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Invitación al estudio del exilio español en las Antillas

 

 

 

Especial para En Rojo

 

 

No cabe duda que la Guerra Civil Española (1936-1939) fue un hecho de inmensa importancia en múltiples países.  Muchos la ven como el preámbulo o el ensayo preliminar de la Segunda Guerra Mundial.  Hasta el Caribe hispano sintió sus repercusiones de manera clara e inmediata, sobre todo por la emigración de españoles defensores de la República que fueron derrotados por las fuerzas fascistas y tuvieron que exiliarse.  Posiblemente todos los países de Hispanoamérica sintieron el impacto de ese exilio.  Pero México y Argentina fueron los que más fuertemente fueron impactados por la llegada de españoles, especialmente de intelectuales que transformaron el ámbito cultural de esos países.  En ambos países los exiliados españoles – que sentían una gran simpatía y afinidad por esos nuevos mundos y, por ello, hablaban de transtierro y no de destierro – transformaron sus sendas industrias editoriales.  El Caribe hispano también fue afectado por la presencia de esos exiliados, aunque no tan profundamente como esos dos países ya mencionados.

El tema de la fuerza transformadora de ese exilio ha interesado a esos mismos exiliados, a sus descendientes y también a historiadores que reconocen que el impacto de esa emigración afectó a muchos. Ahora la historiadora española Lara Caride se suma a la larga lista de estudiosos que intentan explorar el tema.  Lo hace con un pequeño libro titulado El exilio español en Puerto Rico y República Dominicana (San Juan, Ediciones del Flamboyán, 2022).  Este es un breve texto de 77 páginas en las cuales revisa críticamente la bibliografía sobre el mismo, lo que es ya una contribución.  No sé si Caride prepara un libro más amplio sobre el tema o si estas son páginas de una tesis doctoral, pero estas 77 tienen como propósito único el que usualmente se asigna a las primeras de ese tipo de obras: revisar antes de entrar en la tesis o el libro la bibliografía existente sobre el tema, lo que usualmente se llama revisión de la literatura.  No cabe duda de que tal propósito es válido y necesario, pero el lector – al menos el que escribe esta página – se queda con el deseo de saber más, de ir más allá de ese primer paso de esa revisión bibliográfica.  Además las 77 páginas que componen El exilio español en Puerto Rico y República Dominicana traen consigo algunos otros problemas.

En primer lugar hay que preguntarse por qué Caride se enfoca en la República Dominicana y  Puerto Rico.  Por supuesto que tiene todo el derecho de limitar su tema de la manera que quiera y le convenga.  Pero no dejamos de preguntarnos por qué no se incluye también Cuba, donde se sintió también los efectos de ese exilio español.  Esa ausencia queda sin explicar.  Algunas de las fuentes historiográficas que Caride examina, particularmente los estudios de la historiadora española Consuelo Naranjo, incluyen a Cuba en su enfoque.  Caride tiene todo el derecho de limitar su tema a dos de las Antillas, pero debió hacer claro por qué limita su estudios sólo a Puerto Rico y la República Dominicana.

Muy recientemente un joven historiador cubanoamericano, Daniel Fernández, ha estudiado el impacto de la emigración española a Cuba.  No menciono este trabajo porque crea que Caride lo debía haber conocido – el mismo es muy reciente – sino para apuntar que el estudio del tema del exilio español en Cuba a raíz de la Guerra Civil sería iluminador.  Por ejemplo, Fernández descubre como hubo españoles exiliados en Cuba que contribuyeron a desarrollar estrategias para la lucha contra Batista, entre otros muchos campos de acción.  También apunta como hubo exiliados españoles que originalmente fueron a la Unión Soviética y que más tarde, tras la victoria de la Revolución Cubana, emigraron a esa isla.  Por ello, entre otras razones, terminé de leer el breve libro Caride con esa duda: ¿por qué limitar el tema a dos Antillas? ¿Por qué excluir a Cuba?

