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NaciÓN

Como docentes no tenemos que resolver todos los temas “controversiales” en una sola clase

ESPECIAL PARA EN ROJO

¿Los hombres y las mujeres deberían tener los mismos derechos dentro del matrimonio?

Con esta pregunta empecé mi clase de literatura avanzada para estudiantes de 17 años en Estados Unidos. Por lo general, siempre empiezo con una pregunta detonante antes de acercarnos al texto que vamos a leer. Al principio, todos dijeron que sí: hombres y mujeres debían tener los mismos derechos. No recuerdo uno que haya dicho que no.

Después les dije: “Giren y hablen con su compañero de al lado o con quien esté detrás de ustedes y discutan esa pregunta”. Yo caminaba entre sus asientos escuchando cómo estaban problematizando la pregunta que les hice. Al cabo de varios minutos, los traje de vuelta y les dije: “Bien, ¿llegaron a alguna conclusión? ¿Quién quiere compartir de qué hablaron?”.

Patricia, nombre ficticio para proteger la identidad de la estudiante, levantó la mano y dijo: “Bueno, si digo que no, se va a escuchar feo. No es que no deban tener los mismos derechos. Es que cada cual tiene algo que hacer”. Y casi la mayoría afirmó que estaba de acuerdo con lo que su compañera había expresado.

Y ahí fue que la conversación se puso buena. Le contesté: “Lo que estás planteando son roles de género”. Entonces les pregunté: ¿qué roles se supone que deben asumir los hombres y las mujeres dentro de un matrimonio? Les pedí que giraran y hablaran de nuevo con la persona que tenían al lado. Y otra vez, los traje de vuelta a la discusión. Ahí empezaron a salir las respuestas.

La mujer debía encargarse más de la casa y de los niños porque, según ellos, tiende a ser más cariñosa y cuidadora. El hombre debía trabajar, proveer y proteger. Así que les hice otra pregunta: “¿Y estaría mal que una mujer trabajara mientras su esposo decide quedarse en casa cuidando a los niños?”. Las caras de desaprobación ante la atrocidad que su maestra acababa de decir me dieron bastante información.

En algún momento me preguntaron: “¿Y usted qué piensa?”. Y decidí no contestar. Podía haber aprovechado para explicarles que muchas de esas ideas están atravesadas por una sociedad patriarcal, hablarles de cómo construimos socialmente el género y darles una clase completa sobre el tema. Pero no quería hacer eso. Al menos, no todavía.

Porque mientras ellos hablaban, yo estaba haciendo otra cosa: estaba tratando de entender desde dónde estaban pensando. Qué entienden por igualdad. Qué consideran un rol “natural” para un hombre o una mujer. Hasta dónde llega esa igualdad cuando dejamos de hablar de ella en abstracto y empezamos a poner ejemplos concretos. Necesitaba ver dónde estaban antes de decidir hacia dónde llevar la conversación.

Y puedo darme ese tiempo porque el currículo también me lo permite. El texto que íbamos a leer ese día era Lo que le sucedió a un mozo que se casó con una muchacha de muy mal carácter, el Ejemplo XXXV de El Conde Lucanor, escrito por Don Juan Manuel en la España medieval. Después de leerlo, mis estudiantes tenían que compararlo con una publicidad de Van Heusen de 1951, producida en los Estados Unidos de la posguerra, en la que aparece una mujer arrodillada llevándole el desayuno a su esposo que está acostado en la cama.

Y aquí aparece para mí la importancia no solo del diseño curricular, sino de un buen programa de literatura cuando trabajamos temas que pueden ser controversiales en el salón de clase. La construcción del género y la sociedad patriarcal no aparecen solamente en esta obra. Vamos a encontrarnos con ellas una y otra vez, en textos diferentes y en momentos históricos distintos.

Una historia nos permite acercarnos a problemáticas como la desigualdad de género, el racismo o la xenofobia sin necesariamente empezar por los conceptos abstractos que, en medio de la polarización actual, pueden hacer que muchos adolescentes se pongan inmediatamente a la defensiva. La literatura nos permite ver esas problemáticas encarnadas en personajes, conflictos y sociedades, pero también observar cómo se van transformando a través de la historia.

Eso fue precisamente lo que ocurrió en esta clase. En El Conde Lucanor, escrito hace casi 700 años, mis estudiantes encontraron una representación de la sociedad patriarcal basada en la violencia y la intimidación. Después tuvieron que mirar una publicidad estadounidense de 1951 y preguntarse qué había cambiado. La sociedad era otra. Habían pasado siglos. Sin embargo, allí también aparecía una representación de la dominación masculina. La diferencia era que ya no se presentaba de la misma manera: en la publicidad, esa dominación aparecía como algo deseable, algo que la propia mujer parecía querer.

Por eso no necesito dar en ese momento la gran clase sobre género y pretender que el asunto quedó resuelto. Un buen programa de literatura puede hacer mucho más que hablarles directamente de una problemática: puede permitirles encontrarse con ella una y otra vez, verla desde distintos textos, contextos y momentos históricos, comparar sus transformaciones y construir preguntas cada vez más complejas. Voy a tener muchas oportunidades para volver sobre lo que hablamos ese día.

De hecho, me interesa más ver qué pasa cuando esas ideas que escuché ese día empiezan a encontrarse con otras obras. Qué se mantiene. Qué empiezan a cuestionar. Qué contradicciones aparecen. Qué argumentos nuevos incorporan. Y también qué cosas siguen pensando exactamente igual. Ese proceso también es aprendizaje.

Creo que a veces, cuando enseñamos temas que nuestra sociedad considera “controversiales”, sentimos demasiada urgencia por intervenir. Queremos explicar. Corregir. Dar contexto. Introducir todos los conceptos. Asegurarnos de que los estudiantes salgan de esa clase con “la idea correcta”. Pero escuchar lo que realmente piensan también forma parte de enseñar. Y desde esa urgencia también se nos olvida que una mirada basada en el respeto y la dignidad humana necesita tiempo de maduración y que entrar de lleno con adolescentes en todos estos conceptos abstractos simplemente los agobiaría y los desconectaría de la discusión.

En esa clase, podía decirles lo que yo pensaba. Preferí seguir preguntando. Porque tengo un currículo entero para volver sobre estas ideas y ayudarles a mirarlas desde distintos textos, contextos y momentos históricos. No necesitamos resolver todas las conversaciones controversiales en la primera clase. Primero necesitamos saber desde dónde estamos empezando.

Esta reflexión se publicó inicialmente en Educando con Perspectiva, un proyecto educativo fundado por la educadora y comunicadora Alejandra Lara-Infante, dedicado a promover la reflexión sobre la enseñanza, el aprendizaje y la educación desde una mirada crítica y fundamentada.