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2016: Un año de renovada lucha por la excarcelación de Oscar

CLARIDAD

En un resumen del año que pronto finaliza, obligatoriamente, tienen que estar presentes las múltiples muestras de apoyo que miles de personas de diferentes ámbitos le han ofrecido al reclamo de excarcelación del prisionero político más antiguo de Puerto Rico. Es cierto que, aunque el puertorriqueño Oscar López Rivera – quien celebrará su cumpleaños número 74 en enero 6 del 2017 – pasó injustamente otro año tras las rejas de una cárcel estadounidense, de igual forma se fortaleció aún más la unión nacional e internacional que merece esta causa.

Un ejemplo claro que evidenció esa unidad lo fue la reciente campaña digital que se organizó a través de la página web de Casa Blanca con la cual más de 100,000 firmas recaudadas reclamaron que el presidente Barack Obama se expresara pública e inmediatamente acerca de este caso.

La iniciativa, creada por el abogado José Rodríguez Irizarry, establecía que de reunir la cantidad de firmas en o antes del 11 de diciembre, Casa Blanca emitiría una respuesta. Sin embargo y aunque el 5 de diciembre ya constaba la totalidad de los endosos, el 14 de diciembre miles de firmantes recibieron una notificación que indicaba que, de acuerdo con ciertas políticas y términos, Casa Blanca puede optar por no responder a las peticiones sobre ciertos temas, por lo que declinó a hacer comentarios sobre el caso específico referido en la petición.

Desconformes con esta contestación, los colectivos que tienen a su haber la portavocía del caso de Oscar comenzaron a promocionar otra medida para dirigir todos los esfuerzos a través de la Oficina del Abogado de Indultos de Estados Unidos (Pardon Attorney): “Ya tenemos los correos electrónicos, números de teléfono y direcciones de su oficina. Podrán esperar muchas llamadas y correos para presionar de aquí al 19 de enero”, indicó Rodríguez Irizarry.

Asimismo, el cineasta Tito Román convocó a una manifestación frente a la estatua de Barack Obama que se yergue en el ala sur del Capitolio junto a otros que han fungido como presidentes de Estados Unidos. Decenas de personas se dieron cita en el Paseo de los Presidentes en rechazo a la determinación que tomó la Casa Blanca de ignorar la petición de clemencia para Oscar López Rivera.

También durante el mes de diciembre, como parte de una campaña a favor de la excarcelación de Oscar, hubo una sesión informativa en el Senado de Estado Unidos auspiciada por la oficina del senador independiente Bernie Sanders (Vermont), quien cuando aspiró a la candidatura demócrata a la presidencia de EE.UU., abogó por la liberación de López Rivera.

El evento, celebrado en Washington en el edificio Russell del Senado, reunió al Congresista, Luis Gutiérrez, a René Pérez Joglar (Residente Calle 13), a la hija de López Rivera, Clarisa López Ramos, al hermano de Oscar, José López, a la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, y a los representantes del Partido Popular Democrático (PPD) Luis Vega Ramos y Manuel Natal, entre otros.

De otro lado, el llamado de excarcelación también apareció en la publicación legislativa The Hill. “Presidente Obama, el cambio todavía es posible. Solo se necesita una firma”, indicaba el mensaje publicitario.

En los últimos días, igualmente, líderes políticos puertorriqueños han elevado su voz. Por ejemplo, el gobernador electo, Ricardo Rosselló, y la congresista demócrata Nydia Velázquez (Nueva York) enviaron cartas al presidente Barack Obama pidiendo la excarcelación de López Rivera.

También ha habido nuevas expresiones públicas del gobernador Alejandro García Padilla, el comisionado residente en Washington, Pedro Pierluisi, el congresista Luis Gutiérrez, la alcaldesa de San Juan, el presidente del Senado, Eduardo Bhatia, el liderato independentista, artistas como Andy Montañez, Danny Rivera, Chucho Avellanet, Rubén Blades y el pelotero Carlos Delgado, para acentuar los reclamos que han hecho en el pasado.

De la misma forma, todos los candidatos a gobernación en estas elecciones 2016 apoyaron la pronta excarcelación del compañero Oscar.

El pasado domingo, 9 de octubre se celebró en las inmediaciones de Casa Blanca, Washington – específicamente en el Lafayette Park – el Free Oscar López Now: The Event, el cual reunión a cientos de personas, en su gran mayoría puertorriqueños y puertorriqueñas de la Isla o de la diáspora en estados como Nueva York, Massachusetts, Chicago, Connecticut, Pensilvania e Illinois.

