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El cine visto en 2021: The Dig, Let Him Go, Ava, Let Them Talk

En Rojo

Aunque febrero nos anuncia interesantes estrenos, seguiré comentando algunos de los filmes de 2020 y los que siguen llegando por las distintas plataformas. Let Him Go estrenó en cines el pasado octubre, pero es ahora que Prime lo tiene disponible para alquiler o compra; Let Them All Talk estrenó en HBOMax y Ava en NetFlix también en 2020, mientras The Dig es uno de sus estrenos del mes. No incluyo a The Little Things (HBOMax), dirigido por John Lee Hancock y protagonizado por Denzel Washington con un excelente elenco que incluye a Rami Malek y Jared Leto, por ser un filme prometedor que no cumple con las expectativas de una historia de investigación e intriga que confunde en vez de despertar la curiosidad y aclarar las pistas incluidas.

 

The Dig (Simon Stone 2021)

Con un guión de Moira Buffini basado en la novela de John Preston y con una fotografía protagónica de Mike Eley, esta historia, al parece muy doméstica, nos traslada a 1938 en Suffolk para presenciar la relación que se desarrolla entre Edith Pretty (Carey Mulligan), viuda con un chico de 10 años, y el excavador que emplea por recomendación de otros vecinos que conocen bien a Basil Brown (Ralph Fiennes), quien ha hecho múltiples trabajos para el museo de la región. El problema es que, y Basil lo sabe muy bien, todos quieren sus servicios, pero quieren pagarle lo más mínimo posible. Una vez se solidifica la relación financiera e interpersonal entre Edith y Basil, lxs espectadorxs comenzamos a conocer quiénes son estas dos personas. Vemos la disparidad entre sus clases sociales, pero también el empeño de ambos de llevar sus proyectos a cabo no importa el riesgo ni las batallas que tengan que dar. Esa excavación descubrirá Sutton Hoo, una embarcación anglosajona, que Basil protegerá de los grandes arqueólogos y sus museos que solamente quieren tomar y guardar y nunca dar crédito a sus originarios.

 

Edith, con sus silencios y preocupaciones, es el centro de la historia, pero Basil es el motor, el que mueve cada parte de las excavaciones, el que se entrega cuerpo (literal) y alma a la labor del rescate y se enfrenta a todxs, incluyendo a Edith, para preservar y honrar su descubrimiento. De lo poco que sabemos de su vida, Basil lleva casado muchos años con May, sin niños por las razones que sea, y totalmente entregado/obsesionado con el proyecto en que ha decidido involucrarse. Se añade a este grupo de excavadores del British Museum, Peggy (Lily James), a quien tratan como un accesorio que no sabe nada y la toleran porque se acaba de casar con uno de los arqueólogos más prometedores. Hay escenas que se graban en la memoria como el derrumbe y el rescate de la primera excavación que hace Basil, Edith mirando la excavación como si fuera una espectadora en un teatro, Basil recorriendo la casa de Edith para explicarle la importancia de lo que hacen.

Let him Go (Thomas Bezucha 2020)

Actores que una vez fueron los protagonistas masculinos “deseados” por el público y que lograron hacer filmes que dejaron su huella, ahora en la madurez han sabido escoger los papeles que mejor los acomoda y lograr caracterizaciones memorables. Este es el caso de Kevin Costner de quien nos enamoramos con The Untouchables (1987), No Way Out (1987), Bull Durham (1988), Field of Dreams (1989), Dances with Wolves (1990), The Bodyguard (1992), A Perfect World (1993), entre muchos otros filmes, y que se ha destacado del 2000 en adelante en filmes donde comparte el escenario central con otros personajes como Open Range (2003), The Upside of Anger (2005), Jack Ryan: Shadow Recruit (2014), 3 Days to Kill (2014), Hidden Figures (2016), The Highwaymen (2019). En Let Him Go es Diane Lane como Margaret, la esposa del ahora retirado sherrif, George Blackledge, a quien le cede el centro en esta historia de principios de la década de 1960 en Montana.

