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El saldo amargo de la Junta de Control Fiscal

 

CLARIDAD

La Junta de Control Fiscal que se le impuso a Puerto Rico en 2016 supuestamente fue creada para normalizar las finanzas públicas, pero sus efectos han ido mucho más allá. Cuando deje de operar (si es que eso efectivamente ocurre alguna vez) el aparato gubernamental que quede en pie, y la forma de ofrecer servicios a la ciudadanía, será muy distinto al de antes. Ello es así porque en lugar de limitarse a lo financiero, viabilizando un proceso legal que permita reestructurar la deuda pública, la Junta incursionó en toda la administración pública, imponiendo la visión nacida del más rancio neoliberalismo que profesan sus miembros.

El debate público previo a la creación de la Junta estuvo marcado por el llamado “impago de la deuda”. A mediados del cuatrienio 2012-2016, el gobierno puertorriqueño reconoció que la deuda acumulada era impagable y comenzó a buscar mecanismos legales para reestructurar sus obligaciones de forma ordenada. Dado que el acceso al mecanismo de quiebra federal no estaba disponible, la Legislatura aprobó la Ley 71 de 28 de junio de 2014, bautizada por los medios como “Ley de Quiebra Criolla”. Aquel fue un estatuto muy bien diseñado, que creaba un proceso equilibrado a conducirse en el Tribunal Superior de San Juan. Sin embargo, de inmediato aparecieron las trabas del colonialismo. La ley fue invalidada por el Tribunal Federal bajo la doctrina de que todo lo relacionado con quiebras es “campo ocupado” por la legislación federal. El fallo fue posteriormente confirmado por el Tribunal Supremo de Estados Unidos. Como colonia al fin, quedamos a merced de los acreedores y del Congreso estadounidense que siempre los protege.

Como decía al principio, la ley que aprobó el Congreso -que, con marcado cinismo, llamaron PROMESA- supuestamente iba dirigida a llenar el vacío que el Código de Quiebras había dejado, viabilizando un mecanismo para reestructurar la deuda. Sin embargo, una vez creada la Junta sus miembros, provenientes del llamado “sector privado”, comenzaron a imponer su particular visión de gobierno, que visualiza un estado central minúsculo y totalmente dependiente de la empresa privada. Toda la actividad gubernamental ha quedado a merced de esa visión y lo que el País había creado en los últimos 70 años, comenzó a ser desmantelado a partir de 2017.

Desde la década del ’40, cuando llegó a Puerto Rico un gobernador estadounidense imbuido en los principios del Nuevo Trato de Franklyn D. Roosevelt – Rexford Tugwell-, el aparato público puertorriqueño creció de manera distinta al de los estados de Estados Unidos y del propio gobierno federal. Entre otras cosas, los énfasis se pusieron en la educación (más de una tercera parte del presupuesto se dedica a esos fines) y en el control público de los servicios esenciales, como energía y el agua. En Estados Unidos la visión “novotratista” fue abandonada tan pronto su creador murió, pero aquí se mantuvo y hasta creció.

No es casualidad que los principales golpes de la Junta se dirigieran de inmediato contra dos sectores que mejor ejemplifican ese pasado: el grupo de instituciones que llamamos “Universidad de Puerto Rico”, y la generación y distribución de energía. Se trata de dos componentes claves para el funcionamiento de un país que, sin embargo, la concepción neoliberal coloca de manera prominente bajo control privado. En ambos casos, la Junta impuso cambios movidos mayormente por esa visión ideológica.

En Estados Unidos la mayoría de las llamadas universidades públicas –las que incluyen la palabra “Estate” como parte del nombre- realmente son entes privados, con costos y tarifas parecidos a las otras. Aun cuando en Puerto Rico no es posible replicar ese modelo sin que de paso se anule o se afecte una institución vital para nuestro desarrollo social, la Junta ha insistido en que nuestra UPR imponga costos y tarifas similares a las privadas. Esa privatización forzada de la educación tendrá consecuencias negativas sobre nuestro desarrollo económico, al limitar el acceso a una educación universitaria de calidad, pero quienes la impulsan no son capaces de ver ese efecto. Cuando el mandato de la Junta termine, la UPR será muy distinta a lo que era en 2016.

En cuanto al otro sector, el de la producción y distribución de energía, ya ha quedado desmantelada por decisión de la JCF. La distribución de la electricidad está en manos de LUMA, un consorcio creado por empresas estadounidenses. De paso, esa privatización implicó el desplazamiento de miles de trabajadores en cuyo adiestramiento y formación se habían invertido grandes sumas de dinero. Tras ese golpe, ahora maquinan la venta de lo que queda en manos públicas, que representa a penas la mitad de la energía que se produce.