En esa ocasión, unidos bajo la consigna “libertad para Oscar ahora”, líderes religiosos, políticos y cívicos de Puerto Rico y Estados Unidos ofrecieron sus discursos a favor de la pronta excarcelación de López Rivera. Estuvieron presentes los familiares de Oscar, Ingrid M. Vila, presidenta del Free Oscar López Coalition, el congresista Luis Gutiérrez, la senadora independentista María de Lourdes Santiago, la alcaldesa de San Juan Carmen Yulín Cruz, los concejales Melissa Mark Viverito y Jaime Contrera, y Residente Calle 13. A todos los discursos que emitieron se sumaron las presentaciones artísticas de Danny Rivera, del poeta Erick Landrón, de Roy Brown, Tito Auger, Chabela, y del grupo de actuación y performance Jóvenes del 98.

En Washington, las Mujeres por Oscar de Puerto Rico hicieron sentir el reclamo de indulto cuando, con decenas de bolígrafos rosados, como el color de las camisas que las identifica en el Puente Dos Hermanos de San Juan los últimos domingos de mes, se acercaron aún más a los portones de Casa Blanca cantando consignas. La idea de esta manifestación simbólica fue ofrecerle a Obama el bolígrafo que necesita para firmar la excarcelación de nuestro Oscar López Rivera.

El 20 de junio de 2016 Clarisa López llevó a la audiencia del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas una carta de su padre.

Por otro lado, el 29 de mayo, día en que el compatriota cumplió 35 años de estar tras las rejas de cárceles norteamericanas, miles de personas marcharon desde los predios del Centro de Convenciones de Puerto Rico en Miramar hasta la Plaza de La Barandilla en el Viejo San Juan. El Comité de Derechos Humanos de Puerto Rico y el Grupo 33 x Oscar convocaron a esta marcha multitudinaria, denominada “Oscar 100 x 35 excarcelación ya”.

Ese mismo día, como gesto de solidaridad, distintos grupos de la diáspora puertorriqueña en Kissimmee, Florida; Illinois, Chicago; Cleveland, Ohaio; Nueva York, New Jersey y Boston marcharon para exigir que Oscar regrese a su patria.

Durante este año una sola voz ha reclamado la libertad de un hombre que tiene una sonrisa y un abrazo para todos y todas. Oscar se ha expresado varias veces para agradecerles a todos los que han aunado esfuerzos para esta causa. Para la marcha del 29 de mayo escribió una carta que leía: “aprovecho esta oportunidad para expresarles mi más sincero agradecimiento, mi amor y respeto por todo el apoyo que me han dado, y por la extraordinaria campaña que han organizado y liberado en apoyo a mi excarcelación. Siéntanse seguros de que yo estoy listo para lo que venga en mi camino y de que estoy vivito y coleando”.

La marea de los muertos (novela por entregas Episodio 5

Es la ruta del latido.

Imbricados como estamos en este universo concéntrico avanzamos y retrocedemos en el tiempo, siempre de la mano porque somos desde el inicio y duraremos más allá de dios y la eternidad, por el tiempo que queramos; se presta todo a la confusión, falta una medida de coherencia a mis pensamientos y me sobresalta verme desde una perspectiva aérea  y yago sobre un lecho de leña seca y huelo a la mantequilla con que aceleran la combustión de los muertos; ardo y no siento absolutamente nada mientras la busco entre las gentes con la mirada, viéndola de pronto frente a la pira funeraria, titubeando como las niñas cuando saltan la cuica y entonces se lanza sobre mí, su sari en llamas pero parece no dolerle y sonríe: esto también pasará, dice; entonces, en medio de la hoguera, me besa largo y leve en los labios, nuestro primer beso en esta instancia singular desprendida de la otra, la del fuego purificador, ahora, cuando han regresado los equilibrios del universo.

Tras de un momento el beso se sale de todo control y ella suspira, cierra los ojos e impulsivamente me besa los labios, los ojos, el rostro y veo con horror cómo sale del círculo, del vórtice que ocupábamos, y se ase de una brizna de realidad como el que se ahoga en un río turbulento y agarra el arbusto que está en la orilla y aunque la veo alejarse, siento su aliento; el beso ha sido un broche por el cual se ha escapado pero allí, en la intimidad de ese encantamiento que aún me estremece, nos hemos observado con especificidad científica, como se mira bajo una lupa a las mariposas atrapadas en un reguero ambarino, inmóviles, intactas, eternas…

–¿Sentiste lo que yo?

