Venezuela: la cuestión del estado 

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Especial para CLARIDAD

Los decretos sorpresivos y las amenazas militares como parte de un juego cruel en apariencia caprichoso, son signos inequívocos del derrumbe institucional de Estados Unidos, el cual se extiende –por ahora– a instituciones y leyes internacionales. El secuestro tipo mafia del presidente Nicolás Maduro y Cilia Flores estuvo lejos de derrocar el estado, pero sin duda fue un golpe severo. Las fuerzas estadounidenses produjeron un apagón en la zona de Caracas con medios cibernéticos y tecnología sofisticada que la riqueza del país imperialista permite, y de que carece la generalidad de los países. Apagón, bombardeo y secuestro de un presidente serían advertencias de que Washington puede hacer lo mismo en cualquier país latinoamericano, en otras regiones, o en Venezuela de nuevo. Será imposible, parece decir, que dejemos de tener control del hemisferio; los desafíos son ejercicios futiles de ingenuidad.

Desde luego, una eterna omnipotencia militar yanqui es una posibilidad abstracta, en un mundo donde no hubiese lucha política ni fuerzas contrarias al colonialismo. Es una fácil visión unilineal de la historia, de una sola vía. En cambio, el ataque estadounidense expuso debilidades del proceso bolivariano, y también sus fortalezas.

Tendencias americanas

Crucial para la soberanía de un país es su control estatal de la tierra, el suelo y los recursos naturales, sobre todo los estratégicos o de alto valor en el mercado. Al ejercer estos controles, Venezuela se aleja de la sumisión tradicional latinoamericana al capital estadounidense y europeo. A la vez transita el ambiguo y contradictorio camino que deben caminar los países pobres y excoloniales, de negociaciones continuas con fuerzas del mercado como parte de la construcción de su estado y del desarrollo nacional. Deben abrirse a capitales extranjeros, en el caso venezolano especialmente los petroleros estadounidenses, mientras mantienen el control de sus recursos por medio del estado. Sus proyectos reciben críticas o ataques desde la izquierda, exigiendo que sean más antimperialistas o menos capitalistas, y desde la derecha, acusándolos de dictatoriales y agrediéndolos económica o militarmente.

Por varios siglos el sistema imperialista organizó el mundo y la llamada modernidad. Podría decirse que en las Américas la clase dominante es el imperialismo norteamericano. Los países latinoamericanos y caribeños, históricamente jóvenes, han estado bajo su influencia desde el siglo XIX, casi desde la independencia. El duro golpe que recibieron con el neoliberalismo, a fines del XX, profundizó el colonialismo de formas nuevas, y en algunos casos una anexión económica a Estados Unidos y otros centros capitalistas mundiales. Fue una concentración drástica del capital; en todos las ámbitos del mercado y la sociedad los más poderosos destruyeron, se tragaron o marginaron a los débiles. Se amplió la desigualdad, especialmente con las deudas.

Pero también cobró fuerza una corriente nueva de descolonización, una reorganización radical del mercado global inclinada hacia la multipolaridad y la soberanía. La propiciaron en parte las propias inversiones imperialistas. Era inevitable, sin embargo, por el fortalecimiento de las culturas nacionales y las clases populares y productivas, y la expansión salarial y del consumo, la educación, la ciencia y la tecnología. La obligación inescapable de participar en el mercado internacional empuja los países al desarrollo social y de sus fuerzas productivas, la más importante de las cuales es el trabajo.

En el siglo XX destacaron clases capitalistas relativamente poderosas en Brasil, Argentina y Chile, sólo para sucumbir a la fuerza disolvente del capital monopolista, por la deuda pero además por sus propias debilidades. Pues en realidad eran, en diversos grados, apéndices del colonialismo norteamericano y europeo. La incapacidad de las pretendidas burguesías ha propiciado proyectos populares, policlasistas, en favor de una hegemonía estatal de la economía. Estos proyectos debilitan la ‘clase’ de los capitalistas, mientras los incluyen individualmente en la nueva estrategia. En los años 60 y 70 proyectos de estado de este tipo en Brasil y Chile fueron derrocados con cruentos golpes de estado auspiciados por la CIA, a los cuales sucedieron largos regímenes sanguinarios. También Argentina tuvo su horripilante dictadura, que fracasó en resolver la crisis de la deuda, que continúa.