Según leía El exilio español en Puerto Rico y República Dominicana y recordaba que el propósito del libro es examinar la bibliografía existente esperaba que su autora comentara ciertos libros sobre el tema.  Por ejemplo, Caride asevera que “al margen del estudio de Allan Chase, Falange. The Axis secret army in the Americas, de 1943, que dedica el capítulo 7 a Puerto Rico, no he encontrado mayores muestra de estudio sobre el apoyo franquista en la isla” (42).  De inmediato recordé el excelente libro de Rafael Ángel Simón Arce, “Volarán banderas victoriosas…”: Historia de la Falange en Puerto Rico (1937-1941) (San Juan, Ediciones Gaviota, 2019).  Esta aseveración de Caride me hizo examinar de inmediato la bibliografía de su libro donde hallé que las más recientes fuentes que incorpora son del 2017.  Ello me lleva a pensar que terminó su libro digamos en 2018 y por ello no pudo conocer el libro de Simón Arce.  No es su culpa, pues, esta ausencia de tan importante fuente.  Pero la misma habla muy claramente sobre el problema que padecemos los que queremos publicar en Puerto Rico: la tardanza en la aparición de nuestros trabajos.  Si Caride terminó su libro en 2018, como parece indicar por sus fuentes bibliográficas, le tomó cuatro años verlo publicado.  Por ello su aseveración sobre la ausencia de estudios sobre la Falange en Puerto Rico resulta errada y no es culpa suya.  El hecho es otro reflejo más de las dificultades de publicar en Puerto Rico.

El objetivo principal de este librito es el examen crítico de la bibliografía del tema.  Eso Caride lo hace con rigor, pero a veces sin tomar en consideración todos los factores que pudieron llevar a otros estudiosos a las conclusiones a las que llegan y hasta con prejuicios profesionales.  Por ejemplo, descarta el trabajo del intelectual dominicano Bernardo Vega quien “no es ni académico ni historiador de formación” (49); a la vez toma menos críticamente las conclusiones de otros estudiosos.  Pero en general Caride halla que su campo de estudio está sin explorar plenamente.  Por ello abundan frases que se convierten en constantes en estas 77 páginas, frases tan frecuentes que terminan siendo incómodas.  Se repiten algunas como “queda mucho trabajo por hacer” (38), “da muestra de lo mucho que queda por investigar” (46), “no hallar gruesos estudios sobre este tema” (47), “todavía no hay estudios” (52), “muestra de lo poco que se ha incursionado en el tema”(61). Caride tiene razón al así apuntarlo, pero repite su queja con demasiada frecuencia.  Pero está consciente que la finalidad de su trabajo es alentar a otros a continuar la investigación y esta es una noble actitud.  Por ello las últimas palabras de su libro son una invitación a otros investigadores:

Que sea esta, entonces, una de las entradas posibles para despertar el interés en el tema y avivar a otros estudiantes, profesores e investigadores a continuar la ruta historiográfica que sucintamente hemos presentado hasta aquí.  (72)

 

Este llamado a continuar el trabajo de exploración de este interesante e importante tema es generoso y hasta altruista.  Con una revisión de este trabajo, una revisión que ponga al día la bibliografía – recordemos que el propósito principal de este breve texto es un examen de lo que se ha escrito sobre el tema – estas 77 páginas se podrían convertir en el primer capítulo de un libro que explore el impacto del exilio español en la República Dominicana y el Puerto Rico.  ¿Y por qué no Cuba también?  ¿Será ese el plan de la autora?  Espero que alguien – inclusive ella misma – acepte su invitación y continúe esta importante y necesaria investigación.

Entrevista a Félix Córdova [Segunda parte]

Por Tania Anaid Ramos González, AZULA

Como parte de una extensa entrevista al escritor puertorriqueño Félix Córdova Iturregui, dividida en tres, comparto con los lectores del Semanario Claridad y de En Rojo la segunda parte. El eje principal de estas preguntas gira en torno a su ensayística, su narración, la perspectiva que él tiene sobre la literatura puertorriqueña, el lector y los premios literarios.

[En tus textos, hay un filo ideológico-político en donde se cuestiona la sociedad puertorriqueña y también se quiere documentar una parte de la historia Después de la generación del 30 cuya reflexión se centró en examinar la identidad nacional y nuestra historia ¿Hacia dónde va la construcción de tu discurso ensayístico? 

Mi discurso ensayístico responde a diferentes niveles e intenciones. Me interesa distinguir, por lo menos, dos niveles: uno muy cercano a la acción social, que interesa incidir en las posibilidades de resistir el embate neoliberal, desarticularlo, derrotarlo eventualmente y buscar alternativas colectivas, al cual pertenecen los ensayos publicados en el periódico Claridad; y otro nivel menos vinculado a acciones concretas, con un aliento investigativo más minucioso, como el libro La eliminación de la Sección 936: la historia que se intenta suprimir (2020), o El proyecto de explotación minera en Puerto Rico (1962-1968). Nacimiento de la conciencia ambiental puertorriqueña (2014), escrito con los científicos Jorge Colón Rivera y José Córdova Iturregui. Estos libros tienen otra función, más vinculada con el objetivo de poner ante los ojos de los lectores una investigación minuciosa de procesos históricos con múltiples conocimientos y aprendizajes posibles.

