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El alemán de «El Limón»

 

Especial para En Rojo

Doña Sobeida nos recibe en su parqueo. Un letrero pintado en letras irregulares anuncia que cuesta 500 pesos, un precio que en la capital no se atreverían a cobrar. Estamos en El Limón, paraje de la provincia de Samaná. Su parqueo es un lote de tierra aplanada, al lado de la carretera. Después nos enteramos de que esta entrada a El Limón, muy visible desde la carretera no era la mas cercana, ni la mas conveniente para el acceso a la famosa cascada. Doña Sobeida tiene la cara franca y amable, y un trato de reina acostumbrada a negociar con el imperio turco. Nos informa que al regreso podremos comprarle cacao, café y ron local. La aldea es pequeña pero no tanto como aparentaba desde la carretera, con esas lindas casitas pintadas de colores brillantes, muchas que todavía tienen ornamentadas rejillas de madera en la entrada. La zona es de verde de esperanza, montañosa y de árboles grandes, bajo cuya sombra se dan el mejor café y el cacao del mundo. Hay arbustos de esos en cada patio,y flores por todas partes. Vamos caminando y un hermoso burro con la crin trenzada nos observa tranquilamente.

Nos pasan hombres a caballo, yendo de ida y de regreso a la ruta de la cascada. Un hombre maduro intercambia saludos desde su caballo con una muchacha sentada frente a su casa compartiendo comida de un recipiente plástico con sus hijos pequeños. Te ves muy bien, que te aproveche… Tenga Ud. un buen día…Muchas gracias…Nos vemos pronto… Salúdeme a la prima.

¿Cuándo tiempo para llegar a la cascada? Les preguntamos a unas jóvenes sentadas a una mesita al borde del camino. Nos saludan y nos explican que son de una cooperativa de mujeres, auspiciadas por microcrédito y por no sé qué ONG. Nos cuentan que están tratando de desarrollar para venta productos del paraje, y nos invitan a probar sus mermeladas. Quedamos en que a la vuelta del paseo nos pararíamos, y le preguntamos que cuál era el mejor camino. Las mujeres llaman a un joven montado, y le pasan la pregunta. “Mejor vayan en caballo, yo se los consigo”. Lo miramos inciertos: hace veinticinco años que no monto a caballo, mi mamá cincuenta, y mi marido, solo Dios y la Virgen de la Altagracia sabrán. “¿Cuánto tiempo toma andando?”, preguntamos. “Depende. Media hora. O cuarenta minutos. Depende, por supuesto, de la persona.” Un paseo de cuarenta minutos, intercalando descansos estratégicos parecía quedar mas dentro de nuestras maduras posibilidades que subir trotando a la loma. Nos dio indicaciones y tomamos un camino de bajada al río, después de pagar la entrada al guardia del parque nacional en un quiosquito del gobierno. El camino al río era de piedra y de lodo, jugosamente amalgamado con excremento por las lluvias y los cascos de las mulas y los caballos. Mamá, que nunca dice malas palabras, comentó quietamente: “Nunca había visto tanta mierda junta”. Yo me volteé a mirarla; sonaba como si estuviera hablando del gobierno. Un laborioso descenso nos llevó al río, una maravilla de agua cristalina, resplandeciendo azulosa bajo la sombra de los enormes árboles. En el río, una niña le lavaba amorosamente el pelo a su hermanita pequeña. El cuadro era tierno, profundo, y bendecido con la fragancia pura del verde de la montaña, olor a ozono y a bondad, tan diferente del aire de la ciudad, o del camino apestoso que acabábamos de bajar. Habíamos tardado veinte minutos en llegar al cruce del río, y este era el primero de tres que había que pasar. Aún suponiendo que mamá lograra cruzar a la otra orilla, el siguiente camino tenía una subida mas empinada que acabábamos de bajar. Así captamos que los treinta o cuarenta minutos anunciados eran a caballo, no a pie, y decidimos que hoy no era el día de ver la cascada.

Volvimos por un murito al margen de la ruta, donde el barro estaba mas ligero. A la salida del parque, justo antes de llegar a la casa del burrito, nos detuvo un turista alemán con cara de desesperado para pedirnos cambio para un billete de mil pesos. No teníamos suficiente, nos encogimos de hombros, lo sentimos, dijimos y seguimos de largo.

Lejos ya del alemán, hicimos la parada prometida donde las damas de la cooperativa de mujeres. Los productos incluían una novedosa mermelada de café, que resultó ser una pasta cremosa y azucarada, un poco como el dulce de leche argentino, pero con fragancia y sabor a café del bueno. Mi marido la prueba y abre los ojos, y pide comprar dos potes. Le informaron que no están a la venta, pero que uno puede aportar una donación. Calculamos el precio de dos tarros de nutella en pesos, y un chin mas, y pusimos el dinero con la certidumbre de que, si este manjar se diera a conocer, las damas de la cooperativa no tendrían tiempo de estar sentadas en el portal de sus casitas, tan ocupadas estarían con su producción industrial. “Muchas gracias”, aceptó sobriamente la que hablaba por todas. “Es un placer tratar con personas decentes, no como algunos turistas groseros que a veces pasan por aquí, que no saben como comportarse con la gente».