En México la Revolución de 1919-1929 había propulsado movimientos populares potentes y un nacionalismo relativo, y emblemático, de la clase capitalista. Pero el proyecto nacional capitalista sucumbió a las contradicciones del sistema. El impresionante desarrollo que había logrado se empantanó por el crecimiento sorprendente del narcotráfico desde los años 80, quizá estimulado secretamente por Estados Unidos para socavar el nacionalismo relativo mexicano. También en Colombia la narcoeconomía avanzó con el empobrecimiento de fines del siglo y la crisis recurrente de formación nacional. En ambos países las dificultades para que una clase dirigente unifique la nación han dado pie, en años recientes, a amplios movimientos populares que se han hecho gobierno. En 1948 Gaitán intentaba en Colombia un proyecto similar, pero fue misteriosamente asesinado.

Rutas populares impulsadas por la izquierda, pues, se aparecen como única alternativa para formar la nación y el desarrollo. También aparecen tendencias a que el país se anexe económicamente al capital norteamericano, como en Argentina, si bien el gobierno de Milei sufre debilidades inherentes y es contestado desde múltiples flancos. Hay una diversidad de caminos sinuosos, tímidos por la amenazante vigilancia estadounidense, por ejemplo de República Dominicana, Panamá, Guatemala, Uruguay, Costa Rica, Perú o Chile. Progresos electorales antimperialistas en Bolivia y Honduras fueron revertidos con intervención yanqui, pero el debate público de estos temas crece y se intensifica.

Los países generalmente oscilan entre el neocolonialismo y las perspectivas nuevas que ofrece el comercio con China y BRICS. La cultura y psicología coloniales atraviesan el mundo. Los temores profundos de los llamados políticos de Puerto Rico, territorio colonial todavía, por la intimidación norteamericana permanente, también abruman a políticos de otros países del hemisferio, incluida Canadá, o de Europa. La civilización occidental ha confirmado más que ninguna otra el concepto, de Hobbes, de que el miedo es fundamento del estado.

No es falso el reclamo usual de los políticos yanquis de que lo que ocurra en tal o cual país afecta la seguridad nacional de Estados Unidos. Más que nación, desde el siglo XVIII Estados Unidos es un centro de relaciones y redes financieras, comerciales y militares, internacionales e imperialistas, de las que depende su privilegiada economía. Miller, asesor de Trump, teoriza que los estados soberanistas han robado la riqueza, sobre todo Venezuela con la nacionalización del petróleo. Según este discurso contrarrevolucionario fueron los estadounidenses quienes construyeron la industria petrolera en Venezuela con su trabajo, tecnología y destreza industrial. Omite que el petróleo está en suelo venezolano y que el trabajo de los venezolanos fue esencial para la edificación de la industria.

La co-dependencia entre Estados Unidos y Latinoamérica, en fin, ha sido más intensa de lo que suele suponerse. Por tanto las rupturas de liberación nacional son literalmente radicales; desgarran el tejido de un sistema, patológico por así decir, en que han descansado intereses y visiones de mundo no sólo yanquis sino de estratos diversos en sociedades caribeñas e iberoamericanas. Washington convierte en moda liberal su desprecio y hostilidad contra los estados desafiantes. Es pública su política de agredirlos, aislarlos, sabotearlos, difamarlos y forzarlos a hambre y necesidad lo más posible.

 El estado

El estado puede hacerse un lugar de intelecto colectivo para la formación nacional y para que las clases populares logren poder y participación. Estrategias de desarrollo del estado suelen incluir el capital privado mientras procuran el progreso cultural y educativo de las clases trabajadoras. Es clave que el estado asegure su propiedad y posesión de los recursos naturales y siente la pauta en los negocios con el capital privado. El capital extranjero resulta a veces indispensable. La extracción de recursos minerales, como el petróleo, requiere tecnologías y maquinarias, o sea capital, que el país no tiene. En el tradicional neocolonialismo el capital extranjero se adueñaba, formal o informalmente, del recurso natural.

El petróleo venezolano es propiedad y está en posesión del estado. La República Bolivariana debe proteger esta conquista, a la vez que contiene ambigüedades y contradicciones relativas a su propio origen. Es un estado alternativo –promueve el poder popular– que surgió de un estado neocolonial y burgués. La ruta ‘amplia’ bolivariana, inspirada por el socialismo y a la vez capitalista en buena medida, seguramente prefigura proyectos soberanistas en otras naciones donde frentes izquierdistas accedan al gobierno por vía electoral, desde ahí transformen paulatinamente las estructuras políticas, y eventualmente procuren capital estadounidense o europeo, de forma regulada, para acumular riqueza en función del desarrollo nacional.