En los cuatro meses que llevamos con la empresa privatizadora ha quedado demostrado que el discurso principal de los neoliberales –la supuesta eficiencia de la empresa privada en oposición a la pública- es puro mito. Igual como la privatización en la práctica de la UPR no ha redundado en una mejoría de su oferta académica, la anunciada mejoría del sistema eléctrico se ha tornado en una pesadilla. El desmantelamiento de la AEE y su entrega a un consorcio extranjero está imponiendo costos onerosos, mientras la calidad del servicio empeora.

Los que esperaban que la JCF nos salvara ya van chocando con la realidad. Y para colmo, ni siquiera han cumplido con lo que era el propósito principal detrás de su creación: la reestructuración de la deuda. Tras cuatro años sólo han producido un plan de ajuste que nos dejará endeudados, muy cerca de otra quiebra.

 

 

Ese conejo en el congelador pudo haber sido tu hermanita

Especial para En Rojo

Un comentario sobre El dulce cretino de la calle, novela Mirna Estrella Pérez

Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 2021 184 páginas

No debe ser un secreto para alguien con un conocimiento mediano de la literatura que el imaginario que hemos recibido acerca de las mujeres a través de la poesía, la narrativa y el drama universal es una construcción del varón; un varón casi siempre blanco, heterosexual y en situación de ventaja educativa, económica y social frente al sujeto al que dirige su mirada y su deseo. (Uso a propósito el singular para referirme al escritor, aunque son muchos y distintos los hombres, solamente por recalcar que así suele hablarse culturalmente de nosotras: “la mujer”, en singular, a pesar de que también somos muchas y distintas.)

El arte masculino, en general, y la literatura en particular, sobre todo la de origen hispano, han dedicado al cuerpo femenino y la personalidad de las mujeres una atención solamente comparable en intensidad con otras dos obsesiones muy machas: la guerra y la muerte, es decir: la violencia. Que a estas dos fuerzas destructivas se las haya representado como entes femeninos en Occidente no es trivial ni casual. Pero dejemos este tema para luego, porque sería muy larga la lista de grandes obras poéticas, novelísticas y dramáticas, incluso filosóficas que por varios milenios de cultura letrada han sido portavoces muy eficaces de la misoginia o, cuando menos, de una visión parcializada acerca de las mujeres. No hablemos aquí de las malditas sirenas embaucadoras de hombres, desatadoras de los vientos y destructoras de embarcaciones, ni de las parcas controladoras de la vida y de la muerte; tampoco de las doncellas encerradas del medievo, ni de las damas putonas del amor cortés; tampoco de las brujas, ni de las locas en el ático del XIX; ni qué decir de las bellas sin alma de baladas y boleros del XX, descendientes de la musa gélida y “más dura que mármol a mis quejas” de Garcilaso.

Mejor, leamos sobre algo que implica a hombres y mujeres por igual, de una manera menos imaginaria y más terriblemente cotidiana, aunque se publica bajo el género de la ficción. Se trata de un libro escrito por una mujer puertorriqueña del siglo XXI, poeta con cuatro libros publicados y otro en edición, madre de una hija y de profesión trabajadora social del Estado, la arecibeña Mirna Estrella Pérez. El dulce cretino de la calle, su primera novela, aparece bajo el sello de la Editorial de la Universidad de Puerto Rico.

Incesto, pedofilia, trata humana, violencia conyugal, negligencia parental, secuestro infantil, maltrato de menores y de ancianos, violación y asesinato…, son algunos de los temas que cruzan este relato. Su narradora, una voz inusual en nuestra literatura, no le teme al fardo cultural que la precede y escribe sin eufemismos ni pose intelectual o teórica sobre las peores consecuencias del ciclo o los ciclos de la violencia sexual al interior del núcleo familiar. En este texto, como es de esperarse de una literatura bien documentada y profunda, el imaginario de hombres y mujeres se complica, como son complicadas las relaciones de pareja y paternofiliales cuando quedan dañadas desde la raíz por un abuso. La percepción entre unos y otras queda viciada por la dicotomía –cambiante y elusiva en este texto– víctima-victimario, pero también un par de malos verdaderamente malos, de los que no conocemos la herida original por la que siguen sangrando, y mucha gente más o menos buena y decente, pero no tanto como para denunciarlos.

El dulce cretino de la calle es una novela breve, que no llega a las doscientas páginas, a la que la editorial ha llamado noir, situándola en el campo literario del suspenso y las narraciones de crimen, al que legítimamente pertenece, pero que, como buena pieza literaria, desborda tal clasificación. Sin revelar el contenido de la trama, diré que estamos ante el espejo de varias generaciones de una familia disfuncional en las que tanto las relaciones de pareja como paternofiliales y fraternales están viciadas y distorsionadas desde la raíz por el patriarca y la matriarca (raíz dañada de la que no descubriremos todas las aguas que viene arrastrando, porque esta obra es la primera entrega de una trilogía en proceso de creación).

