro Antonio Martorell.  Sobre un fondo de fieltro gris, el maestro Martorell nos lleva por un paisaje montañoso icónico, a veces ambiguo, de un bosque lleno de caras representando miembros de las comunidades que forman parte de Casa Pueblo. “Aquí yo he tratado de hacer una síntesis dentro de la casa de la convivencia del ser humano y su naturaleza, de los puertorriqueños, la Isla y el mundo.  Por eso los rostros.  Ésas son las caras del pueblo en la casa del pueblo”.

El festejo comunitario contó con la Escuela de Música de Casa Pueblo, que interpretó los poemas de Juan Antonio Corretjer, José de Diego y Antonio Cabán Vale ‘El Topo’ que sirvieron como inspiración para Martorell. Además, estuvieron como invitados especiales Jacobo Morales, Omar Silva de Cultura Profética y la actriz Kairiana Nuñez.

La gala incluyó cortos fílmicos especiales para la ocasión realizados en Adjuntas y la presentación de la película Nuyorican Básket, que cuenta la historia de la magnífica selección que se alzó con la medalla de plata panamericana en suelo patrio.  Según el co-director Julio Cesar Torres, quien estuvo presente, “el documental nos habla de quiénes somos, cómo nos vemos y cómo se defiende la nacionalidad. Y desde el ángulo puramente deportivo, esos jugadores fueron nuestros héroes, los que cambiaron la forma de jugar baloncesto en Puerto Rico”.

La cartelera para mayo incluirá las películas puertorriqueñas Extraterrestres, Isla Mona Tesoro del Caribe, Bancarrota y el documental Berta Vive, realizado en Honduras en alianza con la Asociación de Documentalistas de Puerto Rico (Adoc-PR), Rhett Lee García y Alejandro Wolfe quienes han trabajado junto a Casa Pueblo en la creación del cine, selección de la cartelera y producción de las presentaciones. Las fechas y horarios se pueden encontrar en la nueva página web https://casapueblo.org/index.php/cine-solar/.  También se ofrecerá una serie de talleres sobre la producción del cine para el verano. “El cine debe unir y nutrir al pueblo en tiempos de necesidad. Por eso, allí estaremos, llevando la creación del cine a Adjuntas con este proyecto”, afirmó el cineasta adjunteño Wolfe, uno de los gestores del Cine Solar.

La fundadora de Casa Pueblo, Faustina ‘Tinti’ Deyá, afirmó sobre el significado de éste nuevo proyecto tras 38 años de autogestión: “Me emociona retomar una época que nos fue arrebatada por las grandes compañías de cine que se establecieron en los municipios grandes como monopolios y dejaron a los pequeños de la montaña sin esos remansos. Éste que inauguramos muestra cómo los espacios pueden tener muchos usos, desde un salón de clases, auditorio para conferencias o para un cine como a partir de ahora. Será un espacio de paz con cine alternativo. Y al tener un cine distinto con documentales locales e históricos, se motiva a la reflexión de nuestra historia y de las grandes hazañas, o sea, reflexionamos y provocamos otros diálogos”, concluyó la matriarca de Casa Pueblo.

El proyecto pudo lograrse gracias a las aportaciones del Café Madre Isla, Miranda Foundation, Grassroots Boston, JBP Foundation y Sierra Club así como donaciones individuales.

La paz de un gran villano: Reseña de Avengers: Infinity War y Tiempo de morir (1965)

Let the blood and entrails of my opponents

scrub away my pain and sorrow.

Thanos, Infinity Gauntlet

Te lo debo a ti. Aprendí a tejer esperando tus cartas.

Juan Sáyago, Tiempo de morir

He sido un asiduo lector de comics desde mi niñez. Todavía recuerdo brincar de felicidad cuando recibía algún número nuevo de Astérix y Obélix, de Kalimán, de Mafalda o de los Avengers. Son textos que me marcaron profundamente y que sirvieron de escape a todas las tensiones de mi infancia. A mis 46 años, todavía considero que la mejor manera de manejar la incomodidad de los trenes de Nueva York durante el temido “rush hour” de las cinco de la tarde es con un buen cómic. Y no hay mejor historia que The Infinity Gauntlet (1991), escrita por Jim Starlin y dibujada por Rom Lin y George Pérez (un artista muy respetado en el medio y que nació en el Bronx de padres puertorriqueños). Esta cuenta cómo Thanos, el Titán demente (“the Mad Titan”), resucita y crea el Infinity Gauntlet, cuyas piedras le dan el poder de un dios. Thanos está enamorado de la Muerte y decide probarle su amor llevando a cabo un plan maestro que amenaza toda la vida del universo. Los superhéroes de todas las galaxias y entes de diferentes planos astrales unen fuerzas para evitar el desastre. Pero, ¿cómo derrotar a un dios cuyo guante dorado le permite dominar el tiempo, alterar la realidad y hasta poseer todo el conocimiento? Cada héroe enfrenta a Thanos de una manera diferente y todos caen a sus pies. Como en todo cómic, se restablecerá el orden al final, pero no sin antes pagar un precio muy alto. Esta historia es la base de Avengers: Infinity War (dir. Anthony y Joe Russo, EEUU, 2018).

