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NaciÓN

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Periodista okupa en Casa Pueblo

ESPECIAL PARA EN ROJO

Esta mañana las nubes levitaban tan bajas y densas sobre la Casa de las Mariposas que parecían algodón flotante que se me dispersaba entre las manos cuando salí al balcón. Por la tarde me fui a jugar dominó y a escuchar historias de Adjuntas al colmadito de Sharon en el Alto de Cuba.

En ese amoroso colmadito, señores maduros y muy machos, sin ser familia, se despiden con un “te quiero mucho, ¿sabes? Yo a ti también, papá”.

Al segundo o tercer día de visitar la barrita, Melvin, sempiterno allí, mi nefasta pareja de dominó, me dijo al despedirme un prudente “se te quiere”. Ahora, cada vez que subo al Alto de Cuba, me dice “te quiero” tres o cuatro veces. Cumple 61 años este domingo.

Había sucedido una tragedia. Una gallina, que dice Sharon que es una mala madre porque abandona a sus polluelos antes de tiempo, pasa por allí con su pollada a cada rato. En el colmadito de Sharon velan hasta a los lagartijos que se comen las gallinas del barrio. Siempre había pensado que las gallinas eran vegetarianas, pero en Adjuntas no se ven cucarachas porque ellas se las comen. Varios días vi a esa gallina con sus polluelos, uno de ellos, cojo, siempre rodeado de sus hermanos y hermanas que lo protegían. Hoy falleció. Cuando la gallina y sus polluelos doblaron la esquina, en un instante Sharon notó la ausencia del pollo cojo. Se dirigió a la gallina para reclamarle: “¿Qué tú has hecho con el cojito, mala madre?”, y nos preguntó: “¿Qué le habrá pasado al cojito?”.

“Yo sé lo que le pasó”, contestó rápidamente Fernando, uno de los locales, con cara de pirata malo pero con mucho corazón. “Allí arriba en la esquina le pasó por encima un carro y casi lo mata. Luego llegó este cabrón en otro carro que lo aplastó, sea la madre”.

Más tarde nos enfrentamos a don Wilfredo Piazza, Piasita, que jugó con Rubén Luciano, y nos dieron tremenda chiva (pela exagerada, paliza descomunal y vergonzosa) que disfruté mucho, porque voy allí, sobre todo, a que me cuenten historias del pueblo. Esos tipos saben las fichas que tienes a la primera que sueltas.

Los relatos más graciosos que me han contado hasta ahora son los de un lagartijo borrachín y el de un cabro fumador de Ponce.

Sharon cierra los domingos, así que los parroquianos tienen que buscarse la vida. Un domingo, un bonche de locales decidió salir al campo. Lo de salir al campo es un decir, porque se la pasaron en el colmadito de Luis Pulga en el barrio Yahuecas del mismo pueblo. Su dueño, el Pulga dejó cocinar a una de las jóvenes del Alto de Cuba que fueron de excursión. Echaron el día jugando al billar y al dominó. Pero algo llamó la atención de Paisita: el dueño puso un vasito de ron en el marco de la ventana. Preguntó al dueño:

“Adiós, Luis, ¿por qué tú haces eso?” Y el dueño le dijo que esperara un momento. “Observa”. En seguida apareció un lagartijo que comenzó a beberse el palo. Un rato después, como todos los días, “el lagartijo estaba patas arriba”.

Luego Paisita me contó la historia del cabro Pepe, que todas las mañanas se escapaba de la granja para bajar a un negocito cercano en la cantera en Ponce. “Ahí le ponían un cigarrillo en la boca y él se lo fumaba y también le daban ron”.

“Cuando el cabro Pepe ya estaba picado, se subía para su casa tambaleándose como nosotros mismos”, puntualizó Titín Báez.

“Venía gente de todo el mundo a visitarlo. No lo podía tocar nadie porque era cliente regular. Fíjate si era leyenda que el que lo mató todavía está preso”, añadió Paisita.

En el colmadito de Sharon, las cervezas siempre están frías, a pesar de LUMA, porque Casa Pueblo le instaló placas solares.