Ambos niveles responden a un mismo aliento: ampliar el conocimiento de los procesos sociales y fortalecer la conciencia de la importancia de los procesos democráticos en la discusión y actuación social. Debo reconocer que en ambos niveles también hay atendido un interés muy específico: cuidar la expresión literaria. Aunque se trate de una investigación histórica o con implicaciones económicas, el objetivo es que el elemento artístico de la expresión no quede sacrificado o menoscabado. Concluyo con mi aspiración principal: ampliar lo más posible la democratización de la vida en la sociedad puertorriqueña.

Hay un juego con la construcción y la deconstrucción de lo narrado en tus novelas.

Hay una combinación de conceptos muy significativa en tu pregunta: construcción y deconstrucción. Antes de abordar la forma en que esos dos conceptos se articulan en el interior de nuestra historia y nuestra cultura, me parece necesario hacer un comentario, a grandes rasgos, sobre la importancia de la autorreflexión en la creación artística. Con la modernidad esta tendencia se acentuó. Ya no fue posible, por ejemplo, ser poeta sin reflexionar sobre la poesía, sobre lo que el poeta estaba haciendo en el proceso de hacerlo. El lenguaje tomó una curva reflexiva hacia sí mismo de una forma más intensa a partir de la revolución industrial y su propagación. Después de Baudelaire y Mallarmé, por ejemplo, el poeta ya no puede escribir sin pensar o cuestionar los fundamentos de lo que hace. A mi juicio, la literatura en general, sobre todo la poesía, entraba en el terreno mercantilizado abierto por la revolución industrial, provocándola con las nuevas y complejas realidades puestas en movimiento, pero amenazando al mismo tiempo con devaluarla en la medida en que la transformaba en una vulgar mercancía. Esta combinación de estímulo y amenaza ha pasado por diferentes etapas en la historia de la sociedad capitalista hasta nuestros días. Los escritores y las escritoras más conscientes se han visto involucrado(a)s en esa dinámica metaliteraria que se manifiesta en la dialéctica construcción-deconstrucción.

En mi caso, tuvo mucha importancia el prefacio escrito por William Wordsworth a Lyrical Balladas publicado inicialmente en 1800. Cuando Wordsworth se pregunta qué es un poeta y a quién se dirige, hace observaciones importantes, pero quiero destacar una, su disposición a ser afectado, más que otros hombres, por cosas ausentes como si estuvieran presentes (“a disposition to be affected more than other men by absent things as if they were present”). En una sociedad dominada por el capital, inmersa en continuos cambios, la dinámica presencia-ausencia continuamente está siendo dislocada y obligada a reformularse. Las formas adquieren una vida de cambio incesante. Ahora bien, lo que ha sucedido en Puerto Rico puede considerarse como algo excepcional en muchos aspectos. Los cambios se han dado con una celeridad realmente asombrosa. Ten presente lo siguiente: en la década del 20, del siglo XX, había miles de mujeres, niñas, niños, y hasta hombres, con una aguja en la mano, como fuerza de trabajo de una extensa industria repartida por pueblos y campos. Pues bien, en la década del 50, de ese mismo siglo XX, se estableció en el sur de Puerto Rico la CORCO, una industria petróleo-química de muy avanzada tecnología que sirvió de base al extenso proyecto ya mencionado, considerado la criatura dorada del proceso de industrialización que se desarrolló con una velocidad imponente. La transformación modernizadora ocurrida era suficiente para dejar a cualquiera con la boca abierta. En veinticinco años Puerto Rico vivió experiencias que tomaron siglos en otros países desarrollados. Pero esa veloz transformación vino acompañada de algo que pudo ser inesperado, pero ciertamente fue inevitable: el derrumbe de la actividad agrícola en la isla. Yo nací en un país de economía agrícola y al finalizar mi adolescencia lo vi desaparecer. Fue como si me arrancaran las imágenes de los ojos, como si me agredieran los recuerdos.

El proceso que te describo, a grandes rasgos, no es algo históricamente “normal”. No me refiero solamente a un cambio dramático en la vida social. Me refiero a la desaparición de toda una actividad, la principal hasta entonces para la vida social, un eslabón principal de la división social del trabajo. El proceso dejó un hueco en la imaginación debido a la desaparición de un espacio fundamental, necesario para la vida social. ¿Cómo uno desarrolla la disposición a trabajar con la ausencia, destacada por Wordsworth, en el contexto que te estoy describiendo? Yo no perdí las imágenes de la vida rural porque esa vida se transformó, sino que perdí esas imágenes porque la agricultura prácticamente desapareció. Hoy los jóvenes intentan reconstruir ese espacio de forma realmente heroica. Lo que quiero destacar es que nuestra historia, con sus cambios abruptos, me estimula a reflexionar en los cambios formales al nivel de la materialidad del país, a no olvidar nunca la incapacidad de darle estabilidad y permanencia a nada en nuestra configuración social colonial. Nada es estable aquí, nada lo ha sido, y las formas artísticas, de una forma u otra, responden a ese movimiento incesante. Lo que pareció sólido, como la industria petróleo-química, con sus gigantescas fábricas, colapsó en menos de veinte años de vida. Si el capitalismo dependiente y colonial construye y deconstruye procesos históricos y propicia la fabricación de sueños con su ritmo febril, nuestra literatura no puede dar la espalda a tanta violencia material, debe atenderla y darle forma a otro nivel más duradero.