Aunque la narración está redactada en tercera persona y, por lo tanto, evita el tono testimonial (en esto se distancia Mirna Estrella de autoras como Isabel Allende, Laura Esquivel y Esmeralda Santiago, por mencionar algunas), esa voz podría pertenecer a Olga, la penúltima descendiente del clan, quien encuentra en el pasado de sus abuelos y el de sus padres algo más que la respuesta que buscaba acerca de un pecado familiar y de la desgracia que le siguió, además de la identidad de la persona que perpetró un crimen que la obsesionó durante su infancia. Otro crimen, la violación en serie de las niñas del pueblo, quedará sin investigar por falta de acusación.

Ese algo más que encuentra Olga la encamina hacia las preguntas que debe formularse a sí misma para comprender las causas de sus propias distorsiones afectivas. Es en este punto de contacto entre el personaje joven y sus parientes donde El dulce cretino de la calle se nos revela magistral.

Aunque el relato principal ocurre en el pasado, esa línea secundaria del texto que es el personaje de Olga funciona como una especie de mina antipersonas colocada allí, entre un capítulo y otro discretamente y que, precisamente por eso, cuando estalla no nos deja ilesos.

Así llegamos al conejo. Un conejo metido en el congelador, que será una de las pocas citas que compartiré del texto para evitar arruinar su lectura cabal:

Un día, sus peores temores parecieron tomar forma. Vio a su padre tirar algo al congelador. Cuando descubrió el contenido no pudo contenerse:

–¿Por qué gritas? –se acercó Francisco.

–¡No me toques! ¡Mami, mami!

–¿Qué pasó, qué le hiciste? ̶ intervino Ernestina.

–¡Mató a Iris! –la niña señaló el cuerpo decapitado.

–¿Pero qué le pasa a esta loca? Es un puto conejo. Francisco lanzó el animal a una olla.

–Cocínalo ̶ le ordenó a Ernestina– y tú, mentirosilla de mierda, prepárate para probar.

Las horas previas a la cena, Olga iba de excursión a la cocina. No paraba de comer.

Mientras menos alimentos hubiese en el refrigerador más lo coparían. Ya se había percatado de que su ropa dejaba de servirle: si me pongo gigante no cabré en él.

El fricasé de roedor estuvo listo a las cinco. Ernestina sirvió.

–No tengo hambre.

–Te quiero a la mesa, ahora ̶ mandó Francisco a su hija.

La niña se sentó. Iris, desde su sillita de bebé abría la boca para comerse a sí misma.

–Sólo tomaré pan.

–Te comerás a tu hermana, mi amor –se burló el padre̶̶–.

Como nada sobra en este relato, ese episodio es importante. Porque importa el miedo durante la infancia, sus orígenes y sus consecuencias presentes y futuras. Y porque importa saber, en este caso, que un desorden alimentario puede tener raíces tan remotas como el haber sido testigo de la violencia entre los padres, y que esta violencia también puede remontar a situaciones desconocidas e impensables por ellos. E importa, además, porque este mismo personaje femenino victimizado ejercerá durante su adultez, de otras maneras menos evidentes, la violencia hacia sus compañeros. (“¿Cuánto puede parecerse la víctima al victimario? ¿Se fusionarán en ocasiones? ¿Será posible ejercer ambos papeles? Ella sentía que era posible.”)

Podemos coincidir con la autora en que la fusión víctima-victimario es más común de lo que se piensa, y la puede ejercer cualquiera dentro de la ficción como en la vida real. En este sentido, El dulce cretino de la calle, si bien retrata de manera detallada los perfiles de los agresores y violadores masculinos, traza también los rasgos de mujeres que acaban siendo personas duales: agredidas- agresoras y victimarias-víctimas o agresoras pasivas, y esboza también el perfil difuso de una sociedad que pacta a conveniencia entre los extremos mediante el secretismo, la complicidad o la indiferencia disfrazada de respeto a la familia.

Lo que hace al relato único y poderoso es la economía de su lenguaje, siempre directo, como corresponde a una poeta cuya obra previa ya anunciaba que había en ella una narradora pulsando por salir. La sentimentalidad (o mejor, el sentimentalismo) no tiene espacio aquí, porque la urgencia de esta autora no está tanto en apalabrar lo que se siente, como en expresar lo grotesco y monstruoso (real no maravilloso) que puede estar ocurriendo delante de nuestras narices, así como registrar el efecto criminal de ese mirar para otro lado. Mirna Estrella Pérez parece obsesionada con los hechos más que con los sentires, y esto da a su texto la frialdad y el distanciamiento necesarios para poder observar la maldad humana directo a los ojos y poder nombrarla sin derrumbarnos.

