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La Ilustración oscura

 

En junio de este año, en una columna publicada en el Financial Times, Javier Milei presentó al mundo las «corporaciones no humanas»: empresas operadas por agentes de inteligencia artificial (IA) o robots, con personalidad jurídica, en las que podrían participar accionistas humanos, aunque estos no serían obligatorios. La propuesta, que ya tomó la forma de un proyecto enviado al Congreso, se completa con el compromiso de mantener la IA libre de «la mano mortal» de la regulación y con una fiscalidad a medida. Buenos Aires debe ser para la inteligencia artificial, escribió el Presidente, lo que Ámsterdam fue para la era de la navegación.

Milei es, hasta ahora, uno de los jefes de Estado que ha llevado más lejos las ideas que un conjunto de teóricos reaccionarios viene elaborando desde hace casi dos décadas y que hoy alimentan las fantasías políticas de algunos magnates tecnológicos, especialmente de aquellos vinculados al desarrollo de la IA. Las corporaciones reemplazarían a las instituciones democráticas y convertirían los conflictos políticos en problemas técnicos administrados por algoritmos, subordinando así las decisiones colectivas a sistemas automatizados que prometen eficiencia precisamente porque prescinden de la deliberación.

En la filosofía neorreaccionaria, la IA se presenta como un instrumento de reducción del poder estatal en favor del mercado. El poder estatal aparece como la única amenaza a la libertad; la competencia mercantil descentralizada, como su única garantía. Esa radicalización tiene un linaje conocido y, en cierto sentido, más respetable. La célebre distinción de Benjamin Constant entre la libertad de los modernos, entendida como el goce garantizado de la esfera privada, y la libertad de los antiguos, asociada con la participación en las decisiones colectivas, dejó planteada una tensión que las corrientes conservadoras del liberalismo resolverían en favor de la primera. En esas versiones, la igualdad y la soberanía popular aparecen como amenazas a la libertad. La filosofía neorreaccionaria actual es la versión desembozada de esa tradición antidemocrática.

Bajo las formas de propiedad y control que hoy predominan, la inteligencia artificial parece especialmente compatible con esta deriva antidemocrática. No se trata de una consecuencia necesaria de la tecnología, sino del rumbo que adquiere cuando su diseño y su propiedad quedan subordinados a la rentabilidad y el poder empresarial. Hoy su imaginario se organiza alrededor de máquinas capaces de «tomar el control» de procesos que hasta ahora dependían de decisiones humanas. Aplicada al mundo del trabajo, esta lógica tiende a profundizar la individualización de la fuerza laboral y la impersonalidad de la dominación que ya anticipan las plataformas digitales. La uberización ofrece una imagen posible del futuro: trabajadores aislados, gestionados por algoritmos, privados de vínculos estables de solidaridad y de las instituciones colectivas que hicieron posible la organización de la clase trabajadora. La relación de explotación ya no coloca frente al trabajador a una figura visible, sino que lo deja crecientemente desprotegido y aislado ante la crudeza de la «coacción muda» de las relaciones económicas de la que hablaba Marx.

Las innovaciones tecnológicas parecen mover el suelo bajo nuestros pies. El mundo cambia a una velocidad acelerada y, en medio de ese vértigo, no resulta sencillo distinguir el pronóstico razonable de la fantasía alucinada. Conviene avanzar con calma. El mundo está raro y difícil.

Este vértigo tiene sus filósofos. El más consecuente es Nick Land, figura fundacional del aceleracionismo, profesor de filosofía reconvertido en profeta de la reacción, que dio a la pulsión autoritaria de Silicon Valley su formulación más extrema. Su trayectoria constituye, en sí misma, un síntoma de época. Durante los años noventa fue un autor de culto para cierta izquierda, y Mark Fisher llegó a preguntarse si no era el filósofo británico más importante de su generación. Luego, Land viró hacia la extrema derecha. Su «Ilustración oscura» (Dark Enlightenment) invierte punto por punto la herencia ilustrada. Según Land, la modernidad se jodiócon la Revolución francesa y con la secuencia de revoluciones democráticas e independentistas que inscribieron la igualdad en el horizonte de la sociedad moderna. Allí donde la Ilustración prometía el progreso de la razón hacia la igualdad, Land reivindica una jerarquía fundada en la desigualdad natural y renuncia a toda confianza en el autogobierno de las mayorías. La democracia es, para él, la enfermedad de la civilización, un mecanismo que premia la mediocridad y obstaculiza el avance del capital y de la técnica.

En diálogo con el neocameralismo de Curtis Yarvin, Land concluye que el poder corporativo debe convertirse en la fuerza organizadora de la sociedad y que el Estado debe administrarse como una empresa. Los ciudadanos dejarían de intervenir como electores en las decisiones comunes para convertirse en clientes de distintas jurisdicciones. Podrían elegir entre ellas o abandonarlas, como se hace con un producto del mercado, pero nunca gobernarlas.

No hace falta tomar al pie de la letra estas fantasías, ni concederles demasiada seriedad. Al fin y al cabo, forman parte del mismo imaginario que alimenta las ambiciones de colonizar Marte o alcanzar la inmortalidad. Lo decisivo ocurre en otro plano, en el desplazamiento de una fracción de la burguesía tecnológica, encarnada en figuras como Peter Thiel y Elon Musk, hacia posiciones cada vez más autoritarias, en un contexto marcado por el estancamiento productivo en las economías centrales, la competencia con China y el debilitamiento de la confianza de las clases populares en la democracia.