En Los hilos de la sombra, el protagonista que no quiere ser narrado, que desea la desnarración o una invisibilidad en la nada, se afirma, a pesar del radical deseo de desaparecer mediante la persistencia del rastro histórico, por humilde que sea. Hasta los sueños más descabellados dejan huellas imborrables en la tierra. En El sabor del tiempo, si bien hay mundos que desaparecen, queda la vida de los relatos humanos vinculados a ellos. La memoria, como una red continuamente haciéndose y deshaciéndose en los relatos, le dan una profundidad duradera a la conciencia. Ahora bien, en nuestro caso, el trabajo con la ausencia, o con la desaparición, tiene dimensiones excepcionales. La desaparición, como fue el caso de la agricultura, alteró nuestra relación con la tierra. La modernidad, con una urbanización tan radical, metida en los poros de una isla corrugada como la nuestra, tan diversa y llena de recovecos, nos alteró de forma inusitada el cuerpo: su mirada, su olfato, su oído, su tacto y su sabor. Las emigraciones masivas, reiteradas en el tiempo, profundizaron esa transformación. De una forma u otra, todos hemos sido y seguiremos siendo migrantes. La relación interno-externo a la isla está en continuo cambio y le ha dado a nuestra experiencia histórica una extraña profundidad. Continuamente estamos perdiendo y encontrando la tierra. Es posible que esto sea, entre otros, uno de los factores que nos ayude a entender un fenómeno como Bad Bunny o el de otras y otros cantantes cuya fama se ha desplazado por todo el globo.

¿Cuál crees que es la aportación de la literatura puertorriqueña tanto a nivel nacional como internacional? 

En esa pregunta distingo, por lo menos, dos niveles. Uno es la calidad de esa literatura colocándola en el contexto más exigente del nivel internacional. En ese nivel de exigencia nuestra literatura, desde sus orígenes hasta el presente, tiene figuras de extraordinaria importancia. Creo que hemos avanzado bastante en dar a conocer su riqueza, pero todavía falta mucho por hacer. Hay un problema económico subyacente que no puede olvidarse: la falta de una industria del libro en Puerto Rico, con la combinación de imprentas y editoriales locales. Los libros se imprimen, en su mayoría, fuera de Puerto Rico. El gobierno nunca se ha interesado en el desarrollo de esas dos unidades –imprentas y editoriales– como sostenes fundamentales de la presencia material del libro en nuestra sociedad. Una deficiencia de este tipo no ayuda a lo(a)s jóvenes que desean apropiarse de su tradición literaria y que están activos en el proceso de creación. No son pocas las veces que los libros brillan por su ausencia. No existen ante los ojos de lo(a)s lectore(a)s porque no aparecen en las librerías. La ausencia material de una industria dinámica del libro es un obstáculo interno que no debe ser subestimado.

En el otro nivel, relacionado con la proyección internacional, la cosa se complica mucho más. Una rica literatura que podría tener una amplia proyección internacional se encuentra con un inevitable vació institucional vinculado a la ausencia de un Estado soberano. La proyección de los libros, para tener una presencia duradera y consistente, necesita un amplio apoyo institucional. El Estado es importante en ese sostén institucional. Es posible que los nuevos medios sociales de comunicación global puedan romper el aislamiento. Los esfuerzos personales son importantes en la nueva aventura de los viajes cibernéticos. Habría que ver, no obstante, si esas nuevas posibilidades pueden contrarrestar la ausencia de una sólida cultura del libro con imprentas locales, editoriales con aliento duradero y vínculos ensanchados con una comunidad creciente de lectore(a)s. La puesta en escena de lo(a)s autore(a)s del pasado puede lograrse con un esfuerzo sostenido de digitalización de sus obras. Muchos países han avanzado en este proceso con la creación de importantes bibliotecas digitales. Ahora bien, creo que los libros se proyectan porque una vibrante comunidad de escritore(a)s y lectore(a)s continuamente los visitan.

¿Por qué entiendes que hay que leer los textos clásicos, en especial los textos clásicos puertorriqueños?

