Especial para En Rojo
Hoy comenzó el racionamiento oficial: cuarenta y ocho horas con agua, cuarenta y ocho sin ella, en sectores de siete municipios.
“Oficial” es la palabra importante, porque en Machuchal y la calle Loíza ya habían contado 118 días sin servicio al primero de agosto. En Puerto Rico, una desgracia no existe administrativamente hasta que el gobierno le pone dos colores a un mapa y convoca una conferencia de prensa.
Sí, ha llovido poco. Julio fue el mes más seco registrado en San Juan desde 1899 y la sequía es real. Negarlo sería otra estupidez más para la colección nacional. Pero el cielo no dejó pudrir las tuberías, no perdió los informes, no aplazó el mantenimiento ni convirtió el Superacueducto en queso suizo. La sequía la produce el clima. La sed por negligencia la produce gente con sueldo, título y tijeras para cortar cintas en inauguraciones que tanto ama la clase política.
Aquí nos encanta estrenar.
Estrenamos tubos, puentes, escuelas, plantas, cisternas, planes y comités. Posamos con casco blanco, pala limpia y camisa planchada. Lo que no nos gusta es mantener. El mantenimiento es un acto demasiado humilde: no tiene tarima, no lleva placa y rara vez permite una foto heroica. Nadie ha ganado una elección diciendo: “Hoy engrasamos una válvula y reemplazamos una junta antes de que se jodiera”.
En marzo se anunció con orgullo la culminación del dragado de Carraízo: $106.8 millones. Era una obra necesaria. Pero en agosto el mismo embalse entró en crisis y los expertos no pudieron explicar con precisión cuánto almacenamiento útil recuperó ni por qué un lago recién dragado llegó tan rápido al racionamiento. Un embalse no es el sistema entero. Agrandarlo mientras la red pierde agua es operar bien a un paciente y dejarlo desangrándose en el pasillo.
Un informe fiscal calculó que la AAA produce unos 513 millones de galones diarios y pierde físicamente cerca de 267 millones antes de que lleguen a nuestras casas: poco más de la mitad. Aunque estimados sin corbata lo llevan a 50-60% y lo aceptable internacionalmente es 10%, el presidente de la agencia rechaza esa cifra y dice que la pérdida ronda el 40%.
Ah, bueno.
¡Qué alivio!
No desaparecen cinco vasos de cada diez. Solamente cuatro.
Procedan con el aplauso.
Hasta el propio gobierno admitió que el Superacueducto necesitaba una evaluación integral después de décadas sin revisión y mantenimiento suficientes. Una avería reciente amenazó con dejar sin servicio a más de 100,000 abonados. “Superacueducto” es un nombre maravilloso: super cuando lo inauguran, acueducto cuando se rompe.
Nada de esto es un misterio hidrológico. Los problemas de distribución de agua en otros países muestran el mismo libreto: interrupciones inesperadas, baja presión y deterioro del servicio causados en gran medida por fallas humanas, mala coordinación y decisiones que no incorporan la experiencia de quienes viven el problema todos los días. No es que no haya conocimiento. Es que el conocimiento no logra pasar por las tuberías de la política.
La solución que se le ofrece al ciudadano es sencilla:
—Pues, mija, vas a tener que comprarte una cisterna.
Y así la falla pública se convierte en compra privada.
Cisterna, bomba, instalación, limpieza, mantenimiento, electricidad. Si no tienes dinero, espacio, fuerza física o alguien que cargue los galones, aparentemente te faltó resiliencia. La nueva ciudadanía viene con tanque de reserva; los derechos básicos se venden por separado.
¿Qué se le dice a la señora mayor a quien aconsejamos mudarse a un apartamento para que no tuviera que seguir cuidando techo, patio y estructura? ¿Que instale una cisterna en la sala?
¿Qué se le dice al paciente encamado?
¿A la madre sola con un bebé en un cuarto piso?
¿Al viejo que no puede levantar un galón, mucho menos perseguir un camión cisterna como si el agua estuviera repartiendo autógrafos?
Trabajo en salud mental. Superviso centros donde esas personas llegan a pedir ayuda. Nosotros no podemos mirar al vacío, decir “sí, mano, está cabrón”, pasar a la próxima página del manual y enseñar respiración diafragmática.
La atención plena no llena un balde.
La aceptación radical no bombea agua hasta un apartamento.
Y la angustia de no saber si mañana podrás bañarte, cocinar, lavar a un niño o descargar el inodoro no es una distorsión cognitiva. Es una pluma seca.