Las ideas de Land y sus herederos importan menos por lo que dicen o por su consistencia teórica que por las condiciones que las volvieron audibles. Lo importante aquí no es decidir cuánto hay de programa y cuánto de delirio. Una doctrina que hace veinte años habría quedado confinada a un blog marginal circula hoy por las oficinas de algunos de los hombres más ricos del planeta e influye incluso en políticas de Estado. Su influencia puede reconocerse en el universo político e intelectual que conecta al mencionado Thiel con el actual vicepresidente J. D. Vance y con algunos de los proyectos de la segunda administración de Trump. Pero para entender este giro hay que retroceder un poco: ¿qué unió históricamente al capitalismo con el discurso de la igualdad jurídica y, más tarde, con la democracia de masas?

El matrimonio fue real, pero no necesario. La ideología de la Ilustración se ajustaba bien a un modo de explotación cuyo núcleo era una relación jurídicamente libre entre iguales. El asalariado y el capitalista se encuentran en el mercado como propietarios que intercambian, en esa esfera de la circulación que Marx llamó, con ironía, el «Edén de los derechos innatos del hombre». A diferencia del señor feudal o del esclavista, el capital podía apropiarse del lenguaje de la igualdad porque su dominación ya no necesitaba inscribirse en el estatuto jurídico de las personas. Pero esta afinidad no significa que la Ilustración haya sido la expresión ideológica de una burguesía capitalista en ascenso. Como muestra Ellen Meiksins Wood, las llamadas «revoluciones burguesas» no fueron obra de una clase capitalista que se alzaba para liberar al mercado de las cadenas feudales, sino de grupos profesionales, funcionarios e intelectuales cuya lucha contra el privilegio aristocrático produjo un universalismo igualitario en el seno de una sociedad todavía estructurada por formas no capitalistas de apropiación.

En cualquier caso, las clases dominantes nunca terminaron de domesticar la democracia. Lo que desde abajo suele verse como un instrumento dócil del empresariado, desde arriba siempre pareció una estructura problemática: demasiado lenta, demasiado errática y demasiado permeable a las demandas populares. Si existe una «afinidad electiva» entre capitalismo y democracia, como sostienen los teóricos liberales, es bastante débil. Al capital le alcanza con un régimen capaz de despolitizar la economía. Si ese régimen, además, produce una experiencia, aunque limitada, de autogobierno y vuelve menos visible la dominación de clase, la ventaja es doble. La condición es que la democracia no genere demasiados obstáculos.

La asociación entre capitalismo y liberalismo político comenzó a forjarse con la larga secuencia de revoluciones iniciada a fines del siglo XVII. Su identificación con la democracia es mucho más reciente: solo llegó a consolidarse durante la primera mitad del siglo XX, cuando el sufragio universal y las instituciones representativas se extendieron por buena parte de los países centrales.

El autoritarismo es, desde luego, consustancial al dominio capitalista, como muestran los golpes de Estado, las invasiones coloniales y la represión estatal. Sin embargo, ese dominio procura habitualmente no romper de manera abierta con el lenguaje democrático: los militares suelen tomar el poder en nombre de la democracia, las empresas coloniales se justifican como misiones civilizatorias y la represión estatal se presenta como un medio para restablecer el orden constitucional. La violencia se presenta así como una suspensión excepcional destinada, al menos retóricamente, a restaurar el orden o la legalidad.

La burguesía ya ensayó, sin embargo, un divorcio mucho más directo con la democracia durante el período de entreguerras. En una parte decisiva de Europa, acorralada por la crisis y por el ascenso del movimiento obrero, la burguesía abandonó sin demasiado duelo la razón y el progreso que afirmaba encarnar. Fue la hora del irracionalismo que Lukács diseccionó en El asalto a la razón y de aquello que Jeffrey Herf llamó «modernismo reaccionario»: Jünger, Spengler y el culto del ingeniero y de la máquina, combinados con el repudio de la herencia ilustrada.

Incluso el acercamiento entre libertarianismo y autoritarismo tiene antecedentes. En 1927, Ludwig von Mises escribió que el fascismo había «salvado, por el momento, la civilización europea» y que ese mérito «vivirá eternamente en la historia». También los tiene el impulso tecnocrático. En los años treinta, Technocracy Inc. proponía reemplazar a los políticos por ingenieros y administrar América del Norte como una máquina. Su dirigente en Canadá, Joshua Haldeman, detenido en 1940 por pertenecer al movimiento, era el abuelo de Elon Musk. A veces la genealogía intelectual coincide con la familiar.

¿Por qué la separación entre democracia y capitalismo vuelve a estar en agenda? Tras décadas de estancamiento productivo en las economías centrales, la inteligencia artificial aparece como la gran promesa de relanzamiento de la acumulación capitalista, la única a la vista, y, al mismo tiempo, como un terreno central de la disputa con China. Una promesa de esa magnitud no tolera la espera de los electorados. Durante la etapa neoliberal, el impulso dominante consistió en domesticar la democracia mediante bancos centrales independientes, tratados transnacionales y tribunales capaces de sustraer a las decisiones económicas al control popular. Hoy se abre paso una ambición más radical, la de reducirla a una formalidad o prescindir de ella, tomando como referencia el capitalismo autoritario que Land elogia desde Shanghái.

