Especial para CLARIDAD
Introducción
El sistema internacional contemporáneo está marcado por una creciente interdependencia entre economía y geopolítica. En este contexto, los conflictos armados no solo deben entenderse en términos territoriales o ideológicos, sino como disputas por el control de flujos estratégicos. El conflicto entre Estados Unidos, Irán e Israel en 2026 ilustra esta transformación, al centrarse en rutas marítimas esenciales para el transporte de petróleo y gas. Este conflicto puede analizarse mediante dos marcos teóricos complementarios: el nuevo regionalismo estratégico y el enfoque de las cadenas globales de valor, desarrollados e integrados por la economista puertorriqueña Maribel Aponte. Aprovechamos para enmarcarlo y entender cómo la condición colonial de Puerto Rico y las leyes de cabotaje representan una pérdida de oportunidad económica en la logística del transporte marítimo. Puerto Rico se encuentra en una posición privilegiada, cercana a rutas marítimas que conectan América del Norte, América del Sur y Europa. Esta ubicación representa una ventaja geográfica significativa. Sin embargo, dicha ventaja no se traduce plenamente en desarrollo debido a la condición colonial y a las restricciones regulatorias impuestas por las leyes de cabotaje. Estas limitan la capacidad del país para participar soberanamente en el nuevo regionalismo y en las cadenas globales de valor
El nuevo regionalismo estratégico plantea que las regiones deben ser entendidas como construcciones político-económicas dinámicas, capaces de insertarse activamente en la economía global. A diferencia del regionalismo clásico, centrado en acuerdos formales entre Estados, este enfoque enfatiza la planificación estratégica, la gobernanza multinivel y la articulación entre actores públicos y privados. Según Aponte, este marco adquiere una dimensión geoeconómica particular. Las regiones con ventajas geográficas —especialmente aquellas ubicadas en rutas marítimas clave— pueden transformarse en nodos logísticos de alto valor. La infraestructura portuaria, la conectividad y la capacidad de gestión de flujos se convierten en activos estratégicos. En este sentido, el espacio marítimo deja de ser un mero canal de tránsito para convertirse en un territorio de disputa y en un espacio estratégico de planificación. Donde la gobernanza multinivel, la innovación, la cooperación interinstitucional y la capacidad de diseñar políticas que fortalezcan ventajas comparativas dinámicas. Las regiones, en este sentido, actúan como plataformas de articulación entre lo local y lo global. Para ello desarrollan clústeres productivos, fomentan la especialización inteligente y promueven redes de conocimiento. No se trata simplemente de integrarse, sino de hacerlo de manera selectiva y planificada y buscan posicionarse en sectores clave, atraer inversión, desarrollar capital humano y construir infraestructuras que faciliten su competitividad. Y a la vez reconoce la importancia de factores no económicos, como la cultura, la identidad territorial y la sostenibilidad, como elementos que influyen en el desarrollo regional.
El enfoque de las cadenas globales de valor permite analizar la fragmentación de la producción y distribución de bienes a escala internacional (cómo se organizan y distribuyen las distintas etapas de producción de bienes y servicios a escala internacional). En el caso del petróleo y el gas, la cadena incluye múltiples etapas: extracción, transporte, refinación y comercialización. Sin embargo, el valor no se distribuye de manera uniforme; los actores que controlan la logística y los mercados suelen capturar mayores beneficios. Hay que subrayar la importancia de la circulación dentro de la cadena. Asimismo, las distintas fases —diseño, producción, ensamblaje, distribución y comercialización— pueden ubicarse en diferentes países o regiones según sus ventajas específicas. Lo relevante aquí no es solo la producción en sí, sino la captura de valor en cada eslabón de la cadena. Capturar valor significa apropiarse de una mayor proporción de los beneficios económicos generados por la actividad logística.
La geografía marítima y logística
En el sector energético, el transporte marítimo constituye un eslabón crítico, ya que conecta las zonas de producción (principalmente en el Golfo Pérsico) con los principales centros de consumo en Asia, Europa y América del Norte. Por tanto, la interrupción de estas rutas tiene efectos sistémicos sobre la economía global. El conflicto de 2026 pone de relieve la centralidad de ciertos puntos geográficos que funcionan como nodo en las cadenas energéticas globales. El más relevante es el Estrecho de Ormuz, por donde transita una proporción significativa del petróleo mundial. Su proximidad a Irán lo convierte en un punto de control estratégico, susceptible de bloqueos o intervenciones militares. De manera complementaria, el Bab el-Mandeb conecta el Golfo Pérsico con el Mar Rojo, permitiendo el acceso al Canal de Suez, una de las principales arterias del comercio global entre Asia y Europa. La interrupción de cualquiera de estos nodos genera efectos en cascada. Esto obliga a desviar rutas hacia trayectos más largos y costosos, como el rodeo del continente africano, lo que complica la logística del transporte marítimo. En este contexto, el control de las rutas marítimas se traduce en poder geoeconómico.
La contribución central del enfoque de Aponte radica en integrar ambos marcos teóricos. El nuevo regionalismo estratégico proporciona la base para entender cómo los territorios se organizan para aprovechar su posición geográfica, mientras que el enfoque de cadenas de valor (es una herramienta) permite identificar los puntos críticos donde se genera y se captura el valor. Las rutas marítimas funcionan como espacios donde convergen ambas dimensiones. En el conflicto analizado, son regiones estratégicas en sí mismas, sujetas a planificación, control y disputa. Por otro, son eslabones esenciales en las cadenas globales de valor energéticas y agrícolas. Esta doble condición explica por qué su control es objeto de competencia geopolítica intensa.
