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Una chica soltera y cabezota

El ritual de los cuentos antes de dormir, susurro a susurro, año tras año, ha transformado a tu hijo. También a ti. Desde que comenzaron las historias a la orilla de la cama, las noches son otro cantar. Te has convertido en espigadora de trabalenguas, rimas, chistes, nanas, adivinanzas, relatos de miedo y misterio, de amor y horror, historias guiadas por los caprichos del hado o de las hadas. Dos palabras mágicas abren las ventanas de la imaginación y orean la estancia donde nacen las ideas: y si… Ahí nacen las ficciones, tomando un camino divergente de la terca realidad. Y si. Y si lo maravilloso sucediera cotidianamente. Y si las preguntas comunes necesitasen respuestas extrañas. Y si algunas de nuestras certezas fueran solo convenciones heredadas.

A finales del siglo xix, el escritor y filólogo Samuel Butler lanzó una hipótesis sin precedentes: ¿y si el autor de la Odisea hubiese sido una mujer joven? No fue la ocurrencia de una intelectual feminista, sino de un victoriano iconoclasta, bromista, volteriano y disfrutador —del arte, del paisaje, del deseo textual—, que publicó en 1897 un libro defendiendo esa escandalosa tesis. La primera sospecha le asaltó al traducir el episodio de Circe, la hechicera. Aunque vive sola en una casa aislada en la espesura, Circe no tiene los rasgos de la inmemorial bruja del bosque. Es una figura fascinante y fuerte, amante del héroe durante un año. Cuando Odiseo decide partir, ella lo deja marchar, sin despecho: “No permanezcas en mi palacio contra tu voluntad”. Es más, lo ayuda con sus consejos y revelaciones, salvándole la vida. Al zarpar su barco, le envía un viento favorable que hincha sus velas. Nacía así un arquetipo femenino que unía de forma insólita sabiduría, erotismo, poder e independencia.

Un gran abismo separa la mirada de la Ilíada y de la Odisea. En la primera reinan la ira, el apetito de honor, la batalla. La segunda es un relato de viaje, deseo, añoranza del hogar y hospitalidad hacia los extranjeros. No todos los personajes son guerreros, también se asoman a sus versos mendigos, porqueros y nodrizas. Con estos y otros indicios, Samuel Butler concluyó que no hay un solo Homero, sino que sus epopeyas tienen distinta autoría. En su opinión, la creadora de la Odisea tuvo que ser una mujer: una chica siciliana que se retrató a sí misma en el personaje de Nausicaa, salvadora del héroe cuando naufraga en su isla desnudo. La idea misma de poner a Odiseo en semejante aprieto le parece una travesura de adolescente. “El poema es tal tour de force que nadie salvo una muchacha soltera, terca, joven y entusiasta, acostumbrada a salirse con la suya, lo habría intentado y concluido de manera tan brillante”. Esta hipótesis inspiró a Robert Graves una novela, titulada La hija de Homero, y a Miyazaki el manga y la posterior película Nausicaä del Valle del Viento.

Homero sigue siendo hoy un fantasma, un nombre sin biografía en la niebla del pasado. Sin embargo, sí sabemos quién inventó el yo literario al firmar, por primera vez, un texto con su propio nombre. Hace más de 4.000 años, en el actual Irak, Enheduanna, hija del rey Sargón, poeta y sacerdotisa, escribió un conjunto de himnos que rubricó con orgullo en tablillas de arcilla. Afirmó: “Lo que yo he hecho, nadie lo hizo antes”. Su poesía nos legó una bella metáfora de la creación como una experiencia erótica y, a la vez, maternal, pero su nombre continúa todavía en el silencio. En este “y si” aún por contar, dos grandes pioneras habrían alumbrado con sus voces el nacimiento de la literatura escrita.