–Sí, murmura con serenidad.

Epílogo

De regreso, veo el resplandor de los faros de un automóvil que se acerca. Siento náuseas, me desplomo. Pierdo el sentido.

El conductor desmonta y me ayuda.  Ya he recuperado el sentido y me dejo subir al auto que en cuestión de minutos me deja frente al hotel.

Andrés, que así se llama el samaritano, llama a Francine que viene a seguidas. Ambos me llevan a la habitación.

Francine interroga a Andrés que es habitual del hotel. Este le dice:

–Cuando recobró el sentido dijo: “Esto no marcha, ¿Qué podemos hacer, tribadismo? Hemos compartido algo muy profundo”, parecía dirigirse a otra persona y allí no había nadie más. Supongo que deliraba.

–¿Qué es eso del tribadismo, Francine?, le pregunta tras una pausa.

–Morirse de amor, le contesta para salir del paso.

Llega el médico de la vecindad que diagnostica, grosso modo, tifus.

Francine llama al padre de Leslie que sale hacia el hotel inmediatamente.

Leslie muere a la una y media de la mañana. La causa de la muerte ha sido un infarto fulminante, secundario a la contaminación con tifus.

Francine, que se ha pasado la prima noche secando sudores y frotando alcohol, le cierra sus ojos.

El médico aguarda por su colega, el padre de Leslie.  Este llega a las tres de la madrugada por causa del mal tiempo. Hablan en el balcón del hotel.  Entonces el padre pasa a la recámara donde Francine recién termina de bañar el cuerpo.

Tras de las manifestaciones de duelo, le muestra el cuaderno secreto al padre.

–Leslie repetía sin cesar, en su deliro, palabra por palabra, lo que hay escrito ahí.

El padre lee una treintena de páginas. Queda estupefacto. Se sienta al borde de la cama, una tinción de desconcierto en el rostro.

Pregunta:

–¿Y la chica, dónde se encuentra?

–No había ninguna chica, solo en la imaginación de Leslie. Te juro que no me percaté de nada. Leslie estuvo encerrada en su cuarto la mayoría del tiempo a causa de las lluvias, explica Francine.

–Curioso. Fíjate en las fechas. Llegó hace tres días y según las entradas, da cuenta de cosas que acontecieron a lo largo de diez o doce días, le señala el padre.

–Escucha esto: desde su llegada se comportó con la timidez de siempre. Ayer me sorprendió verla bailar sola un beguine en el dansant. Lo hizo tan bien que le hicieron rueda y la aplaudieron y ella sonreía, tan alegre, tan bonita con su vestido del rosetón azul. Aunque, de cierto, me pasó la sospecha que había tomado láudano, por la mirada errante, sabes. Después me pidió una Cortal y se la tomó con un litro de agua y se llevó otra botella para la habitación. No la vi salir al paseo de donde la trajo Andrés…

A seguidas, Francine comienza a sollozar. El padre la consuela.

–No ha sido culpa tuya Francine. De momento hay que quemar todo y desinfectar. Lo haré discretamente, no habrá problemas.

–El doctor me recomendó lo mismo. Hizo todo lo que pudo para salvar a Leslie. No encontré láudano, ni ron ni nada parecido en la habitación.

–Fue tifus. Luego de nuestra conversación estoy seguro de que Leslie se contaminó en San Juan. Aunque en su caso se saltó las etapas iniciales de la enfermedad. Sólo tuvo jaqueca y mucha sed por un día y luego las fiebres intensas y el delirio. Pienso además que pudo haberse tratado de un episodio psicótico. Se puede vivir una vida ajena a costumbres y familiares en cosa de minutos.

Tras una pausa, el padre de Leslie retoma la palabra. Evita mirar a Francine,

–Especulo que esto ha ocurrido a causa de su juventud temprana y su debilidad, hablo del infarto del cual no pudo recuperarse. Tenía un soplo. El siguiente escalón en la infección, que la mayoría de las veces es el último, el estupor, nunca llegó. Los delirios de tiempo, de espacio, igualmente los sexuales, ve a saber, puede haber sido una sicosis aleatoria promovida por lecturas de un tenor tal que puedan incendiar la imaginación.

–Los arreglos funerarios… el doctor y yo nos encargaremos, interrumpe Francine a secas.

