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Miel que me das: «¡Áyax, ay bendito!» – Coro del Áyax de Sófocles

¡Áyax, ay bendito!

 

Famosa Salamina, que vives feliz,

tocada por los mares,

conocida por todes, 

yo, desdichado hace tiempo

duermo en la falda del monte Ida, incapaz 

ya de contar las lunas,

deshaciéndome en el tiempo,

sosteniendo una mala esperanza:

que pronto Hades invisible, el que aparta los males,

me termine.

Y Áyax, sin cura, está sentado 

junto a mí, ay ay ay, 

en su concierto de locura enviada por los dioses.

Era fuerte cuando lo enviaba a la guerra, a ese Ares furioso;

ahora se comporta como ganado

y causa mucho dolor a sus amigos.

El trabajo de sus manos, que antes fue una gran virtud,

ha caído,

ha caído, hostil contra los hostiles,

los miserables atridas.

Su vieja madre,

cuando escuche que su hijo está muy enfermo, 

que muge en su mente—

¡ay bendito! ¡ay bendito!—

pobre, no será el triste lamentar 

de la golondrina lo que cante, no,

cantará un treno desgarrador y ruidos sordos 

caerán sobre la lira de su pecho,

y habrá desgarres de cabellos grises. 

Este enfermo sin remedio estaría 

mejor cobijado en el Hades.

Vino de una familia noble y fue el más valiente 

entre los atormentados aqueos.

Ya no se aferra a su acostumbrada ira, 

está fuera de ella.

Pobre padre, todavía no te enteras,

de la triste locura de tu hijo,

que ningún eácida padeció, excepto él. 

 

Coro del Áyax de Sófocles (ll. 596-645) en traducción de Cristina Pérez Díaz

Dibujo original en tinta sobre papel de Emanuel Torres

 

Masita, desde el Hoyo del Caimito

 

Especial para En Rojo

Lo estático y lo dinámico

El Cibao norte, verde y adormilado, es donde el valle central se abraza ondulante a la cordillera septentrional. Era el siglo diecinueve, y el país se despertaba a la independencia. Villa González, a unos quilómetros de Santiago de Los Caballeros, era una villa pulcra de criollos que habían hecho su fortuna con ganado y tabaco. Lomas de humo y esmeralda, guirnalda de palmas reales, servían de marco a la casita de campo del paraje de Hoyo del Caimito, donde nació Felicia del Carmen Ureña Estevez, mi bisabuela materna. Su madre enviudó y se volvió pronto a casar. Dicen que la joven madre se dedicó a su nueva familia y que su hija sufrió mucho porque quedó de lado. En todas sus fotos, muestra un mentón pugnaz, labios cerrados como cremallera y la mirada atenta y quieta de un halcón. Inteligente y autodidacta, se enseñó a sí misma a escribir, y por años contribuyó con una columna regular al periódico de Santiago. Toda su vida se enorgulleció mucho de tal logro: pocas mujeres de su generación se consideraban suficientemente educadas como para tener algo que decir; muchas menos aún eran las que se atrevían a ponerlo en papel.

Masita se casó con un viudo oriundo de Oviedo, Sebastián Mera Alonso, que se había quedado en el Santo Domingo Español después del fin de la Anexión a España en 1861. Los orígenes de su marido eran confusos y contradictorios. Que si vino a hacer las Américas, como dicen los españoles; o para escaparse de “La Quinta”, el servicio militar. O que si había viajado por Brasil y Uruguay, y que si fue allí donde se enlistó. Que si llegó a Santo Domingo con el batallón de la Corona, y que tal vez fue capturado por los luchadores por la independencia. Que si estaba destinado a la horca por ser del ejercito enemigo, y que el gobernador y el pueblo lo perdonaron, por simpático y agraciado. Este último detalle se disputa: algunos dicen que sí que sucedió, pero en Cuba, no en Santo Domingo. Lo que sí se sabía fue, que al final de la guerra de Restauración, Sebastián se quedó en el Cibao, le entregó a Masita los siete hijos de su matrimonio anterior, y juntos, colgaron su fortuna de los pinos de la cordillera central.

Fotos suministradas por la autora.

Masita y Sebastián montaron tremenda finca en el paraje de Las Lagunas, cerca de Villa González. Allí criaron a los siete hijos anteriores, y los ocho más que procrearon juntos. Papa Chan se ocupaba del ganado y los plantíos de tabaco, y de la finca de pinos, mientras Masita manejaba la casa y los animales domésticos con frugal eficacia y feliz abundancia. Sabía fabricar cal     y sebo, y su almacén, repleto de barriles con todos los productos del campo y del patio, era de un orden y pulcritud legendarios por esos parajes. Cuando mataban un puerco, se usaba todo menos el chillido. Los hijos participaban en la conversión del animal en morcillas, sousa, longaniza, cecina, jamones y sebo. De las pezuñas, cola de pegar, y de los pelos del puerco, mi abuela Celina hacía cepillos de cerda.

