Los aniversarios siempre brindan buenas excusas para que se escriba algo, y más cuando los mismos se celebran en términos de décadas. Este año 2026 no es la excepción y se ha prestado para varias conmemoraciones, especialmente aquellas relevantes a la economía quebrada del país.
Hace poco tuvimos el décimo aniversario de la firma de la Ley Promesa y la imposición de la Junta de Supervisión Fiscal. También está el cincuenta aniversario de la promulgación de la sección 936 del código de rentas internas que significó el reavivamiento de lo que en aquel entonces ya era considerado un modelo económico obsoleto. Su fin en el 2006 y el comienzo de la entonces recesión económica a su vez cumplen ya dos décadas. Finalmente, y si no fuese por un añito (1947 en vez de 1946), también podríamos añadir a nuestras conmemoraciones el ochenta aniversario de la Ley de Incentivos Industriales que dio paso a lo que comúnmente se conoce como el nacimiento de Operación Manos a la Obra.
Pero las conmemoraciones relacionadas a la economía no terminan con las arriba citadas, siendo estas algunas de las instancias en la historia del desarrollo capitalista por el que ha pasado nuestra querida colonia. Y es que hace 250 años apareció publicado un libro escrito por un filósofo escocés que muchos identifican con el nacimiento de la economía como una disciplina moderna que celebra al sistema capitalista que le dio vida. Esta obra de 1776 escrita por Adam Smith, conocida por su título popular “La Riqueza de las Naciones”, como cualquier otra obra clásica, tiene sus aciertos y desaciertos. Y entre sus aciertos hay uno que aparece y reaparece constantemente en nuestra realidad criolla.
Entre las páginas del libro de Smith (libro 4, capítulo 8) se encuentra la observación de que en muchas ocasiones los verdaderos arquitectos de la política económica gubernamental son representantes o socios del sector privado y patronal (Smith enfatizó el capital manufacturero y comercial de su época, pero también piénsese en el financiero, especulativo, etc.) y que no debe sorprender a nadie que esas políticas las empujan siguiendo sus intereses privados, aun cuando esos intereses puedan ir en contra del bienestar de la sociedad. Es raro que en el capitalismo, y menos en una colonia, haya una sintonía automática y positiva entre el criterio de la ganancia, la política pública, y el bien colectivo. En Puerto Rico, y en medio de la hecatombe socioeconómica, solo basta pensar en casos recientes y dolorosos como el desempeño de LUMA Energy y Genera PR, las catastróficas propuestas en El Escambrón y del proyecto Esencia, la desastrosa propuesta de reforma de permisos, y la eliminación de la Comisión Evaluadora del Salario Mínimo.
Súmese a lo anterior cómo el criterio de la ganancia capitalista también está conectado al alto grado de corrupción gubernamental, las eternas puertas giratorias entre los sectores público y privado, la pobre planificación, y las ineficiencias que se le achacan al gobierno como si viniesen de paquete. Los casos recientes del ahora ex-secretario de la gobernación Francisco Domenech y su sintomático intercambio con el ex secretario de desarrollo económico Sebastián Negrón Reichard, más las recientes discusiones sobre los donativos de “inversionismo político” a Pablo José Hernández, muestran lo relevante de las observaciones de Adam Smith hace más de dos siglos.
Y claro está, todos estos ejemplos están enmarcados dentro de un largo proceso que ha tomado más fuerza desde la crisis económica que explotó hace dos décadas y que luego tomó un giro violento con la llegada a la gobernación de Luis Fortuño en el 2008. Para los efectos, esa misma administración de Fortuño, sigue viva pero tambaleándose, con el trío dinámico de Jennifer González, Tomás Rivera Schatz, y Miguel Romero. Las disputas internas desde el comienzo de este cuatrienio, que también han servido como grandes distracciones, sobre el caso de los permisos en La Parguera, la presencia de ICE en Puerto Rico, la nominación Verónica Ferraioli la Secretaria de Justicia, y el nombramiento del “Rey Charlie” a la comisión evaluadora de permisos de vehículos todoterreno, son solo algunos de los ejemplos que reflejan fricciones entre socios que quieren seguir sirviéndose con la cuchara grande en una economía decadente en la era de Trump. Eso sí, no dudaron en mostrar solidaridad entre ellos cuando salió a relucir la cancelación por la misma administración de Trump de una investigación federal sobre el caso de “drogas por votos” asociado al proceso electoral en la isla en el año 2024.
