Especial para En Rojo
La propuesta coreográfica GROSOR de la coreógrafa y bailarina puertorriqueña nibia pastrana santiago, presentada el 15, 16 y 17 de junio en el Teatro Victoria Espinosa en Santurce, San Juan, Puerto Rico, fue tan impactante que decidí asistir dos veces. Viví esta doble experiencia en medio de un mes de investigación etnográfica en colaboración con estudiantes y colegas de la Universidad de Puerto Rico en Cayey, centrada en la adaptación ecológica y la agroecología feminista en Puerto Rico.
Para nosotros, ver GROSOR fue un clímax y una catarsis en el proceso colectivo de reflexionar sobre lo boricua, es decir, de analizar la cultura contemporánea y aprender a interpretar sus símbolos. Narrar el entramado que compone la cultura en Puerto Rico desde la experiencia vivida implica enfrentarse a un nudo imposible de desenredar; es contar un vaivén que hiere y abraza a la vez. Así entendí los cuerpos desnudos que se chocaban desenfrenadamente entre sí en esta coreografía de pastrana santiago. Los bailarines se lanzaban unos contra otros con tal fuerza que sus carnes resonaban, evocando choques automovilísticos e interpersonales que conducen a un cansancio íntimo y adolorido en la vida cotidiana.

Describir la vida diaria en Puerto Rico con toda la amplitud de su agridulce grosor es una tarea que implica narrar o representar las energías contradictorias que recibimos en el espacio y tiempo que compartimos en este archipiélago invadido. Es nombrar un deseo que insiste y persiste a pesar de todo.
El antropólogo Clifford Geertz argumenta que “lo que en realidad enfrenta el etnógrafo (…) es una multiplicidad de estructuras conceptuales complejas, muchas de las cuales están superpuestas o enlazadas entre sí, estructuras que son al mismo tiempo extrañas, irregulares, no explícitas, y a las cuales el etnógrafo debe ingeniárselas para captarlas primero y explicarlas después” (La interpretación de la cultura, Basic Books, NY, 1973, p. 24). Siguiendo a Geertz, quien fundó la antropología interpretativa, interpretar una pieza como GROSOR solo es posible desde algún conocimiento compartido del entramado de multiplicidades y significantes que llamamos cultura.
GROSOR me colocó en el corazón de este (entr)amado enredo. ¿Cómo hablar de lo que ocurre en el presente con la falta de agua en Puerto Rico? ¿Qué más decir sobre lo que ha sucedido en los últimos diez años desde la aprobación de PROMESA en 2016, y a quién hay que decírselo? ¿Qué hacer con lo que aún se siente en el cuerpo desde el verano de 2019 o a casi una década de María? ¿Cómo y para qué describir el entramado de violencias, olvidos, gozos y creatividades inusuales que se entrelazan para sostener la vida en nuestro diminuto pero poderoso archipiélago y su diáspora hoy en día? En el bello y caóticamente preciso lenguaje artístico de pastrana, lo reprimido en la vida cotidiana retorna con energía y salvajismo, abriéndose espacio entre rabietas y momentos de descanso—un “bacalao pa’l público”.
En un final de la pieza que me resultó extático, los bailarines llenaron una casita de goma tipo “bouncy house”. La inflaron en el escenario hasta que se erguía, llena de aire, gorda, rica, temblorosa y acogedora. Uno a uno, los bailarines corrieron y se lanzaron dentro de la casita, brincando desnudos y abrazándose como niños. Saltaron juntos al ritmo de una música electrónica intensa, hasta llegar al cansancio, y luego se tiraron al suelo de entrada de la casita, buscando el aliento mientras esta se desinflaba. Las metáforas abundaron, desde la intimidad del sudor en el baile desnudo, hasta la incertidumbre de un gozo tan imposible de enunciar como ineludible.
A pesar de todo, ese gozo que no nos han podido quitar. La actriz Kairiana Núñez, quien asistió a una función especial el 15 de junio, me comentó durante el posterior jangueo que “nibia hace arte sobre su diario vivir.” Y así es. GROSOR es una pieza que aborda lo cotidiano y contemporáneo boricua desde una corporalidad fuerte, linda, lúdica, graciosa, tecnológica y, a veces, absurda, con una vulnerabilidad que no oculta ni por la que se rinde. Es una “reivindicación de la memoria” a través de la reincorporación del sinsentido de una lucha interminable desde el juego. El baile se convierte en una expresión de la frustración por la falta de democracia, de luz, de agua, de salud… Y por el vacío en el lenguaje que nos impide expresar eso que nos incita, el coraje infinito que nos motiva a seguir luchando, a seguir mirándonos con detenimiento, a veces sincronizando nuestros movimientos y a veces moviéndonos de forma explosiva.

Dentro del exquisito Teatro Victoria Espinosa, el público se sentó en el lugar donde normalmente se ubicaba el escenario, después de desfilar frente a enormes espejos que formaban parte de la escenografía. Al cerrar las puertas, los danzantes movieron los espejos frente a la audiencia y continuaron haciéndolo a lo largo de la pieza. Presenciamos cuerpos que bailaban con libertad, sin limitaciones impuestas artificialmente. Nos acostumbramos a ver bailes en los que se permitían todo tipo de movimientos, dentro de los cuales se valoraba cualquier intento de expresar algo que seguía siendo hermosamente inexpresable. La coreógrafa lideró el espacio, y los movedores Javier Cardona Otero, Awilda Rodríguez Lora y Pepe Álvarez Colón generosamente ofrecieron sus cuerpos. Todos demostraron una calidad de movimiento refinada pero rebelde, con una sutileza indómita y deliberada. Los gestos parecían simultáneamente improvisados y bien ensayados; sus pasos eran raros, conocidos y desconocidos, íntimos y descarados. El diseño de luces fue excepcional ambas noches en que pude ver la pieza, a cargo de Migdalia Luz Barens-Vera.
La iluminación, hermosa y compuesta de tonalidades refrescantes y ligeras, ofrecía momentos de descanso visual y permitía apreciar las variaciones de significado e interpretación sugeridas por los diferentes colores. El entrelazado de luces de Barens invitaba al placer y a la reflexión en diferentes momentos de la pieza, superando mis expectativas y complementando la coreografía.
El diseño de sonido a cargo de vaga (Kennie Miranda) fue divertido, con una sensación de novedad y singularidad. Se incluyeron muchos recursos culturales y refranes pasados y actuales en el diseño sonoro, como el ‘jingle’ de Kress y el de Glidden (“los colores de mi tierra”). Todos los elementos contribuyeron de manera coherente a la fuerza estética y afectiva de la pieza.
Ambas presentaciones que presencié pusieron en escena grandes talentos locales y una emocionante propuesta estética de una artista que sigue impulsándonos hacia el gozo de la danza como brújula liberatoria.
La autora es Profesora Asociada de Antropología en la Universidad Atlántica de Florida en Boca Ratón, agarrigalopez@fau.edu