El conocimiento de los textos más reconocidos de cualquier literatura es imprescindible para la experiencia creativa. Si pensamos en la capacidad creativa de un joven escritor o escritora, el amplio conocimiento de su propia tradición literaria le permite el desarrollo de una conciencia de la novedad de su proceso creativo al conocer la variedad de formas y temas ya desarrollados. El conocimiento de los clásicos y de la tradición literaria es necesario para captar las transgresiones y violaciones de esa misma tradición. La imitación, la ironía, la parodia, por ejemplo, requieren un amplio conocimiento de los discursos anteriores. Los clásicos, entre ellos, son los más destacados. Las nuevas olas de nuevos y nuevas escritoras encuentran su voz propia en contraposición a los escritore(a)s que les preceden. No conocer el medio literario no es la mejor manera de emprender el viaje de la creación. El conocimiento del mapa o de los mapas literarios ayuda a no intentar construir caminos ya existentes, pero sí puede propiciar el abandono de caminos ya recorridos para fundar nuevas rutas.

Sí, en varias conversaciones me he referido a la necesidad de leer a Pedreira con nuevos ojos. Podemos relacionar esa urgencia con la pregunta anterior. Lo que sobresale de la obra de Pedreira es su constante búsqueda, el incesante esfuerzo investigativo que realizó durante toda su corta vida. En poco más de una década de trabajo intelectual intenso nos dejó una decena de libros. Pero lo importante es observar esos libros con detenimiento para captar el trabajo de una mente inquieta, dispuesta a reformular sus apreciaciones, con un sentido de crítica y autocrítica apreciables. Interesado, sobre todo, en indagar en los archivos para poner ante la vista de nuestra sociedad su historia, su tradición literaria, sus obras y piezas artísticas. Hay un libro de Pedreira que me parece asombroso: Bibliografía puertorriqueña (1493-1930), publicado en 1932. Durante siete años de trabajo incansable, con múltiples colaboraciones, se dedicó a recopilar todo lo publicado sobre Puerto Rico. Fue una aventura en la que el trabajo individual y el colectivo se anudaron de forma ejemplar. Pero Pedreira no se conformó con preparar esa bibliografía. Fue, sobre todo, un investigador extraordinario. Si no olvidamos ese destacado perfil suyo, hasta la lectura de Insularismo, su libro más leído, deja sorpresas en la imaginación del lector(a). No quiero extenderme sobre este tema, pero ahí tienes un llamado clásico con una estructura tropológica tan rica que siempre permite una nueva lectura. Su pertenencia al canon, tan destacada por la crítica, su dimensión de clásico, ha sido resultado del impacto y presencia que ha tenido en la actividad creativa de muchísimo(a)s escritore(a)s. Tanto la admiración como la crítica severa son parte ya de la vida de este libro y lo acompañan.

¿Cuánta importancia tiene el humor en tu escritura y por qué? [Pienso en tu texto «El rabo de lagartija de aquel famoso señor rector y otros cuentos de orilla», por ejemplo.]

Me parece que el humor está presente sobre todo en mis narraciones. Aparece en las situaciones más difíciles y conflictivas. Recuerdo que Freud escribió un importante ensayo sobre el humor en 1928. Afirmó que el humor no es resignado. Por el contrario, el humor es rebelde y relaciona uno de sus logros con el principio del placer. Si la memoria no me falla, el humor permite superar la adversidad protegiendo al yo del sufrimiento. Freud consideró la actitud humorística un raro y precioso talento. Sus observaciones me parecen útiles para entender los momentos del humor en mis narraciones. Se producen en confrontaciones difíciles y dolorosas con la realidad. Más que con el chiste, esos momentos se relacionan con la ironía. Humor e ironía van juntos en muchas ocasiones, uno afirmando o devaluando al otro. Ambas actitudes o posiciones, la humorística y la irónica, responden a realidades que contienen más de una dimensión o nivel, donde la significación tiene espacio para la oscilación. En una sociedad como la nuestra, con tanta violencia internalizada en su movimiento material, tanto el humor como la ironía son fundamentales para la sobrevivencia. Creo que estas dos actitudes se refuerzan en el movimiento angustioso de mis personajes. En sus manifestaciones más enérgicas están ante una realidad adversa o el amor los asalta como una sorpresa para encontrar alguna salida.

¿Cuánta importancia le das al lector y por qué?