Nada de esto sería posible si las nuevas ideas reaccionarias fueran solo un asunto de élites. Pero la extrema derecha contemporánea es un fenómeno de masas: gana elecciones con un apoyo significativo en la clase trabajadora. También esto tiene precedentes. Lo que distinguió al fascismo clásico de las antiguas reacciones aristocráticas y de los movimientos autoritarios de élite, como las dictaduras militares, fue precisamente su carácter de movimiento reaccionario de masas: una «revolución contra la revolución» que adoptaba las formas de movilización plebeya de aquello que combatía. Esa configuración le otorgaba una plasticidad inusual. Le permitía capturar simultáneamente el hastío con los políticos, la angustia económica, el resentimiento contra las élites culturales y los prejuicios raciales o antisemitas, para fundirlos en un mismo movimiento. No cualquier proyecto autoritario puede recoger de ese modo las insatisfacciones populares. Para hacerlo, necesita hablar en nombre de un pueblo y presentarse como una rebelión contra el orden, incluso cuando sus ideas y sus políticas resulten funcionales a las clases dominantes.

La extrema derecha actual repite, bajo nuevas condiciones, una operación semejante. El autoritarismo no desciende solamente de los directorios empresariales. También encuentra una base social en sociedades golpeadas, donde amplios sectores populares hacen suyo el reclamo de orden frente a la incertidumbre social, económica y laboral. Los teóricos imaginan el Estado-empresa o, en su versión más terrenal, formas de autoritarismo electoral que conservan los comicios mientras vacían progresivamente sus condiciones democráticas. El malestar popular, por su parte, aporta los votos.

Ese contexto no se reduce a los programas y fantasías de la neorreacción. Incluye también el mundo que ya está tomando forma, cuya expresión más extrema es el exterminio en Gaza, en un escenario de proliferación de guerras y regímenes de excepción que erosionan las condiciones de la vida democrática. Algunos rasgos del orden imaginado por la neorreacción ya pueden reconocerse en estos escenarios.

La Ilustración oscura puede tener, al menos, un efecto colateral positivo: allana el terreno para que la izquierda comience a reconciliarse con la Ilustración. Durante décadas, sobre todo después de 1968, buena parte del pensamiento progresista se dedicó a demolerla, al presentar la razón y la verdad como meros efectos de relaciones de poder y el universalismo como una máscara del dominio europeo. Algo de esa crítica constituyó un correctivo necesario, pero también contribuyó a abrir un terreno de sospecha generalizada contra la razón, la verdad y el universalismo que finalmente encontró en la filosofía neorreaccionaria a sus herederos naturales. Hoy es la derecha la que relativiza la verdad y se burla de los hechos, mientras denuncia a la ciencia como una conspiración de las élites. Las armas de la crítica cambiaron de manos, y el propio Land ofrece una prueba elocuente. Formado en Bataille y Deleuze, hizo su primera fama radicalizando el antirracionalismo francés de los años setenta. La sospecha contra la razón, liberada de toda intención emancipatoria, terminó desembocando en el elogio de la jerarquía. La Ilustración oscura es también una hija bastarda de la teoría con la que una generación de la izquierda creyó volverse más radical.

Como siempre, no se trata de estar a favor o en contra de la técnica ni del cambio tecnológico. Marx sabía que las fuerzas productivas nunca se desarrollan en el vacío. Las relaciones sociales no solo determinan quién las controla y para qué se utilizan. También decide cuáles llegan a desarrollarse y qué formas de vida terminan imponiendo. Por eso, una tecnología concebida bajo el imperativo de la rentabilidad y el control no se vuelve automáticamente emancipadora con solo cambiar de manos: también debe ser reorganizada y transformada. Los neorreaccionarios ya tienen un proyecto para el nuevo mundo que está surgiendo. La pregunta es si nosotros tenemos el nuestro: qué formas de planificación y de democracia pueden someter al control colectivo a unas fuerzas productivas que están remodelando el mundo.

Sabemos, al menos, qué no conceder. Si la libertad consiste en ampliar el campo de la autodeterminación individual y colectiva, la democracia es su realización política: el nombre de esa autodeterminación cuando alcanza a la vida en común. Toda doctrina que las opone necesita empobrecer primero la idea de libertad. La lucidez que exige este presente consiste en mirar de frente el vértigo de las transformaciones en curso, sin fascinación ni pánico. Insistimos, el mundo está raro y difícil. Razón de más para no entregarlo.

Este artículo es el editorial de la revista #12 de Jacobin Latinoamérica.

Hoy, el conocimiento es una mercancía

El conocimiento tenía valor puesto que se esperaba que durara, así como la educación tenía valor en la medida en que ofreciera conocimiento de valor duradero. Ya fuera que se la juzgara como un episodio aislado, o bien que se la considerara una empresa de toda una vida, la educación debía encararse como la adquisición de un producto que, como todas las demás posesiones, podía y debía atesorarse y conservarse para siempre.

