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Turistification: Imágenes para fomentar preguntas de Marisol Plard Narváez

 

Gabriela Ramos Ruiz y Flavia Valladares Más

 

Allí, en esa zona intersticial donde confluyen el arte y la praxis vital, la obra de Marisol Plard Narváez embiste con toda su fuerza para desvanecer los privilegios. La artista, quien en su estancia anterior en Kilómetro 0.2 presentó Mucama Project (2016), continúa su trabajo antropofágico -a su vez antropológico- de profunda vocación humana y humanista. ¿Cómo es esto posible cuando en esta ocasión sus fotografías son habitadas por objetos y la figura antropomorfa se halla ausente?

No es novedad el empleo de imágenes de espacios deshabitados para hablar de la especie humana, para indagar dónde se produce la escisión entre una perspectiva comunitaria que permita su pervivencia, y la podredumbre moral y política que reproduce las relaciones de poder y dominación de unos sobre otros. Las preocupaciones sobre el devenir y la hiper-alienación de los sujetos posmodernos dentro de la maquinaria sistémica capitalista-colonial pueden traducirse en la presentación de entramados urbanos desiertos articulados como metáfora del vacío existencial y de la deshumanización que ya incomodaba a los modernos. De otra parte, hay un tipo de poética más íntima, más privada, que se acerca a la vida de los individuos en sus espacios de realización cotidianos y que es utilizada, a su vez, como metonimia de diversas problemáticas de alcance global.

Fotos suministradas

En esta segunda línea se inscribe la obra de Marisol, que escarba con afán arqueológico las gramáticas sociales de un presente contradictorio y desigual para Puerto Rico y los puertorriqueños. Su relación personal con las cámaras desde edades tempranas la ha convertido en una incesante investigadora de su entorno, que con fruición y constancia documenta minuciosamente los espacios de una cotidianidad adversa, y contradictoriamente motivadora, para su quehacer artístico. Ya sea una cámara fotográfica o un teléfono celular, la artista se sirve de estos artefactos tecnológicos para inquirir su medio circundante. Las carencias económicas nunca han sido un impedimento para crear, por lo que en los últimos tiempos ha echado mano de su móvil como una herramienta con la cual documenta todo aquello que la inquieta.

Algunas de las fotografías que vemos hoy nos muestran el centro de una ciudad colonial afectada por un creciente proceso de gentrificación. En muchos de los más importantes conglomerados urbanos a nivel global se han producido paulatinos desplazamientos de los habitantes nacionales para favorecer el desarrollo del turismo, que con vehemencia se ha instalado como una de las actividades económicas fundamentales de nuestros pequeños espacios insulares. Podríamos decir que el turismo es una nueva, contemporánea, continuación de los procesos extractivistas impulsados por la colonización desde sus orígenes. En este caso, la obra de la artista se interesa ya no por la experiencia extendida de los resorts –definitorios de la maquinaria turística de la región- sino por eso otro fenómeno de los airbnb, locales que han ido re-colonizando el espacio urbano del Viejo San Juan, y cuya práctica se ha potenciado, en manos de capital extranjero, a partir de la aplicación de la Ley 22 de 2012.

El alcance de esta experiencia, su generalización podríamos decir, se traduce en ciertas imágenes de los pórticos de inmuebles abarrotados por las cerraduras electrónicas típicas de estos alojamientos. Una primera lectura podría conformarse con comprender la obra de Marisol como una crítica abierta a ese intrusivo e invasivo fenómeno que es el turismo, el cual modela las políticas públicas y el desarrollo individual. Sin embargo, una lectura más extensa nos acerca a una visión enriquecida, por diversa y multidimensional, que se sostiene en su propia historia de vida y en el riguroso ejercicio de carácter autobiográfico que significa la exposición de una parte importante de su quehacer como trabajadora de limpieza de los emplazamientos airbnb.

Fotos suministradas.

Sin lugar a dudas y como lo reconoce la propia creadora, la obra El hotel de Sophie Calle es un importante referente. Si bien pueden rastrearse puntos de contacto en ese impulso por fotografiar los remanentes dejados por los huéspedes, resultan notables las diferencias puesto que el contexto político-social en el cual se inscribe Plard, así como sus intencionalidades discursivas, distan de los de la fotógrafa francesa. Si para esta última se trataba de una suerte de elucubración creativa motivada por la intriga que le producía la huella de los desconocidos, para la boricua es un hecho de resistencia vital que restituye simbólicamente esa extracción que supone la actividad turística con el acto compulsivo de captar/presentar los desechos de quienes “disfrutan” lo que es de los boricuas.

A su vez, el enigmático voyeurismo de El Hotel –catalogado por la crítica como una perpetuación del rastro dejado por “otros”, es decir una poética de lo efímero de los extraños- se transforma en una reflexión visual sobre los turistas que viajan por las Antillas, específicamente ese nicho de mercado proveniente de los Estados Unidos que prefiere a su Estado Libre Asociado como destino. Antes de limpiar los vestigios de esta presencia humana –el real objetivo de su trabajo como personal de limpieza- Plard se regodea en cada uno de estos restos, siendo las camas deshechas, la basura de los cestos o la disposición interna de los refrigeradores, los signos de una escenografía interior de uno de los tantos espacios que configura el turismo.

Ese “caleidoscopio ilusorio” en palabras de Marc Augé que se traduce en un imaginario del paraíso para los territorios insulares, es puesto en crisis a partir de la exposición de la caótica intimidad del airbnb. Cada objeto, resto o suciedad figuran como elementos de inusitada significación del material fotográfico en cuestión, cuya estética se aleja de las composiciones rebuscadas y se decanta por encuadres precisos tal y como si se tratase de una actividad quirúrgica. No hay necesidad de edulcorar nada cuando se busca convertir lo cotidiano en arte.

El posicionamiento crítico de Plard Narváez discurre en dos sentidos fundamentales. De una parte, este primer acercamiento sobre el impacto del turismo en el espacio urbano, el patrimonio inmobiliario y la distribución de las riquezas signada por la fuga de capital a manos extranjeras aupada por la mencionada regulación que exime de impuestos las inversiones foráneas. Por otro lado, Marisol arremete contra quienes desde el privilegio académico y económico olvidan que el turismo es, también, una fuente de ingresos para los sectores históricamente más desfavorecidos, a quienes la inseguridad, la falta de acceso a formación especializada, la precariedad económica y los imperativos de un sistema altamente productivo han dejado como única alternativa el empleo en trabajos esencialmente de la rama de los servicios.

Si con 12 Vecinas (2016) la artista desmantelaba una serie de prejuicios sobre La Perla y sus habitantes, al enfrentar al espectador al testimonio de sus amigas del barrio, en esta ocasión Marisol se posiciona como sujeto que aglutina la decisión de “ser”, a cualquier costo. Ahí donde el régimen de la policía ordena jerárquicamente las instituciones sociales y los escaños del poder, los sujetos tienen la capacidad de hacerse escuchar a partir del ejercicio de la política que reordena los lugares de enunciación tradicionales y permite que sean escuchados los silencios bajo un régimen de igualdad. Justamente en ese pliegue ofrecido por dicha práctica de lo político se invierte el ordenamiento de las relaciones y la posibilidad de habla de los individuos, y es donde una habitante de La Perla -que como Oshun se mueve entre dos aguas- presenta la perspectiva de los subalternos.

