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NaciÓN

El discurso

13 de agosto de 1979

 

Queridos Eduardo y Maribel: 

Hace unos días que me siento comprometido en vivir un poco más, en la esperanza de ver un retoño portorriqueño ¿Eh? Por aquí estamos todos en esa expectativa. Habría muchas cosas que comentar desde que partiste. Esperamos que ustedes, y la señora, tu suegra, estén bien y felices. Tu mamá, como siempre enfrascada en su pensionado. En el señor Molina, en la gata bandida y sus tejidos. Hemos estado preocupados estos días porque se queja de que no oye, lo que me parece un recurso de novela picaresca, porque a veces nos sale al cruce, sobre todo cuando se trata de algo que no le agrada… Las chiquitas de Mecha y todos ellos están muy bien. Como Tacho, Chiquito y Mingo. Este sigue su audición de jass (con s/z?)… LA BOMBA: estuvo aquí el Presidente, el gobernador, y toda la plana y los planos (y algunos cúbicos también) con motivo del 130 aniversario del Colegio Nacional. Fue algo pocas veces vistoY así fue nomás. Ante una multitud encabezada por el Presidente y todo allí -hacete cruces-, los recibí tocando el órgano, y luego apuradamente tuve que llegar, con toda serenidad, al centro de la escena. Ni Puccini habría imaginado -quizás en Tosca- semejante momento. Por la cadena del estado y amplificadores al pueblo, referí al Pte. después de un emotivo saludo, antecedentes sobre el templo, la tumba, la personalidad de Urquiza… Fue aquello que ni el Anillo del Nibelungo, ni Parsifal, ni… La emoción fue general, menos yo, que estuve nada más cumpliendo un deber… Salió tan bien, que sucede (¡oh paradojas!) que buena parte de “nuestra sociedad” recién me ha descubierto…Y te decía. Eso del Presidentefue el sábado 28 de julio. El lunes 30 nos reunimos en la municipalidad, donde el gobernador nos entregó los nombramientos para la conmemoración del segundo centenario de la fundación de la ciudad. Dijo un discurso, entregó los sobres, y luego se levantó y me estrechó la mano fervorosamente delante de todos, por el discurso. ¿Qué te parece? Claro que las fotos han salido en diarios y revistas “y qué se yo” como diría tía Vicenta. El otro día pasó Chiquito por casa con el forchela. ¡Una visión del año 20! Bueno, Eduardo: espero que todo siga bien y que no haya guerrilla en P.R. ¿Has visto Nicaragua? Cuando puedas, escribes. Deseamos tener noticias de cómo anda Maribel, a quien darás un beso de todos nosotros. Que Dios y la Virgen los bendiga. ¡Ah! ¿Supiste de la muerte de tía Catalina? Sí, la pobre. Fue aquello un pontifical continuado. Mamá te contará. Salud y cariños. Augusto.

Fue algo pocas veces visto. Para muchos, la coyuntura perfecta para estrenar un vestido y pasar por la barbería. La basura desapareció de las calles (por lo menos de las callesde la ruta marcada), se maquillaron algunas fachadas y se recortaron los parques. Durante el trayecto desde el aeródromo hasta el centro de la ciudad, la comitiva se iba abriendo paso por un mar de gente que agitaba banderitas y saludaba con entusiasmo. Todos lo querían ver, comprobar, como santo Tomás, que el mismísimo presidente, del que tanto se hablaba en los medios patrios y cada vez más en la prensa internacional, se había personado en la ciudad. Cuando llegó al Colegio Nacional, donde serían los actos, se bajó del carro y caminó frente a la multitud. Saludaba rígido, escondido detrás de su bigote de general.

Augusto esperaba en la iglesia. A petición de un teniente coronel del regimiento local,el párroco debía preparar una breve referencia sobre el templo, el prócer y la urna donde descansan sus restos, tarea que terminó por delegarle a Augusto, que había pasado gran parte de su vida hurgando en los archivos de la parroquia. Antes de sentarse al órgano, y aún con el frío que hacía, Augusto sacó su pañuelo para secarse las manos. Tocó algunos acordes que retumbaron en las paredes del templo. «¡Qué despropósito!», dijo en voz baja, y agarró los papeles que en un rato debía leer.

Josefina, que conocía muy bien los recelos de su marido, le aconsejó que no asumiera esa responsabilidad.

«¿Y qué querés que haga?»

 

«Vos, señor, que venís a esta casa…». De entrada, Augusto se aseguró de no darle ningún trato preferencial. Y, como si eso fuera poco, le recordó que el ataúd del prócer lo había donado Perón. El presidente le sostuvo la mirada y se retorció con disimulo en el banco. El párroco, atento hasta ese momento a las palabras de su secretario parroquial, bajó la cabeza y se acomodó la sotana.

La noche después del discurso Augusto se acostó apesadumbrado. La cama se le hacía pequeña y la manta le molestaba en la piel. Se levantó varias veces para tomar agua. A la mañana siguiente, después del café, se sentó como cada día frente a la máquina de escribir. Hasta que la casa se llenó de un silencio que no era habitual. Su esposa, que ya no escuchaba el tronar de la máquina, lo encontró derrumbado sobre la mesa, murmurando, todavía consciente.

«Maldito discurso», seguía repitiendo Josefina años después. El primer retoño puertorriqueño llegó en enero del año siguiente.