Así llegamos al primero de los múltiples retos que la educación contemporánea debe afrontar y soportar. En nuestra “modernidad líquida”, las posesiones duraderas, los productos que supuestamente uno compraba una vez y ya no reemplazaba nunca más —y que obviamente no se concebían para ser consumidos una única vez—, han perdido su antiguo encanto. Considerados alguna vez como activos ventajosos, hoy tienden a verse como pasivos. Los que alguna vez fueron objetos de deseo se transformaron en objetos de resquemor. ¿Por qué? Porque el “mundo vital” de la juventud contemporánea, compuesto desmañadamente con porciones de sus experiencias vitales, ya no se parece a los pasadizos ordenados, sólidos y “aprendibles” de los laberintos “de ratones de laboratorio” que hace medio siglo se utilizaban para explorar los misterios de la buena adaptación a través del aprendizaje. John Kotter, profesor de la Harvard Business School, aconseja a sus lectores que eviten quedar atrapados en empleos de larga duración del tipo “puesto permanente” y, en realidad, desaconseja desarrollar una lealtad institucional o dejarse absorber demasiado en cualquier empleo durante un tiempo prolongado.

…En el mundo de la modernidad líquida, la solidez de las cosas, como ocurre con la solidez de los vínculos humanos, se interpreta como una amenaza. Cualquier juramento de lealtad, cualquier compromiso a largo plazo (y mucho más un compromiso eterno) auguran un futuro cargado de obligaciones que (inevitablemente) restringiría la libertad de movimiento y reduciría la capacidad de aprovechar las nuevas y todavía desconocidas oportunidades en el momento en que (inevitablemente) se presenten. La perspectiva de cargar con una responsabilidad de por vida se desdeña como algo repulsivo y alarmante.

…La capacidad de durar mucho tiempo y servir indefinidamente a su propietario ya no juega a favor de un producto. Se espera que las cosas, como los vínculos, sirvan sólo durante un “lapso determinado” y luego se hagan pedazos; que, cuando —tarde o temprano, pero mejor temprano— hayan agotado su vida útil, sean desechadas. Por lo tanto hay que evitar las posesiones, y particularmente las posesiones de larga duración de las que no es fácil librarse.

El consumismo de hoy no se define por la acumulación de cosas, sino por el breve goce de esas cosas. Por lo tanto, ¿por qué el “caudal de conocimientos” adquiridos durante los años pasados en el colegio o en la universidad habría de ser la excepción a esa regla universal? En el torbellino de cambios, el conocimiento se ajusta al uso instantáneo y se concibe para que se utilice una sola vez. Los conocimientos listos para el uso instantáneo e instantáneamente desechables de ese estilo que prometen los programas de software —que aparecen y desaparecen de las estanterías de las tiendas en una sucesión cada vez más acelerada —, resultan mucho más atractivos.

…Hoy el conocimiento es una mercancía; al menos se ha fundido en el molde de la mercancía y se incita a seguir formándose en concordancia con el modelo de la mercancía. Hoy es posible patentar pequeñas porciones de conocimiento con el propósito de impedir las réplicas, al tiempo que otras porciones —que no entran en el marco de las leyes de la patente— constituyen secretos cuidadosamente guardados mientras están aún en el proceso de desarrollo (como un nuevo modelo de automóvil antes de que se exhiba en el salón del año siguiente), siguiendo la bien fundada creencia de que, como en el caso de cualquier otra mercancía, el valor comercial refleja lo que diferencia al producto de los ya existentes antes que la calidad del producto en su conjunto. Lo que diferencia al producto, por regla general, es de corta vida, pues el impacto de la novedad se desgasta rápidamente. Por lo tanto, el destino de la mercancía es perder valor de mercado velozmente y ser reemplazada por otras versiones “nuevas y mejoradas” que pretenden tener nuevas características diferenciales, tan transitorias como las de los productos que acaban de ser desechados porque ya perdieron su momentáneo poder de seducción. Concentrar el valor en lo diferencial es una manera de devaluar, oblicuamente, el resto del conjunto, el resto que no ha sido afectado por el cambio, el resto que “sigue siendo igual”.

Así es como se desalienta la idea de que la educación puede ser un “producto” que uno gana y conserva, atesora y protege y, ciertamente, ya son pocos los que hablan a favor de la educación institucionalizada. Antes, para convencer a sus hijos de los beneficios del aprendizaje, los padres y madres solían decirles: “Nadie podrá nunca quitarte lo que has aprendido”. Semejante consejo puede haber sido una promesa alentadora para aquellos niños a los que se les enseñaba a construir sus vidas como casas —desde los cimientos hasta el techo, mientras en ese proceso iban acumulando el mobiliario—, pero lo más probable es que la juventud contemporánea lo considere una perspectiva aterradora. Hoy los compromisos tienden a ser muy mal vistos, salvo que contengan una cláusula de «hasta nuevo aviso». En una cantidad cada vez mayor de ciudades de Estados Unidos, los permisos para construir sólo se entregan junto con su correspondiente permiso de demolición…

Texto del sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman, publicado por primera vez en su libro Liquid modern challenges to education del año 2005. Los fragmentos fueron tomados de Bloghemia.

Si podemos escuchar casi cualquier cosa, ¿por qué sigue siendo importante la lectura?

 

La conversación

Cierra los ojos e imagina cómo será el futuro dentro de unos cientos de años.