Los resortes que movilizan la obra de Plard son los de la contingencia y la resolución, a no dudarlo, de una vida signada por los vaivenes de políticas reaccionarias y colonizadoras. A su vez, su marcada actitud contestataria le ha permitido cierta autonomía para ejercer la crítica más sagaz hacia su entorno y la propia condición de su existencia. Olvidar la multiplicidad de intensidades y el alcance de las opresiones sistémicas nos hace creer que con voluntad personal se resuelven todos los problemas; y no, pues las agendas colectivas que organizan y distribuyen el poder solo reproducen las lógicas y dinámicas que le favorecen y perpetúan. Marisol convierte su hastío, su precariedad y su elección de ser libre a toda costa en la posibilidad de existencia de su praxis vital como arte.

En tal sentido, salen a la luz otras interrogantes más específicas sobre el campo artístico. ¿Cómo acceden un artista y su obra a los espacios institucionales que tradicionalmente legitiman el arte? ¿Puede un artista puertorriqueño, cualquiera que sea su procedencia y su relación con las instituciones, vivir de su trabajo como creador? ¿Cuál es la base política que determina quién y en qué condiciones se contrata a un artista o se compra su obra? ¿Es solo aquello exhibido por los museos lo que puede ser considerado arte? ¿Qué gesto puede ser entendido como tal y qué condiciones lo hacen posible?

Todo el potencial desarrollado durante más de veinte años como artista visual se condensa en la complejidad de una red de imágenes que documentan, describen y hablan por sí misma(s) sobre el paso de los turistas por el Viejo San Juan. Con Turistification, se llega a trastocar ese ideario del turismo que es el “descubrimiento del otro”, puesto que esta vez es ese nativo –en la figura del artista- quien revela algunas de las intimidades del paso del viajero. Aun y cuando los individuos en sí no son captados, sus desechos hablan por ellos. ¿Llega la creadora a exponer al visitante desde los entresijos de un espacio tan privado? Su gesto, que obviamente trasciende el interés documental, reivindica las múltiples aristas de la lucha y resistencia de su pueblo convertido en neocolonia, a la vez que reafirma la posibilidad de su propia existencia. De esta forma Marisol Plard Narváez se afirma como mujer, artista y puertorriqueña. Tenga a bien el espectador dejarse seducir por las múltiples interrogantes que nos propone su arte.

La Habana, abril de 2023

 

 

En Reserva-De Juan de Pareja, Arturo Schomburg y el afrohispanismo en Iberoamérica

 

Especial para En Rojo

 

Desde el 3 de abril de 2023, el Metropolitan Museum of Art en la cuidad Nueva York presenta la exposición Juan de Pareja Afro-Hispanic Painter. Esta ofrece una mirada sin precedentes a la vida y los logros artísticos del pintor afrohispano Juan de Pareja (ca. 1608–1670). Nacido en Antequera, España, Pareja estuvo esclavizado en el estudio de Diego Velázquez por más de dos décadas antes de convertirse en pintor por derecho propio. La exposición, que tiene como eje central el retrato que el propio Velázquez hiciera de Pareja en 1650, es la primera en contar su historia y examinar en qué formas el trabajo artesanal esclavizado está vinculado al arte y la cultura material del Siglo de Oro español.

El retrato de Pareja, que en su momento fuera expuesto por Velázquez en el pórtico del Panteón de Roma, se revela como un enigma. Sin saberlo, nos enfrentamos a la mirada intensa de un gran pintor, a su vez esclavizado por uno de los artistas más celebrados de todos los tiempos, Velázquez, en cuyo taller trabajaría encargándose, por ejemplo, de moler los colores y preparar los lienzos para el pintor de Las Meninas (1656). Si bien se desconoce cuándo comenzó la relación entre ambos, ya para la década de 1630 Pareja aparece como testigo de diferentes documentos relacionados con el entorno profesional y personal del pintor sevillano. En 1650, Velázquez le concede la libertad. No obstante, el decreto estará condicionado y es que el antequerano deberá continuar al servicio del pintor y su familia por cuatro años después de la concesión. Pareja fallece hacia 1670, con más de sesenta años.

A diferencia de otras representaciones de figuras negras en el siglo XVII, en la pintura de Velázquez Pareja nos mira desafiante. Este desafío sirve de invitación para explorar las fisuras de la relación con su amo e interrogar su contribución a la obra del pintor sevillano. También, abre la puerta para examinar toda la obra pictórica del artista afrohispano, entre las que destaca La vocación de san Mateo (1661). En esta, su pintura más famosa, Pareja se autorepresenta insertándose en una escena religiosa en la que aparecen Cristo y sus apóstoles. En la pintura, Pareja carga en las manos un papel con su firma, que da constancia de su autoría. El autorretrato, que también mira al espectador, es el único producido por un afrodescendiente en el periodo y representa el intento del artista por legitimarse como pintor y hombre libre. Esta pintura también es parte de la exposición.

La comprensión la obra de Juan de Pareja no hubiese sido del todo posible sin la intervención de Arturo Alfonso Schomburg (1874-1938), quien en 1926 viajaría de Nueva York a Sevilla en busca de la huella negra en la península Ibérica. El coleccionista y bibliógrafo puertorriqueño fue vital para la recuperación de la obra de Pareja y sirve en la exposición como hilo conductor que conecta a la España del siglo XVII con el Nueva York del siglo XX, y por consecuencia a Puerto Rico. En efecto, en su ensayo “In Quest of Juan Pareja” (1927), publicado en la revista Crisis, editada por W.E.B. Debois, Schomburg comienza revelando haber ser pupilo del abolicionista José Julián Acosta (1825-1891) y añade que desde sus estudios en la Isla “always yearned to see the cities of Spain and be able to recall there the historic and fascinating events dealing with black people…” (153). Y es que desde su estancia en Puerto Rico Schomburg intuía que la historia de la negritud en España era esencial para desentrañar su contribución en la cultura de Occidente. Por eso, también dedicaría atención a otras figuras de negros destacados de la España aurisecular: Juan Latino (1518-1598), latinista y poeta del siglo XVI; y Sebastián Gómez (1646-1682), ayudante del pintor Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682). El interés de Schomburg por la España negra, que como sugiere la cita surge en Puerto Rico, precede la fundación misma del Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR en 1927 y abre toda una línea de estudios afrohispanos. Es decir, da inicio, al menos desde el contexto estadounidense, a investigaciones sobre la presencia del negro en la península Ibérica de los siglos XVI y XVII y su contribución a la cultura española. Estudios que hoy día lideran figuras como Baltasar Fra-Molinero y Nicholas R. Jones, quien también interviene en la muestra del MET.