Nunca sabremos si una joven testaruda y soltera urdió la Odisea, tampoco si el propio Butler lo creía realmente. Se dice que ni siquiera sus amigos sabían distinguir cuándo bromeaba o hablaba en serio. Su libro La autora de la ‘Odisea’ fue una audacia y un desafío. Quizá simplemente pretendía irritar a los académicos, como también haría Joyce en su Ulises. Aun así, anticipándose a la célebre frase de Virginia Woolf —anónimo es una mujer—, demostró que los clásicos albergan lecturas revolucionarias para todas las épocas. Y, de paso, juguetonamente, probó que la risa tiene razones que la razón ignora.

Publicado originalmente en El País.

Vivo en un pueblo de cuento 

Especial para En Rojo

Vivo en un pueblo del Caribe que huele a café y en el que hace frío. Está como acurrucado con gustito, rodeado de montañas adjuntas que, cuando llueve, se visten con vaporosas bufandas de neblina. Camuflado entre esas montañas, descansa un gigante dormido cuyo sueño velan en Casa Pueblo, donde hay otra casa que se llama la Casa de las Mariposas, desde donde escribo estas líneas y veo por las ventanas parejas de pitirres cortejarse todas las tardes. Hoy creo que he visto a un santo, nada más y nada menos; quiero decir, un san pedrito. Y donde haya comida siempre aparece un chango, como en el resto de Puerto Rico. El julián chiví ya se fue para Venezuela para regresar la próxima primavera a chichar aquí. En el Pentágono están considerando declarar narcotraficante al pajarillo.

En este pueblo, las doñas te dan un beso al verte o al despedirse después de haber hablado con ellas la primera vez. Si en esta isla todo el mundo dice buen provecho, en este pueblo todo el mundo te da los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches. Permiso, por favor, gracias, gracias a ti, mi amor.

En este pueblo había una señora a la que llamaban Yeya, que cuentan que no se bañó en toda su vida. Vivía bajo un árbol, arbusto, enredadera, que llaman palo de piojos (capparis flexuosa) en la plaza del pueblo, y los niños se asustaban al cruzarse con ella. Pedía dinero a las puertas de la iglesia. Cuando murió y la fueron a amortajar, encontraron entre sus ropas miles de dólares. Una supuesta hija regresó de Estados Unidos para reclamar los apestosos billetes.

El pueblo tiene un barrio, Castañer, que comparte con el municipio vecino, Lares. De ese barrio era el recordado Toño Bicicleta, quien mató a su esposa a hachazos, porque, según cuentan los locales, ella se acostaba con el padre de él. Se ha extendido la leyenda de que en uno de los juicios en su contra le dijo al juez, al fiscal y a otro abogado que los iba a matar y que efectivamente los mató, pero esto es solo un cuento, o lo hizo otro boricua de otro pueblo. Escapó en bicicleta, de ahí el apodo, pero realmente solo la usó para la huida en la primera de sus múltiples fugas. Parece ser que normalmente se desplazaba en un Jeep y sobrevivió furtivamente dos décadas en el monte por sus conocimientos de la flora y la fauna locales. También por la asistencia de los agricultores del área, que lo ayudaron por solidaridad unas veces y otras por miedo. Otro mito dice que raptó a una menor a la que se llevó al monte a esconderse y la muchacha se enamoró de él, por lo que se podría decir que existe una variante caribeña del síndrome de Estocolmo.

Lo que sí está documentado es que se escapó en numerosas ocasiones del cerco policial, a menudo a tiros, y que se le atribuyen robos, agresiones y violaciones a la gente de la zona que, en lugar de condenarlo, lo engrandecieron como a un Robin Hood. Cuando la policía finalmente lo tuvo cercado y lo mató en un intercambio de disparos a sus 51 años, varios negocios de la región pusieron de moda el sándwich Toño Bicicleta, un emparedado que podía contener cualquier cosa menos huevo. Toño murió de un tiro de la Policía en sus partes íntimas.

Un héroe de este pueblo acunado por montañas adjuntas de vegetación salvaje fue Kike el Bobo, que asistía a todos los entierros. En el camino al cementerio elegía la flor más hermosa para posarla en el féretro del difunto. Cuando murió, todo el pueblo fue a su entierro.