Más importante aún, el tambaleo de este gobierno está basado en la administración del quebranto vertebral de un país donde gran parte del andamiaje infraestructural mínimo para el sustento material de la vida está al borde de un colapso total e irreversible. La falta de mantenimiento a los embalses y del afamado supertubo son los capítulos más recientes en una larguísima historia del mal manejo de fondos públicos por las distintas administraciones de este país que tiene, entre sus metas, la felicidad y apoyo del capital local y foráneo. Y encima de eso tenemos una Junta de Control Fiscal que le ha recortado 30 millones de dólares al presupuesto de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados destinados al reparo y actualización de equipos. En fin, ya no se necesitan sequías o huracanes para que los servicios de agua y luz sean interrumpidos, en lo que posiblemente es el desarrollo de una crisis humanitaria inédita en la historia del país y que va a seguir agravándose dado las consecuencias innegables de un cambio climático que ha sido ignorado desde hace mucho tiempo por los que nos gobiernan.
Que no quede duda alguna; el criterio de la ganancia y la lógica del capital en nuestra colonia cada vez le roba a las masas más tiempo y más vida, vía la explotación, el desempleo, la opresión, la ansiedad, y todo tipo de penurias diarias. Pero se supone que neguemos todo esto y que abracemos la simples ecuaciones de “inversión = crecimiento”, “crecimiento = empleo = desarrollo” y “bienestar del capital = bienestar de la sociedad”. Todos los días estamos viendo y escuchando estas equivalencias de una manera u otra, siendo testigos de cómo se le provee la alfombra roja a una irracionalidad (desde la perspectiva de la vida) que beneficia a unos pocos y que agudiza aún más los problemas de la mayoría. ¡Pero no! Se nos dice que criticar el Proyecto Esencia, la energía nuclear, los centros de datos de inteligencia artificial, nuevos super tubos, y todo tipo de inventos que evidentemente agudizarían aún más el problema del agua significa estar en contra del bienestar económico y no vivir en la realidad. Súmese a todo lo anterior el interminable bombardeo mediático sobre la importancia de la responsabilidad individual donde, por ejemplo, se enfatiza lo crucial que es la planificación financiera individual para poder gozar, nada menos, ¡que de la vida! (el programa radial Jugando Pelota Dura nos prometió hace algunos días que así, por ejemplo, podríamos jugar golf y asistir a shows de autos antiguos…). Este es el mundo paralelo, el mundo de la racionalidad del capital, el mundo que nos exige a todos a tomar una posición, porque literalmente se nos va la vida. Y en Puerto Rico ya muchos conscientemente han escogido de qué bando están, y andan organizados. O nos vamos a olvidar de esa fabulosa Coalición del Sector Privado, o de los patriotas Bonistas del Patio, o la última encarnación de nuestra clase capitalista criolla en el “Super-Pac” electoral llamado “Democracia es Prosperidad” que apoyó a los tumbólogos por excelencia del PNP-PPD de siempre en nombre de la “libertad económica” y la “propiedad privada”?
Es evidente que la viabilización de una sociedad justa y sustentable no cabe en los cálculos del lucro privado y en los mecanismos del mercado capitalista, y menos cuando la ganancia a corto plazo cada vez se impone más como criterio de la inversión. Ante todo eso, cabe recordar que históricamente, los avances sociales que se han dado en sociedades capitalistas (piénsese en la extensión de la jornada laboral, el seguro social, el salario mínimo, etc.) han sido a base de luchas precisamente en contra de los intereses del capital y no a base del gran corazón humanista y filantrópico que tiene la clase empresarial. Y esas luchas, que toman muchas formas, ahora parecen tener más urgencia que nunca, porque literalmente, como especie, parece que se estamos en una crisis civilizatoria bajo el régimen capitalista global. Y es aquí que los que en Puerto Rico luchan por una vida y futuro sustentable encuentran conexión con uno de los nudos que recorren las complejas relaciones geopolíticas que están definiendo nuestros tiempos donde el sistema de reglas del que muchos se abrazaban ha colapsado.
La lucha contra el Proyecto Esencia no es solo una lucha por el bienestar de familias y comunidades, y en contra de la privatización y de los enemigos criollos que quieren pasar el proyecto sea como sea. Esta lucha también nos une a la grandes batallas que se están dando alrededor del mundo en contra de la oligarquía capitalista transnacional, y específicamente en contra del sionismo y su colonialismo de asentamiento, dado que una de las firmas envueltas en el megaproyecto en Cabo Rojo, los Reuben Brothers, tiene lazos de apoyo con las Fuerzas de Defensa Israelíes, agentes del genocidio en Gaza.
En fin, en la lucha contra el proyecto Esencia tenemos un microcosmos de lo que nos aqueja tanto a los puertorriqueños como a la humanidad en esta etapa de crisis civilizatoria y capitalismo en descomposición. Y es aquí que cabe recordar las palabras de César Andreu Iglesias, de cuya muerte se cumplieron a comienzos de este año (abril 17) cinco décadas, y que resumen donde estamos parados: “Porque la política económica que se lleva no es en interés fundamental del pueblo de Puerto Rico y los trabajadores, quienes se ven cada día obligados a emigrar de su país, o a vivir del mantengo, y a perder sus posesiones.”
El autor es Catedrático Asociado del Departamento Economia,John Jay College, City University of New York