Volviendo a Puerto Rico, bien podría decirse que la pintura de Pareja por Velázquez y su autorretrato en La vocación de san Mateo prefiguran a La escuela de maestro Cordero (1890-92), de Francisco Oller (1833-1917). Tanto el pintor afroespañol como el pedagogo boricua miran de frente al espectador ofreciendo una visión de la negritud alterna a la experiencia de la esclavitud, que domina el imaginario histórico y cultural de nuestros pueblos. En esa mirada contendiente yace el gesto reivindicativo del afrohispanismo, y en su defecto el de la exposición del MET, que reclama: “History must restore what slavery took away…” (Schomburg, “The Negro Digs Up His Past”).

Juan de Pareja Afro-Hispanic Painter cierra el 16 de julio de 2023.
Pullins, David and Vanessa K. Valdés. Juan de Pareja: Afro-Hispanic Painter in the Age of Velázquez. Published by The Metropolitan Museum of Art/Distributed by Yale University Press, 2023.
Schomburg Center for Research in Black Culture, Jean Blackwell Hutson Research and Reference Division, The New York Public Library. «In quest of Juan de Pareja» The New York Public Library Digital Collections. 1927-07. https://digitalcollections.nypl.org/items/35bba8a0-d949-013a-5087-0242ac110003
—, Manuscripts, Archives and Rare Books Division, The New York Public Library. «The Negro digs up his past» The New York Public Library Digital Collections. 1925-03. https://digitalcollections.nypl.org/items/61304dd0-ea1f-0138-4343-0242ac110004
Vanessa K. Valdés. Diasporic Blackness: The Life and Times of Arturo Alfonso Schomburg. Suny Press, 2017.
Juan de Pareja (ca. 1608–1670), Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599–1660 Madrid).
Arturo Alfonso Schomburg.

 

Musgo

 

 

Especial para En Rojo

 

Todo discurre bajo el musgo adherido. Impenitentes se escuchan los graznidos, los trinos, los cantos, las melodías, las estridencias. La coral va abultándose como una nube que viaja, ingrávida, robusta, fatal. La mañana aparece, ¿siempre?, y durante la noche, cada vez más prolongada, jamás dejé de esperarla.

Algo así es la sensación de la derrota, de la extenuación. Es tan estrepitosa que casi se siente plena. Pero leo las escasas oraciones anteriores, que con tanto esfuerzo he tejido y con tanto más he decidido no borrar, y me siento insatisfecha. ¿Cómo se escribe una sensación? Seguramente es un proyecto fracasado. Supongo que vivo en el país adecuado.

A veces divago buscando consuelo en las más pequeñas cosas. Por ejemplo, miro tantas y tantas letras al día que me da con considerar cuál será la más bella en su trazo, en la imagen total de su grafía combinada con la campana –o el susurro– del sonido que nombra. Sé que cada vez que me decido por una, me equivoco. O que sólo me aproximo. Qué sé yo de la belleza, más allá de la mera intuición arbitraria, de la atracción que no encuentra, porque no tiene, razones, justificaciones, sabiduría. Un imán que te jamaquea, a la distancia y en la cercanía. Y no eres más que muñeca de dealer de carros a orillas de la número dos. Dando bandazos en todas las direcciones. Víctima impotente del azote del viento.

Y todo esto es absoluta y demoledoramente real, suscitándose bajo la superficie de lo visible para ti, incluso para mí. Sin embargo, mi cuerpo se mueve cargándolo, en el minúsculo entorno propio de su alcance, y advierte que lo real es otra cosa, muy pero que muy distinta, en las maquinitas que a toda mirada, cuello inclinado, dedos torcidos, hoy cautivan. Si nunca he tenido Facebook, ¿habré estado en la historia? ¿Estaré aquí, ahora? Si no pongo selfie alguno en las redes, ¿existiré? ¿Tendrán peso mis palabras si las acaricio en silencio, si un libro tarda años en llegar, si no tengo un plan promocional y si mi noción de story nada tiene que ver con Instagram?

Si en tu celular nunca has visto lo que como, dónde duermo, el camino que recorro en compañía de garzas, zorzales o cangrejos, la ropa que me queda bien, la que me queda fatal, el café que cuelo, la arena sobre la que me tiendo, los ojos de mi alegría, las caras del pesar, la flor que sembré, cómo me veo cuando bailo sin que nadie me vea, el cielo del que me enamoré, el lugar donde aprendí tu nombre, el podio desde el que leí una conferencia sobre las islas que estudio, el pelo cuando creció, las poetas que conocí, el pelo cuando me pasé la máquina, los libros que leí, el espiral tatuado, el horizonte al que quise mudarme, ¿me creerás viva? ¿Quién se ocupará de todo cuanto transcurre en las dimensiones fuera de las pantallas? ¿Quién prestará oído a las pasiones y a los terrores que se sienten en la más completa soledad, sin que nadie les dé like o las bloquee? ¿A quién le importarán las experiencias sin rastro digital, las que no se comentan, las que no se quieren comentar, las que es imposible comentar, las que no podrán abarcarse ni agotarse con comentario alguno? ¿Qué será de aquellos de quienes nunca se supo ni se sabrá nada, cuyos proyectos y laboriosidad y amores y travesías y sonrisas nadie nunca documentó?

¿A dónde irá a parar la antología general de las sensaciones? ¿El refugio universal de las pequeñísimas cosas? ¿El concepto –horror y seducción– de lo real? ¿La densidad hermética, inescrutable, infotografiable de las vidas interiores? ¿Quién hablará, y cómo, de ellas?

Viaje de “querencias, distancias, devastaciones, encuentros y fugas»

En el orden acostumbrado: Zahira Curz, Vanessa Vilches, Sofía Cardona, Claudia Becerra, Laura Pérez Mari Mari y Beatriz LLenín. Foto por Alina Luciano

 

 

 

¿Qué son seis años cuando pensamos en la inmensidad del tiempo? Qué breve se nos antoja un periodo de seis años —de solo 72 meses— si pensamos que la humanidad

habita este mundo desde hace, más o menos, 250,000 años y que el planeta Tierra tiene unos 4,500 millones de años de existencia. Un sexenio es ínfimo incluso si lo comparamos con hitos de la modernidad que fueron necesarios para que estemos hoy aquí.

La imprenta de Gutenberg, por ejemplo, comenzó a utilizarse comercialmente hace 569 años, más de cinco siglos y medio. Y los 72 meses que son seis años parecen poquitos

incluso si pensamos en el tiempo que ha transcurrido desde que se estrenó una tecnología que todavía llaman nueva, aunque ya no lo es. La internet como la conocemos hoy, en este 2023, cumple 40 años. No son tantos, pero sí muchos más que seis.

 

Sin embargo, en Puerto Rico, sabemos también que en seis años, o incluso en menos,

pueden ocurrir sucesos que trastocan vidas enteras, las vidas de 3 millones de personas y de 5 millones más. Las de quienes tienen 90 años y las de quienes están aún por nacer.

