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Vieques en pie de lucha contra el racismo

Por la Redacción/CLARIDAD
Conocedores de primera mano de lo que es el racismo y la brutalidad policiaca la comunidad viequense realizó un piquete este domingo en solidaridad con la lucha contra el racismo y la brutalidad policiaca en Estados Unidos. Bajo el sol del medio día el piquete se llevó a cabo frente a la oficina de Correos con el cual las y los viequenses expresaron su adhesión al movimiento mundial de protesta por el asesinato de Georges Floyd.

“Apoyamos esa lucha contra el racismo que también esta presente en Puerto Rico, aunque soslayado. Vidas negras importan”, expresaron.
La actividad fue auspiciada por el Comité de Trabajo en Apoyo a Vieques y el Festival de los Reyes Magos en Vieques.

Nombramiento del que nadie sabe

 

Por Cándida Cotto/CLARIDAD

ccotto@claridadpuertorico.com

 

En otra acción relámpago por parte de la primera ejecutiva y la Legislatura, sin vistas públicas, la Cámara de Representantes aprobó la nominación de la licenciada Karla Mercado Rivera como administradora y principal oficial de compras del Gobierno. La gobernadora, Wanda Vázquez Garced, sometió el nombramiento el 26 de mayo y la Cámara lo aprobó tan pronto como el cinco de junio.

El nombre de Mercado Rivera salió a relucir en las vistas de la Comisión de Salud de la Cámara de Representantes sobre el fraude en la compra de las pruebas de COVID -19. En específico, en el chat del 4 de abril que Juan Maldonado le escribió a Roberto Rodríguez, dueño de Apex General Contractor, refiriéndole que hablara con Mercado Rivera, quien era al momento la subsecretaria de la Administración de Servicios Generales (ASG).

El cargo de administrador oficial del Gobierno no existía hasta hace unos meses en que la Legislatura del Partido Nuevo Progresista (PNP) creó el puesto para un término de 10 años, con un sueldo de $120 mil anuales.

El senador por el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), Juan Dalmau Ramírez, denunció que no hay justificación para la creación del cargo. La justificación que ha ofrecido la legislatura PNP es que un puesto a 10 años evita que la posición esté sujeta a los vaivenes políticos de los cambios de gobierno.

“Pero eso es una gran hipocresía porque puedes nombrar a una persona a un puesto de un término de 30 años, pero si la manera en la que se selecciona es producto de mañas políticas y dominada por un partido político, no se elimina el tema político ni partidista de la ejecución de la agencia”, denunció.

Por el contrario, el efecto que esto puede provocar es que si ganara otro partido político derogaría la ley, crearía su propia ley con un nuevo término y nombraría a otra persona que le responda a ese partido político. Incluso se crea una mayor inestabilidad, señaló.

A preguntas de CLARIDAD, el legislador del PIP dijo que según su conocimiento el nombre de Mercado Rivera para la nominación se dio después del escándalo de las vistas públicas. “Si había unas consideraciones previas, eso lo sabrá quien la nomina, que es la gobernadora. Ya la Cámara votó por el nombramiento. Denis Márquez le votó en contra porque su nombre surge como uno de los funcionarios contactados durante el proceso de las compras de las pruebas fatulas, lo cual genera una enorme duda y cuestionamientos para el nombramiento”.

 

Además de su mención, al menos en el pretendido fraude, Dalmau Ramírez trajo a la atención la poca experiencia de la nominada para un nombramiento tan importante. Todavía en el Senado, al menos hasta este lunes 8 de junio, no se había convocado a vistas públicas para examinar la nominación. No obstante, el candidato a la gobernación por el PIP se cuestiona si en efecto el Senado celebraría vistas públicas o presentaría la nominación mediante un informe. “Es como el que está jugando póker con las cartas pegás al pecho, así juegan en el Senado. Uno no se entera hasta el momento”.

Con el nuevo puesto de la Administradora Oficial de Comprassería el tercer cargo a 10 años en el Gobierno que en este cuatrienio nombraría la actual administración del PNP. Los otros dos son el director de Ética Gubernamental y el Contralor. Dalmau Ramírez dio alelrtó de que en estos momentos hay otro proyecto de ley que pretende convertir también a 10 años el término del director del Sistema de Retiro bajo las mismas justificaciones insuficientes.

