Especial para En Rojo
Hace unos días que me siento especialmente triste. Me pasa regularmente días antes de mi cumpleaños. Es como si cada año el cuerpo se asegurara de filtrar cualquier impureza de emociones para sanar totalmente. A veces, reflexionar sobre la vida sana. A veces, estar triste tiene cierta belleza, pero eso no ocurre esta vez. Mi madre murió hace unos meses. La persona que llevó la peor parte durante mi nacimiento no está aquí.
Hay algo extraño en cumplir años cuando falta la persona que recuerda nuestro comienzo mejor que nadie. Podemos saber la fecha, la hora, la historia repetida tantas veces, pero hay una parte de ese día que se fue con ella. Mi cumpleaños era una celebración que compartíamos las dos.
Ella fue la primera persona que me sonrió. Fue quien me cuidó de enfermedades; quien lloró conmigo cualquier dolor. Fue la mujer que más me amó en la vida. Ahora, todo es distinto.
No me abrazará.
No será la primera en llamarme para desearme un buen día.
No tendré un regalo de su parte.
No me cantará las mañanitas.
Tampoco le dirá a nadie lo orgullosa que está de mí.
Nada de eso pasará.
Y saberlo y aceptarlo duele.
El dolor se siente en los huesos. Se siente en la piel. Se huele en la casa. Se instala en el corazón.
Mi madre fue la fuerza que sostuvo nuestra casa toda su vida. Hoy, sin ella, el hogar parece una estructura blanda, húmeda, como si hubiera cambiado de materia. En la casa de mi niñez y juventud, todo parece ahora fuera de lugar: los cuadros, las toallas, las sábanas… Aunque los objetos sigan exactamente donde estaban, a pesar de que mi papá apenas haya movido algunas cosas, la casa ha cambiado su forma. Su luz también es distinta. Tampoco es igual el mantel, ni el libro que tenía sus notas. Cambiaron sus espejuelos y el sofá gris, donde todavía espero encontrarla, sentirla.
Los lazos familiares, que antes creía tan sólidos, también se sienten frágiles. Pienso que ella los reforzaba con cada abrazo, los reconstruía con un gesto de amor. Siento que mi círculo, que es mi tesoro, también se afectó, como cuando un cambio de temperatura abrupto separa la pega de las losas viejas. Noto que cada uno lleva el luto distinto. Supongo que es natural, pero a veces, no puedo evitar sentirme tan sola.
Mi madre era mi amiga, mi confidente. Era quien mejor me entendía, con quien disfrutaba de un concierto, de una obra de teatro, quien sabía consolar y también reír. Era quien nos mimaba y con quien nos sentíamos plenamente amados.
Mi madre no está, pero me la sigo encontrando. Se me aparece en la cocina cuando trato de imitar, sin éxito, alguna receta suya. Llega sin avisar en una cita médica. Me topo con ella en algún comentario que escuche al azar. Protagoniza canciones, viaja conmigo en el carro y, de alguna manera, consigue que aquello que yo creía una nueva preocupación se resuelva casi como un milagro.
Mi madre también aparece en mis sueños más extraños. Me aconseja, me cuida, me guía y me consuela. Su vida, en el Más Allá, luce bastante ocupada; incluso parece que allí maneja su propio afán.
Mi madre no está, pero llega siempre sin estar buscándola. A veces, digo algo y la escucho. Recuerdo una frase suya sin pensarlo, contesto con su tono, hago un gesto que no sabía que había heredado.
En este, mi primer cumpleaños sin ella, mi mente regresa a aquel poema que leí en su homenaje de vida, una hermosa pieza atribuida a Magdalena Blesa. Hoy, como la poeta, yo pensaba…
Yo pensaba que mi madre estaba en la tumba fría.
Y la he encontrado en mis ojos.
Llevo su boca en la mía.
Mis andares son los suyos,
mis gestos y mi mirada.
[…]
Las madres no se van nunca,
Se quedan en los espejos,
a observar cómo sus hijos
se les van haciendo viejos…”.
Envejecer ahora se siente como si creciera de nuevo; es como regresar al pasado una y otra vez, como para ajustar piezas. Sé que la vida sigue, pero atravesar el luto tomará su tiempo.
Este cumpleaños será distinto. Hay una silla vacía. Hoy, más que nunca, pensaré en ella. Me levantaré temprano, escucharé mis canciones favoritas y dejaré que el cuerpo atraviese o filtre aquello que aún necesita soltar. Imaginaré sus consejos e intentaré honrarlos.
Tomaré decisiones, planificaré resoluciones y pondré los límites necesarios para cuidar mi salud integral, como hubiese querido que hiciera ella. Compartiré con la gente que me quiere. Creo profundamente en que las alegrías compartidas se multiplican y que el dolor, cuando se comparte, pesa menos.
Mi madre no está, pero sigue estando.