***

…Un circo se pasea de pueblo en pueblo en un país que no se identifica como Puerto Rico, pero es su mellizo. No porque abunden aquí los circos, que no forman parte de nuestra experiencia pueblerina, sino porque gente como su manejador, cuya identidad queda oculta bajo el mote de “El flaco” anda por ahí, sin la advertencia de padres y madres, perturbando la inocencia de las niñas

mediante la sexualización precoz, el abuso sexual y el secuestro o la trata. Aquí no existe el circo, podrán decirme. Pero sabemos que gente como “El Flaco” sí que existe, y quienes lo son se dedican a muchos otros oficios. Tampoco son incestuosos la mayoría de padres y madres, como sí lo son los de esta familia ficticia, pero también los hay, y no son pocos, y comparten un rasgo en común con el patriarca Augusto Vivar de la novela: generalmente, les protege un manto de respetabilidad social, aunque la estirpe que fundaron crezca abrumada por el dolor y la culpa.

Otro autor arecibeño, René Marqués, en su primera novela, La víspera del hombre (1958) nos dio una clave, hace tiempo, sobre el valor de enfrentar lo imaginado con lo real. El protagonista de esa historia, Pirulo, vive obsesionado por descubrir el rostro de una figura humana parecida a la muerte.

Por campos y pueblos iba sobre su caballo escuálido. Bajo su sombrero de paja su rostro estaba cubierto con un tupido velo negro, algo grisáceo ya por el polvo de tantos caminos. Es lindo como un ángel, y no quiere amar a nadie, decían las mujeres. Es horrible como un monstruo. Por eso no enseña la cara, aseguraban los hombres.

En el secretismo acerca de su identidad, en el no mostrar su cara, pero también en el encantamiento de su “persona pública” radica la fuerza del perpetrador. Vuelvo a Marqués:

Ángel o monstruo, peregrinaba incesantemente, paseando su misterio por ferias y fiestas de Santos Patrones, cantando boleros y plenas, sones y décimas para ganar el sustento. Pero jamás nadie le vio comer. Ni beber siquiera. Nunca ante nadie mostró su rostro desnudo. Y si alguien hubiese intentado tocar el velo negro, habría visto relucir un largo puñal con cabo de cuerno.

Como todo misterio atrae, siempre hay un Pirulo (“un deseo irracional prendió en su espíritu: Tengo que verle la cara”; “quiero ver tu cara”, La víspera del hombre), o una Olga (“̶ Necesito que me cuentes todo. Lo que más duela”, El dulce cretino de la calle), que necesitan ver el terror de cerca. Esa fuerza para obligarse a mirar lo grotesco y sostener la mirada está muy presente en el libro de Mirna

Estrella Pérez. E intuyo que es esta la actitud que ejercita en su práctica profesional cada vez que pisa un tribunal de menores en Puerto Rico para defender sus intervenciones como trabajadora social. De familias destrozadas y en crisis sabe ella más de lo que quisiera y, por lo bien delineadas que están las psicologías de sus personajes, debe conocer muy de cerca cómo opera la mente de una víctima y la de un victimario, la complejidad de los procesos de culpa y redención y los defectos del sistema de justicia (aunque de esto último no se ocupa la novela, que no incurre en el “ensayismo” propio de las llamadas novelas de tesis, que esta no lo es).

En una reseña literaria la información ajena al texto es, literalmente, marginal y no suele tenerse en cuenta. Pero consideraría imperdonable de mi parte comentar este texto sin reconocer que la profundidad de su entramado narrativo está sostenida por un saber igualmente profundo acerca de la materia de la que se escribe. Está claro que para escribir novela detectivesca no hay que ser detective, ni para escribir novela histórica hay que ser historiadora, pero cuanto más se informa un autor o una autora sobre el género o el tema con el que se atreve, más herramientas podrá desplegar en su texto, pues no basta el talento para escribir un buen libro. Aquí estamos ante alguien que, afortunadamente para la literatura puertorriqueña de hoy, se lanza con un tema sórdido y conflictivo, absolutamente pertinente a la sociedad actual, no por afán de márquetin ni exhibicionismo, sino porque tiene las manos curtidas en este asunto desde hace tiempo. Y, como es escritora, es la mejor persona posible para narrarnos esta historia. Ese saber del tema y saber cómo contarlo se nota y se agradece (el texto, de hecho, según información ofrecida por la autora, no fue redactado en dos días ni un par de meses, sino que le tomó años perfeccionarlo).

Ya desde su poesía nos sorprendía la naturalidad -o incluso desparpajo- con la que Mirna Estrella aborda intersecciones muy matizadas entre sexualidad, moralidad y deseo; en la narrativa, despliega con mayor decisión, si cabía, su autoridad para nombrar las cosas de la manera en que las percibe, y lo que vendría a ser su imaginario en construcción sobre el cuerpo y el deseo del varón heterosexual “dañado” (que los sanos no están en este libro, os lo advierto).

En conjunto, el texto es denso en contenido y no ofrece momentos para la distención; pero, al mismo tiempo, su lectura resulta liviana gracias a su estructura, que está montada en piezas brevísimas, organizadas en orden cronológico alterado. Ciertos personajes y capítulos en particular, pero especialmente el final, hacen algunas concesiones (o ¿guiños?) al realismo mágico sin romper la sobriedad general del texto, y le aportan algo de poesía sin desnaturalizar su crudeza esencial.