Lo primero que notamos es lo callado del filme. Sus personajes se comunican a través del amor que demuestran al vivir cerca de la tierra y hacer de ese espacio su ritmo de vida. George y Margaret viven con su único hijo, James, su esposa Lorna y el centro de la atención de todos, su bebé de varios meses. Cuando ese ritmo se altera, tratan de acomodarse y tratar de mantener lo mejor del pasado y abrirse al cambio del presente para no quedar fuera: su Lorna se casa nuevamente, pero ellos siguen siendo los abuelos amorosos. Lo que Margaret no puede tolerar es que su nieto pueda sufrir cualquier daño. Y eso es precisamente lo que sucede y lo que la impulsa a ir en busca de su nieto y protegerlo de alguna manera. Aunque George trata de ser lo más práctico posible al explicarle que la única que tiene el derecho legal de Jimmy es su madre, ante la firmeza de Margaret de hacer algo, decide acompañarla en su búsqueda. En el camino conocen a Peter, un joven originario que prefiere vivir aislado después de ser traumatizado por las escuelas gubernamentales. El choque con la familia Weboy, el ahora padrastro de Jimmy, es una de principios, de visión de vida. Por una parte, uno queriendo repetir los errores y violencia del pasado porque les ha permitido conservar su tierra y establecerse como una autoridad fuera de la ley y el orden impuesto por un gobierno central (¿suena familiar?); la otra, creer en extender lazos y ofrecer seguridad dentro de una familia que siempre puede añadir y no excluir a nuevos allegados. No hay conversación entre las dos partes, sino la violencia que excluye toda racionalización.

Ava (Tate Taylor 2020)

Como varios proyectos anteriores, Ava intenta ser un Jason Bourne femenino, tarea muy difícil por la huella dejada por esa secuela de filmes de 2002, 2004, 2007 y 2016. En este caso, la historia se acerca más a la serie de “Killing Eve” con una Jessica Chastain impecable. Pero, mientras “Eve” junta eventos de varios niveles de comicidad con una morbosidad cruel, Ava es directamente la historia de una mujer que en este momento de su vida—después de haber sido exitosa en su carrera militar (aprendar a defenderse, atacar y matar bien), desciende a una vida de alcoholismo y uso de drogas para ser rescatada por Duke (un impresionante John Malkovich), un reclutador de asesinos a sueldo. Nada de esto es parte de la trama, sino que son alusiones o reproches que se hacen a través del filme por los miembros de su familia y el mismo Duke. La historia comienza cuando presenciamos una de sus asignaciones y luego nos enteramos que Ava faltó al protocolo de la empresa al establecer un rapport con su objetivo y hacerle la pregunta clave que la víctima ignora: ¿qué hiciste para que me paguen por matarte?

Como resultado del error de Ava, tiene que tomarse un descanso forzoso y lo hará en Boston de donde es su familia. No la han visto por ocho años y su último recuerdo es de una joven desafiante que se pasaba borracha y arrebatada la mayor parte del tiempo. Y aunque ahora está limpia, no puede sincerarse con su madre (Geena Davis: qué bueno verla nuevamente), hermana (Jess Weixler) y exnovio (Common muy limitado en su personaje) porque su empleo es un secreto que revelarlo le puede costar la vida a todos. Además de este peso familiar, Ava es el objeto de fricción entre Duke y Simon (Colin Farrell como un malvado sonriente y apuesto), dueño de la agencia/corporación de asesinatos por encargo.