 

En 2016, el año que abre el sexenio que cubre esta nueva antología de “Será otra cosa”, el Congreso estadounidense aprobó la Ley Promesa, y, con ella, creó la junta de control fiscal. En Puerto Rico, ya llevábamos cerca de una década enfrentando recortes al gasto público y un desbarajuste económico. Pero, con la creación y el nombramiento de la

junta por parte del gobierno estadounidense —del Congreso y del presidente—, se

oficializó la austeridad como política pública y estrategia económica para Puerto Rico.

Una política económica que suma decenas de fracasos internacionales, ya no en los

últimos seis años, sino en décadas de experimentos fallidos impuestos por el norte al sur global. La junta y sus siete integrantes no electos investidos con poderes dictatoriales

—refrendados de manera insistente por el Tribunal Supremo de Estados Unidos—

cristalizan desde entonces la naturaleza antidemocrática del régimen colonial en el que sobrevivimos.

 

Sé que lo que les cuento no es novedad, que bien lo sabemos como dato histórico y como realidad material de nuestros días. Pero considero oportuno remontarnos al inicio del periodo en el que se publicaron las 54 columnas que recopila ahora en forma de libro Editora Educación Emergente y que tengo el placer de comentar. Porque, entre 2016 y

2022, los seis años que cubre esta compilación, nuestro país cambió.

El contexto de la austeridad, inevitablemente, interviene nuestra mirada. Como lo hace, también, contarnos entre quienes sobrevivimos a un desastre natural mayúsculo y entre quienes resistimos —aquí o allá (donde quiera que sea “allá”)— a pesar de la incompetencia, la desidia o la corrupción de quienes deberían representarnos y protegernos. Estas perspectivas están presentes a lo largo de la antología, en relatos sobre gestiones cotidianas convertidas en infernales gracias a la burocracia y la ineficiencia gubernamental, y también en reflexiones intimistas que nos acercan a lo natural y nos obligan a interrogar nuestra relación con el entorno, como habitantes de un pedazo de tierra y mar que es, a la vez, vulnerable y poderoso.

Cuando, desde el índice, descubro que Ana Teresa, Beatriz, Claudia, Mari, Rima, Sofía Irene, Vanessa y Zahira nos proponen un viaje de “querencias, distancias, devastaciones, encuentros y fugas”, entiendo que, incluso sobre sus historias más personales, planea ese compendio de belleza y agravios que define nuestra realidad caribeña.

En El jardín original, el patio donde doña Luz cultivó a su antojo —y cito— “para ver crecer lo que esté dispuesto a nacer”, Vanessa Vilches Norat nos acoge en la nostalgia familiar por un pasado, literalmente, florido, mientras dibuja una sensación atávica y, a la vez, muy de nuestro tiempo: ese vértigo de presenciar cómo nuestros vecindarios cambian aun sin nuestro consentimiento. Justo lo opuesto que puede ocurrir en el espacio más íntimo, si así lo queremos.

Y así fue como sobrevivió el recuerdo de un fantasma llamado Deusdedit, dentro de una vetusta edición del Ariel pegada por los años al estante de una biblioteca personal. En su búsqueda de ese Diosdado mítico y desconocido, Sofía Irene Cardona nos demuestra que la investigación rigurosa y la ternura curiosa pueden convivir y elevarse hasta recuperar la memoria, la que recuerda a un personaje condenado en vida al olvido y la que nos devuelve a aquellos meses de encierro y distancias forzadas por la pandemia.

Porque, en “Será otra cosa”, tenemos la rara oportunidad de reencontrarnos con las inquietudes y las aficiones, con los temores y las esperanzas que nos acompañaron durante estos años críticos. La inmediatez o cercanía de los escritos a tantos eventos que nos han marcado nos permiten revivir, a través de la mirada de las autoras, detalles importantes que, con el tiempo —y, tal vez, por simple supervivencia— tendemos a olvidar. No es solo recordar cómo sentimos el distanciamiento físico que nos obligó a comunicarnos, casi exclusivamente, a través de las redes sociales. Es también volver a ese espacio de soledad, a veces asfixiante, otras tantas reparadora, que nos hizo mirar hacia adentro, hacia rincones olvidados de la casa y a los resquicios del alma.

Ana Teresa Pérez-Leroux, en Las pesadillas, dormidos o despiertos, nos dice, contundente: “La pandemia, que tantas disputas agrias y vociferantes ha despertado, en realidad nos ha unificado en el verdadero mal de nuestros tiempos: el miedo”. Esa reflexión, publicada originalmente en abril de 2022 y que se beneficia de la distancia temporal que la separa del inicio de nuestra peste, evoca al relato vivo y latente que Mari Mari Narváez publicó en agosto de 2020, casi dos años antes. En Isleña, playera y otros crímenes pandémicos, Narváez narra el presente, pero nutriéndose a su vez de un recuerdo lejano y también oportuno. Los helicópteros de la Marina estadounidense que, a principios de este siglo, pretendían intimidar a una desobediente bañista en Vieques, dos décadas después, se transfiguran en los de la Policía de Puerto Rico, surcando las costas del archipiélago en los días pandémicos, ávidos de bañistas que desobedezcan las reglas más absurdas, esas enraizadas en el poder que se busca, y a veces se consigue, a través del miedo.

Fotos Alina Luciano/CLARIDAD

En “Será otra cosa”, encontramos esos recordatorios necesarios sobre lo que sucedió hace solo un par de años, pero, también, guiños a realidades que están hoy entre las más urgentes. No es casualidad, por tanto, que en el mismo centro del libro nos topemos con una casa, que son muchas casas. Eso de que “no es casualidad”, lo digo yo, por supuesto, que no tuve nada que ver con la edición o el diseño del artefacto, pero se me antoja más que indicado que, al centro de todo, esté una reflexión sobre la vivienda, ese derecho humano tan denostado y precarizado en el Puerto Rico austero, el del sálvese quien pueda.

Sofía Irene Cardona nos dice en Acaso una casa: “Desde niña, he sentido cierta fascinación por las casas vacías. En Toa Alta, había una de esas, cerca de titi Margó[…] Adentro no había muebles, pero era emocionante registrar entre los pocos objetos que quedaban e imaginar el pasado de aquella casa, inventarse fantasmas y una historia. No sabíamos entonces que, con los años, las casas encantadas nos iban a sobrar”. Y añado yo: Hoy, al fenómeno de las casas vacías en un país al que le achican sus posibilidades, hemos tenido que sumarle el de las casas sin alma, esas que se mantienen en pie, con fachada impoluta y mobiliario genérico, indiferentes a los espectros que todavía rondan el vecindario.

El vacío, ese que se ha quedado con casas, edificios y cuadras enteras de San Juan, Mayagüez, Caguas, de casi todos los pueblos del país, ese que nos recuerda que vivimos en la devastación, se yergue ahora, no solo como abandono, sino como anticipo del desplazamiento. Ante esto, llegan Beatriz Llenín Figueroa y Vanessa Vilches Norat. La primera, “harta de las metáforas coloniales sobre barcos y naufragios e islas desiertas”, se pregunta, necesaria: “¿Cuáles son las metáforas para esta devastación nuestra”? Ante la evidente primacía del visitante en el ideario del poder y la acelerada conversión de nuestro país en un parque de recreo para turistas, la segunda, Vilches Norat, concluye que vivimos en una “isla vergel en pixeles de esos miles de gentes que no saben, o no quieren saber, que las caribeñas desearíamos también habitar un paraíso”.