Tras un silencio pesado, el padre de Leslie pregunta:

–¿Quién más escuchó lo dicho?

–Nadie. Bueno… el médico que escuchó el delirio de los viajes por el tiempo.

–Quema el cuaderno, por favor, Francine.

–De acuerdo. Y los libros también.

–No son míos, ignoro de dónde los sacó, dice con brusquedad.

Tras del sepelio privado, el padre de Leslie añade en la discreta esquela que se publica en el diario de la capital:

Decessit in albis.

Francine lo quema todo menos el cuaderno de Leslie que retiene para satisfacer una curiosidad que le da vueltas en la cabeza.

Entra al apartamiento donde, según el cuaderno, se hospedaba Fabienne.

Habiendo estado cerrado por varios meses, el alojamiento más caro del hotel tiene un aire de descuido que ahoga. Antes de salir halla la nota de Leslie en el suelo, quizá lanzada por una ventana que estaba abierta.

Al amanecer del día siguiente, toma la misma ruta descripta en el cuaderno.

La marea de los muertos (novela por entregas) Episodio 4

El día dos de noviembre, a las cuatro de la tarde, plena marea de los muertos, caminamos lentamente entre la bruma y el salitre. Antes de salir, Fabienne insiste en ceñirse el cabello con una cinta azul celeste.

Nos detenemos a mirar un grupo de pescadores que no han salido a la mar y están en un ventorrillo donde venden cervezas y frituras.

Sé esto, que nada más preciso saber. En ese momento fluido, impreciso, cuando las sombras avanzan y se asienta breve el atardecer, vemos el resplandor lejano del cementerio donde se ha organizado un encendido de luces para la visita anual de los deudos.  Esa es la realidad palpable. Entonces se suceden deslindes importantes en el continuado de las cosas y quedamos encerrados en medio de círculos concéntricos que se mecen gentilmente y nos miramos desde lejos ella y yo, desde otro punto distinto al que ocupábamos segundos antes del misterio y la veo huidiza de formas como si estuviese iluminada desde atrás, igual que las láminas de la virgen y tengo la certeza de que antes y después de esto, hemos conversado cosas importantes y tratado asuntos de gran peso y vinculación;  trae el momento la vibración de aires extraños que transportan ecos de otras gentes, de otros lugares tan lejanos como, por un decir, La Malaca Inglesa, y tan cerca como dos cabezas sobre una almohada olorosa a menta y suspiros y algo habrá tenido que ver la luz y unos pinos australianos cuyo olor se mezcla con el olor de los naranjos en un huerto cercano y ella pausa, me mira curiosa, como si se estuviese mirando ella misma al espejo por primera vez, o a través del espejo secreto de los descaros en un gabinete de mirones, y no podemos reemprender camino, anclados como estamos en ese escalón del evolutivo más elemental, en la esencia indiferenciada y entramos y salimos, ella en mí y yo en ella, en esta danza nueva de épocas y traen alcances íntimos esos gestos suyos tan deliberados, casi litúrgicos en su conformación, ante el asombro y el desvelo de lo que somos y entonces una sonrisa suya crece vagamente y deviene en carcajada de sonoridad encantada, como campanas en Pascuas y el brillo de sus ojos tan elocuente igual el leve temblor de sus manos tostadas por el sol cuando me acaricia el rostro; retomamos la tábula rasa, esa laja fulgurante de inocencias antes de la Caída y de los destinos que siguieron a ella, nada queda atrás, salvo las tinieblas por las cuales hemos transitado sin el mínimo temor y nos ha llovido luz nueva de polvo de las estrellas; todo transforma en ondas de levedad, sin peso específico ni asidero real y así, por ellas, nos movemos, desenvueltos, audaces, sin importarnos nada y la mirra y el incienso de los amores que traíamos para parcelar, para almohada de nuestros futuros individuales, los hemos intercambiado por el olor de la vida, el de los naranjos y el salitre y viajamos de la mano por las luces del tiempo, reventando de unicidad compartida, toda la eternidad mía recogida en la de ella; la suya en la mía y entonces me da tristeza porque habrá, o sepa usted si ya ha habido, quien se antoje de mí y tendré que enviarle el desengaño porque es Fabienne, no hay otra, ni antes ni después y otros labios y otras tersuras que ya ni me apetecen porque nos bastamos ella y yo e igual acontecen a ella las mismas cosas; todos nuestros alientos, encerrados, en un círculo perfecto como la luna llena en las noches claras, un círculo que toca ambos extremos de la nada y atraviesa el caudal de lo que somos, que recorre desde los píramos grises de un vacío al otro, con señaladas orillas, breves, que asoman a los acantilados de la nada y al centro de todo, la luminosidad incandescente donde nos desenvolvemos. La he visto yo con un traje amarillo verano bajando por el sombreado de una calle empedrada, desbordando de vida, con la misma fisura breve en el mentón y también de niña, dolidamente hermosa, como las que aparecen en las telas de los pintores flamencos, bucles y un pecherón bordado y almidonado, intensa y adivinatoria la mirada suya y habitamos lugares que sólo conocía por láminas: una habitación que mira a unos techos de terracotta mientras desayunamos duraznos, leche y pan untado con miel, sentados en medio de sábanas revueltas y ella limpia de mis comisuras el jugo de la fruta con un pañuelo de lino bordado y le acaricio la frente y me detengo al borde de un rizo salvaje que refleja la luz fría que penetra por la ventana y, en lo que toma pestañar,  nos mudamos a otro lugar, la Cochinchina o Ceilán –me parece por los aires frescos y suaves– y ella me cuenta un secreto que ha aprendido allá –aunque hay desconcierto porque en esta etapa Fabienne tiene veintitrés años y yo sigo con quince y está de pie frente mío– desata su kimono y acerca su vientre a mi nariz y huelo orines dulces, lejanos y me habla que se toma sus orines, a la prima, cada mañana, media taza. Me dice que es un calmante extraordinario y que en Asia le llaman la cura del urinario cuyo balance se lo frota y se queda tal cual, embalsamada, hasta media mañana cuando toma su baño matinal para salir y entonces, obedeciendo, la sigo hasta el WC donde hacemos la matinal y nos orinamos mutuamente y el calor de nuestras alegrías es como la sangre que inunda y oprime el pulmón tras de una cirugía y el médico la extrae de un puntazo intercostal con un bisturí que la expele tan caliente que quema como un café recién servido y entonces retornamos a los giros de estas esencias del tiempo donde no hay pasado ni porvenir, sólo ese presente eterno, el soy trascendental de los místicos y echamos a andar por calles que en las realidades antes de esto, eran caminos nuevos que faltaba yo por pisar pero ahora los conozco; sé adónde dirigen.