“Francamente, es una manera de ir colocando en posiciones de gobierno a personas que, terminado el cuatrienio y si hay un cambio de gobierno o si hay un gobierno dividido, permanezcan en sus puestos”, censuró.

Más allá de los cuestionamientos tanto políticos como profesionales de la nominada, el senador Dalmau Ramírez, coincidió con que ese es un puesto que no necesita ser a 10 años. “Aquí lo que habría que hacer es adoptar un modelo que utilice el mérito al momento de nominar funcionarios claves para dirigir agencias, que no sean de gabinete”. Reconoció que un secretario de Justicia, de Educación, de Seguridad y de Salud son personas que tienen que responder a la visión de política pública del gobierno, por lo que para esas personas hay un criterio de mayor confianza de parte del gobernador. Por el contario, cuando se habla de Compras, de Retiro, de agencias que no van a la médula de esas políticas públicas, los nombramientos deberían ser por un sistema de mérito en donde las personas fueran evaluadas por sus pares por su experiencia profesional; que profesionalmente hayan visto su desempeño, probidad moral y su interés en el servicio público.

“Un partido que está seguro de que va a revalidar y que tiene el favor de la mayoría del pueblo no estaría aprobando leyes para realizar nombramientos de 10 años tan cercano a las elecciones. No estaría alterando el ordenamiento electoral a tan poco tiempo de las elecciones. Parecería ser que las acciones del Gobierno responden a una desesperación política”, resumió el legislador del PIP.

 

 

 

 

 

Mirada al País: Presente y futuro del sindicalismo puertorriqueño

 

Por Luis Pedraza Leduc/Especial para CLARIDAD

Los pasados cuarenta años de políticas neoliberales han sido nefastos para la clase trabajadora en Puerto Rico. A partir de 2009 al presente se destacan leyes para congelar convenios colectivos, ilegalizar sindicatos, negar derechos hasta ayer reconocidos como constitucionales, prohibir la negociación colectiva, enmendar leyes protectoras del trabajo, derogar otras y eliminar derechos y beneficios negociados, entre otros ataques a la clase trabajadora.

Al sumar las políticas de desmantelar el gobierno de bienestar, favorecer la privatización sobre lo público y la desregulación del mercado, se desbordan los efectos negativos del taller de trabajo hacia el resto de la sociedad. Se contamina y se agrede el medio ambiente. Se restringen los derechos humanos. Las comunidades pierden acceso a servicios esenciales de educación, salud, vivienda y protección social.

Mientras tanto, aumenta la desigualdad social entre los sectores asalariados y las clases pudiente. La precariedad iguala a trabajadores, desempleados, pensionados, estudiantes, pequeños y medianos comerciantes. El movimiento sindical, constituido por las organizaciones sindicales del sector público y privado, no logra articular un proyecto de unidad y solidaridad que permita enfrentar de manera estratégica el proyecto del capital y la metrópolis imperial en Puerto Rico.

A partir del 2016, las fuerzas del capital aprobaron en el congreso imperial de la metrópolis la legislación conocida como PROMESA con el propósito de cobrar al pueblo de Puerto Rico la deuda que se gestó entre el capital de Wall Street, el gobierno de Estados Unidos, los gobernantes de la colonia y el capital internacional. Desde entonces, gobierna en el país una Junta de Control Fiscal nombrada por los intereses económicos y políticos de Estados Unidos. Impera en la mentalidad de la Junta las políticas de austeridad y medidas fiscales de corte neoliberal dirigidas a cobrar la deuda y rehabilitar el crédito de la colonia para volver a endeudarse, sin importar el costo social y humano que esto conlleve.

La naturaleza ha rechazado los planes de esta Junta mediante huracanes, terremotos y una pandemia. Estos eventos han obligado a cambiar planes y rutas de cobro. La incapacidad de los gobernantes y su afán de lucro no han permitido articular alternativas que enderecen o enfrente la ruta de la Junta. Por el contrario, estudiantes, el movimiento de mujeres, los defensores de los derechos humanos, los activistas del medio ambiente, entre otros actores sociales, son los que han dado voz de alerta y han propiciado una lucha, aunque desigual, no menos honrosa, frente a los planes imperiales del capital.

El movimiento sindical ha estado en la retaguardia de esta lucha política y social. Le ha faltado visión, conciencia ideológica, capacidad organizativa, poder de convocatoria y un análisis comprensivo de la realidad. No obstante la debilidad como sector social, es su responsabilidad levantar las banderas de lucha que como parte de un todo, el movimiento obrero, hay que articular.

