Christian Vélez
Especial para En Rojo
La madrugada del sábado en el estadio Hiram Bithorn. La escena, a los ojos de cualquiera, podría parecer mínima. Pero en la distancia ondeaban dos banderas que no eran decoración: eran memoria, lucha, resistencia. De pronto se acerca una grúa, un contingente policial, y el viento mueve las telas con más fuerza, como si se resistieran a bajar. La bandera de Lares desaparece como si su historia estuviera escrita en un papel mojado por el tiempo. La bandera palestina baja del mástil con el cuerpo doblado, cargando la sangre de un pueblo acribillado. No llamaré “censura” aunque lo parezca. Prefiero describir lo que leí y vi. Me enteré el sábado por la página social de Claridad. Pero la Junta Directiva del periódico, quienes montaban tarimas, las personas que dormían sin saber que al amanecer faltarían dos símbolos… todos ellos vivieron otra cosa. Un gesto que parece pequeño, pero que abre una grieta. Mientras la bandera baja, pienso —sin querer pensarlo— que esto ya había pasado antes. No en la tradición de las oficinas gubernamentales de mantener junto a la bandera de Puerto Rico otra que representa subordinación y coloniaje. En las páginas de la prensa antigua. En los periódicos amarillentos y despedazados. Un silencio que se repite. Una omisión que regresa. Un atropello a la libertad de expresión.
Para entender lo que vi esa madrugada, tuve que buscar en otro lugar: en las páginas amarillentas del pasado.
Estoy en el archivo digital. El papel ya no huele a humedad, pero mis manos están sudadas de tanto mover el mouse. La vista cansada por el azul de la pantalla. Me topo con El Imparcial, junio de 1928. Busco “Palestina”. Encuentro ruinas. La nota dice que la tierra será visitada por “numerosas expediciones arqueológicas”. Habla de Rockefeller, de museos, de tumbas bíblicas, de sinagogas antiguas. No hay árabes. No hay conflicto. No hay política. Palestina es un museo. Una excavación. Un paisaje bíblico sin habitantes. La prensa comercial construye un país sin pueblo. Un territorio sin historia viva. Una geografía disponible para ser interpretada por otros. Me detengo. Pienso en la bandera bajada en el Bithorn. En cómo ciertos símbolos parecen no tener derecho a existir en el presente porque fueron borrados del pasado. Ese borrado del pasado tiene consecuencias en el presente: Palestina sufre un genocidio que muchas miradas también prefieren no ver.
Cambio de periódico. Unión Obrera, octubre de 1929. Ese título es lo que estaba buscando: “Contra la opresión colonial. Los acontecimientos de Palestina.” Aquí no hay ruinas. Aquí hay lucha. Leo que “las masas obreras árabes han sido empujadas a la lucha por la explotación política y económica del imperialismo”. Veo en sus líneas que “el sionismo es instrumento del imperialismo inglés”. Que la insurrección debe convertirse en “una verdadera revolución nacional”. La prensa obrera ve lo que la comercial no puede —o no quiere— ver: que Palestina es un territorio colonizado, que hay un pueblo que resiste, que la lucha no es religiosa sino política, que el imperialismo británico es la estructura que organiza la violencia. Aquí Palestina no es una ruina. Es sujeto. Es clase. Es un pueblo. Y Puerto Rico aparece en el subtexto, aunque no se mencione: la explotación, la administración extranjera, la lucha obrera, la soberanía como herida.
Avanzo en el archivo. Escribo “Palestina” en la barra de búsqueda. Aparece El Imparcial, mayo de 1936. La Gran Revuelta Árabe está en pleno apogeo. El lenguaje cambia. La ideología no. Los árabes son “revoltosos”, “pandillas”, “terroristas”. Los judíos son “colonos” que necesitan protección. Gran Bretaña es “árbitro”, “moderador”, “garante”. Leo que los árabes “han ido demasiado lejos”. Que los británicos “no han querido usar la violencia contra la violencia”. Observo en las líneas de la columna que la lucha es “enteramente estúpida” y que “Gran Bretaña nunca entregará Palestina”. La prensa comercial narra la resistencia como si fuera un problema de orden público. Se interpreta como si el Mandato Británico no fuera un régimen colonial. Se ve como si la violencia no fuera estructural sino étnica. Se percibe a Palestina como si fuera un territorio que necesita administración, no autodeterminación. La misma prensa que en 1928 veía ruinas, en 1936 ve disturbios. En ambos casos, no ve a los palestinos ni a las palestinas.
En esas columnas se pueden observar tres Palestinas. Una bíblica, arqueológica, vacía. Otra obrera, antiimperialista, sobre todo viva. Luego está la peligrosa, ingobernable, racializada. Tres imaginarios, distintos modos de interpretar silencios que se tocan. La prensa comercial borra. La prensa obrera revela. Y Claridad —hoy— hereda esa segunda tradición.

Vuelvo a la madrugada del Bithorn. Al contingente policial cerca del metal vibrando. Las banderas descendiendo como cuando se arresta a un inocente. La bandera de Lares es otra historia que tengo presente. En este instante me preocupa Palestina. El comunicado de Claridad dice que bajar la bandera palestina es una violación a la libertad de expresión. Pero también es otra cosa: es la repetición de un gesto histórico. El eco de un silenciamiento que viene del pasado. La bandera bajada el sábado dialoga con la Palestina convertida en ruina por la prensa comercial en 1928. Se expresa con la Palestina convertida en amenaza en 1936. Alcanza su conversación más latente con la Palestina convertida en pueblo por la prensa obrera en 1929. La historia no es lineal. Es un archivo repleto de diálogos inconclusos. De silencios estratégicamente declarados. Representaciones que necesitan interpretación.
Pienso en el archivo digital. En las páginas que sostuve. En las palabras que todavía no han sido nombradas. En las gestas que sobrevivieron. Me detengo en la bandera bajada. En la mano que la bajó sin entender lo que cargaba. En las manos que la volverán a izar. Pienso en los niños y niñas de Gaza que siguen vivos entre los escombros. Escombros que también son ruinas habitadas por cuerpos —niños, niñas, mujeres, abuelos—, no vacías como las de El Imparcial en 1928. Las banderas no solo se levantan en los mástiles. También en la memoria, en la prensa obrera de 1929, en la vista cansada por la pantalla de mi computadora. En los silencios que decidimos romper. Palestina vuelve a subir cuando la nombramos, cuando la leemos en el archivo, cuando no aceptamos su silenciamiento en el presente. La bandera de Lares también.



