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NaciÓN

Un martirio que debería inquietarnos

 

Especial para En Rojo

 

En medio de estos días de tensión entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil, las comunidades eclesiales de base y los movimientos populares recuerdan que, el 11 de octubre, conmemoramos los 50 años del martirio del padre João Bosco Penido Burnier en Ribeirão Bonito, prelatura de São Félix del Araguaia (MT) en el centro-oeste del país.

La tarde de aquel lunes 11 de octubre de 1976 era calurosa. Como suele ocurrir en el centro-oeste brasileño en octubre, el fuerte calor precedía a los chubascos. En ese ambiente, el padre João Bosco y monseñor Pedro Casaldáliga caminaban por un camino de tierra en Ribeirão Bonito, cuando escucharon gritos de mujeres venidos de la comisaría de policía, que se encontraba cerca de allí. De inmediato, sin dudarlo, ambos interrumpieron su camino y se dirigieron hacia allí. De hecho, vieron que un soldado de la policía militar torturaba a dos mujeres pobres.

El padre João Bosco, quien se adelantó, comenzó a discutir con el soldado para que se detuviera. Este reaccionó violentamente. Agredió al padre con un puñetazo, le dio un golpe con la culata del rifle y, cuando el padre comenzó a agacharse, recibió un disparo en la nuca.

El martirio del padre Juan Bosco fue solo uno de los más de 30 mil muertes violentas, sufridas por hermanos y hermanas, testigos del proyecto divino de la justicia ecosocial en América Latina, desde la década de 1960.

Lo que caracteriza el martirio del padre João Bosco es el hecho de que era un sacerdote de tipo tradicional. Pertenecía a una familia de renombre y no fue asesinado en la lucha por la tierra, ni por su relación con un grupo político opuesto a la dictadura brasileña de aquella época. João Bosco era coordinador del Consejo Indigenista Misionero (CIMI) en Mato Grosso, pero no murió en la misión junto a los indígenas. Simplemente, estaba intercediendo, de manera pacífica, por los derechos humanos de dos mujeres pobres de la periferia. No fue mártir de la lucha política, ni de la militancia social, sino de un estilo de inserción pastoral que, gracias a Dios, sigue existiendo hasta hoy, aunque no sea tan común en nuestros tiempos.

Hoy en día, en Brasil y en otros países, los sacerdotes que tienen más éxito y reúnen a millones de seguidores parecen artistas de espectáculos, pero no se distinguen por su solidaridad con las víctimas de la violencia policial, ni se dedican a servir a los pueblos indígenas, para que sean respetados sus derechos a la tierra, a la vida y a la autonomía de sus culturas.

Hoy en día, hemos llegado al punto de ver en las redes sociales a sacerdotes que apoyan el regreso a la barbarie de la derecha en el país. El arzobispo de Brasilia muestra una fotografía de la visita que recibió del candidato contrario a la democracia. El arzobispo predica que la jerarquía eclesiástica y el clero no deben hacer política y considera que el hecho de haber publicado la foto junto a un candidato a la presidencia de la República y de proclamar además que le regaló una imagen de Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil, no fue gesto político. Fue solo una acción diplomática para manifestar la unión entre el poder eclesiástico que él detenta y el poder político que desea para aquel candidato.

 

Independientemente de esos delirios de volver a la antigua cristiandad imperial que aún existe en muchos sectores de la jerarquía eclesiástica y del clero, demos gracias a Dios por haber hecho del padre João Bosco Penido Burnier el patrón de los misioneros insertos y insertas en el camino por la liberación y de todos los hermanos y hermanas que pueden decir de sí mismos lo que fue la forma en la cual se presentó el profeta Juan al comienzo del Libro del Apocalipsis: «hermano y compañero (hermana y compañera) en la aflicción, en el reino y en la paciencia de Jesucristo» (Ap 1, 9).

El profeta del Apocalipsis estaba preso en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y por el testimonio de Jesucristo. El padre João Bosco, jesuita, maestro en Filosofía y Teología, se encontraba en una comisaría en la región más pobre de la Amazonia, defendiendo a dos mujeres pobres y marginadas.

Como explica el padre y teólogo José Comblin: «Dios quiere liberar a la humanidad del estado de injusticia y dominación en el que se encuentra. Por eso, forma un pueblo para llevar a cabo su designio. Sin embargo, ese pueblo olvida su misión y cae en los mismos vicios que afectan a otros pueblos. Entonces, Dios envía profetas y profetisas para recordar esa misión y provocar la conversión, el retorno a los orígenes».

Cuando hablamos de profecía y martirio en el camino de nuestras Iglesias, sin duda existe una disputa de términos, o como se dice hoy: de lugar de habla, pero de ninguna manera se trata solo de una disputa de términos. Realmente hay un desplazamiento de la profecía y del martirio: un desplazamiento pastoral y teológico. Hoy en día, el mayor desafío no es proclamar la fe en Jesús, sino vivir de acuerdo con lo que Jesús propuso y trabajar como él por el proyecto divino de paz y justicia ecosocial para el mundo.

Ya en 1986, en la ciudad de Trindade en el centro-oeste de Brasil, al final del VI Encuentro Intereclesial de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), el Mensaje Final al Pueblo de Dios afirmaba:

«Estos últimos tiempos han sido tiempos de martirio. Además del martirio cotidiano que todos sufrimos en el camino de las comunidades, hemos perdido a muchos hermanos y hermanas, asesinados por la causa del Evangelio. Su testimonio nos fortalece en el camino, pero debemos ser más cautelosos y protegernos mejor. Necesitamos a nuestros mártires vivos, no muertos».

En un antiguo monasterio integrado en la vida de la gente más pobre, en el momento en que un hermano o una hermana se disponía a comprometerse con la comunidad, el coordinador de la comunión le decía:

“Recuerda que este camino de la esperanza profética se opone a toda razón humana. Al igual que Abraham, solo puedes avanzar en él por la fe y no por lo que ves, confiando en que quien pierda su vida por causa de Cristo y del reino, la volverá a encontrar. No te preocupes por el mañana. Dios es fiel y en ti cumplirá su promesa».

Que la celebración del quincuagésimo aniversario del martirio del padre João Bosco reavive nuestra esperanza y nos fortalezca en este camino de testimonio del proyecto divino en el mundo.