Dorothy Bell Ferrer disfrutó la presentación del libro. Foto Alina Luciano/ CLARIDAD

Las ocho autoras, que se ofrecen en columnas de opinión, denuncia o reflexión, sin dejar de lado la crónica, la ficción y la poesía, se alejan y se acercan entre sí en un diálogo continuo sobre la vida aquí, sobre la sociedad dominicana, sobre el Caribe, sobre la vida en el extranjero, sobre islas de basura, sobre el irse y el volver. Hay historias familiares, y dolores inevitables, como suele ser el dolor.

Zahira Cruz Gómez, en Su rostro en el mío, navega la depresión y el duelo tras la muerte de su mamá, dos sentimientos tan presentes en este país en los últimos años. Es una tristeza apabullante, pero generosa también, porque nos concede a los lectores una sentencia que, aunque parezca contradictoria, podría llegar a ser un consuelo. Dice Cruz Gómez: “La alegría, como tantas otras cosas, no siempre es posible. No sucede lo mismo con el dolor; de ese nadie se escapa”.

Fue un dolor colectivo el que —muchos coinciden— movilizó a gran parte de este país justo a mitad del sexenio que comprende la antología “Será otra cosa”. El Verano del 19 dejó huella, pero, a veces, mirando el estado de las cosas, cuesta recordar el asombro y la esperanza en que tantos se zambulleron aquellos días de junio. Es esa distancia, tan cercana en la inmensidad del tiempo y tan lejana debido a la intensidad de nuestros días, la que merece la pena salvar con la lectura. No solo para revivir entusiasmos, sino, también, para recordar, que incluso entonces, temimos a la fugacidad del momento.

Para Mari Mari Narváez, el Verano del 19 llegó “como un día llega la lluvia después de una larga sequía”. Pero, ya, en agosto de ese año, solo días después de que las movilizaciones populares obligaran a la renuncia del entonces gobernador, Narváez se permitía esta honesta reflexión: “Una no sabe qué va a pasar, si ese amor de dos semanas que nos salvó a todos de aquel naufragio va a comprometerse a largo plazo o si acaso se irá evaporando nuevamente, como la lluvia antes de la tormenta”.

Fotos Alina Luciano/ CLARIDAD

Y aquí estamos, cuatro años después, que no son muchos pero sí suficientes para seguir sumando querencias y distancias, devastaciones y encuentros, fugas y —yo añado—esperanzas. Porque, por más que crezca la lista de dificultades, nos quedan espacios—por ejemplo, como este libro; por ejemplo, como esta tarde— donde encontrarnos y sostenernos. Porque, por más que nos empujen y nos jamaqueen, en este archipiélago, como dice Vanessa Vilches Norat, “debemos tener futuro aunque parezca una temeridad”.

 

Presentación del libro de los escritos  de Será Otra Cosa, mayo 18 2023.

El aroma de “La Anémona” memoriosa de Ana Marina

Especial para En Rojo

“La anémona”, el primer libro de la escritora puertorriqueña Ana Marina Rúa, cumple diez años de existencia y preserva el aroma fragante de la escritura nueva y vital que conceptualizó y plasmó la autora. La anémona presentada simbólicamente en la narrativa es la temida-por peligrosa y venenosa- especie animal que se mueve quizás apenas unos milímetros; vive adherida a rocas y corales; y ejerce su función depredadora succionando alimento con su boca tentacular. Este invertebrado, en aparente contradicción con su naturaleza, expele aromas agradables; perfume de grato olor. Por el contrario, la que podríamos llamar la verdadera anémona, la floral- pues a la animal le ha sido adjudicado su nombre por su semejanza cromática con la flor- es casi carente de fragancia excepto por el olor a madera de las hojas de algunas de sus especies. Emerge, sin embargo, como portadora de símbolos mitológicos, así como de significados como “me gustaría estar contigo”. Representa el amor intenso, pero frágil y amenazado que, aunque constituye pieza central del desarrollo de la novela; de la perfilación de sus personajes; y de los sentimientos más caros al alma de la autora, ésta no los expone valiéndose de la flor como símbolo de las asociaciones emocionales que ofrece.

Allá en los albores de la década ya transcurrida desde su publicación, se anunciaba como inevitable la cita de Ana Marina con la trascendencia literaria que le auguraba “La anémona”, como evidencian los laureles otorgádoles por el PEN Club de Puerto Rico y el Instituto de Literatura Puertorriqueña. Sin duda, sólo Ana Marina podía alumbrar “La anémona”, pues la gran narrativa que despliega a mares en su relato, parte de una misteriosa investidura recibida por la autora, la cual desarrolla un relato multiforme en varias líneas temporales que, sin embargo, no pierde su lógica interna y consistencia narrativa.

En “La anémona”, la autora no admitió encasillamientos limitantes ni sometió la trama a una trayectoria lineal definida a priori. Antes bien, la coherencia de la diversidad temporal y narrativa de Ana parecía sellada por el palíndromo brujular de su nombre de tres letras, que le impartió a la fascinante aventura literaria un feliz retorno a una tesis novelar clara; no sujeta a la improvisación. Rúa emprendió, pues, brújula en mano, un alucinante viaje en el carruaje de su fecunda imaginación por un camino que dejó impresos los surcos (“rugos”) de su pluma; y en el cual divisó un caleidoscópico paisaje de praderas de anémonas que dieron vuelo a sus pensamientos y al cual no pudo más que acercarse para tomar para ella, como compañeras de viaje, algunas de estas variopintas “hijas del viento”.

 

 

 

 

La autora, sin embargo, fiel a su naturaleza dual de, por un lado, ser viajera de caminos de tierra y rúas, y, por otro lado, consciente de su naturaleza marina, bajó del carruaje que llevaba el imprimátur de los caminos terrenales recorridos, y se sumergió en las profundidades de un mar de imágenes oníricas; del encantador y sobrecogedor lamento en eco de sirenas de meliflua tesitura y nostalgias perpetuadas en el tiempo; y en el cual nadó por “caminos de alga y de coral” hasta hallar allí, adherida a uno de los corales alumbrados por un “fosforescente caballo marino”, esa otra anémona que le faltaba: la “hija del mar”. Distinto a la experiencia storniana, sin embargo, la autora encontró el camino de regreso, con la anémona marina como espina dorsal de su narrativa, y la anémona floral, invisibilizada como símbolo directo pero operando “entre bambalinas”, pues a fin de cuentas la autora impregna la trama de la plenitud de significados que encierra la flor.