En arroz y habichuelas: cuando el agua falta, no solo se pasa sed. Se duerme mal, se cargan recipientes pesados, se pierden horas de trabajo y escuela, la gente se agota y termina peleando en los puntos de distribución. La investigación documenta estrés, fatiga y deterioro de la convivencia cuando el servicio es impredecible; también relaciona la infraestructura deficiente con enfermedades transmisibles. El acceso al agua segura está unido a la salud física, a la salud mental, a la vida y a la dignidad.
Otro estudio sobre infraestructura y bienestar encontró que el acceso al agua potable, junto con la salud, la educación y las vías de acceso, no es decoración del desarrollo: es una de sus columnas. Cuando falla la infraestructura, aumentan los costos de vivir y se deterioran la salud, la educación y el bienestar de las comunidades. En otras palabras, el agua no es un tema de plomería. Es política social líquida.
Ahora comenzamos las clases en medio del racionamiento. Los hospitales grandes tienen reservas, contratos y camiones para reabastecerse; Centro Médico informó que dispone de tres cisternas con 2.3 millones de galones. Magnífico. Así debe ser. Pero el paciente que regresa a su casa no vive en Centro Médico. La abuela que lo cuida tampoco tiene tres cisternas ni contrato con suplidores.
Entonces llega la recomendación oficial:
—No lave el carro.
—No riegue las plantas.
—Conserve cada gota.
Oye, vecino: conserve. Claro que sí. No desperdicie. Cierre la pluma. Reutilice el agua. No hay nada malo en eso.
Pero Pedrito lavando su Corolla que le hace olvidar problemas no es el Superacueducto.
Doña Marta echándole un poquito de agua a las trinitarias que le alegran el día no perdió 267 millones de galones bajo el asfalto.
La manguera del ciudadano no puede convertirse en coartada para la tubería del gobierno. Pedrito puede guardar la manguera y Doña Marta dejar secar las trinitarias, pero la fiebre no está en la sábana.
Y mientras el pueblo busca dónde llenar envases, otros celebran su cumpleaños vendiendo taquillas a miles de dólares…
No voy a inventar el menú. No hace falta.
La sátira ya vino incluida en la invitación.
Supongo que en la mesa VIP el vaso de agua no alternará cuarenta y ocho horas lleno y cuarenta y ocho horas vacío.
Celebrar un cumpleaños no es delito. Pero gobernar también es entender el momento. Afuera habrá personas persiguiendo camiones cisterna; adentro, personas que pagan $$$$$ por acercarse al poder. Unos cargan galones. Otros cargan chequeras. Después nos explicarán que todos estamos haciendo sacrificios.
Tampoco pueden hacerse los recién enterados.
En 2015 ya vivimos racionamientos. En 2022 un comité de expertos volvió a recomendar lo que cualquier plomero con honestidad hubiera dicho: dragar embalses, reparar salideros, sustituir tuberías obsoletas, proteger acuíferos, recoger lluvia y reutilizar aguas. En agosto de 2026, varias de esas recomendaciones siguen sin implantarse. El problema no es falta de estudios. Aquí los estudios se archivan tan bien que jamás vuelven a molestar a nadie.
¿Hipocresía?
Sí.
¿Insulto a nuestra inteligencia?
También.
Pero, sobre todo, es una apuesta a nuestra falta de memoria. Nos hablan como si Carraízo hubiera amanecido sedimentado ayer, como si el Superacueducto hubiera envejecido durante la noche y como si los salideros fueran criaturas mitológicas que aparecieron después de la última encuesta. En el 2014 estando en cargos políticos en la legislatura dieron recomendaciones y exigieron al gobernador que actuara. Ellos lo sabían. Lo explicaban. Exigían soluciones. Señalaban responsables. Y ahora, cuando les toca ejecutar aquello que reclamaban, parecen necesitar una orientación sobre el problema que antes dominaban frente a los micrófonos.
Ahí está la pregunta incómoda: ¿cambió la complejidad del agua cuando cambió la silla, o cambió la utilidad política de entenderla?
El agua segura no es un favor del partido, una obra de caridad ni un premio para quien pudo comprar cisterna. Es un servicio esencial, una condición de igualdad y un derecho inseparable de la vida y la dignidad.
No necesitamos otro puto selfie frente al embalse.
Pero, miren, si arreglan el tubo, mantienen las cisternas, publican datos claros, sustituyen las líneas podridas y se meten al fango para dragar lo que haga falta, les prometo algo: vamos a aplaudir. Hasta les tomamos el selfie. Se pueden poner el casco, la camisa blanca y la sonrisa de campaña, llego a Carraizo en mi bici por la 181 así se me partan los muslos.
Pero primero tiene que salir agua.
Porque el agua, obediente a la gravedad, siempre intenta bajar.
La responsabilidad pública, en cambio, lleva décadas subiendo hacia La Fortaleza y evaporándose antes de llegar.