De cara al proceso eleccionario de noviembre y al hecho de que a mediados de año 2021 se deben restaurar la vigencia de los convenios congelados, que a su vez deben ser negociados, el movimiento sindical del sector público debe definir una ofensiva dirigida a recuperar el terreno perdido. A esto se debe sumarse un esfuerzo organizativo en el sector privado, que requiere contestar para qué y por qué es necesario un sindicato.

La agenda particular de cada sindicato en su taller de trabajo la dictará su rol estratégico en la sociedad. Obviamente no luchan por las mismas reivindicaciones los trabajadores de la industria eléctrica, los maestros, los trabajadores de la cultura, los empleados de municipios, los oficinistas de las burocracias o aquellos encargados de la protección del ambiente. Sin embargo, se encuentran en la misma lucha y necesidad social que cualquier otro trabajador, desempleado, ama de casa, estudiante u obrero de la empresa privada.

Si algo debemos tener claro es que luego de la pandemia el capital incrementará sus intenciones de transformar el trabajo para lograr sus metas de lucro y ganancias. Trabajo a distancia, migración forzada, reducción de pensiones, mayores recortes a beneficios laborales se impulsarán por los patronos. ¿Cuál debe ser la propuesta de la clase trabajadora?

El movimiento sindical debe unir a la agenda particular un frente común que proponga la reducción de jornada de trabajo, sin reducir salario. Este reclamo se fundamenta en la capacidad de producción que unido al uso de la tecnología garantiza mayores ganancias en menor tiempo a las empresas. Es una realidad que según pase el tiempo menos empleos habrá. También los trabajadores serán de mayor edad y pasaran a las filas de jubilados. El reclamo de reducir la jornada, sin reducir salarios, es un reclamo por una vida digna.

Se complementa la lucha por una nueva jornada de trabajo con la exigencia de una Renta Básica Universal, RBU. Por este concepto debemos entender un ingreso monetario que cada ciudadano recibirá de manera permanente e incondicional. Este ingreso debe ser suficiente para vivir, independientemente de cualquier otro ingreso, salario o pensión. No estamos planteando una quimera. La RBU es una propuesta que se discute desde hace muchos años en todas las latitudes del planeta. En Europa se legislan modalidades y se practican proyectos de RBU. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPAL, lo ha respaldado para promover el desarrollo económico y luchar contra la pobreza. Los economistas galardonados con el premio Nobel 2019 lo recomiendan. Esta es la alternativa a ayudas intermitentes o de emergencias como las vividas ante los fenómenos naturales.

Mejorar los salarios e ingresos de la fuerza laboral, junto a una reforma fiscal progresiva para que paguen impuestos quienes más tienen se impone. La deuda es impagable. No podemos aceptar las medidas de austeridad que promueve la Junta ni los planes que pretenden imponer. El gasto público tiene que ser asumido por el gobierno para establecer un sistema de salud universal y garantizar una educación excelente en todo el sistema público, desde escuela elemental hasta grados universitarios.

Es hora de análisis y reflexión. Es momento de actuar con visión y desprendimiento. La clase trabajadora es la mayoría del país. No estamos solos en el planeta. La clase obrera a nivel internacional se levanta contra la desigualdad que nos impone el capital. Hagamos lo propio en Puerto Rico. Luchemos por una agenda para el País, para el presente y el futuro.

Puerto Rico sin estrategia ni pruebas para los adultos mayores ante el COVID-19

 

Por Damaris Suárez y Rafael R. Díaz Torres | Centro de Periodismo Investigativo

Aunque cerca de un 97% de los adultos mayores residen en sus casas o en proyectos de vivienda para adultos, a más de dos meses de la emergencia por el COVID-19 el Gobierno no ha realizado pruebas masivas para detectar el virus en esta población. La respuesta gubernamental para atenderlos se ha reducido a realizar, al 5 de junio, 6,685 de las 50,000 pruebas de COVID-19 prometidas para los 28,000 adultos mayores que se estiman que viven en los asilos, que solo albergan a un 3% de ese grupo demográfico.