 

Let Them All Talk (Steven Soderbergh 2020)

Desde Sex, Lies and Videotape (1989), Steven Soderbergh ha tenido el toque de darnos dramas combinadas con comedias o, viceversa, donde los personajes conversan e intentan resolver los problemas exteriores. Así lo hizo con sus Ocean’s 11, 12, 13, Erin Brockovich, Traffic, y todas sus otras producciones. Si en los Oceans, el casino es ese espacio por donde los personajes cruzan de un lado a otro para encontrarse o esconderse, en Let Them All Talk, las personajes trazan los cuartos, salas, comedores, terrazas y niveles del crucero donde la famosa escritora, Alice (Meryl Streep), viaja hacia Europa para recibir un premio muy importante para ella porque es el reconocimiento que le hacen sus pares. No viaja sola pues ha insistido a su agente, Karen (Gemma Chan), que la acompañen dos de sus mejores amigas de la adolescencia, Susan (Dianne Wiest) y Roberta (Candice Bergen), además de su sobrino Tyler (Lucas Hedges).

A pesar de que han sido invitadas por Alice, hay muy poco acercamiento con sus amigas a quien no ha visto en tantos años. Cada una buscará su propio espacio en el crucero: Susan, que conoce todos los libros de Alice y que es la gran lectora de todo tipo de literatura y siempre busca la compasión y el diálogo para resolver problemas; Roberta, la que resiente que su vida caótica haya sido ficcionalizada en los libros de Alice sin darle el destaque y el dinero que ella cree merecer. Para Tyler, por el contrario, el viaje es un proceso de aprendizaje de todo tipo: acercamientos y manipulaciones emocionales, descubrir personas fuera de su círculo juvenil que pueden contribuir para bien o mal a su crecimiento emocional e intelectual, el desarrollo de su relación con su tía al verla como un ser humano con debilidades y fortalezas y no solo como la famosa escritora, el ayudante fiel que sigue todas sus instrucciones para crear armonía en este espacio configurado por ser un crucero grande pero de donde no pueden salir.

Los muros fronterizos

Por Chiqui Vicioso

Cuando hablamos de muros recuerdo las películas de la Guerra Fría, y el llanto cuando veíamos a los alemanes de la parte oriental tratando de saltar al otro lado y muriendo en el intento.

Por eso, cuando la juventud berlinesa derrumbó el muro todos saltamos de felicidad, creíamos, manipulados por los medios de comunicación, que por fin la juventud se había impuesto, ¡la libertad se había abierto paso entre los bloques de cemento y balas!

Por eso: hay muros y hay muros, y cuando Trump se lanzó en su campaña demencial de construcción de un muro para impedir que los mexicanos retornaran a su territorio, el que le robaron en guerras sucesivas de expansión territorial, todos nos horrorizamos con el nivel de salvajismo y violencia contra los detenidos: cajas de metal como prisiones; niños separados de sus padres; heridos y muertos tratando de cruzar. Y yo me preguntaba: ¿Qué pasó con toda la campaña contra el muro de Berlín?

La primera vez que fui a Haití me sorprendió que habiendo dos puentes todos tuviéramos que amontonarnos en uno y perder horas en el proceso. Fuimos, yo como oficial del UNICEF,   y una oficial de la Organización Internacional de Migraciones, a una reunión con la Red Católica de los Derechos Humanos que opera en Haití, para investigar el tráfico de niños y niñas desde Haití.

¿Qué descubrimos?

Que los días del mercado binacional una red de motoristas cruzaba a niños como suyos, pagando un “peaje” a quien estaba de puesto en migración; y regresaban tarde, cuando había otra posta, sin los niños.

Esos niños se llevaban a una casa en Dajabón, donde los bañaban y cambiaban y destinaban a cuatro redes de explotación infantil: esclavitos laborales en grandes fincas de aguacates y mangos (con hombres armados en la entrada); pedigüeños para las ciudades, operados por redes que los distribuyen en las mañana y recogen en las noches, llevándolos a un almacén en los Alcarrizos; los destinados a la explotación sexual en los pequeños hoteles (los de ASONAHORES tienen un convenio internacional y no se permite que suban niños a los cuartos sin sus padres); y los de venta de órganos.