Masita era una persona poco usual. Entre sus excentricidades contaba la posesión de un búcaro manso que andaba suelto por la casa, comiéndose los insectos. Era dura, como lo había sido su vida, y la crianza que le dio a los hijos fue estricta, a veces quizás cruel. Abuela odiaba que Masita siempre la mandaba a matar un puerco en los mismos domingos en que le tocaba la visita mensual del novio. A los nietos, los domingos, los sentaba y les daba un terroncito cuadrado de azúcar, si se habían portado bien, mientras ella se deleitaba con bombones. Con los vecinos era cortés y cortante a la vez. Por sus diestros conocimientos de las yerbas y sus usos, le pedían consejos, y con frecuencia también algún ingrediente culinario o medicinal. La primera vez, siempre enviaba lo que le pedían. La segunda vez, mandaba una matica con un mensaje “Dígale a la vecina que aquí le mando la mata de orégano, para que la siembre, y no tenga que volver a pedir.”

 

Detectando y resolviendo colisiones

La finca de los Mera estaba en pleno Cibao. Durante los tiempos de Concho Primo, las peleas entre caudillos interrumpían con frecuencia la paz del campo. Masita les prohibía a los hijos salir de la casa cada vez que andaban tirando cerca. De niña,      mi abuela Celina quedó       atrapada al anochecer en un baño exterior y su hermano José Manuel tuvo que ir a buscarla en medio de un tiroteo. Las constantes peleas fueron interrumpidas por los americanos. Durante     la misma invasión en que pusieron fin al desfile de gobiernitos de meses, se apoderaron de nuestra deuda internacional, fundaron el ejército, inventaron la agrimensura     y prohibieron la tenencia de armas, así como     la prá     ctica de la curandería y las comadronas.

 

Masita no sólo era ambas cosas, herborista y comadrona, sino que también había aprendido a componer fracturas bajo la tutela del Dr. Pons, su cuñado, conocido médico de Santiago, que había hecho sus estudios en Europa. Masita prestaba servicios a los vecinos que no podían trasladarse a la ciudad. Una noche, serían como las diez, vinieron a buscarla. “Doña Felicia, venga, que a un muchacho por allí lo pisó uno de los vagones del tren.” “No puedo, que ahora eso está prohibido.” “Doña Felicia, que tiene que venir, es que se le va a perder la pierna.” Apretó los labios y mandó a ensillar su yegua, y por ahí se fue. Papa Chan quedó maldiciendo enfurecido y rugiente “Masita, cómo vas a ir, que si te van a meter presa los americanos.”

Dormidos y despiertos

Papa Chan era de temperamento fogoso, y tenía episodios de ira, pero poco podía contrarrestar la determinación férrea de su mujer. Cuando se alteraba, bebía con los amigos, o solo. Él se había mandado a hacer su ataúd, y lo tenía guardado en el ático de la casa de Las Lagunas. Cuando se enojaba con Masita, subía al ático, ponía cuatro velas, se metía dentro del ataúd, y se quedaba acostado con las manos cruzadas en el pecho hasta que se le pasaba el enojo o la borrachera. Cuando le preguntaban por qué hacía eso, contestaba: “Para irme acostumbrando.”

Papá me cuenta que el año que murió, Masita se había recetado a sí misma un medicamento que contenía arsénico. Un sobrino estudiante de medicina trató de advertírselo, y ella le contestó: “ningún aprendiz de médico me va a venir a recetar a mí”. Casi un siglo mas tarde, miro con atención el rostro recio que figura en los retratos de mi bisabuela curandera que tenía un cuervo mascota, y que como yo, escribía columnas. Mentalmente la comparo con nosotras, las mujeres de su sangre, y me pregunto si las de hoy somos más blandas, más tiernas, y, de seguro, más sosas.

Nota: Mi media isla está llena de historias increíbles, y juro que no me he inventado nada. Le agradezco a mi prima, María Pérez Mera, genealogista familiar por excelencia, que compartiera sus apuntes e imágenes. Nuestros tíos, Germán y Huberto Pérez Mera, son la fuente de detalles que yo no conocía o no recordaba. Sí recuerdo que los que contaban las historias de Masita siempre intercalaban en algún punto o en otro: “…las cosas de Masita…Masita no era fácil.”