La marea de los muertos (novela por entregas) Episodio 3

28 de octubre de 1935

Al día siguiente de la nota, con acopio de audacias, me presento a su puerta. Fabienne, de kimono negro y los cabellos revueltos, me recibe.

–Estás en ropa de casa, le digo.

–Si lo dices por el kimono, es una costumbre mía.

–Si quieres vengo más tarde.

–No, no. El día no está como para salir. Pasémoslo aquí. Este viento de otoño nos puede hacer daño, tercia su mamá al salir de su habitación.

–Salgo a almorzar; regreso en una hora, añade.

Fabienne cierra la puerta tras de ella. Nos sentamos en esquinas opuestas de un sofá. Hablamos cosas de enamorados, de luces y tintineos.

Su mamá regresa del almuerzo con un servicio de té y galletitas. Se queda por espacio de dos horas, haciéndome preguntas sobre el tifus que, a sus juicios, está por extenderse por la capital.

Luego se marcha a recibir a su marido en el puerto de Mayagüez cuyo vapor llega esta noche procedente de La República Dominicana.

Abandonamos la pieza, su madre y yo. La acompaño hasta su automóvil, un Ford de dos plazas de 1932, descapotable y con baúl que se convierte en asiento para dos.

Tan pronto emprende la marcha, regreso a mis habitaciones para tomar una siesta y evitar sospechas pero Fabienne, desde su puerta, me invita con un gesto sutil de mano y mirada.

Regreso con ella al apartamento. No puede contenerse y me aprisiona los hombros. Sonríe.

–Cuando termine el mal tiempo, podemos pasear por la playa. He descubierto un sitio donde podemos bañarnos sin ropa.

–¿El paraíso, aquí?

–Aguarda a que lo veas, Leslie.

Fabienne deja caer sobre la alfombra sus pantuflas en seda con diseños chinos, y cruza las piernas debajo de ella. Recoge la faldeta del kimono entre sus muslos.

–Te he visto desnuda, le confieso.

–Imposible. ¿Cuándo?, dice con sorpresa.

–Ayer por la tarde, cuando saliste de la toilette para secarte.

– ¿Te gustó lo visto?

–Delirante…, contesto.