Estas historias me las cuentan mientras espero para jugar al dominó en el colmadito de Sharon en el Alto de Cuba, que está muy cerca de Casa Pueblo, pero yo me pierdo siempre antes de llegar porque no está en Google Maps.

Varios parroquianos hicieron sus aportaciones, pero la mayoría de los datos de esta nota provienen de la memoria enciclopédica de Wilfredo Piazza Monroig, un ya bisabuelo que pasa las tardes allí bebiendo Coors Light.

Piasita, como llaman a Wilfredo, me contó sobre Willian el Brujo, que estaba dándose un baño en La Playita cuando la corriente se lo llevó y nunca más se le volvió a ver.

En 1974, cuando Ismael Ríos era alcalde, pusieron unos paneles en el río creando una especie de playa donde todo el pueblo y turistas de otros municipios iban a bañarse, La Playita. Esa idea inspiró al alcalde Roberto Vera para construir una piscina olímpica. Bueno, semiolímpica, se corrige mi contertulio. En la piscina se celebraron las fiestas patronales de este pueblo durante algunos años. Luego volvieron a celebrarse en la plaza porque allí está la iglesia a la que asisten los católicos de los diecisiete barrios del pueblo. Este pueblo de diecisiete mil habitantes tiene unas 80 iglesias, algunas de ellas, de marquesina.

Su abuelo don Plácido Monroig fue el encargado de pavimentar las calles del municipio bajo el mandato de Bartolo Barceló, que fue alcalde del pueblo durante 28 años por el Partido Popular Democrático.

Asegura que la primera calle embreada del pueblo no estaba cerca de la plaza con la alcaldía y la iglesia, como es usual, sino que fue la calle Canas detrás del Alto de Cuba.

Wilfredo nació en la calle del Agua, donde antes estaba la Cueva de los Leones y que ahora se llama Chelo Román.

En el Alto de Cuba había una panadería que se llamaba La Planta y más arriba estaba la fábrica de dulces La Pasta, donde servían jugos de parcha, guayaba “y toda clase de sabor”. El dueño se llamaba Carlos Delgado.

Me cuenta también de un anciano que tenía la mano cerrada en un puño y que no la podía abrir. Casi ciego, los niños del pueblo le agarraban el puño para acompañarlo a la plaza a pedir limosna. Le decían Vilme, porque pedía diciendo vilme, vilme, vilme.

Cuando entregaban los víveres Boliche y Américo, la mixta de arroz, habichuelas y chuleta costaba un dólar y medio. Al lado, Chago Pagán cobraba la media caja de cigarrillos a quince centavos y la completa a veinticinco.

Esos negocios estaban frente al cine de Víctor, que había empezado a trabajar en el teatro Isis como empleado y se acabó casando con la esposa del dueño, Carmen Pilar, y del marido, un gringo apellidado Simons de quien nunca se volvió a saber. Narra Wilfredo que cuando en el resto de la isla pedían dos dólares por estreno, Víctor cobraba cincuenta centavos, así que se arruinó y el cine cerró. Víctor y Carmen Pilar tuvieron tres hijos.

Los picos de las montañas que rodean este pueblo de bruma y simpatía se acercan a los 1,200 metros cubiertos defrondosos tabonucos, palmas de sierra, bambú y helechos gigantes que se entrelazan para sostener una red natural que captura las nubes, purifica los ríos y mantiene fresco el corazón de la Cordillera Central durante todo el año.

A finales de los años setenta, una amenaza industrial se cernió sobre el corazón de las montañas adjuntas cuando el gobierno pretendió entregar las entrañas del gigante dormido a la minería a cielo abierto, dispuesto a canjear mantos acuíferos, valles y arboledas por cantos de oro, cobre y plata.

Contra ese pronóstico de devastación, en 1980 germinó una trinchera insospechada: un colectivo de vecinos que eligió la cultura, el rigor científico y la dignidad comunitaria como escudo. Bajo el impulso de Faustina “Tinti” Deyá, Alexis Massol y el pueblo organizado, nació Casa Pueblo. Durante más de tres lustros, la comunidad ha convertido el conocimiento en herramienta de combate, desmontando las promesas del desarrollismo hasta convencer a todo un país de que el verdadero tesoro insular está en el agua y en la vida de sus montañas.