Recuerdos e imágenes de Daniel Santos/El Jefe: La última gira

 

En Rojo

Aunque nunca lo hubiéramos oído cantar en vivo, Daniel Santos ya era un mito para la década de 1980 tanto de sus interpretaciones y composiciones como de sus “performances” tanto en escenario como en los múltiples lugares donde bebía sin parar y, por supuesto, sus romances, amoríos y múltiples esposas. Su voz y su personalidad eran famosas en los sectores hispanos de Estados Unidos y por todo América Latina. Quizá en Puerto Rico sabíamos más de Daniel Santos por sus famosas andanzas en otros países; teníamos la impresión de que siempre estaba de gira. Y de esta premisa de conocer mejor al mito desde la mirada de Puerto Rico, es que Josean Ramos se agarra para darle cuerpo a sus entrevistas con el cantante ya de retirada y conocer mejor su entorno fuera del país que siempre reclamó como suyo (nacido en Trastalleres en Santurce, trasladado a Nueva York a los ocho años y con vida independiente desde los quince) aunque apenas viviera aquí. Ramos publica Vengo a decirle adiós a los muchachos en 1989, tres años antes de la muerte de Daniel Santos. Recordemos que, en 1988, Luis Rafael Sánchez se apropia de las imágenes que revolotean las canciones del cantante en La importancia de llamarse Daniel Santos para desafiar la moralidad hipócrita de la sociedad puertorriqueña durante sus años de fama y de olvido. La última gira (escrito y dirigido por Douglas Pedro Sánchez) recoge de todo lo publicado—especialmente de Ramos—y rumoreado para recoger y fantasear en unos jarros lo conocido, lo olvidado y lo deseado.

Aunque me parece que el papel del escritor Secre (Carlos Marchand) hubiera funcionado mejor como narrador—como lo hace en la 2nda mitad—tenerlo como guía facilita a lxs espectadorxs entrar y salir en diferentes etapas de la vida de El Jefe, uno de los apodos más conocidos de Daniel Santos. Es desde este encuentro donde se establece un enlace de confianza entre los dos que comienza la supuesta última gira después de un tiempo largo de no hacerlo. Las motivaciones para salir de su retiro pueden que sea económicas, aunque en ningún momento parece encontrarse empobrecido, pero él sí sabe que, si no grabas y distribuyes tu música y la das a conocer en conciertos, quedas como un recuerdo lejano de alguien que una vez fue famoso. El peor insulto que le pueden dar a Daniel es decirle que como no habían oído de él en tanto tiempo, lo creían muerto. En su memoria, sigue siendo ese famoso personaje y siempre encuentra a alguien que sí lo recuerda y lo celebra, especialmente su vida de licor, fumaera y mujeres.

Cuando Marcela (Isel Rodríguez) irrumpe en escena casi literalmente para sorpresa de Daniel, tanto como un recuerdo de su lejano pasado como su ahora contrincante en la música, la historia da un giro que la enriquece casi sin proponérselo. Puede que, en el recuerdo de Daniel, ella haya sido una jovencita aspirando a ser cantante algún día y mientras tanto trabajando como parte del coro de artistas reconocidos como él y también una fácil presa. Pero en el presente que Daniel, casi inconscientemente, se niega a aceptar, Marcela es la estrella. A través de ese encuentro entre Marcela y Daniel se descubre el poco glorioso velo de lo que es la vida de un artista que quiere permanecer en el ojo del público lo más posible. Así tenemos la monotonía de las giras donde el mismo espectáculo se repite cada noche, donde hay que atender a una prensa de espectáculos que vive de lo escandaloso que atrae la atención, donde no hay privacidad y se depende del séquito que le resuelve casi todos los problemas, que cada gira tiene su final hasta volver a empezar. Por eso, la historia de Daniel Santos y su supuesta última gira, termina para empezar nuevamente, no importa las experiencias negativas. Todo se olvida o revive como el cantante quiere y por eso, siempre se verá como El Jefe mientras alguien en el público o tras bastidores lo reconozca.

En 2018 el cine puertorriqueño de largometrajes de ficción tuvo uno de sus mejores momentos con filmes tan diversos e impactantes como ¿Quién eres tú? De Arí Maniel Cruz, El chata de Gustavo Ramos Perales, El silencio del viento de Alvaro Aponte Centeno y Extra Terrestres de Carla Cavina. Una explosión de gran creatividad también surgió en 2007 cuando en un mismo año se exhibieron seis producciones fílmicas de gran calidad y diversidad de temas y estilos: Angel de Jacobo Morales, Ladrones y mentirosos de Ricardo Méndez Matta y Poli Marichal, El clown de Pedro Adorno y Emilio Rodríguez, El cimarrón de Iván Dariel Ortiz, Maldeamores de Carlitos Ruiz y Mariem Pérez-Riera y Ruido de César Rodríguez. Esperamos que el 2020 haya sido precisamente un tiempo de reflexión para lanzar este año producciones de la calidad y acercamiento creativo de La última gira.