–Entonces, quiero verte igual, dice con cara de gata relamida. Cierra la puerta con un llavín.

Abre sus ojos desmesuradamente cuando me desvisto.

–Carajo, me excitas. Da la vuelta.

Lo hago, suspira. Presiento cuando se acerca detrás de mí. Siento sus manos acariciar mis nalgas, mi espalda.

–¿Te gusta esto?– Susurra mientras lame mi cuello. Me tiemblan los muslos, las piernas. Entonces se arrodilla, me besa las nalgas y las separa. Me volteo, siento la punta de su lengua en algún lugar de mi corazón.

No tenemos experiencia en estos estadios sentimentales. Comienza entonces un vuelo delirante y nos olemos de pie a cabeza. También nos tocamos por todas partes sin pudor, cuidándonos de morder o arañar.

Nos lamemos como lo hacen las perras con sus cachorros. Hay tres partes de ternura diluida en una tintura de lujurias.

Me marcho antes de que lleguen sus padres.

Esa noche, en el foyer del hotel, escuchamos en la radio nacional dominicana, al otro lado del canal, un programa de música norteamericana. Ocupamos sillas a lados opuestos del aparato. La orquesta interpreta lo que será en adelante nuestra canción. Es de una película de Bing Crosby que la he visto en el verano.

El título de la canción: ‘May I’.

Sus padres bailan en la alfombra del recibidor. El me mira con recelo.

Memorizamos la canción que es larga y luego la copiamos.

May I be the only one to say I

Really fell in love the day I

First set eyes on you…

Y ya. La adoptamos y vamos por ahí silbándola todos los días.

Dos días más tarde, el padre de Fabienne, que es empresario, nos invita a visitar una fábrica de tabacos que piensa comprar.

Titubeo al principio y le digo que debo consultar a Francine. Fabienne me acompaña y me susurra.

–Podemos sacarle provecho al viaje, como desaparecer por media hora.

Francine me da permiso y ordena que se nos preparen emparedados de mortadella italiana y de pollo frío y ensalada fresca. Añade un litro de café y dos de agua mineral. Salimos media hora tarde por la dilación de la madre de Fabienne.

El viaje es largo, la ruta espléndida. El palio de la fronda cubre la carretera que sube por las montañas. El aire se torna frío y densa la neblina.

Hay una belleza abundante, selvática, por todas partes. Una bruma delicada se posa por donde pasan los riachuelos delatando su cauce. Las briznas de la niebla van desapareciendo según calienta el día. Pasamos todo el viaje escuchando la radio, noticias y programas musicales.

Súbito, doblamos a la derecha y ahí está la fábrica Casa López, tabaqueros, al final de un ‘cul de sac’ empedrado, al borde de un lago cuyas aguas reflejan el verde de las montañas que lo circundan.

La fábrica ocupa la mitad del edificio. Trabajan allí cinco tabaqueros y el gerente. El padre de Fabienne y el gerente conversan. Escucho cifras, un precio, asuntos privados.

–Mil cigarros a cuarenta dólares la mano de obra… quisiera conocer al mejor torcedor… no me interesa el que haga los mil cigarros por semana sino el de más oficio, el que haga cigarros de buen tiro… traigo una nuevo cigarro para añadir al vitolario de Casa López… un ‘Perfecto’ del cepo 48, he traído la liga con hojas dominicanas y algunas del país… el torcedor puede hacer quinientos por semana, veinte cajas… dispuesto a pagar diez centavos por cigarro… la velocidad en esto no es factor… un cigarro para los plutócratas, los que puedan pagarlo a peseta….

Pedimos venia para meternos hasta las rodillas en las orillas del lago. La madre de Fabienne accede.

Corremos hasta la orilla más cercana y desaparecemos detrás de un nudo de pinos australianos. Desde allí podemos observar la fábrica a lo alto de la subida. No hay nadie por todo aquello.

Fabienne mira en derredor suyo. Se quita los zapatos y las pantaletas. Me las lanza y las recojo al vuelo. Me invade la borrachera de los sentidos luego de aspirar su olor de la fruta verde camino de madurar. A seguidas se para frente mío pero de espaldas, mirando al lago y se levanta la falda por detrás mostrándome las nalgas blancas.

Me dice:

–Muérdeme, pero no dejes marcas que puedan verse cuando me ponga el bañador.

La obedezco. También acaricio su pubis casi despoblado. Entonces se voltea y se desata la locura de hace dos días.