El análisis sugiere tres implicaciones para el orden global principales: Geoeconomía, fragmentación de las cadenas de valor y revalorización de la geografía. Las guerras contemporáneas se libran tanto en el campo militar como en el control de flujos económicos estratégicos, por lo tanto, la inestabilidad en rutas clave genera reconfiguraciones en la organización global de la producción y distribución energética. En este contexto los espacios marítimos adquieren una centralidad renovada como territorios estratégicos.
Con estos marcos teóricos de Aponte, es posible comprender que las rutas marítimas de petróleo y gas no son meros canales de transporte, sino nodos críticos en las cadenas globales de valor y espacios de articulación del regionalismo estratégico.
Puerto Rico y el Caribe espacios de generación de valor económico
A su vez, este análisis ofrece una lección para el Caribe como espacio marítimo y territorio estratégico. La región puede convertir su ubicación geográfica en una ventaja competitiva mediante una inserción activa y planificada en las cadenas globales de valor que circulan por las principales rutas marítimas del mundo. En especial para Puerto Rico y su reconfiguración como nodo del Caribe y del control de las cadenas de valor en el nuevo regionalismo caribeño. Las rutas marítimas posibilitan que ciertas regiones (como el Caribe) desarrollen funciones de intermediación logística, lo que Aponte identifica como una oportunidad clave para economías que no necesariamente dominan la producción industrial o la extracción de recursos. Actividades como almacenamiento, refinación, redistribución y servicios portuarios generan valor y empleo, insertando a estas regiones en segmentos más dinámicos de las cadenas globales.
El marco del nuevo regionalismo estratégico, radica en que estas rutas no son simples vías de transporte, sino infraestructuras críticas donde se organiza, distribuye y disputa el valor económico global. Con redes marítimas altamente concentradas en puntos clave del sistema internacional. La función de las rutas marítimas va más allá de la conexión física. Estas determinan costos, tiempos, riesgos y acceso a mercados. Todo ello influye directamente en qué territorios participan, cómo lo hacen y cuánto valor logran capturar. El Caribe deben actuar de manera intencional para posicionarse dentro de estas redes globales. Las rutas marítimas, en este sentido, se convierten en activos estratégicos. Las ubicadas cerca de corredores clave pueden transformarse en nodos logísticos —puertos, centros de distribución, zonas de transbordo— capaces de capturar valor más allá de la producción tradicional.
Entender que el poder no reside únicamente en la posesión de recursos energéticos, sino en la capacidad de controlar su circulación y eso te da una ventaja. Así, las rutas marítimas se consolidan como ejes fundamentales del orden internacional contemporáneo, donde convergen intereses económicos, estratégicos y territoriales. La condición colonial y las leyes de cabotaje limitan la capacidad de Puerto Rico para convertirse en un hub (nodo) logístico competitivo en el Caribe. Su ubicación, cercana a rutas marítimas clave que conectan América del Norte, América del Sur y Europa, representa una ventaja geográfica significativa, pero esta no se traduce plenamente en desarrollo debido a las restricciones regulatorias y coloniales.
La condición colonial es una pérdida de oportunidad para la economía de Puerto Rico que podría desempeñar un papel más activo en actividades como el transbordo, la redistribución regional y los servicios logísticos avanzados. La condición colonial reduce su capacidad para capturar valor dentro de las cadenas globales, relegándolo en muchos casos a un rol de consumidor y plataforma militar más que de intermediario estratégico.
Para que Puerto Rico pueda hacer uso de ese poder, precisa de la independencia y plena soberanía, mientras será sólo una plataforma militar-colonial atado con las leyes de cabotaje y en eso radica su pérdida de oportunidad económica. La independencia y la soberanía serían elementos fundamentales para redefinir el papel de Puerto Rico en las rutas marítimas regionales. De esta manera, dichas rutas dejarían de ser simples canales de tránsito y podrían convertirse en espacios de generación de valor económico. La independencia podría ampliar significativamente la capacidad de Puerto Rico para diseñar políticas marítimas, logísticas y comerciales propias.
La independencia y una mayor capacidad soberana podrían permitir que Puerto Rico participe más activamente junto a otras islas caribeñas en redes logísticas regionales. Esto facilitaría su inserción estratégica en el nuevo regionalismo y en las cadenas globales de valor. Para poder decidir la Política de Desarrollo Económica propia y en su análisis económico incorporar la dimensión de la geografía marítima y logística, para comprender cómo los territorios insulares y costeros pueden insertarse de manera más ventajosa en la economía global, particularmente a través de su posición en rutas marítimas estratégicas.
Un Puerto Rico independiente y soberano puede decidir participar y ser nodo logístico de estos centros neurálgicos de poder económico en unión a otras islas caribeñas. En la colonia eso queda anulado, no podemos decidir. Las restricciones regulatorias limitan significativamente la capacidad de Puerto Rico para desarrollar una estrategia logística y marítima autónoma. Puerto Rico puede lograr integrarse estratégicamente a estas rutas no solo participan en la globalización, sino que pueden influir activamente en ella, por eso señalamos que con la independencia estaremos mejor.