La nueva película en la saga de los Avengers continúa expandiendo el universo cinematográfico de Marvel. Desde hace diez años, cada película de estos estudios ha explorado muchas de sus figuras principales y han ido preparando el terreno para el gran evento, la lucha de todos sus héroes contra Thanos. Esta es una épica que lleva a cada grupo de superhéroes, desde los Guardians of the Galaxy y los habitantes de Wakanda hasta los Avengers y el misterioso Doctor Strange, a enfrentar a un poderoso nihilista que llega acompañado de un ejército de criaturas dispuestas a sacrificarse por el plan de su amo.

Avengers: Infinity War es una historia sencilla que se hace algo pesada por la inclusión de un sinnúmero de personajes provenientes de películas marcadas por estilos muy variados. Mientras que Guardians of the Galaxy (dir. James Gunn, EEUU, 2014) y Spider-Man: Homecoming (dir. Jon Watts, EEUU, 2017) son historias que establecen un buen balance entre el humor y las amenazas que enfrentan sus personajes; Captain America: The Winter Soldier (dir. Anthony y Joe Russo, EEUU, 2014) y Black Panther (dir. Ryan Coogler, EEUU, 2018) tocan temas políticos muy serios dentro del mundo de Marvel. Esta diversidad de estilos afecta la primera parte de la película. Tampoco soy partidario de la acción de ritmo precipitado que no permite disfrutar de una coreografía de pelea bien lograda. A pesar de que en Captain America: Civil War (EEUU, 2016), los hermanos Russo le dedican de manera más efectiva su momento a cada lucha entre los dos ejércitos de héroes, en Avengers: Infinity War, los Russo hacen de la acción algo ininteligible por los brincos rápidos de batalla en batalla, especialmente en el enfrentamiento final. Sin embargo, es Thanos y su búsqueda de cada una de las piedras que le dan el poder a su guante dorado lo que hace de Avengers: Infinity War otra película sólida en el universo de Marvel.

La semana pasada, estuve pensando mucho en el héroe ya que revisité la película Tiempo de morir (Mexico, 1966), dirigida por Arturo Ripstein y escrita por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Esta película no me hizo considerar el viaje del héroe (aunque Joseph Campbell y su obra, El héroe de las mil caras, pasó muchas veces por mi mente), sino el del antagonista o villano que, cuando se cuenta una buena historia, es hasta más interesante. El villano entra a alterar el statu quo de un espacio forzándonos a cuestionar todo lo que aceptamos como la norma. He aquí el villano necesario. Este personaje puede ser responsable de actos horrendos. Pero inevitablemente nos vemos reflejados en lo monstruoso de sus acciones.

En Tiempo de morir, Juan Sáyago (Jorge Martínez de Hoyos) regresa a su pueblo después de cumplir una condena de catorce años en prisión por matar a un hombre de apellido Trueba. Sáyago le ganó en una carrera de caballos, pero la arrogancia de Trueba tomó el triunfo de su contrincante como un agravio. Por esto, le hizo la vida imposible hasta que Sáyago mató a Trueba de un tiro. Al regresar a su pueblo, Sáyago es perseguido por el hijo mayor de Trueba, Julián (Alfredo Leal), que le asegura que lo matará si no se va para siempre. El protagonista, que es un hombre paciente que prefiere tejer junto a su amada Mariana (Marga López), evita la violencia a toda costa. Tiempo de morir es un Western, y por eso sabemos que habrá una confrontación final entre el hijo que necesita vengar a su padre y el hombre que lo asesinó. Los toques del Gabo, de Fuentes y de Ripstein nos dan un personaje pacífico que prefiere un hilo y una aguja a un revólver, pero que arrastra consigo un pasado violento que amenaza la armonía del lugar donde se crió. Muchos le ofrecen caballos y fortuna si se va, pero Sáyago los rechaza porque prefiere la paz con la que sueña y que nunca conseguirá en su pueblo.

Thanos y Juan Sáyago son personajes míticos dentro de sus historias. Thanos es un dios por su guante y Sáyago es el hombre al que no le entran las balas, como lo describe el doctor de su pueblo. Ambos se mantienen férreos ante todo ataque por lograr su propia serenidad, sacrificando las vidas de muchos a su alrededor. A pesar de que Sáyago no es necesariamente el antagonista en Tiempo de morir, su terquedad arremete contra la tranquilidad de sus seres queridos, llevándolo así al final que el título de la película anuncia (y no he revelado nada con esta aseveración). Por otro lado, el final de Thanos no queda claro al concluir la película, por razones que no revelaré para no arruinarles la experiencia. Pero en el cómic, Thanos pierde el control de su guante y continúa su vida sembrando la tierra en un planeta solitario. El villano que amenazó el universo entero, termina vestido de campesino y mirando hacia la lejanía gozando de la paz que Sáyago tanto deseó. Denle una oportunidad a Avengers: Infinity War y a Tiempo de morir, que pueden encontrar entera en YouTube. Sus villanos demuestran las posibilidades monstruosas de la búsqueda de la paz.