Tras un primer traspié a causa de un desfallecimiento, nos calmamos. Sentados codo con codo, conversamos.

–¿Tienes novio? Debo saberlo, supongo, le pregunto.

–Eduardo, pero no nos tocamos así como tú y yo. Vamos al cine con una chaperona.

–¿Te gusta?

–Sí, pero de modo distinto. Estoy enamorándome de ti, Leslie.

–¿Y qué pasará de vuelta a la capital?

–Habrá que ver. Podemos vernos socialmente pero con discreción. Tienes que aprender a controlarte. Te quiero de un modo más suave, más dulce pero tú quieres otras cosas… remojarme, por ejemplo. Tenemos que cuidarnos de eso.

–De un modo más suave… pero no hace ni veinte minutos me pediste que te mordiera las nalgas, sonrío ante la ironía y me golpea con fuerza en el hombro.

Media hora más tarde cuando ha bajado la tensión de poder ser vistos, recoge sus pantaletas, se las pone. Regresamos, zapatos en mano, camino de la fábrica donde aguardan sus padres. Parecen felices.

A la vuelta rompo el silencio del viaje que se ha tornado cansino y hago una pregunta impertinente. El padre de Fabienne sonríe como si el asunto viniese del reino de la imbecilidad.

–¿Por qué ni usted ni el gerente fuman los cigarros que se hacen en la fábrica? Fuman cubanos.

–Te fijas bastante en las cosas, Leslie. Caso mío prefiero los Partagás. El gerente, eso es otro asunto. No da un buen ejemplo, tendré que hablar con él.

Suelta una carcajada.

–Pero es ridícula la situación, ¿No crees?, dice.

Llegamos molidos al hotel y pasamos a nuestros apartamientos a descansar hasta la cena. Con el pasar de los días nuestro sentimiento crece desproporcionadamente. Por cada uno vivimos diez.

En mi soledad, yago en el canapé y recuerdo un gesto suyo y lo repaso una y otra vez. También me asalta el olor de sus olores y veo en mis imaginaciones sus rodillas huesudas y el arco elegante de su pie tan largo que casi le llega a media pierna, como decían de Nijinski, el bailarín leyenda.

La marea de los muertos Relato por entregas (novela por entregas) Episodio 2

24 de octubre de 1935

Nos hemos presentado formalmente.

Fabienne y yo transitamos por una edad dolorosa, quince años yo, dieciséis ella, tiempos en que siempre falta un aliento de gracia redentora: piernas demasiado largas y delgadas, igual, pies y manos; tenemos la misma estatura y, para rematar, cuellos como de ahorcado. Nos juntamos de cuando en cuando y nos tratamos con distancias y cierta cortedad.

No importa que la temporada de baños haya concluido, cada tarde, a las tres, nos zambullimos en las aguas frías llenas de algas.

Tengo mucha ocupación, mis deberes escolares que papá me ha enviado por correo luego de consultar con los Jesuitas del Instituto. Eso y el libro bisemanal que leo.

He seguido su consejo –el de mi papá– de que es menester que lea al menos un libro bisemanal más allá de mis deberes. Me ha permitido acceso total a su biblioteca, clásicos literarios, libros de medicina, sicología, novelas de caballería, y las biografías más diversas.

Ha menester de un interlocutor que se maneje bien a la sobremesa.

Me gusta leer, nada más que hacer en estos tiempos y a mi edad, todavía vigilada, la única lasitud que tengo es salir a la playa o al cine con mi primo los fines de semana. Él tiene dieciocho años, es muy cortés y viste buenos paños ingleses. Estudia en Santo Tomás de Aquino como interno pues viene de San Germán.

Cuando vamos al cine preferimos las películas de rufianes y las de vaqueros.

Delira viendo los noticiarios de Pathé sobre la guerra en Abisinia, por los bombardeos y los Savoia-Marchetti que presentan despegando y tomando tierra en apoyo la invasión del mariscal Bono.

Se relame del gusto, Raúl, que así se llama mi primo.

Quiere ser piloto, yo médico.

De mi parte, debo confesar que el mes pasado he descubierto un tesoro, las Cartas de Mariana de Alcoforado, la monja portuguesa, volumen escondido al fondo del buró olvidado de mamá. También hallé allí Gamiani, de Musset, Las Mil y Una Noches, de Burton y unas memorias de un adolescente ruso y sus condiscípulas judías en la Rusia de los Zares. Todos, sin falta, indicados en el Vaticano.