¿Seremos viajeros intergalácticos? Quizás vivamos en naves espaciales, mundos submarinos o planetas con cielos púrpuras.

Ahora, imagina tu habitación como la de un adolescente en el futuro. Probablemente haya una pantalla brillante en la pared. Y al mirar por la ventana, quizá veas los anillos de Saturno, el resplandor azul de Neptuno o las maravillas del fondo del océano.

Ahora pregúntate: ¿hay un libro en la habitación?

Abre los ojos. Probablemente haya un libro cerca. Quizás esté en tu mesita de noche o debajo de la cama. Hay quienes solo tienen uno; otros tienen muchos.

Incluso en un mundo lleno de podcasts, todavía hay libros. ¿Por qué? Si podemos escuchar casi cualquier cosa, ¿por qué sigue siendo importante leer?

Como científico del lenguaje, estudio cómo los factores biológicos y las experiencias sociales moldean el lenguaje. Mi trabajo explora cómo el cerebro procesa el lenguaje hablado y escrito, utilizando herramientas como la resonancia magnética y el electroencefalograma.

Ya sea leer un libro o escuchar una grabación, el objetivo es el mismo: comprender. Sin embargo, estas actividades no son exactamente iguales. Cada una contribuye a la comprensión de diferentes maneras. Escuchar no ofrece todos los beneficios de leer, y leer no ofrece todos los beneficios de escuchar. Ambas son importantes, pero no son intercambiables.

Diferentes procesos cerebrales

Tu cerebro utiliza algunos de los mismos sistemas cognitivos y lingüísticos tanto para leer como para escuchar, pero también realiza diferentes funciones dependiendo de cómo estés absorbiendo la información.

Cuando lees, tu cerebro trabaja arduamente entre bastidores. Reconoce las formas de las letras, las asocia con los sonidos del habla, conecta esos sonidos con el significado y luego vincula esos significados con palabras, oraciones e incluso libros enteros. El texto utiliza una estructura visual, como signos de puntuación, saltos de párrafo o palabras en negrita, para guiar la comprensión. Puedes progresar a tu propio ritmo.

Escuchar, por otro lado, requiere que el cerebro trabaje al ritmo del hablante. Dado que el lenguaje hablado es efímero, los oyentes deben recurrir a procesos cognitivos, incluida la memoria , para retener lo que acaban de escuchar.

El habla es un flujo continuo, no un conjunto de palabras distintas. Cuando alguien habla, los sonidos se fusionan en un proceso llamado coarticulación . Esto requiere que el cerebro del oyente identifique rápidamente los límites de las palabras y relacione los sonidos con su significado. Además de identificar las palabras, el cerebro del oyente también debe prestar atención al tono, la identidad del hablante y el contexto para comprender su significado.

¿Más fácil?

Mucha gente asume que escuchar es más fácil que leer, pero a menudo no es cierto. Las investigaciones demuestran que escuchar puede ser más difícil que leer, especialmente cuando el material es complejo o desconocido.

La comprensión auditiva y la comprensión lectora son más similares en narraciones sencillas, como los cuentos de ficción, que en libros de no ficción o ensayos que explican hechos, ideas o cómo funcionan las cosas. Mi investigación demuestra que el género influye en nuestra forma de leer. De hecho, los diferentes tipos de textos dependen de redes cerebrales especializadas. Los cuentos de ficción involucran regiones cerebrales implicadas en la comprensión social y la narración. Los textos de no ficción, en cambio, se basan en una red cerebral que apoya el pensamiento estratégico y la atención dirigida a objetivos.

Leer material difícil también suele ser más fácil que escuchar, desde un punto de vista práctico. Leer permite avanzar con facilidad dentro del texto, releyendo secciones específicas si se tiene dificultad para comprender o resaltando puntos importantes para repasarlos más tarde. Por otro lado, un oyente con dificultades para seguir un punto específico podría necesitar pausar y rebobinar, lo que puede interrumpir la fluidez de la escucha y dificultar la comprensión.

Aun así, para algunas personas, como las que padecen dislexia del desarrollo , escuchar puede resultar más fácil. Las personas con dislexia del desarrollo suelen tener dificultades para aplicar sus conocimientos del lenguaje escrito a la pronunciación correcta de las palabras, un proceso conocido como decodificación. La audición permite al cerebro extraer significado sin el complejo proceso de decodificación.

Implicación con el material

Un último aspecto a considerar es la participación . En este contexto, la participación se refiere a estar mentalmente presente, concentrarse activamente, procesar la información y conectar las ideas con lo que ya se sabe.

Las personas suelen escuchar mientras hacen otras cosas, como hacer ejercicio, cocinar o navegar por internet; actividades que serían difíciles de realizar mientras leen. Cuando investigadores pidieron a estudiantes universitarios que leyeran o escucharan un podcast en su tiempo libre, quienes leyeron el material obtuvieron un rendimiento significativamente mejor en un examen que quienes lo escucharon. Muchos de los estudiantes que escucharon informaron realizar varias tareas a la vez, como hacer clic en sus computadoras, mientras se reproducía el podcast. Esto es particularmente importante porque prestar atención parece ser más importante para la comprensión auditiva que para la comprensión lectora.

Así que sí, leer sigue siendo importante, incluso cuando escuchar es una opción. Cada actividad ofrece algo diferente y no son intercambiables.