No es el venezolano un proceso encabezado por un partido que llegó al poder mediante la revolución armada popular, cohesionado y curtido en conceptos comunistas. Es dirigido por un estado que ha surgido del estado anterior. Esto dificulta los estigmas imperialistas de ‘anti-democrático’, ‘tiránico’, etc., y propicia espacios de negociación con variados intereses capitalistas del mundo y de Estados Unidos. A su vez, Washington lo verá fácil de manipular o someter a través de las relaciones y conversaciones del mercado.

Los líderes de un proceso revolucionario que ha nacido del estado, o de una dirección antimperialista del estado, podrían representar con probable éxito en el teatro político disposición a la negociación y la transacción, y distanciamiento de la imagen común en medios occidentales de los supuestos comunistas intransigentes y minoritarios de discurso adversativo, enfrentados al mercado de manera dramática.

De un interés en representar diálogo, negociación y flexibilidad resultaría la curiosa disposición de Maduro, en diciembre, a hablar por teléfono con Trump aun después de éste llamarlo narcotraficante, corrupto y otros insultos y vociferar que aplastaría al estado bolivariano; o que Delcy Rodríguez hablara en Venezuela hace unos días con el jefe de la CIA, la organización nefasta que ayudó a organizar el secuestro del presidente de la nación y su esposa. El encuentro sería breve y aparentemente pasajero, pero es de suponer que fue calculado por Washington para representar en las noticias que Venezuela está bajo control estadounidense, y fomentar dudas e intrigas en el movimiento bolivariano. Después de lo que ha pasado, estos gestos públicos de cooperación con un estado gansteril resultan más escandalosos todavía, si bien se apoyan en un razonamiento estratégico certero.

Generalmente un partido revolucionario, si es efectivo, produce un espacio cultural cohesivo y consistente al que siempre se remitan sus portavoces, y por supuesto al relacionarse con el estado imperialista más poderoso. Que el proyecto revolucionario venezolano haya surgido en el estado puede hacer que los estilos de sus portavoces reflejen las formas de la naturaleza transaccional, pragmática y comercial de todo estado y de las relaciones entre estados. Sin embargo, lo que imparte coherencia al proceso anticolonial no es el estado, sino el partido; es de éste que pueden aparecer formas efectivas de representar flexibilidad y a la vez verticalidad. No hay mayor problema mientras la cuestión se reduzca a estilos en las relaciones públicas. Es distinto si la seguridad e integridad del estado se ponen en cuestión por la pretendida flexibilidad o laxitud ‘cívica’ y por tratar de representar relaciones ‘normales’.

No debe, otra vez, subestimarse la dominación estadounidense en Latinoamérica y el Caribe durante casi doscientos años; su peso es enorme. En fin, los seres humanos somos en gran medida fruto de los medios de cultura y comunicación.

 Mirada a la prensa

En Venezuela siguen las protestas exigiendo que Nicolás Maduro y Cilia Flores sean liberados. La población escribe cartas de apoyo a los prisioneros. Se indica que el ataque del 3 de enero dejó más de cien muertos y 112 heridos. El Ministro de Defensa informó que 47 militares venezolanos murieron, así como 32 cubanos internacionalistas que formaban parte de la seguridad; no parece claro el número de civiles muertos. Delcy Rodríguez informó que al menos 463 apartamentos de vivienda fueron destruidos por los bombardeos en Ciudad Tiuna, Caracas. Brigadas de trabajadores repararon en 96 horas la estación de electricidad en Fuerte Tiuna, que los aviones estadounidenses bombardearon. El Ministro de Exteriores de Rusia calificó el ataque de ‘brutal invasión armada’. Maduro envió un mensaje desde Nueva York exhortando a que el pueblo se mantenga unido y a tener confianza en Delcy Rodríguez, y reafirmando que él y Cilia están firmes. Rodríguez anunció el inicio de la exportación de gas licuado de petróleo. Insistió en fortalecer la industria de hidrocarburos (petróleo, gas natural, gas licuado). Reorganizó el equipo directivo y nombró dirigentes que, según la agencia de prensa yanqui-británica Reuters, son de ‘línea dura’. Si le tocara ir a Estados Unidos, indicó, lo hará con la frente en alto, afirmando con dignidad la soberanía nacional. Delcy Rodríguez y Trump dijeron que tuvieron una conversación productiva por teléfono. Se abrirán embajadas en ambos países. El dirigente bolivariano Diosdado Cabello indicó que una embajada venezolana en Estados Unidos servirá para la comunicación con Maduro y dar apoyo a los dos presos políticos. Sigue surgiendo información del 3 de enero. La resistencia venezolana fue dura, aun contra el elemento sorpresa y el apagón general en Caracas. El enfrentamiento armado fue más cruento y extenso de lo que proyectaron la Casa Blanca y los medios de difusión en los primeros días. Que en Estados Unidos esta información todavía sea escasa y oscura, reducida a comentarios de celebración de Trump y unos pocos, indica sumisión ideológica y cobardía intelectual en la prensa dominante norteamericana.