Tal ha sido el primer accidente de mi vida, la prima ruptura; unas lecturas han desvelado las pendejadas amartilladas en el Instituto que hacen lo leído hasta entonces, cuentos sobre hadas y pendejos y una que otra mierda de inmerecida fama, que en su inicio fueron publicadas por entregas en los diarios.

Releo Las cartas de la monja portuguesa y es mortificante el lirismo de su despecho. En otro lugar he leído que Rousseau las ha atribuido a algún escritor anónimo ya que ninguna mujer tiene esa capacidad narrativa.

Las nuevas lecturas traen su detritus, sueños perturbadores con los que cargo al despertar. No puedo evitar el vicio solitario que los curas detestan.

A mi regreso, habrá que evitar las sobremesas no sea que se me zafe algo descompuesto frente de mi papá.

Mas el nuevo estadio en mi educación sentimental ha quedado en suspenso tras llegar al Hirondelle y Fabienne a mi vida.

Tropezamos accidentalmente entrando al salón comedor. La invito a mi mesa para el desayuno de frutas con leche y avena. No nos quitamos los ojos de encima. Me pregunta si también he venido huyéndole al tifus y le cuento mi historia más reciente y las circunstancias que me han traído allí.

–Vine con mi mamá a buscar a mi papá que llega mañana en vapor de Santo Domingo. Vivimos en Ponce pero él quiere mudarse por acá. Piensa comprar una tabaquera, me dice con una vocecita dulce. Su hablar es muy enunciado.

Cuando no llueve, Fabienne baja a la playa de maillot blanco y calza espadrilles verdes. Las mías son de cuero negro y las llevo en la mano porque me gusta sentir la arena húmeda bajo mis pies.

–Me gustan tus zapatillas, le digo.

Se sonroja un poco. Igual yo que la miro con luces que son para ella y nadie más. En alguna parte he leído que la belleza necesita una imperfección para convertirla en inolvidable.

La fisura en el mentón, eso.

No existe un tormento peor que demostrar ternura en secreto. Hemos iniciado una relación discreta, expresando sentimientos tan intensos como es de cortés y distante nuestro proceder.

Nos envuelve un tenor de presentimientos. Cuando nos acercamos, la gente desaparece o simplemente dirigen su atención a otras cosas, dándonos, pues, una ventana de oportunidad suficiente para una sonrisa de conspiraciones, una frase telegráfica como las monjas de clausura del siglo dieciséis.

Sin poder evitarlo, nos miramos de golpe, breve y dulce y a pesar de que su madre no sospecha nada, Francine, que se ha dado cuenta por dónde marcha la cosa, me ha dicho:

–Cuídate, es una etapa. Vívela.

Tres días más tarde, en la playa, Fabienne me hala bruscamente por la oreja y me dice en inglés.

–I love you Leslie.

Su madre se aburre. Pasa todo el tiempo en el pequeño apartamiento que han apalabrado. Fabienne, cuando no está conmigo lee; hoy trae algo de Pessoa. Me ha dicho que está en su etapa lusa, Queirós, Camoes…

Yo, en cambio leo a Radiguet, el Diablo en el cuerpo, como lo siento yo.

Ayer por la mañana hemos intercambiado flores para colocarlas en nuestros libros según las ceremonias del primer encantamiento.

El thé dansant será mañana. Podremos estar más cerca que nunca.

El triunfo total. Capital. Hemos bailado en el jardín un beguine meloso, las manos sudadas, haciendo lo imposible por no acercarnos demasiado.

Al día siguiente, sentada a mi lado en el salón comedor ha acariciado mi pierna con su pie y he colocado mi mano discretamente sobre sus muslos desnudos –lleva puestos pantalones cortos– y trato de llegar al nacimiento. Cierra con fuerza inusitada los muslos y seguimos tal cual nuestra conversación anodina disfrazada en falsas cortesías.

Nuestra audacia crece por momentos. Hoy, por ejemplo, ardemos por tocarnos.

Le envío una nota de admiración, cifrada:

“Ayer por la mañana sentí tu presencia. Estabas con Francine en la mesa más distante del salón comedor, junto al ventanal.

El sol que entraba iluminaba tus cabellos y parecía remojarlos.

Francine dijo cualquier cosa y has dejado caer los cubiertos sobre el plato reventando de risa. Todos tus gestos encantan, Fabienne.”

Dejo la nota debajo de una pequeña piedra en el jardín frente a su apartamento. Ella me observa curiosa desde la ventana.