¿Quiénes están detrás de esto?, pregunté.   Militares de ambos lados de la frontera, que se han hecho multimillonarios con el tráfico. Niñas del Cibao (porque son “claritas”) para los prostíbulos haitianos y niños y niñas haitianos para las cuatro redes denunciadas.

¿Hablamos con Soto Jiménez?   Estoy segura que el reaccionará.

“Antes de que llegues te pondrán 20 kilos de coca en el baúl del carro, o mandarán a matar”.

Por eso el único muro es la mano dura y vigilante de la justicia. Comenzando aquí.

Reflexiones: La década de 1990 y las paradojas del debate posmoderno criollo

 

En el campo académico, universitario o no, la década del 1990 fue testigo del inicio del debate sobre las tensiones entre modernidad y postmodernidad. En Puerto Rico aquel era un asunto espinoso. La pregunta sobre qué significa eso del “Puerto Rico moderno” siempre ha sido problemática. La vinculación de la modernidad con ciertos asuntos políticos resueltos en otros contextos, en especial el de la soberanía siempre ha levantado suspicacias. La situación provenía de una simplificación de lo que significa la modernidad. La trampa radicaba en la manía de reducir la modernidad al principio político de la soberanía, una condición jurídica que el país nunca consiguió. El debate posmoderno criollo fue, en ese sentido, un fenómeno peculiar.

En términos generales, el epicentro de la discusión fue la validez de la herencia material y cultural moderna que en Puerto Rico se había desarrollada en el marco de la dependencia colonial. El espíritu presentista se impuso y el Puerto Rico moderno acabó por asociarse al proceso de industrialización, el tránsito de la industria liviana a la pesada, la inversión en la producción de fármacos y alta tecnología, el desarrollo urbano y el enrarecimiento del pasado rural. Se trataba de una definición economicista estrechas miras culturales animada por los gestores de aquel proyecto considerado exitoso. Los indicadores aludidos estaban vinculados a la segunda posguerra, la primera fase de la Guerra Fría, la instauración del Estado Interventor y Benefactor y, por supuesto, al ELA y sus administradores que militaban en el PPD y el PNP anterior al rossellato. El Puerto Rico de la postmodernidad surgiría de las cenizas de aquel.

La interpretación dominante no consideraba el lento proceso de desarrollo de las ideas modernas en el país desde fines del siglo 18 a través del reformismo ilustrado autoritario, y parecía poco capaz de integrar los experimentos modernizadores que marcaron el siglo 19 al palio de las reformas de 1808 a 1815 y la transformación de Puerto Rico en una célebre colonia o sugar island “siempre fiel” al imperio político el español, y desde mediados del siglo al imperio económico estadounidense. Aquella modernidad abigarrada y obtusa había sido reducida a los empeños exitosos de la era de Muñoz Marín y Teodoro Moscoso (1910-1992).

El fin de la era de la empresas 936 fue por lo tanto un evento que marcó el colapso de una época y el incierto inicio de otra, como ya se ha sugerido: el liberalismo abría paso al neoliberalismo. El giro fue dramático porque planteaba enormes paradojas. Desde la invasión de 1898 y la implantación forzosa de la Ley Foraker de 1900 se había instaurado cierto tipo de “comercio libre” entre Puerto Rico y Estados Unidos.

El comercio libre instituido a partir del 1900 en Puerto Rico era problemático. Mediado por la Leyes de Cabotaje de 1920, había legitimado el monopolio de ciertas compañías de transporte que encarecían los consumos en el mercado local. Aún bajo aquellas condiciones había representado una excepción que muchos observadores en el territorio no incorporado valoraban. La premisa que lo justificaba era que el territorio había sido codificado como uno “no incorporado”: ni la ocupación ni la imposición de la ciudadanía estadounidense los convertían en candidato a la estadidad.

La lógica oculta de aquella propuesta era que su estabilidad dependía de que Puerto Rico siguiese siendo una colonia. Había que evitar que se transformara en un estado de la unión o que alcanzara su independencia porque, después de todo, el comercio libre y el crecimiento dependían de la estabilidad de una relación asimétrica o colonial. Como se verá más adelante, esa se convirtió en la lógica dominante de los ideólogos del PPD hasta el día de hoy.