Mamá estaba cansada, y le ofrecieron una silla para que esperara en lo que mi marido subía a donde doña Sobeida a buscar el carro. El alemán aquél del billete de mil se nos acercó a la mesita. Nuestra anfitriona cambió de actitud instantáneamente, de amable bienvenida a un ánimo glacial, y con la mano le hizo gesto de despacharlo. “No se qué se creen algunos. No compran nada, te piden un favor y se atreven a insultarte. Habrán tenido trato con algún ladrón, pero no hay que hablarle así a cualquiera.” El alemán le había pedido cambio para mil pesos, ella había tomado el billete para ir a buscar cambio dentro de la casa, y el hombre le voceó que no se saliera de su vista con su dinero. La mujer, ofendida, le había devuelto el billete, y se negó a tratar más con él. Como seguía mirándonos de lejos le dijo en voz alta, con un tono como el filo de una navaja, que había una banca local a tres quilómetros, por la carretera para Terrenas, y que en ese establecimiento le podrían cambiar su trapo de billete.

Mi marido volvió después de un largo rato. Doña Sobeida lo había entretenido, tratando de venderle todos sus productos, y contándole de la vida en el paraje de “El Limón”. Le explicó que a los guías que ofrecían el paso hasta la cascada, los dueños de los caballos no le daban nada de la tarifa cobrada, y que dependían por completo de las propinas. De regreso, subiendo y bajando en ese camino de lomas esmeralda, vimos de nuevo al alemán, caminando por el lado de la carretera, sudando bajo el sol tropical. Al día siguiente nos lo volvimos a encontrar, esta vez en un restaurante en la playa donde le habrán cobrado los mismos mil pesos por dos o tres tragos. Mi marido se quedó pensando. “La gente es rara. Ese tipo no entendió cómo había insultado a esa mujer. Vio mil, un número grande, y entre el miedo y la codicia no se le ocurrió calcular que el billete  que le había pasado no representaba ni doce euros. ¿Cómo sabe uno si confiar o desconfiar? Algunos se acercan al otro con aprensión y sin respeto, cuando se gana mas al hacerlo con alegría y curiosidad.” Con los cinco sentidos despiertos, y el alma dispuesta, sentimos la tranquilidad del burro, escuchamos el diálogo con el airoso vecino a caballo, aspiramos la dulce humedad del río, contemplamos el ritual del lavado de cabeza, y se nos endulza lentamente el paladar con el sabor de la mermelada de café.

 

 

El anfitrión

 

No es que no quiera que vengan. Lo que pasa es que la sola idea de ser anfitrión me produce un malestar inexplicable. Cada vez que alguien me anuncia visita, me entra una cosa en el cuerpo que no me deja bregar. El espíritu aventurero, curioso y resolutivo que despliego naturalmente cuando viajo, aquí es suplantado por un sentimiento de pesimismo y tedio que me paraliza. ¿Y adónde los llevo? ¿Qué los puede impresionar? ¿Les gustará la comida? ¿Se aburrirán? ¿Y de qué hablaremos? Porque después de dos o tres días los temas se agotan y la visita empieza a estorbar.

Tendría que tomarme unos días libres. Cómo no voy a llevarlos a la playa, a Gozalandia, a comer domplines del Trigal y helados chinos, a los museos, grandes y pequeños, a las barras de esquina y a las de moda… los edificios despintados, los hoyos de las calles, los cortes de agua, los apagones… De pensarlo, se me frunce. Prefiero ser el visitante que el visitado porque el visitante siempre gana.

Aterrizaban temprano en la mañana, y la aplicación decía que el vuelo que venía de Madrid ya estaba en el gate. Solo faltaba que aparecieran por la puerta y nos saludáramos efusivamente con la torpeza de quienes no se ven desde hace tiempo.

– ¡Miguel! -, escuché entre la muchedumbre multicolor que salía como un tapón humano por la puerta, luego de cuarenta minutos esperando. Ay, dios mío, por ahí viene…

– ¡Hermano! ¡Joder, tanto tiempo! -, y nos abrazamos bien fuerte.

Detrás de él, Julie, igual de sonriente que cuando la conocí por facetime el día que Roberto me dijo que venía, esperando su turno para abrazarme también y darme dos besos a la francesa.

– ¡¿Ça va?!

– ¡Ça va bien! -, le contesté más excitado de lo que hubiese querido, y Roberto me miró con cara de no te emociones tanto, guapo. Qué vergüenza…

Caminamos hacia el estacionamiento hablando de lo típico, que si cómo estuvo el vuelo, cuántas horas de retraso en Newark, que si el imbécil del azafato le dio agua por vino, el bebé llorando y la pobre madre haciendo de todo para calmarlo, que no, Julie, qué pobre ni pobre, pobre el resto que nos tuvimos que tragar al mocoso, por lo menos la pasta estaba buena… hasta que llegamos al carro. Julie observaba y escuchaba. Yo, de vez en cuando, intentaba incluirla en nuestra conversación, pero Roberto la atropellaba con la benevolencia del que cree que tiene una misión salvadora (ella no hablaba muy bien español).

Roberto fue mi mejor amigo desde que llegó al colegio en quinto hasta séptimo grado. En séptimo nos dejamos de hablar porque se hizo novio de Yovaska, la nena que él sabía que me gustaba. Y al año siguiente ya no lo vi más. Su papá había terminado el proyecto que tenía aquí con el Tren Urbano y regresaron a España. Yo lo quería mucho, pero cada vez que yo hacía algo bueno, que ganaba una competencia, que sacaba mejor nota que él o que llevaba algo nuevo, él se ponía raro. Por varios días me dejaba de hacer caso y se iba a jugar con Antonio y Gerardo. A mí me importaba lo justo; ya yo sabía que él era así y no le hacía caso porque, al final, siempre me terminaba buscando como si nada. Como hace una semana cuando llamó, luego de casi diez años sin hablarnos (por nada en particular), para decirme que me vendría a visitar.