Aclaro que no soy parte objetiva en este comentario. Edité este libro. Lo conozco y conozco a su autora. Y es esta la segunda vez que reseño públicamente algo que edité, porque poquísimas veces durante mi trabajo a tiempo completo en la edición de libros he estado tan segura como ahora de la pertinencia, necesidad e importancia de la publicación de un texto literario. La apabullante violencia que nos rodea hace de esta lectura una especie de revelación. Para sobrevivientes de cualquier tipo de violencia sexual o parental que lean la novela, esta podría echar sal en la herida, pero la sal, en dosis adecuadas, es curativa. Para quienes investigan temas relacionados con el género y la familia, esta lectura converge bien con campos no literarios como la sociología, la sicología y los estudios de género. Y para lectores y lectoras de literatura en general, la historia se sostiene por sí misma como lo que es: un relato de ficción bien ejecutado.

Que el libro salga con la impronta de la Editorial de la Universidad de Puerto Rico es un hecho, de suyo, singular en más de un sentido: implica reconocer el talento de una autora de mediana edad, con un trabajo consolidado en otro género literario, pero todavía ausente de las antologías de literatura puertorriqueña contemporánea; por lo tanto, habrá quien considere “novel” su firma, aunque no lo es, y que esta editorial académica la acompañe en la ampliación de su registro hacia otro género literario es una especie de reconocimiento de su trabajo anterior y una apuesta a su futuro.)

De hecho, durante la edición de su primera novela, Mirna Estrella ha acaparado prácticamente todos los premios que en el género de la poesía se otorgan en Puerto Rico. La racha es extraordinaria. Gana el primer lugar en el concurso organizado por el Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico que lleva el nombre del poeta Vicente Rodríguez Niestzche. El libro, Fallé en calcular la brutalidad de los años, acaba de publicarse por Trabalis Editores. De seguido, obtiene el Premio Nacional de Poesía del Instituto de Cultura de Puerto Rico por el volumen Un hilo de duda en la saliva, actualmente en proceso de edición por la Editorial del ICP. Luego, obtiene el tercer lugar en el Certamen de Poesía José Gautier Benítez que auspicia el Municipio Autónomo de Caguas con el texto Yo quisiera estar tan lejos como lo está la suerte. Esto, en una autora hasta ahora invisible para la crítica, dice mucho de su talento y perseverancia. Como lectora atenta de su poesía anterior (Ecos de Eva, Manifiesto sobre las tristes y Miss Carrusel) el acompañarla en su incursión como narradora, y saber que estamos ante alguien en plena expansión de su potencia literaria es igualmente extraordinario.

Para terminar, no puedo evitar volver a Marqués. Si el personaje misterioso de La víspera del hombre “no era la figura de la muerte. No podía serlo porque tenía un cuatro en las manos. Y la muerte no toca el cuatro ni canta sones alegres”, y de todos modos Pirulo, al removerle el velo “no tuvo voz para expresar su espanto” al contemplar el rostro de un tal “Monchín” carcomido por el cáncer, en El dulce cretino de la calle los ojos de algunas niñas ven cosas horribles, la mano de una mujer insiste en descorrer el velo que encubre a los perpetradores, y una voz que no teme a contar lo visto y descubierto asume con valentía la narración. …Quienes buscan en una lectura de ficción entretenimiento y solaz, miren para otro lado, porque aquí van a ver la crueldad humana a los ojos, que es mirar la muerte. …Y solamente quien haya sido capaz de calcular que un animal en el congelador tiene el tamaño exacto de su hermanita e imaginado que su padre pudo ser el asesino, conoce verdaderamente ese estupor.

Estrenos en salas de cine: Stillwater, Together, The Card Counter

 

En Rojo

¡Qué maravilloso—y que diferencia—es poder ver un filme en una sala de cine que te arropa con sus imágenes gigantescas y el sonido que rodea cada espacio! Que conste que aprecio enormemente el poder ver tantos buenos filmes—y series—que si no fuera porque tengo acceso a las plataformas me hubiera perdido—y ni me hubiera enterado—proyectos tan hermosos y atrevidos como “Ozark”, “When They See Us”, “Peaky Blinders”, “Unbelievable”, “The Crown”, “Shetland”, “Bridgerton”, “Normal People” y “Patria”, entre muchos otros. Y ni hablar de filmes como The Highway Men, Marriage Story, The Two Popes, A Quiet Passion, I Am Not Your Negro, Pieces of a Woman, News of the World, Judas and the Black Messiah y, por supuesto, Nomadland. Los tres filmes que comento tienen un enorme factor en común: las actuaciones sobresalientes de sus protagonistas. Además, los tres filmes cuentan con guiones que sobresalen por su escritura y su manera de marcar el tiempo.

Stillwater Director: Tom McCarthy; guionistas: Tom McCarthy, Marcus Hinchey, Thomas Bidegain, Noé Debré; cinematógrafo: Masanobu Takayanagi.