La mejor manera de aprender no es tratar los libros y las grabaciones de audio como lo mismo, sino saber cómo funciona cada uno y utilizar ambos para comprender mejor el mundo.

Publicado originalmente en The Conversation.

Todos los buenos ensayistas son escritores

Todos los buenos ensayistas son escritores, en el sentido que Barthes dio a esa palabra. El ensayo escribe (y describe) una búsqueda. Su modelo podría ser la novela de Proust: escribir para encontrar, para mostrar las maquinaciones y dificultades a las que obliga seguir un rastro, los desvíos y desvaríos; no se escribe para contar lo que ya se ha encontrado: “Veo en mi pensamiento con claridad las cosas hasta el horizonte. Pero me empeño en describir solo aquellas que están al otro lado del horizonte”. El ensayista no dice lo que ya sabe, sino que hace (muestra) lo que va sabiendo; sobre todo, indica lo que todavía no sabe. En el ensayo se dibuja un movimiento más que un lugar alcanzado. Como la flecha del arquero zen, el ensayo es el trayecto más que dar en un blanco. Pero, a diferencia de la flecha, el movimiento discurre en varias direcciones, exploratorio, muchas veces incierto. Si hay alguna seguridad en el ensayo, ella, más que de su argumento, es un atributo de su escritura que se precave de una incertidumbre completa.

A diferencia del “tratado”, el ensayo no puede resumirse en sus partes. Estas se sobreimprimen, reaparecen sin sintetizarse, desaparecen sin explicaciones. El plan del ensayo debe ser descubierto en sus restos, siempre dispersos a lo largo de un texto que a veces oculta su plan y a veces lo muestra sin cumplirlo. Una forma del ensayo es la pregunta, y su desenlace no necesariamente ofrece una respuesta, sino una nueva pregunta, bordeando lo que no se sabe, que se ha ampliado como resultado en negativo: después del ensayo, un nuevo horizonte (para usar la palabra de Proust) desconocido. Otra forma del ensayo es la afirmación radical, cuya radicalidad, precisamente, desencaja los pasos argumentativos.

La incompletitud es su regla porque si el ensayo se completara, daría cierre a una forma que, en cambio, se caracteriza por desafiar la clausura, incluso cuando alguien (el escritor, el lector) se ilusiona con un cierre definitivo de la argumentación.

Tomando un famoso ejemplo de los hechos y dichos de la Revolución Francesa, Heinrich von Kleist escribió que pensamos mientras hablamos, no antes de hablar:

Después de la disolución de la última sesión de la Asamblea bajo la monarquía, el 23 de junio, cuando el Rey había ordenado que se disolvieran los Estados Generales, el maestro de ceremonias se apersonó en la sala de debates, donde la asamblea todavía continuaba, para preguntar si habían escuchado la orden del Rey. “Sí”, respondió Mirabeau, “escuchamos la orden del Rey”; estoy convencido de que con esta entrada en materia, llena de cortesía, todavía no se le había pasado por la cabeza la palabra “bayoneta”, que le serviría para concluir: “Sí, señor”, repitió, “la hemos escuchado”. Está claro que todavía no sabía lo que quería decir. “Pero ¿qué le permite a usted”, prosiguió –y justo en este punto se abrió la fuente de ideas no dichas–, “darnos aquí estas órdenes?”. Esto era lo que necesitaba Mirabeau: “Es la Nación la que da las órdenes, y no hemos recibido ninguna de esa fuente”, momento en el cual se lanzó hacia la cima. “A fin de hacerme entender claramente” –y es aquí donde encontró lo que expresaba toda la resistencia de su alma–, “decid a vuestro Rey que no dejaremos nuestro puesto sino por la fuerza de las bayonetas”. Con esto, satisfecho de sí mismo, volvió a sentarse.

Como la famosa réplica de Mirabeau, el ensayo se piensa mientras se escribe o, por lo menos, deja la impresión de asistir siempre a la escena de un pensamiento en el momento en que ese pensamiento se está haciendo: “No somos nosotros los que sabemos; ante todo, la que sabe es cierta disposición de nuestro ser”.

Contrastando ideas opuestas, incompatibles, salteando nexos lógicos y pasos demostrativos, el ensayo es un sistema de desvíos. Todos los lectores de Simmel, hoy muy numerosos, reconocen ese instante en el que se balancean tantas de sus argumentaciones, en que se desecha la supuestamente última formulación alcanzable, y en que se observa y relativiza el resultado que acaba de obtener situándose en el resultado contrario, en el mundo de las posibilidades.

Esta sería una definición ejemplar, el ideal typus, al que, sin embargo, sería injusto ajustar todos los ensayos. Digamos, por lo menos, que es la cualidad “ensayística”, que habla de la condición del ensayo entre los discursos. Hay ensayo donde se cambia de dirección, se inventan atajos o se dan rodeos. Sobre todo: se improvisa en un sentido musical, trabajando sobre un tema hasta alejarse por completo, dar la impresión de que se lo ha perdido y encontrar en ese tema las notas de otro en el que no se había pensado.