Mucha importancia. En el proceso de escribir siempre está presente la presencia del lector o lectora. En la propia voz que escribe siento que se da un desdoblamiento imaginario que le da vida a un lector necesario. Escribir y leer, hablar y oír, son actos inseparables en su estructura profunda. El que pasa por el fuego de la escritura también pasa por el fuego de la lectura. Siempre imagino un lector o lectora con una gran capacidad. Nunca lo(a) menosprecio. Por el contrario, quisiera siempre que fuera más complejo que mi escritura. Así podría extraerle nuevos significados. Sobre todo, pienso en la superioridad evidente del leyente del futuro: vive en una sociedad en movimiento y cambio diferente a la mía, la única que podría darle sentido a la obra si llega a sus manos. En ese abandono de la obra a sí misma, en búsqueda de quien la lea cuando ya ni yo ni mi tiempo histórico existan, estriba la humildad fundamental del arte literario ante sus lectores y lectoras. Solo ellos y ellas podrían mantener levantada y visible la presencia y dignidad de la obra.

¿Qué piensas de los premios literarios?

No tengo mucho que decir sobre este tema. Cuando escribo nunca me pasa por la mente la posibilidad de un premio. He participado en múltiples ocasiones como jurado y no es una experiencia fácil. La encuentro incómoda. Sin embargo, los premios pueden darles visibilidad a obras literarias que no los han buscado. En esos casos reside, a mi juicio, el mayor mérito de los premios, si son auténticos. Pienso, sin embargo, que con la influencia cada vez mayor del mercado, los premios pierden cada vez más su vínculo con la creación artística. La influencia del mercado los deteriora, los vacía, acercándolos más a la moda o al estímulo de la ganancia. Aunque siempre puede sobrevivir en ellos un aliento a la creación artística que puede ser valioso y estimulante.

FÉLIX CÓRDOVA ITURREGUI

Escritor puertorriqueño. Hizo su doctorado en literatura en la Universidad de Princeton. Es profesor jubilado de literatura en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico. Ha cultivado la poesía, la novela, el cuento, el ensayo y la literatura infantil. Además, ha realizado múltiples investigaciones sobre historia y economía. También ha estado vinculado en las luchas políticas de Puerto Rico.

TANIA ANAID RAMOS GONZÁLEZ, AZULA

Es escritora, educadora, poeta, gestora cultural y columnista en diversos periódicos y revistas digitales internacionales. Posee un doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad de Puerto Rico de Río Piedras. En el 2002, ganó el Premio Gertrudis Gómez de Avellaneda otorgado por la UNESCO por una investigación dedicada a la poesía.

Pies en la arena

 

 

Especial para Rojo

En un Puerto Rico mestizo, mas no cosmopolita ni transcultural caribeño, los inmigrantes suelen ser invisibles. No son los turistas con los que nos topamos día y noche en San Juan y Condado; son gente de carne y hueso que vive en Puerto Rico, pero cuya existencia nos queda en la periferia. Quizá el ser imperceptible, inimaginable, tiene mucho que ver con números “minúsculos” y estadísticas, que, aunque salen en los diarios, poco nos importan, por tratarse de otro, al que no conocemos, vemos, ni coincidimos. Es así como la indiferencia se transmuta a la ignorancia de la vida y de los problemas de otros que cohabitan con nosotros en una isla que en las últimas décadas ha sido más tránsito que destino.

El largometraje Pies en la Tierra (2023), que estrenó la semana pasada en Fine Arts y que ahora compone parte de una exigua producción local de cine, pone como punto de partida a quienes muchos puertorriqueños, al toparnos con ellos, les viramos la cara por ser eso mismo: extraños con cierta cercanía.

La película se adentra en la vida de Toña, mujer dominicana que escapa de su país natal en busca de ser ciudadana y dejar de ser la “hija de”, “hermana de”; en fin, de conocerse como singular. Su larga estadía en Puerto Rico la ha llevado a conocer su entorno, a simpatizar con su gente, a adaptarse. Esa adaptación es a veces la única forma de nacionalizarse y abrirse a una “mejor vida”.  Esa ilusión de oportunidades se ve tronchada por un accidente que coincide con la llegada de Gregorio, un inmigrante cubano que no pudo acogerse a la política conocida como “pies secos, pies mojados”.

¿Dos soledades que comparten circunstancias suman compañía? Esta es la gran incógnita del filme, además de exponernos a realidades crudas a las que preferimos hacernos de la vista larga.  La historia entrelaza dos vidas en busca de un mismo fin, la codiciada green card que tantos sudamericanos y caribeños anhelan para ser parte de la polis.

La cinta, el segundo largometraje del director Gustavo Ramos Perales, cuenta con la dominicana Judith Rodríguez Pérez y el cubano Eduardo Martínez de protagonistas, respetando así las historias de otros e interpretándolas de manera auténtica, sin que la identidad por si sola medie una transgresión.

