spot_img

¡Hasta la Victoria de la Idea!

Lo más leido

spot_img

NaciÓN

Puerto Rico en la brecha

 

Especial para Claridad

En estos días he vuelto al poema La brecha de José de Diego. No por nostalgia literaria, sino porque su fuerza moral parece escrita para este momento histórico. Puerto Rico vive en la brecha: acorralado, cansado, golpeado por la incompetencia y la corrupción, pero todavía con la capacidad —y el deber— de embestir.

De Diego advierte que, ante la tormenta, no se puede “balar como el cordero triste”, sino rugir como la fiera. Y ese rugido se siente hoy en cada comunidad sin agua, en cada hogar sin luz, en cada familia que vive con miedo al próximo apagón, al próximo fraude, al próximo atropello gubernamental.

La crisis que vivimos no es casualidad. No es mala suerte. No es “un sistema viejo”. Como dijo recientemente Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny: “La crisis no es casualidad; es una estrategia para sacarnos del país, para hacer de nuestra isla un Puerto Rico sin puertorriqueños.”

Esa frase, tan simple y tan brutal, resume lo que muchos llevan años denunciando: el deterioro de los servicios esenciales no es un accidente, sino una forma de desplazamiento. Un país sin agua y sin luz es un país empujado al límite, obligado a irse, a rendirse, a callar. Pero Puerto Rico no es un país que calla. Es un país que resiste, ya lo ha demostrado antes.

La falta de agua y de electricidad —convertidas en rutina, en castigo, en humillación— son actos criminales contra un pueblo que paga por servicios que no recibe. Y mientras la gente carga con cisternas, plantas eléctricas y facturas infladas, aparece el intento de fraude de cinco mil millones de dólares: un golpe directo al futuro energético del país, un robo que buscaba atrasar aún más un proyecto que ya camina con muletas.

Ese fraude no es solo un número. Es un precipicio. Es la confirmación de que algunos ven a Puerto Rico como una presa indefensa, lista para ser desgarrada y explotada, no como una tierra que merece consideración, protección y respeto.

Y en medio de esta crisis, la gobernadora Jenniffer González decide celebrar una fiesta de recaudación de fondos disfrazada de cumpleaños, rodeada de una fuerza de choque que solo aparece para repartir palos cuando el pueblo —con todo derecho— se tira a la calle a protestar. Esa imagen es una bofetada al país: mientras la gente vive en la oscuridad, la gobernadora baila bajo luces que nunca se apagan. Mientras el pueblo carga cubos de agua, ella brinda con donantes protegida por escudos y macanas.

Es una falta de respeto. Es una provocación. Es una declaración de prioridades: recaudar dinero primero, servir al país después… si acaso.

La crisis energética, la crisis de infraestructura, la crisis de gobernanza y la crisis de confianza no son fenómenos aislados. Son parte de un mismo proyecto: un Puerto Rico administrado para unos pocos, sostenido por la precariedad de muchos. Un país donde la austeridad se impone al pueblo, pero nunca a los que gobiernan. Un país donde la incompetencia se premia con contratos, donde la corrupción se normaliza, donde la empatía se extingue.

Por eso el poema de De Diego resuena hoy con una fuerza casi profética. Él no pide mansedumbre. No pide paciencia. No pide resignación. Exige lo contrario:

“Haz como el toro acorralado: ¡muge! O como el toro que no muge: ¡embiste!”

Puerto Rico está acorralado, sí. Pero no vencido. Está cansado, sí. Pero no derrotado. Está herido, sí. Pero no silenciado.

El país tiene derecho —y obligación— de reverdecer como el árbol seco, de latir como el germen enterrado, de crecer como el río con la lluvia. Tiene derecho a reclamar, denunciar, organizarse, vigilar, exigir. Tiene derecho a embestir con la fuerza de su memoria, su dignidad y su derecho a vivir sin miedo.

La corrupción es una estructura. La incompetencia es una práctica. La falta de empatía es una decisión. Y ante decisiones que hieren, el pueblo tiene que responder con decisiones que defienden.

Puerto Rico no puede seguir esperando milagros de quienes han demostrado incapacidad. No puede seguir aceptando apagones como destino. No puede seguir normalizando la precariedad. No puede seguir permitiendo que la crisis sea utilizada como herramienta de desplazamiento.

Estamos en la brecha. Pero en la brecha también se despierta la fuerza. La misma fuerza que De Diego vio en el toro acorralado. La misma fuerza que hoy reclama Benito Ocasio. La misma fuerza que vive en cada puertorriqueño que se niega a abandonar su país.

Y cuando un pueblo decide embestir, no hay fuerza de choque que pueda detenerlo.