La victoria final no solo detuvo el avance de los tractores; transmutó la amenaza en milagro. Aquellos predios condenados a la cantera se recuperaron para dar paso al Bosque del Pueblo, la primera reserva natural administrada por manos ciudadanas en la isla. Un hito histórico que demostró cómo la tenacidad popular puede salvar el paisaje y sembrar las bases de la autogestión.

Arturo, uno de los cuatro hijos de los Massol Deyá, recuerda haber visto en los setenta cómo llamaban a su madre, Tinti, que falleció hace cinco años, “comunista”, “machetera”, “terrorista” cuando lideró causas como la de meterle mano al asbesto en las escuelas y evitar construir un gasoducto sin sentido.

Cuando pasa un huracán y Puerto Rico se queda sin electricidad, en este pueblo no se va la luz del todo gracias a uno de los muchos proyectos de Casa Pueblo: la energía solar que ha promovido instalando miles de placas solares entre los vecinos.

Esta mañana me encontré casualmente con don Alexis Massol. Yo regresaba de hacer unas compras y él había salido a tomar un poco de aire para despejarse. Está inmerso en la escritura de sus memorias. Me cuenta que hoy viene a visitarlo un profesor de no recuerdo qué universidad de no sé qué país a su casa museo, Casa Viva. En su hogar está recogiendo la historia de la lucha contra la mina: cómo empezó, cómo se organizaron, cómo persistieron y cómo el pueblo de las montañas adjuntas ganó a los grandes intereses para que otros pueblos y comunidades aprovechen la experiencia de esta extraordinaria y amorosa victoria ciudadana. Y aunque viviendo en este pueblo me siento a menudo como si residiera entre las páginas del cuento más bonito que pudiera haber escrito Gabriel García Márquez, me dice Don Alexis que esta lucha “no fue realismo mágico”.

El autor es periodista residente en Casa Pueblo.

El Bourdain reimaginado de Matt Johnson en Tony

Especial para En Rojo 

En mi última reseña para Claridad, publicada el 26 de agosto, escribí sobre la representación de la juventud en la novela, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Veo mi vida universitaria reflejada en el dinamismo de ese grupo de escritores jóvenes en los setenta que roba libros, que recorre los antros del DF y cuyos miembros experimentan con todo. La angustia romántica de los diferentes narradores, la mayoría en sus veintitantos años, es peligrosa por momentos y siempre fascinante.

El centro de mi reseña era la película colombiana, Un poeta (dir. Simón Mesa Soto; Colombia, Alemania y Suecia; 2025). El protagonista, Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos) vivió una juventud de melancolía y poesía. Pero a sus 50 años solo le queda la tristeza profunda por la duda y la pérdida de su juventud. Sin embargo, la película Tony (dir. Matt Johnson, EE.UU. y Canadá, 2026) se resiste a la tristeza de la adultez de Un poeta. Conocemos el trágico futuro de Anthony Bourdain, el joven Tony de la película. El silencio de la voz de Bourdain todavía es duro para muchos de nosotros. Su voz maldita, cuyo timbre nos recuerda las delicias del cigarrillo, es idónea para narrarnos las rutinas y sacrificios en las cocinas de los restaurantes de Nueva York (sus libros en Audible están entre las mejores grabaciones) y contarnos sobre sus viajes por el mundo con curiosidad auténtica y suficiente cinismo.

Tanto como el personaje de Óscar Restrepo, Anthony Bourdain vivió una melancolía tan arraigada que lo llevó a la autodestrucción. Pero en Tony, Matt Johnson se concentra en el caos juvenil de Bourdain durante su estadía en Provincetown, Massachusetts. Aunque en la película es solo un verano, Bourdain pasó cuatro en el pueblo costero durante la primera mitad de la década de los setenta. Aquí Tony Bourdain saboreó la vida de los real visceralistas de la novela de Bolaño, pero como un escritor entre los piratas de la cocina del Flagship, un acogedor restaurante de pescado y mariscos cerca de los muelles.