Canta amigo: Homenaje a Marcial Lafuente

 

Nada mejor que un cuento bien tradicional cuando los eventos de tu vida te superan. Tu guerra es con el ABS y con el Low Batt. ¿Qué hacer para evitar que enciendan cuando vas transitando por el Expreso con un inexplicable amago de paro cardíaco? El tarazón creo que lo llamaba Juan Ramón Jiménez, su consabido dolor de pecho. O el cuadro pintado por cierto migra ruso de mi parentela, que acabó mesero con resuelta majestad y no por ello pudo evitar esa inevitable punzada venida no se sabe de dónde. El muestrario de paños, o lista de apartados telefónicos, te acercan al problema como lo haría Philip Roth, dándole vueltas a la muralla sin que te animes a asaltar un recuerdo espinoso. Uno para medirte la presión arterial, otro para grabar lo que te quiera decir en Whattsap una persona inverificable, sin saber si esa foto en la que no reconoces a nadie de tu prolongado ayer te desvía de un requiebro doloroso.

Pepe, de quién soy vocal. Pepe, mi continuada espina de Caín. Cuántas veces no se ha publicado la historia de la que pudo ser su media naranja. Egipcia o no, el Sueño era él. Yo era la sombra de un sueño prolongado. Mi pariente, el mesero Iván, que se ocupaba de recordarme que nuestro ancestral abuelo era mesero. ¿Hasta cuándo no escribí tus aventuras para hacerme a un lado cuando te tocara dar la cara por una Sombra como yo?

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Evento con Pepe, 1992 environs

Cuando tu amigo se casó con la compositora, lo seguiste fielmente hasta Austin creyendo que era tu hermano. Allí te dice: nos vemos, amor. Rabiando regresas a la isla que te vio nacer y haces contacto conmigo porque te llamó la atención que fuera tu tocayo. Yo, que tenía tan buenas notas y que a todos sonreía. Tú, que te bebías hasta las lágrimas. Me notifican que esa noche viene Julián para darse un trancazo al lado de Padilla. El jefe del sindicato me dice que soy puertorriqueño de pura cepa, que como Julián brego con la hipertensión con un tajito en la mano.

¿Quién esa noche en Bidis? Como no había GPS, conjeturamos que debía tratarse de la novia de alguno: Julián, Vibración, Down y Tu Sombra. Pasó dicen como un celaje en su carrazo. Los recuerdos que me pasan revista por el rabo del ojo. ¿No quieres hacer cine ya?

Las emocionantes fugas y los terribles monstruos de Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves

 

 

Especial para En Rojo

 John Francis Daley y Jonathan Goldstein han colaborado para dirigir dos películas basadas en juegos de mesa. La primera, Game Night (EEUU, 2018), trata sobre un grupo de amigos que se reúne una noche para jugar diferentes juegos de mesa. La pareja principal, Max (Jason Bateman) y Annie (Rachel McAdams), son sumamente competitivos. Por esto, cuando el hermano de Max, Brooks (Kyle Chandler), propone un juego donde el grupo de amigos tendrá que resolver el misterio de su propio secuestro, Max y Annie se tiran de pecho. Game Night me tomó por sorpresa. No esperaba disfrutármela tanto. Su clave está en crear un grupo de personajes con cualidades algo raras y que nunca dejan de sorprender. Un personaje que brilla por sus intervenciones incómodas es Gary (Jesse Plemmons), el vecino policía que Max y Annie evitan porque nunca les ha caído bien. Game Night se goza con un buen grupo de amigos, una bandeja de sandwichitos de mezcla y algo para alterar su percepción de la realidad.

En su segunda colaboración, Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves (EEUU, Canadá y Reino Unido, entre otros; 2023), Daley y Goldstein asumieron un gran reto. El dúo tomó un juego icónico cuyas adaptaciones nunca han sido buenas. Dungeons & Dragons es un juego de mesa bastante complejo donde los jugadores asumen roles de personajes de fantasía. Cada uno tiene libre albedrío y, junto a su grupo de aventureros, sus acciones dependen de tiradas de dados y de las posibilidades ofrecidas por el Dungeon Master, el narrador y árbitro de la misión. Si logran sobrevivir su primera aventura, los jugadores mejorarán sus habilidades ya sea en la magia, en el dominio de algún arma, o en cualquier otra acción característica de cada clase. A pesar de que este juego tiene tantas posibilidades para su adaptación, sus representaciones previas pecan de ser ridículas y carecen de elementos interesantes. Aunque ha desarrollado un cult following, la serie animada Dungeons & Dragons (dir. John Gibbs, EEUU, 1983-85) fue mi entrada a este mundo cuando tenía doce años. La premisa de la serie tiene elementos prometedores, pero su ejecución problemática e historias atropelladas la condenaron a los oscuros calabozos de la cultura popular. Otro intento de explorar el mundo inspirado por este juego es la película Dungeons & Dragons (dir. Courtney Solomon; EEUU, República Checa y Canadá; 2000), que ni siquiera Jeremy Irons en el papel del villano pudo salvar. Es importante notar que entre las mejores representaciones del juego está el episodio final de la serie televisiva, Freaks and Geeks (creado por Paul Feig, EEUU, 1999-2000), donde un grupo de geeks juegan con el chico malo de los freaks, Daniel (James Franco). El gozo es contagioso por la experiencia de comunión creada entre el grupo de adolescentes en torno a Dungeons & Dragons. El protagonista de esta serie y uno de los participantes del juego es Sam Weir, actuado por el mismo John Francis Daley, uno de los directores de la más reciente adaptación. Es precisamente esta afinidad a la cultura geek del juego y al entendimiento de las dinámicas de los jugadores lo que hace de Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves una experiencia divertida y, para muchos de nosotros, bastante nostálgica.

Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves sigue la típica estructura de una campaña en el juego. El grupo de aventureros en el centro de la historia incluye un bardo que siempre tiene un plan (Chris Pine); una bárbara muy diestra con su hacha de batalla (Michelle Rodríguez); un paladín que vela por la justicia y los menos afortunados (Regé-Jean Paige); un medio elfo hechicero que lucha con sus inseguridades para tener más control de su magia (Justice Smith); y una druida tiefling (una raza inventada por el juego que desciende de los demonios) que protege los bosques y que se transforma en varios animales (Sophia Lillis). Su misión es entrar al reino de Neverwinter, donde un pícaro timador (Hugh Grant) y una bruja nigromante (Daisy Head) guardan entre sus tesoros la Tableta de la Resurrección, un objeto mágico que resucitará a cualquier difunto. El timador y la bruja habían formado parte del grupo en otra campaña para robar la Tableta y otros tesoros. Sin embargo, por diversas complicaciones, parte del grupo fue atrapado y condenado por la ley a un calabozo mientras que el timador y la bruja se adueñaron del próspero reino de Neverwinter.

Daley y Goldstein reflejan en su película muchas de las dinámicas del juego de mesa. Por ejemplo, los miembros del grupo tienen unos pasados que los han llevado a desarrollar vínculos muy personales con la misión. En algunas sesiones del juego, los jugadores les dan pasados a sus personajes, una acción que solidifica la conexión entre el jugador y su personaje. En la película, cada narración de algún pasado se siente como parte integral de la trama. Además, Daley y Goldstein cuentan estas historias de maneras divertidas. La secuencia donde el bardo narra cómo termina junto a la bárbara en un calabozo tiene un excelente ritmo con giros dramáticos y concluye con una de las hazañas más cómicas de la película. El ritmo de la película es uno de los elementos principales. Los que hemos jugado Dungeons & Dragons sabemos que hay momentos donde los jugadores tenemos que esperar pacientemente en lo que otro miembro ejerce una acción. No obstante, Daley y Goldstein mantienen la acción en constante movimiento y nunca se desvían del plan principal. Las maravillosas secuencias donde la tiefling se transforma en varios animales para espiar dentro del palacio de Neverwinter y la fuga del laberinto donde cada recoveco esconde una amenaza, entre otras, son emocionantes. Estos retos reflejan el tipo de acción tan común en el juego de mesa. De igual forma, no solo las razas y las clases de los personajes se originan en las tradiciones del juego, sino que los monstruos que se esconden a través de la aventura son icónicos de Dungeons & Dragons. Es obvio que aperecerá un dragón, que forma parte de una persecución muy divertida. Pero los personajes también deberán enfrentar criaturas menos conocidas para los que nunca han jugado el juego. Por ejemplo, el grupo se verá atrapado en un cubo gelatinoso, que digiere a todo aquél atrapado en su interior, y tendrán que escapar de un mimic, que asume la forma de un baúl con dientes afilados y una larga lengua de sapo, entre otros.

El juego de Dungeons & Dragons ha sido parte de la vida de muchos de nosotros. Lo jugué por primera vez en el 1984 cuando tenía alrededor de 13 años con Josean, Gustavo y Miguel durante el recreo de la escuela. De hecho, siempre ha formado parte de mi vida e, inclusive, un grupo de estudiantes de la escuela en donde enseño se reúnen semanalmente para jugar. Sus cuentos me transportan a aquella primera aventura con mis amigos de la infancia. Por esto es que esta película es tan importante para mí. En Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves, Daley y Goldstein han sido capaces de recrear una aventura arraigada en el juego de mesa que maravillará a los conocedores e impresionará al espectador más exigente.