La novedad fue que en la década de 1990, en el contexto del neoliberalismo emergente, se decidió demoler las barreras arancelarias internacionales por lo que el “privilegio” reconocido al ELA se convirtió en moneda común. Lo que legitimaba la existencia de una relación especial entre Puerto Rico y Estados Unidos era el valor militar de la isla caribeña en el contexto de la Guerra Fría. Muchos imaginaron, me incluyo, que una vez terminada la Guerra Fría en 1991 y después de la decisión respecto a la sección 936 en 1996 la relación estatutaria entre ambos pueblos debería ser revisada. La única manera de mantener el comercio libre eficaz con Estados Unidos requería, al menos en la teoría, la articulación de una forma de soberanía que no atemorizara a una comunidad acostumbrada al “amparo” del otro. La lógica de los tiempos sugería que el tránsito de la modernidad a la posmodernidad o del liberalismo al neoliberalismo, una vez dejado atrás el conflicto este-oeste, requeriría la solución definitiva del estatus.

Me parece que buena parte de la intelectualidad de todas las tendencias estaba consciente de ello en la década del 1990. La década podía implicar un avance significativo hacia la estadidad o la independencia o una forma tolerable de soberanía. El ELA, una invención retórica de la Guerra Fría, debería desaparecer con ella. El paso del tiempo ha demostrado que las retoricas no son fáciles de superar. La dejadez o la desidia de la clase política puertorriqueña, la cual había crecido al amparo del ELA y su causa, junto a la morosidad y dilación del Congreso, el cual se excusaba en que estaba ocupado en otros asuntos, frenó aquella posibilidad.

A aquella demora habría que añadir que los sectores tradicionalistas y moderados en el PPD, los que todavía concebían el ELA como una “solución final” al dilema de estatus, se enquistaron en el poder e imposibilitaron una revisión creativa de aquel régimen estatutario. Muchos de los ideólogos que en 1960 habían militado cerca de la “nueva generación” de populares soberanistas se habían movido de la izquierda a la derecha del PPD. Ese fue el caso del exgobernador Hernández Colón por lo que, en cierto modos, los sectores destinados a reelaborar la fórmula estadolibrista en un sentido soberano no estaban disponibles para hacerlo.

¿Qué pasó hacia “izquierda”?

En términos intelectuales los paradigmas, presunciones o certidumbres modernas más cuestionadas en aquella década en Puerto Rico tenían que ver con las diversas formas históricas que había adoptado la resistencia a la situación colonial. Me refiero, por un lado, al nacionalismo político y cultural, ideologías que salieron muy lastimadas de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial por cuenta del fantasma del nazismo y el fascismo. La idea del “nacionalismo malo” esgrimida por Muñoz Marín en las Conferencias Godkin de 1959 no fue la única razón para ello. Ciertos factores materiales vinculados al mercado deben ser tomadas en cuenta para comprender aquel proceso de derrumbe. Me refiero al desarrollo acelerado de la sociedad de consumo lo mismo que a la revolución de las comunicaciones y la informática que se afianzaron en la década de 1990.