En Tony, Matt Johnson reconstruye con una mezcla de ficción y con elementos de la vida real las experiencias del joven Tony Bourdain (Dominic Sessa). Este llega a Provincetown detrás de Nancy (Emilia Jones), una chica que le gusta, y después de haber perdido una beca para un programa de escritura en Vassar College. Para mantenerse en el área, Tony encuentra trabajo en la cocina del solitario Chef (Antonio Banderas). El jefe de la cocina y dueño del restaurante es uno de estos capitanes que habla en gruñidos que suenan más a sabiduría que a amenaza. Chef observa todo lo que ocurre a su alrededor y, a pesar de que es católico practicante, entiende y respeta sin juicios la intensidad de la vida de un empleado de cocina. Banderas actúa al personaje como un viejo marino abatido por el mar y que ha creado un espacio seguro para jóvenes perdidos como Sal (Leo Woodall), un cocinero algo patán que le enseña a Tony la delicia de las drogas.

A pesar de que la cocina tiene otros personajes interesantes como Stavros (en una participación bien limitada, pero muy divertida de Stavros Halkias), el enfoque de la película es Bourdain. Las prevalentes tomas en primer plano de la cara de Dominic Sessa develan el aislamiento de Tony y la intensidad con la que observa todo. Sessa refleja la impredecible inocencia que asociamos con la voz narrativa de Bourdain en los primeros tres capítulos de su primer libro, Kitchen Confidential, que cuentan sus vivencias en Massachusetts y sus comienzos en el Culinary Institute of America (CIA).

Tony no es una película perfecta. La visión juvenil de Matt Johnson, que brilla junto a su compañero Jay McCarrol en Nirvanna the Band the Show the Movie (dir. Matt Johnson, Canadá, 2025), le da a Tony una inocencia setentosa que recuerda las películas de Hal Ashby, como The Last Detail (EE.UU., 1974). La cámara de Michael Bauman retrata las arenas blancas de Provincetown y la energía de la pesca nocturna con Chef, dándole al lugar una resonancia mítica en la formación de Bourdain.

Sin embargo, muchos de los personajes de la cocina permanecen como tipos sin definición limitando el desarrollo del grupo de trabajo. No sabemos nada sobre Mary (Monica Raymund), la bartender con la mirada de que lo ha escuchado todo, o de Tyrone (Michael Jibrin), el cocinero veterano que agarra sartenes calientes sin quejido alguno. Inclusive, el personaje de Nancy, que lleva a Bourdain a Provincetown, demuestra las limitaciones más problemáticas en la escritura de Johnson. Nancy es un personaje sumamente acartonado y solo sirve de justificación para que Bourdain llegue a Provincetown, para que el joven se mantenga en el lugar y para ser la confidente de los planes futuros del protagonista.

No obstante, Tony es un interesante, aunque imperfecto, relato visual de un joven que encuentra su voz de escritor en la cocina, que descubre la calma junto a la disciplina de Chef y que se asoma a los demonios que lo perseguirán por décadas. La película se exhibe en la pantalla grande, el lugar idóneo para vivir el Provincetown imaginado que formó a Anthony Bourdain.