Simulacros de Liberación: resistencia y supervivencia

 

El cineasta Juan C. Dávila presenta historias de resistencia y supervivencia en su trabajo más reciente. Es lo que ha estado haciendo desde que decidió convertirse en cineasta y periodista independiente. Ha afirmado que: A 5 años de una junta dictatorial nombrada por Barack Obama, hicimos historia. El 31 de agosto de 2021 decidimos no estrenar la película Simulacros de Liberación en salas de cine, ni con alfombra roja, sino en la calle como un acto de protesta contra la Junta de Control Fiscal. Es la primera vez que una película puertorriqueña se estrena en forma de protesta (otros estrenos no convencionales: «La guagua aérea» en un avión y «Nuyorican básket» en un coliseo).

Ante la agenda de los medios corporativos de invisibilizar nuestras historias de resistencia anti-colonial, reconocemos que tenemos que autogestionar y reclamar espacios de comunicación contra-hegemónica. Si los medios nos mienten y nos censuran, tomaremos la calle, las paredes, la esfera cibernética.

Ese estreno hace dos semanas dio comienzo a la gira del documental, que ha sido elegido para presentarse en festivales en Nueva York, Toronto, Seattle, San José, entre otros. El cineasta y activista Juan Carlos Dávila se adentra en la Jornada Se Acabaron Las Promesas, un movimiento que lideró protestas para exigir la derogación de la Junta de Control Fiscal, impuesta por el Congreso de EEUU en 2016.

El documental expone cómo la lucha anti-austeridad iniciada por la Jornada Se Acabaron Las Promesas fue interrumpida por el huracán María y los efectos del cambio climático. Con la pobreza y la necesidad más visible después del huracán, se desarrollan Centros de Apoyo Mutuo en las comunidades con más necesidad. Siguiendo el movimiento Se Acabaron Las Promesas y el desarrollo de Centros de Apoyo Mutuo, Juan C. Dávila observa historias de resistencia, supervivencia y liberación en Puerto Rico, hasta la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló en verano 2019.

El tema musical principal del documental, La liberación reclama, es interpretado por Lizbeth Román. Pueden escucharlo aquí:  https://open.spotify.com/track/4PXkx4GylitAP5lNcFNQIi?si=024ceabb4e07417c&fbclid=IwAR2KO4tiLDI8C0YRh0OWMyZNaUl_OBL7mJ8uZ7VG-ypcxtt21NiUuhUZnJE&nd=1

En Puerto Rico, la próxima presentación se encuentra pautada para el 19 de septiembre de 2021 en el Taller Comunidad La Goyco, a las 6:30pm, con entrada gratis. A su vez, se llevará adelante un conversatorio con el director y otros participantes del documental.

Para más detalles sobre las presentaciones, y acompañar la gira de Simulacros de Liberación, puede visitar simulacrosdeliberacion.com y seguirle a través de las redes sociales (facebook, instagram, twitter), así como simulacrosdeliberacion@gmail.com

 

 

Historia de bailarina

 

Antes de sacar la licencia de conducir, andaba en la Motor Coach cuando se me ocurría visitar a mis primos en Isabela. Llegaba a la casa pastoral, que no era de mi abuelo, sino del Ministerio Presbiteriano. Mi primo vivía con su hermana al lado de mi abuelo y yo llegaba a la casa, para pedirle que acampara conmigo cerca de María Noemí, que se estaba quedando en el Complejo Hotelero. A mi papá no le gustaba la idea de que siguiera viéndola, así que llegaba al pueblo por mi cuenta, buscaba a mi primo, y como ya él guiaba le pedía que montáramos la caseta cerca de María.

Ya para la época en que conocí a los poetas, la Motor Coach estaba empezando a desaparecer, y no siempre había una. De la 10 tomé una guagua para ver a mi abuela, y luego visitar a Salvador. La Motor podía hacer el viaje intermitentemente. Tenía pensado volver a estudiar matemáticas y terminar el bachillerato en Mayagüez, así que me quedé en un hospedaje y pagué 25 dólares para quedarme toda la semana en la ciudad, para ver si era viable hacer eso. Los últimos 200 dólares que me gané trabajando en la librería La Tertulia, los retiré para hacer ese trámite. El señor que me alquiló la habitación tenía unos inmensos espejuelos de carey.

No me quedé más de una noche en la habitación, así que al otro día el casero llamó a un taxista para que me llevara de nuevo a San Juan. Camino a San Juan, el chofer recogió a una bella mujer bailarina en una casa solariega que estaba a las afueras de la ciudad. Nos detuvimos en Hatillo, en el entonces nuevo Gran Café, que se había mudado de Arecibo a una confluencia bien famosa de ese pueblo, donde solía haber un comedero en el que mi abuelo, me dice mi padre, se detenía a almorzar con la familia completa. La bailarina llamó por teléfono desde el restaurant y cuando llegamos a Santa Rita en el taxi, me confesó que era bailarina. Por un momento olvidé a María Noemí.