Por el otro lado, el socialismo en todas sus formas atravesó por un proceso análogo. El proyecto socialista se había deteriorado a partir de la ruptura de la alianza antifascista entre Washington y Moscú tras la Segunda Guerra Mundial: la Guerra Fría fue devastadora para su imagen. El desprestigio se fue atando a la imagen de autoritarismo de Josip Stalin (1878-1953) y del neoestalinista Leonid Brézhnev (1906-1982). La crítica más eficiente contra aquel orden provino del interior del bloque soviéticos. Me refiero a la de Lech Waleza (1943- ) por medio del sindicato “Solidaridad” desde Polonia, y Mijaíl Gorbachov (1931- ) a través de la formulación administrativa y política de la glasnost y la perestroika, durante la década de 1980. Los nuevos sistemas de difusión de la información occidentales se encargaron de crear una impresión de consenso antisocialista a nivel global. El proceso también facilitó el olvido del liberalismo de posguerra y su cultura a la vez que legitimó los avances del neoliberalismo de posguerra fría y su cultura. La conclusión de la Guerra Fría, proceso que se aceleró entre 1989 y 1991, un fenómeno catapultado por la mediática demolición colectiva del Muro de Berlín desde el 10 de noviembre de 1989, fue interpretado como un signo del triunfo del oeste y el capitalismo sobre el este y el socialismo. El “socialismo realmente existente” y el socialismo en general, se vieron precisados a reformularse de cara a una situación llena de retos teóricos y prácticos. Ya habían hecho un ejercicio similar en la década de 1960 pero las circunstancias requerían una nueva introspección.

Es cierto que el “socialismo realmente existente” desapareció con el bloque socialista. Pero el “capitalismo realmente existente”, identificado con el Estado Interventor y Benefactor que actuaba como intermediario entre el pueblo y el mercado y que había sido el corazón de los ideólogos del PPD y del PNP, esas genéricas derechas puertorriqueñas tan difíciles de distinguir la una de la otra, también se eclipsaría en medio del proceso. El neoliberalismo era otra cosa. Las tonalidades características del capitalismo estaban siendo sometidas a un intenso proceso de revisión por lo que su fisonomía definitiva dependería de adonde condujese la práctica. Los efectos de aquellos cambio sobre las relaciones políticas, sociales, económicas y culturales, y en cuanto al papel de los partidos políticos electorales tradicionales, al PPD y al PNP habría que añadir el PIP, estaban todavía por verse.

Una cosa resultaba innegable. El debilitamiento de la ilusión de “igualdad” al amparo de un Estado éticamente comprometido con el abajo social que había animado al “socialismo realmente existente” y “capitalismo realmente existente”, era remplazada por otra más peligrosa por lo precaria. Me refiero a la ilusión que partía de la premisa de que la igualdad se conseguiría en el mercado mediante el consumo. La socialización o universalización de la riqueza que brotaba del trabajo productivo era sustituida por la socialización o universalización del consumo. El nuevo modelo capitalista requeriría una revisión radical del discurso y la praxis de los socialismos, voluntad que sólo comenzó a rendir frutos tentativos y con numerosos tropiezos a partir del año 2000.

En Puerto Rico las izquierdas socialistas, las cuales desde la década de 1930 y no sin tropiezos había animado el desarrollo de una alianza táctica con amplios sectores del nacionalismo de todas las tendencias a fin de enfrentar los rigores de la gran depresión, se encontraban desde inicios de la década de 1960 en un proceso de examen ideológico. No se trataba de una situación local sino de un fenómeno global. Tanto las certidumbres racionalistas, filosóficas y científicas del socialismo, como las certezas morales del nacionalismo habían sido vulneradas. Pero todavía en la segunda parte de la década del 1990, en medio de la confrontación cultural desde el arriba social antes reseñada y en el momento de auge de la popularidad del estadoísmo y la figura de Rosselló González, no asomaba en el panorama una opción legítima en el seno de la resistencia anti sistémica.

La discusión cultural académica, universitaria o no, durante la década de 1990 exigía una reflexión intensa, sosegada y abierta en torno al cambio. En 1993 una organización novel, la Asociación Puertorriqueña de Historiadores (APH), fue el teatro de muchos debates al respecto. Su línea editorial habla por sí sola. La agrupación, en cuya fundación participaron algunas de las figuras más respetables de la historiografía de aquel momento, pienso en Fernando Picó (1941-2017), atrajo a un puñado de historiadores de la nueva historia social y de la promoción de lo que entonces se denominaba de acuerdo con una breve publicación en la revista Op. Cit. del Centro de Investigaciones Históricas (CIH), los “novísimos historiadores”. Aquellos parecían interesados en la mirada y la interpretación que ya se denominaba, a pesar de la resistencia de los historiadores tradicionales y los nuevos, “postmodernista”. No menciono a otras personalidades de la historiografía a las cuáles se apeló porque no me consta que se sientan cómodos al momento de ubicarlos como “carnada” o “sebo” para un proyecto de aquella naturaleza. Tampoco menciono a los que se negaron a apoyar la convocatoria porque detrás del “sí” y del “no” había consideraciones que iban más allá de diferencias teóricas y filosóficas. La crónica o historia, me da igual que concepto que se use para describirla, de aquel atropellado proceso habrá que escribirla en otro momento.