Justicia y libertad: las dos banderas de Willie Abreu Elías 

Filiberto Ojeda Ríos y Luis Abreu Elías. Foto Archivo CLARIDAD
Quienes conocieron al recién fallecido abogado y patriota isabelino y puertorriqueño, Luis F. Abreu Elías- Willie- saben de su incansable compromiso con la justicia y su intenso amor por la libertad de Puerto Rico, dos banderas que marcaron el camino de su vida con la tinta indeleble de la buena voluntad.
Fue un hombre de muchos y variados saberes, los cuales supo cultivar con insaciable curiosidad y con honestidad personal y patriótica a toda prueba. Como dice el verso de Antonio Machado, «nunca persiguió la gloria», y si obtuvo fama no fue en un ejercicio de vanidad, sino en su proceder valiente y en la firmeza de sus convicciones y acciones como luchador por nuestros derechos nacionales, y  como abogado defensor de los derechos civiles y humanos de cientos de personas en Puerto Rico por más de cincuenta años.
Independentista desde muy joven, se graduó de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico en 1968, y en 1969 se inició en la práctica de la abogacía. Desde ese primer momento, comenzó a representar a independentistas que eran perseguidos por sus ideas, en aquellos años de feroz represión del Estado contra organizaciones y militantes que denunciaban los males de la colonia  y luchaban por la independencia de Puerto Rico. Fue tan efectiva su labor que él mismo se convirtió en blanco de persecución y carpeteo por parte de las fuerzas de inteligencia del Estado, en Puerto Rico y Estados Unidos.
Fue el aguerrido abogado de Filiberto Ojeda Ríos,  líder de la organización armada independentista Ejército Popular Boricua ( Macheteros), al que defendió con audacia y brillantez en todos los foros pertinentes. El país aún recuerda su denuncia del Informe del Departamento de Justicia de Puerto Rico tras la muerte del líder Machetero, porque en el mismo no se concluyó que el Negociado Federal de Investigaciones ( FBI) fue responsable del asesinato del luchador y patriota. Por su trayectoria como abogado defensor de luchadores y perseguidos, en 2019 le fue otorgada la prestigiosa Medalla Gilberto Concepción de Gracia por el Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico.
En la introducción a su libro, Buscando justicia contra viento y marea, Abreu Elías escribe: «En cierto sentido, es un texto autobiográfico, pues hace acopio de estampas de lo que fue mi vida profesional. Algunos de los que estudiaron conmigo disfrutaron de estatus y de riqueza material. Ese no ha sido mi caso. No los condeno ni los critico, pero no cambio lo que he vivido por todo el oro que otros han acumulado.»
En su partida, Luis F. Abreu Elías se lleva un tesoro mayor: el  cariño y el respeto que nuestro pueblo reserva para quienes le sirven desinteresadamente y con dignidad. Arropado por sus dos banderas- la de la justicia y la de la libertad- se le reconoce su trayectoria ejemplar como patriota  comprometido y consecuente en conciencia y acción.
En CLARIDAD le recordaremos siempre con agradecimiento por su cercanía, colaboración y solidaridad.
Reciban su familia de sangre y la extendida nuestra más sentida condolencia y un abrazo solidario.
Junta Directiva y Colectivo de Trabajo de CLARIDAD, Periódico de la Nación Puertorriqueña 

“La década perdida” de la Junta de Control Fiscal en Puerto Rico

 

Los diez pasados años en Puerto Rico han sido el compendio de una nueva etapa en nuestra relación colonial con el gobierno de Estados Unidos de América, tras la aprobación en 2016 de la Ley PROMESA y la imposición de una Junta de Control Fiscal (JCF) por parte del Congreso y el presidente de Estados Unidos, con el mandato de reestructurar la deuda pública de Puerto Rico que, a ese momento, acumulaba más de $72 mil millones. Hoy, han pasado diez años desde entonces y las miradas se dirigen hacia dicho proceso y evalúan si el mismo ha sido o no de beneficio y avance para Puerto Rico. La ley PROMESA no tenía precedentes en Estados Unidos. Se creó para Puerto Rico, colonia/territorio que había quedado inexplicablemente descubierto de la protección de la ley de quiebra federal desde 1985.

Al cabo de estos diez años, la JCF solo reclamó logros en su gestión en Puerto Rico. Reflexión y autocrítica no hubo ninguna, al menos para consumo público. Pero no todos los sectores en Puerto Rico concuerdan con dicha perspectiva, especialmente, aquellos que han sufrido en su vida diaria el impacto negativo de las decisiones y medidas adoptadas por una ley de quiebras impuesta y antidemocrática, y una nueva capa de gobernanza abiertamente colonial y lejana de la gente y sus problemas. Su gestión ha tenido una sola prioridad: balancear el presupuesto para pagar la deuda, dejando intacto el modelo económico y el sistema político que provocaron la crisis, y a los responsables de la misma, muchos de los cuales siguen campantes, ejerciendo influencia en los procesos decisionales del gobierno y la opinión pública del país.