Ana Marina y “La anémona”, imbricadas desde entonces en una sola, llevan la marca del lirismo palpitante de una melodiosa y rítmica aliteración que, cual rica sinfonía, se abre a sonoridades profundas de la conciencia, desde la ligereza mozartiana hasta la sobria densidad de Mahler y Bruckner, expandiéndose en una novela de viento, mar y tierra que, pese a sus vuelos, zambullidas y pisadas fuertes o cansadas, encuentra su seguro camino de regreso a la mente del lector que le dispense su atención.

Si bien pretendo en el presente ensayo ofrecer al lector un destilado de los grandes temas que, desde mi perspectiva muy personal, advertí en “La anémona”, lo cual originalmente concebía como un ejercicio en solitario- algo que la autora misma aprecia en las rigurosas disciplinas de leer y escribir- consideré injusto no invitarla a la celebración de los diez años de su primogénita literaria, lo que le corresponde por derecho propio, y que a fin de cuentas me hubiera privado de dialogar un poco sobre su experiencia desde el alumbramiento de ésta.

–Ana Marina, ¿cómo me podrías describir estos diez años desde el nacimiento de “La anémona”? ¿Cómo sientes ese proceso de nacimiento y crecimiento?

-Bueno, luego de publicada la novela, varios eventos en mi vida me llevaron a un alejamiento o silencio. Por años fue como si ciertas cosas se helaran, entre ellas todo lo relacionado con la escritura de “La anémona”. Aunque seguí escribiendo, no fue hasta hace unos dos años que comencé a publicar de nuevo algunos relatos en revistas y, en 2022 salió “Neural” (La Secta de los Perros), una serie de cuentos experimentales. Sus personajes se expanden en el espacio de la percepción y los límites de los cinco sentidos en el marco de un plan inquietante que se va revelando poco a poco. Con este deshiele o “regreso”, el interés en “La anémona” parece haber vuelto, en gran parte gracias a su difusión en plataformas como The Book Geek. Además, me emociona decirte que ya su traducción al inglés se encuentra en proceso, y pronto será sometida a casas editoriales. Es curioso, pero al vivir fuera de Puerto Rico, ocupo un espacio bastante peculiar, y no te hablo sólo del espacio físico. Y el tiempo de los libros rara vez transcurre linealmente. En el caso de “La anémona”, puedo sentir y palpar un destiempo en el que ésta se ha visto suspendida para luego tener, no un renacer, sino un segundo nacimiento, paralelo al primero.

La autora, en una novela breve, eficiente y cargada de pensamiento y emociones densas, presenta a un narrador sin nombre, el cual aborda la tarea de revelar su relación a través del tiempo con una mujer (Luz) que recién ha muerto (en 1999, que es el último año de la narrativa y desde el cual se mira en retrospección), lo cual deja en él vacío y desolación. Siendo un niño que se sentía desarraigado de su hogar familiar, el narrador había volcado irremediablemente su atención y afectos hacia la luminosa presencia de una niña de su edad (ambos nacieron en 1964), convirtiendo la vida de ella y la del entorno familiar de ésta en suyas propias. En su búsqueda obsesiva de cada pieza que propendiera de algún modo a conferir significado a su existencia, el narrador hurga en la historia familiar de su amada desde inicios de los 1700 hasta el año 1999. Teje una trama que se lanza en el tiempo sin apegos lineales, conectando puntos remotos y recientes que, de algún modo, se le presentan significativos y vigentes.

–Ana Marina, el protagonista sin nombre fue revelado por ti en 2013 y, aún teniendo control sobre el personaje como autora, limitaste su despliegue vital y sus reminiscencias y búsquedas, imponiéndole 1999 como fecha de corte, cuando murió Luz. ¿Por qué tu designio literario fue que la trama no llegara tan siquiera al año 2000? ¡Faltaba tan poco! ¿No tiene nada que ver con el temor del narrador al mundo desconocido que cambia de los mil a los dos mil?

-No había pensado, o nunca se me había ocurrido, la idea de 1999 en oposición al 2000, como hito temporal o de significado (sea político o cultural, o de otro tipo) más allá de lo que representó para el narrador. En 1999 surgió la idea de “La anémona”, y ese fue el año de un cese para el narrador. No existía la posibilidad de otro año para él.

–A menos que nos reveles que el narrador de “La anémona” falleció en algún punto entre 1999 y hoy, está casi por cumplir sesenta años de edad. Tú que lo conoces, ¿nos podrías decir qué ha cambiado en él y en la calidad de sus reflexiones en la novela? ¿Hay alguna nueva reminiscencia que haya compartido contigo desde ese momento en que tenía 35 años de edad hasta el día de hoy?

–Otra cosa que nunca había pensado (hasta ahora, que lo preguntas) es en el “después” del narrador. Creo que es porque no lo tiene, y esto no porque haya muerto, sino porque, si pienso en él, veo que no cambia, no envejece, no se redime, no medra. Es él, siempre, a sus 35 años, regodeándose en una de sus miserias chiquitas y sabrosas. Supongo que nunca se ha ido: es parte de mí y es ajeno, pero no se va; es huésped; rehén y anfitrión.

“La anémona” habita en un mar de temas de profundo calado, que promueven la más seria y honda reflexión. Como cada lector responde al universo de sus vivencias y percepciones, perfilo a continuación los que estimo como temas principales de la novela.

La lectura como actividad placentera que entraña la posibilidad de tortura si no desemboca en la escritura

El narrador no puede ocultar su gratitud hacia la lectura que le permitía escapar del “agobio diario” (página 12), mas vive en estado de zozobra al reconocer su impotencia de llegar a la creación literaria. Así, expresa: “¿Para qué ocultarlo? Yo soy leer y poco más, y la página es la circunstancia y testigo de mi esterilidad, pues nada he creado” (Ibid.). Frustrado por perspectivas de proyectos inacabados y de su inmovilismo existencial, lamenta que “[n]o había manera de evitar los próximos quince, veinte o sesenta años que, sin duda, me deparaban un futuro de actos repetidos y proyectos a medio acabar. Sin la posibilidad de inventar nada, tendría que hallar consuelo en las creaciones de otros” (página 19). Y es que, para el narrador, la imposibilidad de reciprocarle sus afectos a la lectura a través de lo que entendía debía ser la culminación de ésta (escribir él mismo), lo lleva a sumirse en el desasosiego; en su reconocimiento de la extinción del ser y su irremediable destino de ser olvidado por falta de trascendencia. Así, expresa: “Temo que quizás estemos hechos para desaparecer si no damos el grado intelectual, o si no producimos hijos, u obras literarias, o edificios. Si no nos ponemos listos y contribuimos algo tangible, o por lo menos empezamos el proceso, nos pasan cosas malas, nos alcanza la macacoa, caducamos”. (página 53)

Este estado mental de profunda depresión por la falta de producción literaria creativa no fue inmediato en el narrador, pues llegó a pensar genuinamente que con leer cumplía su parte en el ejercicio de perpetuar las mentes. De este modo, enuncia que pensó en un momento que “vivía porque leía” y que su sentido de persistencia existencial se definía en “…recoger el pensamiento de otro que desea vivir en nosotros, en el libro leído…”. Más adelante, sin embargo, siendo ya profesor pero sin haber efectuado publicación alguna, siente que “…seguía siendo la misma boca que como lector, monstruosa y eficaz: absorbía, chupaba, tragaba. Sólo que ahora escupía algunas de las ideas que se me revolvían por dentro, para que otros las rumiaran. Pero de crear, nada” (página 36). Sin articular directamente aún su paralelismo con la existencia de una anémona marina, las palabras del narrador acusan lo que considera es el estado parasitario de su vida profesional.