El Bill de Matt Damon es un individuo taciturno, habla lo mínimo y nunca verbaliza sus miedos, dudas o creencias, excepto para invocar a Dios a la hora de recibir alimentos y cuando está solo y no encuentra salida. Esto lo conocemos más adelante cuando se ve forzado a intercambiar con dos extrañas, Virginie (Camille Cottin) y su hija Maya (Lilou Siauvaud), en una ciudad y país desconocidos (Marseille, Francia). ¿Y por qué alguien cuyo conocimiento del mundo se limita a lo que lee o le cuentan en su pequeño pueblo rural de StillWater en Oklahoma, viaja a ese lugar tan apartado? Sabemos que Bill no tiene un trabajo fijo, que chiripea en todo lo que tiene que ver con extracción de petróleo y maquinaria pesada, gasta lo mínimo y guarda lo máximo, vive solo y su único familiar parece ser su suegra (Deanna Dunagan) que también vive sola. A través de sus conversaciones entendemos el vínculo con Francia: su hija Allison (Abigail Breslin) está en prisión en Marseille, acusada y convicta de haber asesinado a su anterior pareja. Y, aunque siempre lo ha negado, la única evidencia disponible la señala a ella como asesina involuntaria.

Lo 1ero. que vemos cuando Bill se reúne con su hija es la frialdad de la relación—aunque podemos ver que comparten la falta de confianza en la corte—en comportamiento, creencias, actitudes son totalmente diferentes. En uno de sus exabruptos, Allison expresa su deseo de alejarse de todo lo conocido, especialmente de Stillwater, donde se asfixiaba por la forma de ser y ver el mundo de la gente y la imposibilidad de expresar sus sentimientos y ambiciones. Por eso escoge irse lo más lejos posible a un país extranjero y una ciudad desconocida para sus compueblanos. Aunque no lo expresa, el sentido de culpabilidad de Bill de no haber sido un padre responsable, lo imposibilita a expresar sus sentimientos. Por eso no le dice la verdad a Allison de las gestiones que hace y su resultado. Todavía cree que de esta manera la protege de todo el mal que permea en la sociedad. Su actitud hacia lo desconocido en Marseille es de un hombre que se cree superior, que no ve ningún propósito en conocer otro idioma, que cree que merece la atención de cualquier oficial de la corte porque el caso de su hija es especial, que cree poder enfrentarse a cualquier delincuente y salir airoso. Será su contacto con Virginie y Maya lo que lo hará verse como un ser humano que puede cambiar y hacer el bien por otros y respetar esos espacios desconocidos.

 

Together Directores: Stephen Daldry y Justin Martin; guionista: Dennis Kelly; cinematógrafo Iain Struthers.

Desde el comienzo, el tiempo se mide en espacios cerrados: El (James McAvoy), Ella (Sharon Horgan) y su hijo de 10 años, Artie (Samuel Logan), desempacan sus reservas de alimentos y otras necesidades para comenzar el encerramiento (lockdown) en marzo 2020 para lo que sería una emergencia nacional que duraría no más de un mes o a lo sumo dos. La visión del espacio físico se limita al pasillo de la entrada, la cocina y un cuarto estudio de reunión o privacidad, algo difícil en estas condiciones. A pesar de no llevar tantos años juntos—quizá diez—ambos parecen ver solamente los rasgos negativos de cada uno. Lxs espectadorxs son parte esencial de cómo se cuenta la historia porque El y Ella hablan directamente a la cámara para exponer su caso y ponernos de parte de ellxs. Por la manera jocosa en que hablan de las debilidades de cada cual y cómo no usan lenguaje ofensivo, aunque con la agudeza del “understatement” británico, dan golpes muy certeros que, en otras circunstancias (no ver el golpe verbal venir) pudieran pulverizar a su contrincante.

En esos monólogos y diálogos logran montar y entender sucesos en sus vidas que los han llevado a este momento donde El y Ella parecen tan distanciados que ellxs y nosotrxs estamos segurxs que la relación ya está en vía de separación. Como ambos quieren convencernos, nos ofrecen detalles de su vida doméstica, social y sexual para conseguir nuestra empatía. El tema más emotivo y para el que ninguno está preparado es la familia extendida de la pareja. A esto se le añade las decisiones políticas de los gobernantes que afectan, en este caso, directamente la vida de los ciudadanos del país. Por eso el tiempo lo mueve cada tres meses que estén en el lockdown que parece nunca llegar a su fin. Pero cuando sí sucede, El y Ella se han transformado y Artie reconoce a dos seres muy diferentes en su vida. McAvoy y Horgan nos ofrecen una experiencia actoral única.

The Card Counter Director y guionista: Paul Schrader; cinematógrafo: Alexander Dynan.