Bajo el título, Década perdida 2016-2026: La verdadera cara de la Junta en Puerto Rico, un informe preparado conjuntamente por la Comisión Ciudadana para la Auditoría Integral del Crédito Público y las organizaciones “Right to Democracy”, Sembrando Sentido y Liga de Ciudades de Puerto Rico ofrece, con análisis y datos verificables, una perspectiva desde las organizaciones de la sociedad civil, contraria y crítica de la Ley PROMESA y de la gestión de la JCF en Puerto Rico durante los pasados diez años. En su introducción, el informe nos advierte: “En este análisis se concluye que, si bien la Junta ha reestructurado la mayoría de la deuda pública, también han reinado la improvisación y los errores con impactos negativos por décadas en las finanzas públicas y calidad de vida en Puerto Rico. La Junta promovió acuerdos impagables con los fondos buitres, medidas de austeridad sin medir impacto, mayor dependencia de fondos federales, privatizaciones y aumentos en el costo de los servicios. Todo esto, sin atender las verdaderas raíces de la crisis, haciendo que su paso por Puerto Rico haya sido una década perdida”.

El informe ofrece cifras que demuestran contundentemente cuánto hemos perdido como resultado de la gestión de la JCF en Puerto Rico desde 2016 hasta 2026. He aquí algunos números: 438 escuelas cerradas, 58,608 estudiantes desplazados, 2,616 estudiantes que pasaron por más de un cierre de escuela, 47% de recorte presupuestario a la Universidad de Puerto Rico (UPR), 180% de aumento en el crédito subgraduado en la UPR, $900 millones menos al presupuesto de los Municipios y 43 municipios en insolvencia económica. Algunos municipios han perdido hasta 60% de su presupuesto, como Comerío, donde el 60% de la población vive bajo el umbral de pobreza.

En cuanto a la supervisión de la gobernanza pública, la gestión de la JCF deja mucho que desear. Ha rechazado solo 1% de los contratos gubernamentales que han sido sometidos a su evaluación, en un país donde el 59% del presupuesto del gobierno de Puerto Rico se asigna a contratos. En ese proceso, se han registrado pérdida de miles de millones de dólares anuales atribuibles a debilidades en los sistemas de contratación y supervisión del gobierno.

El impacto de las decisiones de la JCF en el costo de vida también es negativo. Se ha registrado un 60% de aumento en costos de peaje, 40% de aumento en la factura de energía eléctrica desde la privatización impulsada por la Junta, y 30% de aumento en la factura de agua potable, todos costos directos al bolsillo de la ciudadanía. Mientras, se destinan $1,500 millones en pagos a bonistas, y se sigue dilatando el proceso de restructuración de la Autoridad de Energía Eléctrica, cuyos bonistas buitres reclaman el pago de una deuda con intereses que asciende a $12,000 millones. La JCF ha incurrido, también, en gastos de operación y pagos a contratistas y asesores, ascendientes a más de $2.2 mil millones en 10 años, gastos que costea Puerto Rico, y cuyo monto es 5 veces mayor que el estimado por el propio Congreso de Estados Unidos.

Una de las consecuencias más nefastas de la gestión de la JCF en Puerto Rico ha sido el impacto de los recortes decretados a la UPR y los Municipios. La UPR es el principal productor de propiedad intelectual y conocimiento del País, y ahora su viabilidad está asediada por el recorte de 47% de su presupuesto. Los Municipios, proveedores principales de servicios esenciales, por su cercanía y acceso a la gente más necesitada, también están bajo asedio. En un país donde el 40 % de la población vive bajo el nivel de pobreza, recortes municipales tan extremos frenan la prestación de servicios que impactan la vida diaria de miles de familias. Pérdidas e injusticia son el saldo visible de la gestión de la Junta de Control Fiscal en Puerto Rico después de diez años.