Más adelante en el relato, cuando sus reflexiones amplían su campo más allá del reconocimiento de sus insuficiencias literarias y se abandona a las brazos de la melancolía, se encuentra de cara con un estado existencial sin una razón ni propósito. Plantea entonces de manera directa la concepción que de sí mismo tiene, concluyendo que “[n]o debo seguir chupando, como anémona que se aferra a un coral, de vidas que no son y que nunca fueron mías”. (página 50)

Esa tristeza producto de su ejercicio introspectivo que le llevó a encarar la realidad de que vivía de manera vicaria, deja el saldo de una personalidad a medias, que nunca cuajó, y que le presenta un profundo problema identitario, el cual recurrentemente le imposibilita cristalizar un escrito que justificara esa incesante lectura que pasó de desahogo a carga al no hallar su expresión final en la escritura.

-¿Sientes, Ana Marina, que existen personas que, por imperativos del alma o del intelecto, no podrían degustar la buena lectura si no acometen la tarea de escribir? ¿Te sentiste así en algún momento?

-Me imagino que sí existe gente así, al igual que el narrador, pero yo nunca lo he experimentado. No veo la escritura como el próximo paso natural o consecuente después de la lectura, ni como requisito para una vida de provecho o valor. Aunque sí creo que para escribir, hay que leer. Se tiene que haber leído. Pero no veo ninguna conexión (ni práctica ni mística) entre la lectura y la eventual escritura/publicación. Es más, puedo decirte que cuando solicité a la universidad, en el ensayo de la solicitud el estudiante debía abordar lo que consideraba como una de sus destrezas o cosas que podría contribuir. Escribí que lo único que sabía hacer era leer, y lo hice con sinceridad (y con un poco de aprehensión, pues no sabía cuál sería la reacción). Sigo sospechando eso: que aunque me gane la vida como maestra de español y pueda “defenderme” en otros campos, al fin y al cabo lo único que hago bien es leer.

-Estoy de acuerdo contigo en que escribir no es indefectiblemente el próximo paso que da el buen lector. En lo que no estoy de acuerdo contigo es en que lo “único” que haces bien es leer, pues tienes una pluma finísima.

-(Ana Marina sonríe)

Crisis de identidad y del ser

El protagonista se ve a sí mismo con una conciencia que “sólo se formó a medias. Por eso de niño pasaba horas mirándome al espejo, estudiando cómo se dibujaba lo interno en mi rostro, buscando terminar ese proceso de independencia truncado” (página 17). Ese proceso de independencia truncado lo llevó a definirse en los términos de otros, principalmente de Luz, en la cual, aún en medio de su relación tantas veces conflictiva con ella, admiraba su autenticidad, pues “… con ella recordaba cosas deliciosas, y veía nuestras palabras en columpios de aire, que giraban de gusto al ser pronunciadas”. (página 15). Este pensamiento del narrador, expuesto con honda melancolía luego de la partida de Luz, refleja el amor intenso, frágil y amenazado asociado con esa anémona floral que permea el relato, mas cede su protagonismo simbólico a la expresión parasitaria que se había entronizado en la siquis del narrador.

Adopta el protagonista como concepción propia de su ser la actitud de que no servía para otra cosa que no fuera ser facilitador y receptor de las catarsis de otros, por lo que, como base de su muy particular autoestima, articula que “…yo me sentí necesario desde muy joven, como un vertedero de emociones y reacciones” (página 24). Su inmovilismo se recrudece cuando se vuelca en las cosas dejadas por su amada al momento de su deceso, expresando que “…me doy cuenta de que no he crecido- de que por más que sienta las cosas, nunca aprendí a conectarme con los demás, de que soy un niño y todo me queda grande…”. (página 49)

Esa tendencia de definirse en términos de otros y dar por descontado la superioridad de éstos, encuentra hasta cierto punto su reflejo en la figura de Justine, tía de Luz, quien justificaba su existencia como defensora de la memoria de la familia; custodia de sus anales, pues “…se creía responsable de mantener la memoria y el futuro de su familia”, guardando las trenzas de sus hijas y sobrina, y el cuero cabelludo del abuelo, como “…un acto amoroso y contemplativo, un acto de respeto hacia el recuerdo de sus parientes, una muestra de devoción y lealtad”. (página 47)

Esa cualidad de espectadores de los hitos en las existencias de otros, tan presentes en el narrador y en Justine, anuncian hondas crisis de identidad en ambos, quienes manifiestan la necesidad de sentirse parte de algo más grande y trascendente para dar definición y valor a sus vidas, pues no hallan la ruta dentro de los senderos propios de sus seres.

La película que de su vida iba grabando el narrador tomaba muchas escenas prestadas de películas en que otros eran protagonistas, mas, aunque su estado mental hasta 1999 se encontraba en ese lamentable punto, advertimos atisbos propios de su personalidad e identidad en el devenir del tiempo.

Reflexiones sobre el tiempo

En la concepción del tiempo del narrador, éste describe un “calendario mental” en que “…lo visual y lo temporal se mezclan hasta confundirse en una sola sensación-imagen”, añadiendo que “…ya se portaba como un sitio web, con sus conexiones y tangentes y páginas dentro de páginas, eventos concretos unidos a sentimientos, deseos, sensaciones físicas, olores, música, cultura, formas de vestir, sabores, superficies concretas y táctiles, el roce del viento; todos mis recuerdos están incrustados en esta cinta o culebra de tiempo; me basta con pulsar en uno de sus puntos para abrir y desencadenar toda una serie de eventos y reacciones y repercusiones”. (página 67)

 

–Ana Marina, ¿cuán desarrollado encontramos al narrador en su concepción identitaria al final de “La anémona”; cuánto de ese calendario mental y de su sensación-imagen se nutría de su propio ser y sus anhelos, y no de los de otros?

-Ese calendario mental es de las pocas cosas verdaderamente intrínsecas del narrador. Viene de él y de nadie más; es de él, de él se nutre y a él lo sostiene. Ahí lo autobiográfico se cuela descaradamente, pues ese calendario es la manifestación de mi sinestesia espacio-temporal, que en esa parte del libro traté de describir como la vivo yo desde que tengo conciencia.