Picó, un ser humano noble, sabio y paternal como buen jesuita, sólo presto su nombre para asegurar el proceso formativo de la organización. Su condición de gran figura y voz cimera de la historiografía parecía ser, o al menos eso se presumió, una garantía para el éxito de la organización. En la fundación de la APH, como se podrá deducir, convergieron condicionamientos propios de la cultura señorial y la moderna, elementos que siempre rodean los cenáculos intelectuales universitarios o no. A pesar de que Picó se alejó luego de las estructuras de poder de la APH, su opinión y su influencia siempre estuvieron presentes y, cada vez que se le convocó a un encuentro, congreso o asamblea, estuvo dispuesto a colaborar .

Vista a la distancia, aquella organización cumplió una función puntual en el debate cultural. Animó de buena fe la evaluación del lugar del “historiador” y la situación de la “historia” en el Puerto Rico de los 1990 en el marco del punto de giro entre el orden liberal y el neoliberal o la modernidad y la postmodernidad. Todo asunto polémico fue puesto en agenda: la relación de la historia con las ciencias sociales, las humanidades, la filosofía y el lenguaje. Se llamó la atención sobre la relación de la historia con el género y la literatura, se tocó el asunto la implosión de la idea de la identidad, la relación nación / región, y las miradas al 1898, entre una amplia variedad de temas. También se evaluó el papel de la disciplina en la evolución de las resistencias socialistas y nacionalistas. Sus actas, su colección de publicaciones y ponencias son un valioso archivo para la aclaración de las tensiones entre 3 polos discursivos de aquel momento: la historiografía tradicional, la llamada nueva historiografía convertida en una nueva mirada tradicional, y la novísima como metáfora de la cultural o la posmoderna. La APH desarrolló una línea editorial en alianza con la editorial Postdata, un foro postmodernista, y entre 1994 y 2000 produjo una colección de títulos que marcó una pauta para el debate al margen del marco institucional universitario sin desvincularse del mismo. El impacto de aquella asociación en la disciplina merecería una investigación más profunda que todavía no se ha hecho.

Sin duda la situación de cambio que se vivía en la década de 1990 enriqueció el temario de los historiadores profesionales y estimuló la autonomía de su trabajo respecto a los proyectos políticos y sociales que se habían promovido desde el poder y que se citaron en la reflexión anterior. No me aventuro a evaluar las fuentes probables de aquel giro en este momento. Ese esfuerzo debe hacerse en un buen estudio sobre la historiografía reciente (del 1970 al presente) que todavía nadie ha realizado.

El debate cultural e historiográfico durante la década de 1990 también tocó al independentismo de ideología socialdemócrata o nacionalista, y el socialismo puertorriqueño. Todas aquellas propuestas estaban en proceso de revisión desde adentro pero las presiones de la tradición pesaban mucho a la hora de la autoevaluación. Es curioso que las propuestas que con más agresividad apelaban a la necesidad del “cambio radical” mostraran tanta resistencia a la autocrítica en un momento de la historia en el cual la reflexión punzante era forzoso.

