José E. Muratti Toro
Especial para En Rojo
Donald Trump acaba de plantear que las elecciones deben ser administradas por el gobierno federal. Argumenta que en el 2020 perdió estados que «muchas personas» aseguran que ganó y por lo tanto, perdió la presidencia a Joe Biden.
¿Cuál es su verdadera intención?
En los Estados Unidos los electores no votan directamente por el presidente y el vicepresidente. Su sistema electoral combina elecciones directas para el Congreso con un mecanismo indirecto, llamado Colegio Electoral, para la elección del presidente.
La Cámara de Representantes y el Senado se eligen por voto popular directo. Los miembros de la Cámara se eligen cada dos años en distritos predeterminados, mientras que los senadores se eligen cada seis años por estado, conforme a la Decimoséptima Enmienda de la Constitución.
El gobierno federal no interviene en la administración de las elecciones. Cada estado administra su propio proceso, incluyendo variaciones en la conformación de los distritos electorales, cuyos representantes ocupan la Cámara de Representantes o el «Congreso», así llamado distintamente del Senado, y el registro de votantes y otras opciones como el voto por correo o anticipado.
Siendo la elección presidencial indirecta, al votar los ciudadanos eligen una lista de electores comprometidos con los candidatos de cada partido. Cada estado y el Distrito de Columbia cuentan con un número de electores equivalente a su representación total en el Congreso, que suma un total de 538 votos electorales. El candidato que obtiene 270 votos electorales o más, gana la presidencia.
La mayoría de los estados utiliza el sistema de «el ganador se lo lleva todo» (winner-take-all), a excepción de Maine y Nebraska, que reparten algunos votos según los resultados por distrito congresional.
En caso de que ningún candidato logre la mayoría en el Colegio Electoral, la Cámara de Representantes elige al presidente y el Senado al vicepresidente, bajo sus respectivas reglas internas.
Al decir que las elecciones deben ser administradas por el gobierno federal, Trump propone poner las elecciones en manos de su propio gobierno controlado por su propio partido, o sea, por él, personalmente.
Esta «estrategia», que comienza a tomar forma con la incautación por el FBI de las listas electorales del condado de Fulton, en Atlanta (supervisados por la Directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard), el pasado viernes, tiene dos propósitos:
Primero – cancelar el desafío de su propio partido en Georgia cuyo secretario de estado, Brad Raffensperger, se negó a «encontrar» 11,780 votos que le hubiesen concedido la victoria en el estado, lo cual le valió un residenciamiento; y
Segundo – «legitimar» la idea de que no se puede confiar en que los estados van a defender los votos por la presidencia en los colegios electorales y van a producir votos fraudulentos.
Curiosamente, o no tanto, precisamente esta estrategia se utilizó en enero de 2021 cuando siete estados controlados por estados Republicanos, sometieron resultados fraudulentos de colegios electorales que concedían falsamente la victoria a Trump.
Dichos resultados fueron rechazados por los tribunales y muchos de los oficiales que juramentaron las listas electorales falsas fueron acusados por fraude. Setentisiete oficiales de siete estados (Arizona, Georgia, Michigan, Nevada, Nuevo Mexico, Pensilvania y Wisconsin) y otros operativos de Trump como Rudy Giuliani, Mark Meadows y Sidney Powell, fueron indultados por Trump en noviembre de 2025, por endosar las listas electorales fraudulentas.
Todas las encuestas y elecciones especiales para sustituir congresistas o elegir jueces y otros oficiales estatales apuntan a una victoria Demócrata el próximo noviembre. A diferencia de noviembre del 2020, Trump se propone impedir una derrota de su Partido.
Ya se ha dicho públicamente, y él lo ha comentado, si los Demócratas ganan la Cámara procederán a residenciarlo, por tercera vez, y Trump no está seguro de que el Senado, que funge de juez en un juicio por residenciamiento, lo absolvería.
Un triunfo Demócrata en noviembre representaría el fin de la presidencia de Donald Trump, ya sea por destitución, o por una derrota aún mayor en 2028.
Así que ha comenzado varias estrategias simultáneas:
1) Provocar una confrontación con la sociedad civil en un estado Demócrata, en este caso Minnesota, para enviar tropas federales y declarar un estado de sitio en los estados Demócratas que protesten para, a su vez, amedrentar los votantes en noviembre;
2) Comenzar una guerra en Irán, y posiblemente una invasión a Cuba, para provocar un fervor patriótico, sobre todo cuando ocurran bajas de soldados estadounidenses, que «obliguen» a los votantes a cerrar filas a favor del presidente;
3) Provocar que el estado de sitio resultado de confrontaciones con guardias nacionales y milicias de estados Demócratas, le permitan argumentar que el país enfrenta una guerra civil y cancelar las elecciones en noviembre, como alabó que hiciese Zelenskii en Ucrania.
Simultáneamente, continuará impulsando que los medios de comunicación tradicionales, ABC, CBS, NBC y CNN caigan aún más en manos de billonarios que lo apoyan para que la cobertura mediática le sea favorable, amén de los aproximadamente diez a doce que son incondicionales suyos. Ejemplo: el Washington Post, propiedad de Jeff Bezos, patrocinador del documental «Melania», está despidiendo parte de la plana mayor editorial para sustituirla por Inteligencia Artificial.
A medida que continúen publicándose referencias a las fechorías que protagonizó junto a Jeffrey Epstein, incluso su base, que será vapuleada por una inflación aún mayor que la del 2025, continuará erosionando su respaldo y ni las tácticas represivas de ICE, ni la guerra en el Medio Oriente, ni el intento de controlar las elecciones en los estados, impedirán una crisis económica, civil e institucional que desembocará en una guerra civil pacífica de resistencia multitudinaria, o una guerra civil violenta en que morirán muchas más Renée Good y Alex Pretti.
Una masa multiracial, junto a blancos, pobres e indignados, porque el «sueño americano» les ha sido negado para enriquecer aún más a los Musks, Bezos y Zuckerbergs, y a la familia Trump-Kushner, desafiarán la barbarie que Trump desate desde adentro.
Puede que Melania no diga «que coman bizcocho», pero al «would be king» le espera la ira de un pueblo acostumbrado a ser vencedor y no vencido.