Reflexiones sobre el lenguaje

La autora expresa su profunda admiración por la poesía y el lenguaje, en disertaciones conmovedoras y sentidas. Al hablar del verso, expone: “Creo que el inicio, la aceleración y el desenlace de un buen verso atacan directamente al organismo del lector: se reproducen en el pecho como un virus, manipulando el ritmo y la velocidad de los latidos del corazón. Un buen verso, bueno y bello de verdad, de esos que pueden sobrevivir solos, sin alimento ni contexto ni explicación, o una palabra bien escogida, fija en su puesto, tornada de perfil o en un ángulo nunca antes visto, iluminada, lánguida, arrogante, sonriente en el instante antes del zarpazo: esto es cosa seria para un lector como yo, y su búsqueda, adictiva”. (página 80)

Su apreciación sensorial del ejercicio y la articulación del lenguaje resulta muy sensual. Al describir la sensación física al pronunciar la oración “Y a comerse un cangrejo”, la autora invita al lector a dejarse seducir por la experiencia del lenguaje, cuando enuncia:

“Sienta las palabras regodeándose en la boca por unos segundos de placer para que, de inmediato, suban por la garganta, corten por el oído interno y terminen chocando contra la coronilla de la cabeza, rebotando, haciendo eco. Entonces comienza el torbellino de sensaciones: las palabras calientan, o refrescan, ponen los pelos de punta, aguan los ojos con su ardor, pican, acarician, atacan sin tregua hasta el orgasmo ocasional y en esta montaña rusa acaban extenuando a su víctima. Si tiene suerte, lo siente todo, como yo. Y si se identifica con esta sinestesia de verbo y luz, entenderá que la música y los olores provocan resultados similares. Nunca llegan al extremo de la palabra, claro, pero se acercan”. (páginas 81-82)

Antes de leer el anterior pasaje de la autora, ya el que escribe las presentes reflexiones había incursionado en su particular ejercicio lúdico, al leer en voz alta el título que escogió para estas reflexiones: “El aroma de ‘La anémona’ memoriosa de Ana Marina”. La reacción que experimenté fue la de un trabalenguas en que se libra una lucha sin cuartel de vocales y consonantes por lograr hegemonía. Siento que pese a su relativa paridad de fuerzas- ello a juzgar por el número de unas y otras-, imponen su presencia las consonantes “m” y “n”. Crean éstas la sensación de que aprisionan dulcemente la lengua, y mitigan la plenitud vocal, constituyendo ejemplo de ello que el nombre de “Ana Marina”, por ser percibido como una unidad en que se anticipa que inmediatamente a “Ana” sigue “Marina”, la inconsciente rapidez en la pronunciación sacrifica la natural redondez y calidad sonora de las “a” de “Ana”. Se manifiestan éstas, pues, en tímida y discreta sonoridad, dejando en su saldo final la permanencia en la boca y en la memoria del imperio de las consonantes.

El carácter crucial de la palabra y el lenguaje humano en las emociones y en los términos en que define su vida, llevan al narrador a expresar su angustia al “…pensar en todas las posibles sensaciones que pudieron haberla atacado [a Luz] al final, en lo que imagino será la confusión de palabra e imagen al momento de la muerte”. (página 82)

El poder del lenguaje, expresa el narrador, incide incluso en la instauración de valores que atañen a la moral y la ética. A modo ilustrativo, aboga por instaurar la vergüenza como una virtud, destacando que en el propio vernáculo castellano, distinto al inglés, el término “vergüenza” no admite gradaciones ni mitigación, pues vergüenza es vergüenza sin que discurra por un espectro que abarque desde lo banal (“embarrassment”) hasta lo serio (“shame”). La contundencia de erigir la vergüenza como virtud se advierte en la brillante descripción física que ofrece la autora sobre ese estado emocional: “Hablo de la sensación de calor que sube por el cuello y enciende la frente, que provoca un arrepentimiento inmediato como resultado de una acción o la falta de ella”. (página 83)

Se lamenta de lo trivial y vulgar en la contemporaneidad, en “el achatamiento de la división entre cultura y chabacanería”, con el agravante de que “somos presa de nuestro tiempo y no tenemos el lujo de un buen lente histórico, ¿verdad?”. (página 86)

-Aparte de lo obvio, de que hace falta lenguaje como materia prima para construir una novela, ¿cómo conceptualizas el papel del lenguaje en la narrativa de “La anémona”?

-El lenguaje es casi otro personaje en “La anémona”. Sin él, el narrador no existe. Si fuera a pensar en el narrador como un puñado de células de deseo mezquino, que está suficientemente consciente de su condición como para entablar un juego con ella -un juego en que puede deplorarla y a la vez hallar placer en la imposibilidad de evadirla- diría que el lenguaje es su ficha de juego. En su obcecada visión del lenguaje el narrador vive su condición de parásito, pero también de custodio, de amante, y sabe que sólo en la letra halla un descanso o alivio, por corto que sea, del peso de vivir. En esa posibilidad que cae en una arrogancia casi obscena, es que el narrador atisba algo parecido a la felicidad.

Reflexiones sobre el amor frustrado

El narrador que, impelido por desarraigo y su crisis de identidad canaliza sus energías amatorias en Luz, se encuentra en el marasmo existencial provocado por no poder darse en la plenitud de la autenticidad de su ser, agudizándose su dolor al no encontrar el amor propio en quien sencillamente sólo se dejaba consumir, sin una idea de su valor intrínseco como ser digno de recibir amor. En esas circunstancias, nace la peor de las soledades, esa que se gesta en medio de un pretexto de compañía.

“A veces me sentía solo. ¿De qué vale una amante que no adora su propio cuerpo, que no participa en el placer que ella misma pueda crear? Yo estaba allí de visita, y aprovechaba cada momento, y recuerdo claramente cada sensación; los cambios leves, casi imperceptibles, de temperatura y textura, la carga eléctrica, la vibración en el oído, el correr de la sangre, mi cuerpo entero entumecido, casi muerto de agradecimiento. Pero ella no derivaba ningún placer de sí misma y parecía estar allí sólo para mí, para que yo la consumiera. Le digo que verdaderamente me sentía solo”. (páginas 98-99)

Una vez más, el rico símbolo inarticulado de la anémona floral que grita estentóreamente “me gustaría estar contigo”- en medio de su amor intenso, pero frágil y amenazado- se encuentra socavado por la cruda realidad de condiciones físicas y emocionales de índole parasitario.

“La anémona”, si bien novela, es un sobrecogedor e inteligente tratado literario de vida, amor, y del poder del lenguaje como catalizador de emociones humanas al traerlas a la conciencia. Presenta el lenguaje, además, como vehículo humano para formar y articular recuerdos anclados en la memoria; y de instrumento quirúrgico para extirpar anémonas que succionan el ser y lo sumen en una crisis de identidad y sentido de minusvalía. Hay novelas que merecen ser celebradas por honestas y por estar imbuidas de unas verdades intemporales que rebasan la “forma”, en las cuales el “fondo” enriquece la “forma” misma. Representa “La anémona”, cumplidos diez años de éxito, uno de esos casos que propicia que, al igual que el narrador, pensemos inicialmente que la “forma” supera el “fondo”, para indefectiblemente llegar a la conclusión de que tal dictamen dista de ser irrefutable, pues “no hay forma” en que nuestro sentido de justicia quede satisfecho si se asignara al “fondo” en “La anémona” el asiento trasero en su viaje por caminos y rúas.