El sector ideológico más dispuesto al revisionismo fue el socialismo y las izquierdas en general. En las izquierdas cuestionadas floreció el anarquismo, la estadidad radical y el pesimismo fronterizo con el cinismo filosófico. En el Puerto Rico colonial del 1990, aquel abanico de opositores denominados de manera genérica “izquierdas” estaba en crisis y en reflujo. Dado que el estadolibrismo estaba siendo cuestionado al final de la Guerra Fría, la propuesta más atractiva y de más coherencia fue el estadoísmo animado por la atrayente figura de Rosselló González.

La revitalización de un discurso de la resistencia original y prometedor se desarrolló donde menos se esperaba. Un problema de la vieja época de la Guerra Fría sirvió de laboratorio al mismo. Me refiero a la presencia de la Marina de Guerra de Estados Unidos en Vieques y sus prácticas de combate en la isla municipio desde 1947.

 

Poemas de Claudio Cru Núnez

 

Los sépalos agrestes de tus dedos, 

los gajos de la naranja del tiempo y su impaciencia. 

No sé cómo volver a recoger los rastros de nuestras noches, 

los pesebres y las horas, los bombones de la risa, 

la calamidad jugosa de la vida. 

 

 

Voy por el ciberespacio de la cerveza y la estrella. 

Un maridaje que me recuerda las costumbres de mis padres, 

La belleza que tienen los roedores que te husmean. 

El címbalo de la conciencia subterránea, 

el vermífugo que alberga el tiempo. 

Día de la mujer en la lucha contra el COVID

Este lunes 8 de marzo y durante toda esta semana, el mundo celebra el Día Internacional de la Mujer. Esta fecha, promovida por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), celebra los logros sociales, económicos, culturales y políticos, alcanzados por las mujeres en el mundo. Refuerza la lucha por el reconocimiento de su dignidad, igualdad de derechos y protagonismo en la construcción de un mundo de iguales.

Este año, la ONU ha elegido como tema para el 8 de marzo:

«Las mujeres en el liderazgo: lograr un futuro igualitario en un mundo de COVID-19«.

Este tema revela que, en todo el mundo, las mujeres han asumido la primera línea en la lucha contra la pandemia y la protección de la vida de las poblaciones. Han actuado como agentes de salud, cuidadoras y organizadoras comunitarias. En todos los continentes, son las mujeres quienes han ejercido el liderazgo más eficaz contra la Covid. Al mismo tiempo, siguen ocupándose de la mayor parte de las tareas domésticas, con enorme carga de exigencias. En todo el mundo, los mayores índices de desempleo y pobreza recaen sobre las mujeres.

La ONU ha destacado también que la mayoría de los países en los cuales la lucha contra la pandemia del COVID-19 ha tenido más éxito han sido países gobernados por mujeres. Nos referimos a Dinamarca, Etiopía, Finlandia, Alemania, Islandia, Nueva Zelanda y Eslovaquia. Estos países han sido reconocidos por la rapidez de la atención y la determinación con que sus gobiernos han protegido a su población. Sin embargo, de los 193 países miembros de la ONU sólo 20 están gobernados por mujeres.

Todos, hombres y mujeres, debemos valorar el Día Internacional de la Mujer para que se extienda a todos los días del año y sirva para integración de los géneros y el mundo se convierta en un espacio de comunión en el cual mujeres y hombres puedan vivir como iguales.

Para los que cultivan la espiritualidad, en cualquier tradición religiosa o fuera de las religiones, el Amor se manifiesta como energía fructífera de vida. Infelizmente en las grandes religiones monoteístas las imágenes más comunes de la divinidad aún son de un Dios masculino y hasta algunas veces patriarcal. Es necesario volver a un Dios misterio que se manifiesta en lo masculino y en lo femenino de nuestras vidas. Pueblos indígenas lo veneran como Pachamama, la Madre Tierra. Tradiciones afrodescendientes la contemplan como Madre de la vida. La tradición bíblica revela que el Espíritu se revela en el encanto de lo femenino en nuestras vidas. En la carta a los Gálatas, Pablo afirma: «Hombres y mujeres, todos somos uno en Cristo Jesús» (cf. Gal 3,28).

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.