El camino a Ponce se me hizo corto. Roberto no paró de hablar. Me contó lo del cáncer de su mamá, de la empresa de camisetas que había montado con un amigo, de la depilación láser que se hizo en el pecho, del portavoz negro del partido de ultraderecha, de la boda de su hermana Claudia, qué gusto verte, hijo de puta, ¡estás igualito pero más gordo!, y de la casita que se quiere construir en un terreno de su papá para irse a vivir con Julie ¿verdad, mi amor? La pobre Julie. Solo miraba por la ventana, abstraída totalmente de lo que hablaba su novio, y yo con ganas de conocerla; de escucharla hablar de su vida con ese acento francés que tanto me gustaba y de dilucidar cómo carajo había terminado con el insoportable de Roberto. En dos ocasiones intenté preguntarle cosas a Julie. Una vez, en mi precario francés de segundo de universidad: ¿d’où viens-tu? De un pueblitó de la Bretagne, près de Brest, qui se llamá Gouesnou… “Le llego hasta Perú, esnú, desnudo, me como todo el pollo, me como tu filete crudo…”, tío, es que cada vez que Julie dice güesnú, no puedo evitar acordarme de esa canción, nos interrumpió Roberto, bien imprudente y riéndose de su chiste. Julie también se rió. Parece que el único que sufre de vergüenza ajena soy yo. Luego quise indagar más sobre lo que hace, su obra artística (era una grabadora sobresaliente según las redes), en qué se inspira, y bla bla bla, pero a Roberto se le ocurrió que teníamos que parar en Santa Isabel a orinar.

Llegamos al apartamento poco antes de mediodía. Bajé las maletas mientras Roberto aprovechaba para besar a Julie, orgulloso del planazo vacacional que el cabrón se había montado a costa mía, aunque en el fondo sé que también me quería ver. Les enseñé la casa por encima -no había mucho qué ver-, los acomodé en su habitación y me fui al baño a destensar la cara, que estaba entumecida de tantas veces que me quedé con la risa congelada.

Roberto y Julie se quedaron dormidos. Les junté la puerta y me fui a la mesa del comedor a corregir unos exámenes que tenía pendientes. Ahí sentado me puse a recordar cuando éramos chiquitos y yo me quedaba en su casa para jugar a la play y ligar a su vecina Yelitza desde la ventana del cuarto de sus papás. Roberto era alto y flaco (pero definido), de pelo negro encaracolado y de cejas gruesas, con una sonrisa Colgate que a cualquier le daban ganas de comérselo. Nunca se lo dije, pero yo siempre entendí por qué Yovaska lo eligió a él y no a mí. Yo también lo hubiese elegido a él, aunque ahora le falte la mitad de su pelo.

Esa tarde noche la pasamos en la terracita de casa poniéndonos al día entre cervezas, queso, pan y salami. Julie se veía contenta y bella. Era una francesa rolliza, no tan alta, de pelo corto castaño y rizo, que conoció a Roberto en la boda de su hermana Claudia. Le encantaba todo sin haber visto nada, y estaba especialmente interesada en manger des alcapurriás y ver las máscaras de carnaval confeccionadas con papel maché. Roberto se veía feliz. Me miraba feliz y eso me gustaba.

La noche acabó y por fin nos fuimos a acostar. Me sentía extenuado. El primer día de la visita siempre es el peor, sobre todo si no la has visto en tanto tiempo: la logística del aeropuerto y la incomodidad del primer momento (no importa que te sientas genuinamente contento de verlos), las conversaciones absurdas sobre el clima y el vuelo, el primer contacto con la novia desconocida, y el reconocimiento, a medida que van pasando las horas, de que los detalles del otro que alguna vez te sacaron el mostro, lejos de haber desaparecido, se intensificaron con el tiempo. Igual que se intensificó esa sensación de inquietud y nervios que me producía estar cerca de Roberto y que creía haber superado.

Me acosté planificando el día siguiente. Como solo estarían conmigo una semana a lo sumo (el resto lo harían por su cuenta), podría programar varias visitas culturales y paseos sin el riesgo de quedarme sin opciones.

Cuando me levanté, Julie ya estaba pululando por ahí. Qué incómodo levantarte en tu casa, ir a la cocina como de costumbre, y encontrar a una desconocida ensuciando los primeros platos y tazas del día. Me gusta ver el fregadero impoluto y la encimera sin migajas y ser yo el primero en preparar el café. En eso salí a papi. Nadie podía leer el periódico antes que él. Julie, que se tomó a pecho lo de “siéntanse como en su casa”, ya se había preparado un café negro y dos tostadas de mermelada de mangó, de la que yo hago.

-Está muy buena, Robertó. C’est vraiment delicieuse…

-Merci bien, Julie-, le contesté y seguí haciendo el café.

Julie y yo nos sentamos en la mesa del comedor y desayunamos juntos. Aunque por la mañana prefiero el silencio, si acaso el radio con las primeras noticias del día, se agradecía una conversación mañanera ligera, sin las interrupciones y sandeces de Roberto, que seguía en el quinto sueño. Julie tenía la cara hinchada y con las marcas de haber dormido enterrada en la almohada. A ella no le importaba en absoluto, como tampoco le importaba que la camiseta x-large se transparentara. A veces, incluso, sentía que me miraba distinto, como si me estudiara o, peor aún, como si me estuviese probando. ¿Tendré un moco? ¿Mal aliento? ¿Pensará que soy un snob porque intento intercalar el español y el francés cuando le hablo? Yo, por mi parte, identificaba en cada uno de sus gestos, de sus palabras, en sus manos, en el roce accidental de su pie con el mío, las razones del amor de Roberto.

-Macho, qué bien he dormido, joderrrrrr-, nos saludó enérgico él y su pene medio erecto.

Aproveché su interacción eróticofestiva con Julie y me fui a cambiar de ropa. Tanta expresión de afecto me empalaga. En una me viré para decirle algo y ya le tenía la mano encima del panti. También vi que su espalda y brazos conservaban las dimensiones armónicas que recordaba.