Washington ampliará la licencia de Chevron para que pague al estado venezolano en efectivo en lugar de pagos en especie, como venía siendo, y pueda vender en el mercado internacional todo el petróleo que produce en Venezuela.

Reuters informó que el Departamento de Energía de Washington explora intercambiar petróleo pesado venezolano por petróleo medio y ácido estadounidense y trasladar el crudo venezolano a Luisiana para abastecer la Reserva Estratégica de Petróleo de Estados Unidos. Washington dijo que es falso.

Las sanciones estadounidenses a Venezuela y los países que participaran en su comercio petrolero aumentaron en 2019, en una continuada reacción a la nacionalización del petróleo por el gobierno de Hugo Chávez. Pero el bloqueo comercial obstaculizó las inversiones de las corporaciones yanquis, según ejecutivos de Exxon y Conoco. Después, el secuestro de Maduro, la agresión militar y el supuesto bloqueo naval del tránsito petrolero en el Caribe han deteriorado el ‘clima de inversiones’, dijeron. Delcy Rodríguez propuso enmendar la ley de hidrocarburos, quizá para facilitar las inversiones norteamericanas en colaboración con la estatal Petróleos de Venezuela, que tiene por ley la participación mayoritaria. China, que Washington quisiera desplazar del hemisferio, es el comprador principal de petróleo venezolano. Estados Unidos hace un distante segundo. También están Rusia y empresas de Francia, España y otros países.

Associated Press dice que en el último par de meses la Armada estadounidense ha impedido el tránsito de siete tanqueros petroleros en el Caribe. Circula la suposición de que Washington exige a Venezuela reducir su petróleo a China y Cuba y venderle más a Estados Unidos. Venezuela da a entender que sus políticas permanecen inalteradas. China anunció ayudas a Cuba para aliviar la crisis agravada del sistema energético y eléctrico provocada por el bloqueo, dijo el estado cubano.

Mientras Trump muestra burlonamente un dibujo de Venezuela arropada por la bandera estadounidense y deja ver que la actividad conspirativa para desestabilizar el estado bolivariano continúa, éste último sigue informando sus trabajos y la movilización popular en ellos. La Presidenta Encargada señala que ya entraron 300 millones de dólares de los 500 millones acordados con compañías estadounidenses; indica que las divisas que se obtengan de la actividad petrolera van a fondos para beneficio del pueblo trabajador e infraestructuras, y su uso será informado de forma transparente. La prioridad, subraya, es promover la producción nacional y la sustitución de importaciones. Indica que el estado colabora con la banca venezolana, que a su vez apoya la economía nacional. Su gobierno continúa el plan económico que Maduro propuso y el estado adoptó en 2018. Anuncia que el estado impulsará la producción de oro, hierro, bauxita y carbón.

Un líder sindical asegura que Estados Unidos está convirtiendo a Venezuela en una colonia, y el estado venezolano está entregándole el petróleo y otros recursos al capital norteamericano. No ofreció sin embargo datos ni contestó la información que provee el gobierno; pareció apoyarse en expresiones de Trump de que en Venezuela manda Washington. Después del 3 de enero el gobierno ha excarcelado una buena cantidad de presos políticos, en aparente gesto de buena fe en función de la unidad nacional. No sólo grupos de derecha sino de izquierda, notablemente el Partido Comunista de Venezuela, han acusado al gobierno de ser autoritario y reprimir trabajadores por la política en favor del capital privado; los comunistas han tildado de ‘neoliberal’ la política oficial.

 

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