Al igual que me sucede con James McAvoy, ver el nombre de Oscar Isaac en una producción fílmica es casi una garantía que, no importa la historia y sus complejidades, seremos parte de una experiencia actoral extraordinaria. Pensemos en sus “pequeños” papeles en W.E., Drive, Pu-239, At Eternity’s Gate y su muy diverso protagonismo en The Promise, A Most Violent Year, Inside Llewyn Davis y el hermoso y doloroso 1er segmento de Life Itself. El escritor/guionista Paul Schrader escoge muy bien a los actores que pueden interpretar a sus personajes como lo ha hecho antes con George C. Scott (Hardcore), Robert DeNiro (Taxi Driver, Raging Bull), Harvey Keitel (Blue Collar), Ken Ogata (Mishima: A Life in Four Chapter), Willem Dafoe (Light Sleeper, The Last Temptation of Christ), Ethan Hawke (First Reformed) y ahora Isaac como William Tell. Este hombre callado y extraño aparece en escena solo, con una mirada externa y una historia interior que no conocemos y que será revelada de a poco según nos adentramos en sus pensamientos que siempre serán difíciles de descifrar.

Las escenas oscurecidas de las versiones “film noir” de Paul Schrader esconden conflictos sin encarar de personajes como William Tell. Lo que lo mantiene cuerdo y funcional es el poder entrar en un comportamiento predecible para él y obsesivo para los que se atreven acercarse. Tell se mueve entre lugares que parecen haberse congelado en el tiempo: la ruta de los casinos de poca monta y otros regionales algo más grande. Como le indica a La Linda (muy bien caracterizada por Tiffany Haddish), quien será responsable de trazar su ruta, la clave para hacer dinero es no aspirar a hacerse rico con una jugada, retirarse cuando esté adelante y no sobresalir entre los otros jugadores. Se moverá entre los moteles baratos de esos pueblos cercados por carreteras y los casinos donde la gente casi no socializa y parecen siempre estar buscando el próximo lugar de apuestas. Un joven, Cirk (Tye Sheridan), se acerca a Tell con una propuesta que de inmediato hace que su pasado se convierta en un presente que él prefiere borrar. Ese pasado de una violencia y odio comandado por la ideología de grupos que creen en su superioridad y derecho a invadir otras naciones, secuestrar, torturar y asesinar a los tachados como enemigos en ese momento, parece destinado a destruir cualquier reinvención de William Tell.

Crucigrama: Carlos Rivera Lugo

Por Vilma Soto Bermúdez

Horizontales

1. Carlos _____ Lugo; profesor, letrado y ensayista puertorriqueño. Investigador independiente en Filosofía y Teoría del Estado y del Derecho.

4. Facultad de Derecho Eugenio María de _____; escuela que estuvo ubicada en Mayagüez y de la cual Rivera-Lugo fue decano y uno de los fundadores.

7. El comunismo _____; libro de Rivera-Lugo publicado en 2014 por la Universidad Nacional Autónoma de México.

11. Antes de Cristo.

12. Símbolo del argón.

13. A nivel.

14. Afirmación.

16. Recipiente de origen ruso que se usa para calentar el agua del té.

19. Del verbo unir.

22. Derecho, democracia y cambio social en _____ América Latina; ensayo de Rivera-Lugo en revista Crítica Jurídica, 2006.

23. Derecho y democracia _____ los tiempos del Estado de hecho; ensayo de Rivera-Lugo en la revista Crítica Jurídica, 2011.

24. _____ Sendic; revolucionario uruguayo dirigente de los Tupamaros.

27. El Derecho de lo _____ y la comunalidad: Un diálogo; conferencia de Rivera-Lugo en la UNAM, México 2018.

29. La resurrección de _____ Ernesto de La Higuera; ensayo de Rivera-Lugo en revista jurídica Barco de Papel, 1997.

31. Héctor Campos _____; compositor y músico puertorriqueño. Nació en Ponce el 1ro. de octubre de 1922. Murió en San Juan el 30 de enero de 1998.

32. Comienza.

34. _____ Rivera-Lugo; miembro del Grupo de Trabajo Pensamiento Jurídico Crítico del Consejo Latinoamericano de las Ciencias Sociales (CLACSO), Buenos Aires. Fue profesor del Programa Doctoral “Sociedad Democrática, Derecho y Globalización” de la Facultad de Derecho, Universidad del País Vasco.

35. Apócope de la palabra nada.

36. Cuba: La Revolución que cambió al _____; escrito de Rivera-Lugo de 2015 en América Latina en Movimiento.

37. Juego infantil hondureño.

38. Nave.

40. Ahora.

41. Tercera nota musical.

43. Raúl _____ García; escritor, político y diplomático cubano. Por defender la soberanía de Cuba se le llamó el Canciller de la Dignidad.

44. Elemento químico de la tabla periódica que tiene el símbolo B.

45. ¡Chávez _____!; escrito de Rivera-Lugo publicado en 2013.