Los llevé al panteón Baldorioty, un cementerio del diecinueve en donde están enterrados los restos de varios próceres de la patria y algunos muertos más pedestres. Pensé que había sido una buena idea hasta que Roberto preguntó con evidente sorna que dónde estaba la tumba de Jim Morrison. Pues bueno, no está Jim Morrison, pero está la de Antonio Paoli, le dije intentando convencerlo inútilmente del valor de aquel páramo solitario de tumbas llenas de maleza e ideales trasnochados. Y en parte tenía razón. Pero a mí me gusta porque nunca hay nadie, solo el cuidador que hace de guía y te recita como un robot los datos, fechas y tumbas que hay que saber cuando llegas.

Por un momento me puse nervioso. Como anfitrión uno siempre quiere agradar, y, si se puede, impresionar, pero con Roberto esto era imposible. Siempre tiene un comentario mordaz en la punta de la lengua que deja caer como si nada cuando menos te lo esperas, como cuando me dijo al frente de Yovaska que me estaban creciendo las tetas y que tenía que ponerme brasier.

Julie parecía conforme. Por ahí andaba haciéndole fotos a todo, sobre todo a las casas de madera y zinc construidas contra el muro trasero del cementerio. Yo aproveché y me senté en un banquito de cemento medio cojo, bajo la sombra de un árbol que no supe identificar. Roberto también se sentó.

Ninguno decía nada. Yo miraba hacia cualquier parte intentando no parecer incómodo, mientras que Roberto observaba, admirado y enamorado, la curiosidad impetuosa de aquella francesa impudorosa que no le hacía asco a nada. Me encantaba verla sonreír, ir de aquí para allá como una niña preguntona de cinco años. Y me entristecía porque Roberto siempre encontraría una razón para amarla. De repente, una brisa oportuna levantó tierra y me cayó algo en el ojo. Roberto, sin pensarlo, me agarró la cara y me empezó a soplar.

No estaba muy seguro de si me estaba acariciando la oreja derecha o si yo me lo estaba inventando. En ese momento todos mis sentidos colapsaron, el corazón se me puso a mil y el cuerpo se me endureció. Roberto acercó todo lo que pudo su boca a mi ojo para intentar sacar al intruso. Miró vigilando a Julie y volvió su boca nuevamente a mi ojo izquierdo, y sin soltarme la cara me lo besó y me pasó la lengua. Yo solo metí tímidamente las dos manos por los costados de su pantalón corto y dejé que hiciera lo que quisiera.

Julie apareció a los minutos, cuando yo ya me estaba limpiando la saliva caliente de Roberto con la manga de mi camiseta, y nos besó a los dos en la boca.

Salí vivo y alegre de entre los muertos, ansioso por turistear con Roberto y Julie. La Isla era nueva y, por primera vez, no quise que la visita se fuera…

Lo que nos llega del mar: la hermandad antillana

 

Especial para En Rojo

Recuerdo a “los haitianos” de cuando era niña. Llegaban a mi pueblo de Yauco para vender distintas piezas de artesanía en madera y eventualmente se iban. Ahora que lo repienso coincidían con las fiestas patronales. Nunca supe a dónde se retiraban a descansar o si eran residentes de nuestra Isla. “Esos son los haitianos,” me decía Mami y yo les miraba con curiosidad. Lo que me causaba extrañeza era el gentilicio, esa separación entre nosotres y elles. Así también me pasaba con árabes, cubanos, chinos, hasta con gringos, y, un tanto después, con los dominicanos: elles y nosotres. Esta demarcación, si bien se sellaba en ocasiones por el idioma, en otras se timbraba con prejuicios que toda mi comunidad me compartía a modo de enseñanza, y que la televisión confirmaba. No había cuento ni ninguna expresión creativa que me alentara a verles distinto a ese margen en el que se les colocaba nada más con llamarles por su gentilicio.

En esos tiempos de mi niñez yaucana, entre su lengua y el vudú como parte del argumento en películas de zombis, las personas de Haití me parecían muy distantes a mi realidad y por ello, misteriosas. Recuerdo que cargaban montones de bártulos para vender al detal, montaban carpas improvisadas en las calles y cerca de los festivales o fiestas. Nunca ocupaban un espacio que se les fuera asignado. Nunca —que recuerde— se les ofrecía ni consideraba parte de ninguna actividad del pueblo. Eran, estaban allí, les compueblanes les compraban montones de artículos —recuerdo los cucharones de madera y adornos que se ponían en la pared. “Ay, esa gente trae una de cosas lindas…,” decía Mami, pero nunca les compró nada. ¿Cómo viven? ¿Dónde? ¿Qué dicen? ¿Cómo llegaron aquí?

Por eso siempre pongo mi esfuerzo en la literatura y en específico, le apuesto a la nueva novela de Sylma García González, La niña que llegó del mar (Editorial Destellos, 2021). Esta pieza narrativa le ofrece al lector joven unos referentes en los cuales la empatía hace de les haitianes —y por generalización, de les inmigrantes que llegan a nuestras costas— personas heroicas. Asimismo, presenta a otros personajes marginales y otreicos desde una perspectiva muy humanizada sin poner en riesgo su realismo. Desde allí parece una propuesta a repensar le otre desde el amor. Además, las protagonistas son niñas valientes y brillantes; con un sentido de la justicia y un pensamiento crítico divergentes (constante maravillosa en la narrativa de García González). La recomiendo a partir de cuarto grado, pero incluso lectores de sexto pueden disfrutarla y profundizar en los temas que propone el texto.