Así como no se resume en sus partes, un ensayo no se resume en sus hipótesis. Resiste el resumen y, como la poesía, cuando la cualidad ensayística es intensa, rechaza la paráfrasis. Parafrasear un ensayo es escribirlo mal o escribirlo mejor, nunca exponerlo de nuevo. No hay síntesis posible del ensayo. Puede ser sometido a la “explicación”, pero no puede ser reducido a sus ideas. A diferencia de las Bases, un tratado constitucional y un programa político, Facundo no existe fuera de su escritura.

Se dice que la extensión del ensayo es siempre más breve, pero ¿más breve que cuál otro tipo de texto y por qué? Es más breve porque no alcanza siempre un final, o porque ese final no existe en ninguna parte. Pero hay ensayos que tienen la extensión de un libro; y, en el límite opuesto, están los aforismos, ensayos que todavía no fueron escritos más allá de la frase, que no podrían ser escritos, probablemente. La brevedad fue una cualidad estadística del ensayo (el ensayo inglés, el que publicaban las revistas desde fines del siglo XVIII), pero no un rasgo obligatorio. El idiota de la familia tiene más de mil páginas, y, sin embargo, nadie podría sustraerlo del ensayo por su circularidad, su obsesividad recursiva, su abundancia fuera de todo límite “necesario”. La extensión exagerada de El idiota… reivindica el ensayo como forma de la acumulación. Pero también está el ensayo como demostración que escamotea sus pruebas y no previene las objeciones, que se resiste a presentar un pleno argumentativo.

Entre estas dos puntas, el ensayo trata (essayer, en francés, tiene este sentido) de articular dos rasgos diferentes: el carácter tentativo (exploratorio) de la argumentación y su carácter conclusivo. Tiene, entonces, una relación problemática con la exposición y la prueba, una relación que está tensionada entre considerar la prueba como innecesaria, sosteniéndose en la escritura de la idea, y acumularla con la obsesión benjaminiana del depósito de citas, tantas que vuelvan imposible la escritura, como en el proyecto del Libro de los pasajes. Ensayo y argumentación: el ensayo acepta algunas formas de la argumentación y tiende a expulsar otras. Presenta una condensación: una idea no completamente desplegada (a la cual le falta a veces la historia; a veces, los pasos lógicos). Los recursos del ensayo son la paradoja, la elipsis, la polémica, la metáfora (los desplazamientos y las condensaciones), el aforismo. Una retórica del ensayo podría explorar el plano de estos dispositivos del discurso.

¿Por qué estas figuras y procedimientos son tan típicos del ensayo? A la elocuencia se le planteó la misma pregunta: ¿por qué los discursos deben ser no solo argumentativos, sino poéticos? ¿Por qué la retórica es inseparable de la elocuencia? Preguntas que se hizo Barthes. Bien vistas, todas son formas discursivas abiertas: la paradoja deja un vacío como efecto de una demostración posible e imposible al mismo tiempo; el anacoluto es la fisura que atraviesa el texto, impidiendo que se complete no solo sintácticamente, sino en sus grandes articulaciones; la elipsis atestigua una falta que señala la imposibilidad de lo pleno; la polémica, género dialógico, presupone una respuesta posterior al cierre mismo de la escritura, un futuro de objeciones todavía no escritas; la ironía ensambla un doble discurso que nunca termina de estabilizarse.

El ensayo, como un oxímoron, une la seguridad y la duda. Lo hace de modo muchas veces hábilmente disimulado, presentando una seguridad de la que carece, o recurriendo a la cortesía de una duda que no se experimenta. Hay algo de propagandístico en el ensayo: la decisión de defender o atacar una posición desde la escritura, haciendo de la escritura el argumento principal donde se articula toda otra argumentación. No hay ensayo sin escritura; por eso se puede hablar de una retórica del ensayo, cuando solo en un sentido débil conviene hablar de una retórica del tratado.

Publicado en Las dos torres (Editorial Siglo XXI). Tomado de Eterna Cadencia.

El fracaso del G20 y el pincel de Milei

Por Jorge Elbaum

 

La reunión de ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales del G20, realizada la última semana en Asheville, Carolina del Norte, expuso la impotencia de la Casa Blanca para encolumnar a sus socios atlantistas y volvió a poner en evidencia su incapacidad para intimidar a la República Popular China.

El cónclave fue planificado como una puesta en escena del mando estadounidense sobre la economía global. El evento, coordinado por Scot Bessent, exhibió un Occidente fragmentado que aún ostenta su señorío mediático, digital y bélico, sin que dichos bagajes puedan ser reconvertidos en obediencia global. Como otras tantas veces, el lenguaje de la “coordinación internacional” de Washington operó como un barniz diplomático para imponer el disciplinamiento. Para el Secretario de Tesoro no se trataba de una convocatoria para deliberar. Era una cita para obedecer.

El resultado del encuentro, en ese marco, no fue económico, sino geopolítico. El dato sustancial fue que la reunión terminó sin un comunicado conjunto porque China rechazó una redacción que condenaba a los países con “superávits externos excesivos y persistentes”.

Ese eufemismo se refería a la capacidad exportadora de Beijing, cuyos representantes se encargaron de recordar que Estados Unidos tuvo durante el siglo XX —hasta la década de los 70— ese mismo superávit sin que sus actuales funcionarios se avengan a recordarlo. Ante el veto de China, Estados Unidos publicó una declaración unilateral de la presidencia. Esa escena condensa el giro de época: el Departamento de Estado, dirigido por Narco Rubio, todavía ordena, pero ya no persuade. Presiona, pero no conduce.