48. Pronombre personal.

49. Símbolo de la plata.

51. Misión de Puerto Rico en _____; fue dirigida por Rivera-Lugo.

52. Autodeterminación _____ transferencia de poderes: El caso de Puerto Rico en la ONU (1974-1983); ensayo de Rivera-Lugo en la Revista Jurídica de la UPR, 1984.

53. Puerto _____ y Estados Unidos: El proceso de consulta y negociación de 1989-1990; libro de Rivera Lugo y Juan García Passalacqua.

Verticales

1. El asedio contra la _____ bolivariana; escrito de Rivera-Lugo publicado en 2019.

2. Manuel _____ Luzardo; revolucionario venezolano que destacó en el Grito de Lares en 1868.

3. La rebelión de _____ y otras insurgencias jurídicas; libro de Rivera-Lugo de 2004. Obra jurídica del año. Premio Especial del Colegio de Abogados de Puerto Rico.

5. _____ Rivera; Héroe de la Patria puertorriqueña.

6. Partido _____ Puertorriqueño; organización política de la cual Rivera-Lugo fue miembro destacado.

8. Región geográfica histórica situada alrededor de los montes Urales.

9. Persia.

10. Forma de pronombre.

11. Carta de la baraja.

15. Vereda.

17. ¡Ni una vida _____ para el Derecho! Reflexiones sobre la crisis actual de la forma-jurídica; ensayo de Rivera-Lugo publicado en México en 2014.

18. Camina hacia acá.

20. Impar.

21. Parte alta de la cerviz.

24. Extraño.

25. Poner las frutas en arlos o colgajos.

26. Utilizo.

28. Decimotercera letra del alfabeto griego.

30. Junto.

31. Apócope de papá.

33. Tener amor a alguien.

34. Ingerí alimento.

39. Anillo.

40. Pronombre personal.

42. Cuatro en números romanos.

44. En _____ de la ciudadanía perdida; ensayo de Rivera-Lugo publicado en Barco de Papel, 1997.

46. Equivocarse.

47. Carlos Rivera _____; autor de «La rebelión de Edipo y otras insurgencias jurídicas» y «El comunismo jurídico», entre otras de publicaciones. Dirigió el periódico Claridad, fue corresponsal de Prensa Latina y miembro de la OSPAAAL. Doctor en Derecho (con especialidad en Filosofía y Teoría del Derecho y el Estado) Facultad de Derecho de la Universidad del País Vasco.

48. Tate, interjección.

50. Lengua provenzal.

   

LA CELAC y la Tierra que florece

 

Especial para En Rojo

En muchos países del continente, en el 12 de octubre se conmemora “el día de la raza”. Desde 1992, del norte a sur, en diversos países, los movimientos sociales organizan el Grito de los Excluidos/as; una articulación continental de movimientos de base que retoma el sueño de Simón Bolívar y José Martí de una sola «Patria Grande», «Nuestra América».

En la primera década de este siglo XXI, bajo el liderazgo del presidente Hugo Chávez, gobiernos más vinculados a las bases han creado diversos organismos de articulación y diálogo, no sólo de mercado común, sino de colaboración en las áreas de salud, educación y culturas. Ahora, hace unos días, López Obrador, presidente de México, convocó una nueva cumbre de la Confederación de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en su país. Así, retomamos un camino común que, en los últimos años, había sido interrumpido por la acción deletérea de gobiernos golpistas.

Al mismo tiempo, en todo el continente, se fortalece la articulación de los pueblos originarios. Abya Yala fue el nombre que el pueblo kuna, originario de Sierra Nevada, en el norte de Colombia y actualmente residente en la costa oriental de Panamá, da al conjunto de tierras de la actual América. Abya Yala significa «tierra viva», o incluso «tierra que florece».

Para los pueblos andinos, desde la conquista, el mundo está al revés y es necesario reconstituir el Pachacuti, es decir, el equilibrio del amor, representado por la energía de la Pachamama, (que los afrodescendientes llaman Axé) el amor que fecunda el universo.

En nuestros días, la civilización occidental se hunde en una crisis multifacética de trágicas consecuencias. Para la sostenibilidad del planeta y la justicia ecosocial entre los pueblos, necesitamos una nueva alianza de la humanidad. El redescubrimiento y el diálogo con las culturas de los pueblos originarios puede ser fuente de sabiduría y buen vivir para todos los seres humanos. Para que este diálogo sea justo y fructífero, es fundamental que asumamos la historia y realicemos una purificación de la memoria.

Celebremos este 12 de octubre como día de resistencia y de nuestra identidad común. Somos pueblos unidos en el nuevo bolivarianismo que consiste en la liberación del imperialismo, integración solidaria de todos los pueblos del continente y camino hacia un nuevo socialismo, basado en una democracia radical del Buen Vivir, inspirada en los pueblos originarios. Como lo expresó el obispo Hélder Camara en una carta circular en 1965: «El nuevo bolivarianismo merece el apoyo de las iglesias cristianas y de todos los pueblos que quieran dar testimonio del amor divino a la humanidad».