La novela, con su título que parece sacado de un poema: La niña que llegó del mar, nos presenta a Sophie. Esta jovencita pierde a su madre en medio de una cacería por parte de la policía costanera. Decide refugiarse en una casa de herramientas adonde Mariana da con ella y se decide a guiarla para que se reencuentre con su madre en el faro que queda a minutos de donde están. En el desarrollo de la trama, un vecino que había sido objeto de los chismes de la gente por tener un carácter huraño, llamado el Viejo Pepe, les asiste. Es a través de él que Mariana descubre que la madre de Sophie había huido de Haití y buscaba asilo político en Puerto Rico. Precisamente, sobre don Pepe se rumoreaba que: “practicaba la brujería, porque lo habían visto encender fogatas de madrugada” (49). No obstante, Mariana descubre que las fogatas dirigían a les inmigrantes a un lugar seguro, y que don Pepe hasta aprendió creole en un gesto de lucha y apoyo a la comunidad haitiana. Entonces don Pepe es un aliado, se vuelve otro amigo; las diferencias y prácticas extrañas eran sino parte de un carácter noble y admirable.

Así, el texto no está plagado de los prejuicios con los que crecí ante estos temas. Desde el inicio, Mariana, aguadeña de 10 años, piensa sobre les inmigrantes desde un ángulo comprensivo. “Se los imaginaba como hombres altos y fuertes, para poder enfrentar esa aventura llena de peligros […] sabía bien a lo que se enfrentaban los viajeros dominicanos y haitianos en esa zona marina” (9). El cambio de paradigma en esta narrativa me llevó a pensar en esa niñez en la cual me enseñaban a ver a “los indocumentados” como gente mala, que huía de la ley. Nunca en mi niñez me condujeron a pensar en el mar y la humanidad misma que compartimos. “Ella sintió tristeza al saber que los hacían volver después de tanto esfuerzo” (8), plantea la novela tan pronto como empieza a develar su trama. A esa mirada, humanizada y compasiva, es a la que le apuesto y es la que creo necesaria cuando les hablamos de les inmigrantes a les niñes del mundo. Sin embargo, aunque esa mirada desde la justicia social hacia les emigrades antillanes es el cimiento que permite todo el desarrollo de la acción, la novela nos brinda, del mismo modo, una historia que transgrede las expectativas atribuidas a las niñas por cuestiones de género.

La propia Mariana se asombra al toparse no con “hombres altos y fuertes”, sino con una niña de más o menos su edad y sola. Ambas serán el centro de la narración, como mencioné, y se encaminarán a una travesía como otras de niños que se escapan al monte a escondidas, pero no son niños, sino dos niñas y un gato (la presencia de felinos será otra de las constantes en la obra de esta narradora, también aguadeña).

El gato llamado Pirata desde el nombre sugiere la historia de Cofresí, tan conocido en esa zona del oeste de Puerto Rico. Bien es conocido el carácter comprometido de Cofresí por las comunidades, sus gestas como pirata lo colocaban en un margen con las autoridades españolas, pero que nunca se impidió proveer apoyo a la gente. Estos personajes, oscuros desde una mirada oficial, son bastante luminosos, como el faro hacia donde se dirigen Mariana y Sophie.

Esto parece ser la metáfora de la novela: los faros que, mediante su luz, iluminan y permiten la seguridad, desde ciertos ángulos pudieran verse muy tenebrosos. Además, el faro es también el punto de encuentro entre la niña y su madre, alegoría de los orígenes cuando no había fronteras en el Caribe y los antillanos se movían con libertad y precisión entre las islas de los archipiélagos. Desde esa libertad del movimiento intraisleño entreveo dos cuestionamientos muy valiosos: a las políticas migratorias entre las Antillas y al deber de las personas ante lo que consideren justo. Si bien las leyes responden a unas lógicas del poder, las comunidades responden a las lógicas de ser, estar y compartir espacios desde lo que consideran justo. Don Pepe es quien, como un faro —era un hombre alto e iluminador en sentidos literales y figurados— ofrece luz y una postura con respecto al tema de las inmigraciones: “Yo no estoy a favor de romper las leyes, pero comprendo su situación difícil y trato de ayudarlos en lo que pueda” (60). Esa asistencia y hermandad es una propuesta que llevará al joven lector a cuestionar con criticidad lo que ha de considerar justo. Mariana es el modelo que propone la historia: una niña de diez años guiada por la solidaridad, que está alerta y aprende de su entorno con apertura y valentía. En ese corto periodo Mariana se ve en Sophie y aprende de ella.

Las niñas se encuentran y miran frente a frente como a un espejo, aunque Mariana tiene el privilegio y comodidad de estar en su país, en su casa, con acceso a alimentos y seguridad, no ve a Sophie desde la condescendencia o la patética mirada de la caridad, sino desde el valor de una amistad en gestación. Esto es lo que las llevará a superar hasta las barreras idiomáticas. Ese encuentro se encuadra por la búsqueda de explicarse, decirse, acompañarse. En medio de gestos llenos de ternura e ingenio, las amigas pudieron entenderse, a pesar de no hablar el mismo idioma, otra alegoría en la que me empeño en reflexionar. Somos Caribe y a pesar de no compartir en todos los casos el mismo idioma, compartimos una búsqueda y hermandad.

Esta novela es una joya. Necesitamos llevar textos pertinentes a nuestres niñes que les lleven a entender nuestra caribeñidad desde cuestionamientos y posturas que asuman la humanidad como valor y el mar como vínculo. La niña que llegó del mar tiene el poder mítico de subsanar prejuicios y, como una perla colgada del cuello de una niña muy lista, mostrar nuevos modos de ver la situación de las inmigraciones clandestinas en Puerto Rico.