La presencia del ministro de Finanzas ruso, Antón Siluánov, además, puso en evidencia las contradicciones de la OTAN. En Asheville, Moscú volvió a sentarse en la mesa donde se discuten dimensiones de la economía global, mientras la indignación europea se hacía explícita. El aislamiento de Vladimir Putin no pudo convertirse en la foto del encuentro.

Por su parte, el veto de Beijing volvió a poner en evidencia las contradicciones de Estados Unidos, que insiste en predicar la libertad económica mientras aplica repetidas regulaciones tanto a nivel doméstico como en su política exterior. Hacia adentro, regula, invierte y empodera a los megamillonarios con cortesías tributarias e inversiones del propio Estado federal. Los casos de Internet, el GPS, la microelectrónica y ahora la Inteligencia Artificial (IA) alcanzaron su madurez con la planificación estatal, el financiamiento público, la participación de los laboratorios nacionales, el involucramiento de las agencias militares y los subsidios encubiertos. El ecosistema corporativo estadounidense se consolidó y se mantiene gracias a un entramado de subsidios estatales indirectos, contratos militares y exenciones fiscales masivas.

En la actualidad, el AI Action Plan, creado por Donald Trump, no inaugura una política pública científico-tecnológica: actualiza una matriz histórica. Invierte el dinero de la recaudación tributaria en programas públicos de desarrollo y en corporaciones privadas vinculadas con la innovación. En términos económicos, ha auxiliado a las grandes empresas y ha socializado los riesgos de sus pérdidas entre los contribuyentes.

El viejo mecanismo Hood Robin que ahora se ve reforzado: hasta el segundo mandato de Trump, los incentivos federales se limitaban a subsidios, contratos, préstamos a tasas preferenciales o rescates financieros a bancos y compañías de seguros (como los viabilizados durante la crisis iniciada en 2009). Desde 2024, el magnate naranja le sumó la participación accionaria del Estado en empresas privadas, bajo el argumento de la seguridad nacional y la competencia con China. Hacia afuera, exhorta a la apertura a terceros países para que las corporaciones estadounidenses se expandan.

Esta dinámica confirma una tesis central de la economía política crítica: la innovación tecnológica estadounidense nunca descansó en el propagandizado laissez-faire, sino en una combinación de financiamiento público, planificación industrial y captura privada de los beneficios. La hipocresía se presenta así de forma estentórea. Estados Unidos invoca el libre mercado cuando pretende subyugar al Sur Global o frenar a Beijing, pero despliega licencias de exportación, aranceles y sanciones cuando su supremacía aparece amenazada.

Tal como Mariana Mazzucato documentó para el caso del iPhone, el Estado nunca es neutral. En el caso de la IA, esa matriz vuelve a hacerse manifiesta: Bessent invoca el libre mercado cuando busca legitimar la expansión de sus corporaciones, pero les otorga sustento a sus corporaciones cuando necesita preservar su primacía. Lo obsceno no es que Estados Unidos intervenga; lo sórdido y despreciable es que pretenda prohibir a los demás hacer lo propio.

Para América Latina y el Caribe, la escenificación de Asheville supone una nueva admonición injerencista. Washington se repliega cada vez más sobre lo que califica como su patio trasero, ante la creciente multipolaridad reinante. El caso argentino es ilustrativo.

La desregulación comercial celebrada por el gobierno de Javier Milei deja al país más expuesto a los mismos desequilibrios que Estados Unidos denuncia cuando afectan sus intereses. La participación de Luis Caputo en la reunión del G20 prologó la ampulosa discursividad oportunista de Javier Milei, referida a las Malvinas, que confirmó que no era el topo que venía a destruir el Estado, sino el insectívoro que llegaba para entregarle la soberanía a Estados Unidos.

En ese marco, el Atlántico Sur y la cuestión de las Malvinas se transforman en una transacción ajena a la soberanía nacional, a través de la cual Trump castiga a Londres por no participar en la guerra contra la República Islámica, extorsiona a su premier Andy Burnham para que aumente el presupuesto militar e intenta debilitar a los laboristas en el poder.

Esta disputa externa expone también el oportunismo grotesco de Milei: la causa inalienable de las Malvinas deja de ser pensada desde una perspectiva soberana y pasa a ser una moneda de cambio de una nueva tutela imperial. Frente a esta realidad, la tarea consiste en sumarse a los actores globales que proponen el multilateralismo y el respeto a las soberanías.

La tarea emancipatoria del Sur Global es construir poder propio: integración regional, soberanía tecnológica, mecanismos financieros autónomos y una política exterior que no disfrace la obediencia con el nombre de pragmatismo. Asheville no fue apenas una reunión fallida. Fue una postal del agotamiento de un orden que durante décadas convirtió sus intereses particulares en reglas universales.

Occidente llamó “multilateralismo” a su mando; “libre mercado” a su proteccionismo selectivo; y “seguridad internacional” a sus guerras preventivas, sanciones y bloqueos. Ese vocabulario empieza a gastarse porque la realidad ya no lo sostiene. Milei esta colgado de un pincel global al que se le está agotando su pintura. De ahí su intento de emular a Leopoldo Fortunato Galtieri.

Reproducido de www.cubadebate.u