Gato especial

 

Maine es el nombre del gato. Es un felino especial. Es un gato espacial. Y para que él esté allí tan cerca de las estrellas, tuvieron que morir muchas ratas. Roedores que, por supuesto, también eran de ese estado del noreste de los Estados Unidos. Es una historia larga que haremos corta.

La cuestión que se planteaban los científicos de los Laboratorios Cronos era la siguiente: si una sustancia permite que una molécula se junte con otra ¿qué pasaría si se pudiera eliminar esa sustancia? Habría que hacerlo de forma que la separación no generara calor porque de no ser así el objeto en cuestión estallaría. Los laboratorios Cronos habían descubierto que un cuerpo sometido a una velocidad X comenzaba a separarse molecularmente. Si se controlaba esa velocidad de forma experimental podría evitarse la explosión. Eso significaba que un cuerpo cualquiera podría ser trasladado de espacio, y por ende, de tiempo, sin causar otro daño que una leve deshidratación. En teoría.

Los primeros experimentos, realizados con ratas de Maine, no habían resultado ser muy exitosos. Estallaban. Plaf. Con un sonido muy parecido a una calabaza madura cayendo al suelo desde la cabeza de quien se la roba en el mercado orgánico. Por esa razón se descartó la posibilidad de enviar exploradores al pasado que pudieran dar noticia a los habitantes de otros tiempos de la necesidad imperiosa de conservar los cuerpos de agua potable. Una especie de nostalgia con justificación. Así que decidieron que era mejor enviarlos al futuro, es decir, al espacio. Porque el cielo es el futuro. Es el límite.

Ya se va notando que el gato, Maine en este caso, parece fuera de lugar. Si el asunto es que hay que buscar agua potable, agua en resumen, un felino es el animal menos apropiado. Pero este Main Coon ( sí, esa es su raza) es un gato diferente. Recuerden, espacial-especial. Así que volvamos, que lo importante es que se trataba de un viaje con intenciones de salvar el mundo. Un viaje que buscaba detener la reducción de agua potable en el planeta. Un modo desesperado de detener la contaminación de los ríos y los mares. ¿Qué tiene que ver esto con gatos y ratones? Lo que pasa es que Maine es un gato encantador y uno no resiste las ganas de mencionarlo. Además esta raza de felinos ha viajado en el tiempo. No este gato en específico, sino su raza. Y de eso se trata. Del tiempo. Si le preguntan al cronista que va en la nave, el criptógrafo e historiador, Namewee Keikei, el podría contar cuál es el origen de estos animales domésticos.

“Todo comenzó durante la Revolución Francesa” diría, tratando de quitarse del medio de su rostro el cabello negro. Cabello tan oscuro que decir que es como la noche no es suficiente. El color de su cabello es como la total ausencia de luz. Sin embargo, brilla.

Pasa que este gato astronauta debe tener algunos antecedentes familiares en Francia. Una familia real.

«Un barco de bandera americana, capitaneado por Landon Wingship fue detenido en el puerto francés en Marsella por falta de unos permisos», explica Keikei. «Eso ocurría cada día. En este caso, sin embargo, se trataba de un plan para rescatar a María Antonieta. Se pone carga, poco a poco y de repente, como un fogonazo, aparece un personaje importante disfrazado de personaje sin importancia y se le introduce en la embarcación de modo como si tal cosa. Pues en aquel barco de Wingship fueron cargados docenas de muebles y pertenencias de María Antonieta, incluyendo una docena de gatos de Angora que pertenecían a la misma princesa real de Hungría y de Bohemia. En fin, en medio de aquel desastre revolucionario, el plan falló. María Antonieta y el delfín, Luis Capeto, también conocido como Luis XVI, fueron decapitados. Quizás debemos aclarar que el delfín no era un mamífero acuático. Era un heredero al trono. El barco americano zarpó hacia Maine al segundo de enterarse de que los nobles habían perdido la cabeza, lleno de aquellos muebles y de aquellos gatos.

Al llegar al puerto de Camden, hermoso si se le observaba desde el monte Battie, los muebles fueron tomados por algunos de aquelos marinos para adornar sus casas de madera. El capitán, por supuesto, se llevaba los más hermosos. No habría que culparlos. Eran hermosos y ellos estaban mal pagados. Otros fueron guardados y hoy día siguen en exposición en el pueblo de Wiscassett, en Maine. Los muebles, no los marinos.

El detalle está en que nadie se interesó por aquel gaterío que fue liberado, y se dice, según las listas del susodicho barco, que éstas eran en su gran mayoría un cargamento de «gatas,» (es decir hembras) pues no sólo eran los felinos muy codiciados en aquella corte francesa, sino que las hembras eran menos problemáticas pues no marcaban territorio en aquellos palacios con muebles costosísimos. Estas gatas se pueden haber apareado con los pequeños linces canadienses o con simples gatos silvestres de la zona quienes con el tiempo, las nevadas y los helados inviernos, habían evolucionado pelajes y enormes tamaños. El cruce entonces puede haber sido la fuente del Main Coon”.

Después de escuchar a Keikei uno llega a la conclusión obvia: No es cualquier cosa el animal ni este proyecto de salvar al mundo. Viajar al espacio de manera más o menos convencional parecía ser la forma más accesible a la tecnología del momento. Y así se hizo. Los problemas de la tripulación no eran difíciles de resolver. Para combatir los efectos de la ausencia de gravedad los viajeros realizarían tres horas de ejercicios al día. Así evitarían la atrofia de los músculos, que ya no tendrían que contraerse para mantener el cuerpo en movimiento. Los problemas neurosensoriales eran resueltos con un sencillo transmisor (receptores de pseudogravedad en el oído interno) para evitar la pérdida de equilibrio. Como todos sabemos, el transmisor es un átomo de fósforo sobre un cristal de silicio. La desmineralización ósea se reducía hasta anularla con el consumo de calcio y testosterona disfrazadas en barras de chocolate. Y así se hizo. Ninguna de esas cosas explicaría porque hay un gato que se pasea por la nave. Probablemente la historia de los gatos sea falsa. Sin embargo, debería estar claro, que en un viaje largo, matar el tiempo es un crimen necesario.

También habría que apuntar que se llevaron ratas. Y ratones. Que no es lo mismo ni se escribe igual. Si le preguntan al geneticista Francis Bacon, que viaja en la nave que salvará al mundo de la sed este recitaría, si tal cosa fuera posible, el genoma casi completo de la rata común, que al ser comparado con los mapas genéticos del ser humano y los ratones puede dar pistas valiosas acerca de la evolución y la biología de las enfermedades. El genoma de la rata parda noruega, que, como yo, puede vivir tanto en las ciudades como en el campo, es sólo un 5% más pequeño en volumen que su equivalente humano, y apenas algo mayor que la secuencia genética del ratón. Alrededor del 90% de sus 25 000 o 30 000 genes tienen equivalentes en las secuencias del ratón y del ser humano. Cada uno de nosotros conoce alguien que es más rata que un ratón. Un vínculo difícil de explicar si uno no tiene espíritu científico. Ese no es el caso de Gary Churchill, científico del Laboratorio Jackson de Bar Harbor, Maine, que alega que poseer el genoma de dos mamíferos tan vinculados entre sí como los ratones y las ratas daría a los científicos más información genética que cualquiera de ellos por sí solos al compararlas con la secuencia del ser humano. Un ratón y una rata pertenecen a la misma especie, pero la comparación de sus genomas podría resultar relevante también para otras especies, dijo Churchill, que no formó parte del estudio.

Otros hombres y mujeres de ciencia han dicho que, desde el punto de vista genético, las ratas no son simplemente ratones más grandes, y vaticinan que sus diferencias también resultarán valiosas para el estudio genético. «Están mucho más alejadas en la evolución de lo que estamos nosotros de algunos monos», dijo Layla Saxon, de la Unidad MRC de Genética Humana en Edimburgo, Escocia. «En cierta forma son mejores que los ratones en las pruebas de conducta. Parecen ser más inteligentes. El genoma de las ratas podría ser una gran ayuda en la búsqueda de genes que afecten la conducta». La investigación estuvo a cargo del Proyecto de Secuencia del Genoma de las Ratas y fue financiada por el Instituto Nacional de Investigaciones del Genoma Humano y el Instituto Nacional de Enfermedades Cardíacas, Pulmonares y Sanguíneas.

«Esta inversión está destinada a producir importantes beneficios en la lucha contra las enfermedades humanas», afirmó Elias Zerhouni, director del NIH. «Durante casi doscientos años, la rata de laboratorio ha desempeñado un papel valioso en los esfuerzos para entender la biología humana y desarrollar nuevos y mejores medicamentos», apuntó Zerhouni. El director del NIH señaló que, con «estos datos secuenciales, una nueva generación de investigadores será capaz de mejorar claramente la utilidad de los modelos de rata y, por tanto, mejorar la salud humana». Se estima que las ratas acarrean más de 70 enfermedades y que están implicadas en la transmisión de numerosas infecciones a los humanos, entre ellas enfermedades como el cólera, la plaga bubónica y el tifus. Por esa razón, a principios de siglo, se llevaron en muchas ocasiones a las aglomeraciones humanas, como la frontera de Afganistán y Pakistán o los ghettos de Sur Africa, de modo que se puedan estudiar los efectos in situ.

A la vez, la rata de laboratorio sirve también para las investigaciones de enfermedades humanas y probar nuevos medicamentos. La rata noruega fue el primer mamífero en ser domesticada para utilidad científica, lo que ocurrió en el siglo XIX. Entre otras áreas, las ratas han ayudado a realizar avances en la investigación médica sobre enfermedades cardiovasculares, desórdenes psiquiátricos, regeneración neuronal, diabetes, trasplantes y cáncer, entre otros. Los resultados aparecen en la edición del jueves de la revista Nature. Los científicos dijeron que las tres especies probablemente heredaron sus

genes de un antepasado común, hace unos 75 millones de años, algún tiempo antes de la extinción de los dinosaurios. Pero hay algunas diferencias claves. Por ejemplo, la rata utiliza más su sentido del olfato que el ser humano y tiene más genes dedicados a la detección de los olores. El genoma de la rata tiene también un mayor número de genes dedicados a la eliminación de las toxinas y otros peligros que el mapa genético del ratón. Pero imaginemos un humano con el sentido del olfato de un perro (en este caso ya habríamos encontrado el gato) y con una gran capacidad genética para eliminar toxinas, lo cual habría eliminado las grandes pandemias que ocurrieron a mediados del siglo XXI en las fronteras de Pakistán y en Sur Africa. No me refiero al incidente del cruce de Wagah, entre las dos potencias nucleares, India y Pakistán, con público a ambos lados del camino vociferando antes de la destrucción. Me refiero a la frontera con Afganistán, a las flores de las amapolas, a la guerra de los drones.

Cierto que Francis Bacon no conoce muy bien la historia de los Maine Coon. Sin embargo, a la menor provocación puede explicar cómo los delfines y los hipopótamos están lejanamente emparentados. Lejanamente. Si no tuviera que averiguar dónde está el gato, se los contaría. ¡Maine! ¡Maine! ¿Dónde se esconde un felino que viaja por el espacio?

Bergman Island: los fantasmas en nuestro presente

En Rojo

Directora y guionista: Mia Hansen-Løve; cinematógrafo: Denis Lenoir; elenco: Vicky Krieps, Tim Roth, Mia Waskowska, Anders Danielsen Lie, Hampus Nordenson

Descubrí al director sueco Ingmar Bergman gracias a la serie de cine del Programa de Actividades Culturales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Así también descubrí a François Truffaut cuando entré a la sala de cine a ver Jules et Jim, mi primer filme extranjero ya que el cine en inglés era el normal. Ese cine extraño y profundo en sueco, tanto en blanco y negro como a color, con historias del presente y de un pasado desconocido, con ángulos y tomas extrañas, con temas confusos de la sexualidad, las creencias religiosas, los pensamientos y conversaciones no expresadas fue la atracción de The Seventh Seal (1957), The Magician (1958), The Virgin Spring (1960), Through a Glass Darkly (1961), The Silence (1963) y Persona (1966). Eran filmes difíciles que apenas entendíamos, pero que gracias a las notas de cine que recibíamos, podíamos tener debates que duraban días. Como ya la curiosidad me había picado—ya que ver a Bergman no era un placer—luego vi en estreno o en series de cine de la misma UPR, o de Cinearte, o del Instituto de Cultura, o en las rondas que hacía por los cines de arte de Nueva York, los filmes que dejaron una huella en mi memoria: The Passion of Anna (1969), Cries & Whispers (1972), Scenes from a Marriage (1974), Face to Face (1976), Autumn Sonata (1978) y Saraband (2003). Son historias íntimas de mujeres, en pareja con maridos, amantes, padres en extremo patriarcales, entre hermanas, madre e hijas. Ver a Bergman es sencillamente sufrir, pero como todxs somos medio masoquistas, las vemos una segunda vez o recordamos las escenas más impresionantes. Por eso Bergman Island (nominada para Palm d’Or en Cannes este año) es recordar y revivir esas historias que Bergman plasmó en el cine, pero ahora en los lugares donde vivió y filmó gran parte de su obra: Fårö. El filme estuvo en cartelera par de semanas en Fine Arts, pero deben estar pendiente de dónde y cuándo surja para que puedan compartir esta experiencia.

Chris (Vicky Krieps) y Tony (Tim Roth) son una pareja de autores y guionistas que han escogido aislarse en Fårö para inspirarse en este ambiente y a la vez tener espacio amplio y aislado para desarrollar sus ideas. Tony, director veterano reconocido, es el que saca tiempo para dar charlas y participar en encuentros durante su estadía. Mientras tanto, Chris se interesa por los detalles de la vida de Bergman tanto como hombre casado cinco veces con múltiples otras relaciones y padre de nueve hijxs, y como autor que agonizaba sobre cada historia a contar. Aparte de descubrir algo de las vidas de Tony y Chris—al igual que en los filmes de Bergman sólo tenemos acceso a momentos del pasado—nosotrxs lxs espectadorxas exploramos los diferentes espacios que Bergman habitó, los lugares donde filmó, las fotos que tomó o le tomaron, su archivo personal de películas, su biblioteca, su estudio con todo el mobiliario original y el archivo de sus manuscritos. Como si eso fuera poco, también nos integramos a un tour oficial (“Bergman Safari”) con Tony y uno más personal con Chris y Hampus (Hampus Nordenson), un estudiante de cine.

El filme también integra los silencios de los filmes de Bergman. Los diálogos cotidianos entre Chris y Tony son la ventana para imaginar, en este caso, lo que cada uno está escribiendo. Por eso son tan importante los espacios donde escogen escribir, los lugares a los que van en bicicleta, los caminos que descubren en un lugar donde hay que hacer un gran esfuerzo para encontrarse con otra gente. Y a esos lugares más poblados acuden ellos porque Tony va a dar alguna charla de su propio cine, porque hay algún conversatorio sobre Bergman o algún grupo de estudiantes lo quiere conocer y saber sus opiniones sobre cómo es el proceso de escritura y dirección. En todos estos “outings”, Chris es una espectadora ya que es una principiante para ese público, admirador, seguidor y crítico de Bergman. Lo sorprendente de Bergman Island es que es el guión de Chris, que tanto trabajo parece haberle dado, el que vemos como un filme dentro de este encuadre. Y es precisamente esta historia que utiliza la temática de las relaciones entre mujer y hombre y lo incompleto y turbio que siempre son para hacerlo un filme posBergman con visión de mujer.

Chris será la narradora del guión escrito, pero no filmado aún, que se transforma en otro filme que cuenta un encuentro entre dos ex amantes precisamente en este lugar donde Chris y Tony pasan su verano. Amy (Mia Waskowska) y Joseph (Anders Danielsen), a pesar de no haberse visto por muchos años, inmediatamente sienten el mismo atractivo del pasado. No es solamente la parte sexual, sino el pensar en la posibilidad de juntarse nuevamente a pesar de que cada uno tiene su propia relación. Ellxs, al igual que Chris lo hizo con Tony y con Hampus, exploran el mundo de Bergman a través de los lugares donde se hospedan, celebran y acompañan a una amiga mutua en su boda. Y, al igual que en la hermosísima novela y filme, The French Lieutenant’s Woman (autor John Fowles; director Karel Reisz; guionista Harold Pinter; protagonistas Meryl Streep y Jeremy Irons; 1981), se da el tercer nivel de la historia al finalizar la filmación y cada uno regresar a su casa. Hace dos años en celebración del centenario de Bergman, el Film Forum de Nueva York, presentó 45 de sus filmes. Anthony Lane escribió un excelente ensayo en el New Yorker: “The Immortal World of Ingmar Bergman” (febrero 7, 2018) que recomiendo como parte de este viaje a Fårö.