Problemas como ir al supermercado, que representa un lugar de contagio, el acceso a las medicinas, ir a citas médicas, el mantener las medidas de higiene y limpieza del hogar, entre otros, se agravan en los casos en que los adultos mayores no cuentan con familiares ni cuidadores formales (amas de llaves) que estén disponibles durante la pandemia o con alguna red de apoyo que pueda asistirlos. Para varios profesionales que atienden esta población, la reapertura de una gran cantidad de sectores comerciales y el aumento de riesgo de contagio son una navaja de doble filo para este grupo.

Don Nicodemus Cuevas vive solo en el barrio Anones de Naranjito. Sus hijos están fuera de Puerto Rico, por lo que a sus 82 años hace sus diligencias, va a buscar sus medicamentos, se cocina sus alimentos y hace sus compras, rutina que ha continuado pese al riesgo por el COVID-19.

“Aquí no ha venido ni un ánima a ayudarme. Yo vivo solo, mis hijos están en Estados Unidos. Tengo vecinos cerca pero son tan viejos como yo. ¿Qué si me cuido? ¡Claro, que me cuido!”, dijo entre risas cuando el CPI le preguntó si durante esta emergencia ha recibido ayuda para hacer sus compras o alguna ayuda del Gobierno.

Personas de una iglesia de Toa Alta le llevaron una compra durante la Semana Santa luego de que llamara a una abogada temiendo quedarse sin comida después  de escuchar por la radio que los establecimientos estarían cerrados por varios días por orden de la gobernadora, Wanda Vázquez. Esa fue la única ayuda que ha recibido este veterano, que no ha visto las ayudas del Gobierno para los adultos mayores.

“Tanta ayuda para los ancianos y los veteranos. A mí no me han dado nada. La única llamada que me dieron de Veteranos fue para cancelarme la cita… más ná”, aseguró.

A más de dos meses del cierre y en medio de una reapertura comercial, la estrategia del Gobierno está limitada a establecer un protocolo para hacer pruebas rápidas en los centros de cuido prolongado donde apenas residen el 3% de los adultos mayores, y deja al descubierto a los cerca de 844 mil ciudadanos mayores de 60 años que están expuestos porque tienen que hacer sus compras y diligencias exponiéndose a un posible contagio de coronavirus al visitar comercios, hospitales y farmacias.

“A mí los que me preocupan son los adultos mayores que viven en la comunidad, que salen a hacer sus compras por obligación y que se exponen al virus. A esos no se les está haciendo a la prueba”, afirmó José Acarón, director ejecutivo de AARP, Puerto Rico.

Según los datos de laEncuesta de la Comunidad del año 2017, realizada por el Negociado del Censo de los Estados Unidos, la población de edad avanzada en la Isla son 843,829 personas, que representan el 24% de la población. De estos, se estima que solo 28,000 residen en los centros de cuido prolongado (los llamados asilos o centros de envejecientes) en los que desde el pasado 19 de abril se activó un plan para hacer las pruebas de COVID-19 a los residentes y empleados de dichos centros. La iniciativa fue gestada desde la Fiscalía Federal del Distrito de Puerto Rico y el Elder Justice Task Force (EJTF) del Gobierno de los Estados Unidos.

Mueren sin que se les hagan las pruebas

De acuerdo a la información de la Base de Datos de Mortalidad en Puerto Rico, entregada el 21 de mayo, la cual tiene un retraso de varias semanas en la entrada de datos, de las 92 muertes que se adjudican al COVID-19 como la causa principal del deceso, 74 corresponden a personas de 60 años o más. Además de estas 92 muertes, hay otras 19 que identifican al COVID-19 como una causa secundaria o complementaria y 14 de este grupo son adultos mayores. Del total de 111 muertes que ponen la COVID como causa principal o complementaria, solo uno de estos decesos ocurrió en un asilo, casa de salud o institución de cuidado prolongado. Un total de 103 muertes ocurrieron en una instalación hospitalaria, ya sea por hospitalización o porque visitaban la sala de emergencia.

Uno de estos casos es el de Doña Rosa, cuyo nombre ficticio busca proteger los detalles de su caso. Su nieta aún no puede entender el episodio que vivió su familia desde el mes de marzo cuando su abuela, entrada en los 80, comenzó a presentar tos y problemas respiratorios y fue tratada por micoplasma. A  la mujer no se le hizo ninguna prueba para descartar la influenza, el micoplasma y mucho menos la de COVID-19. Varias semanas después – entre el 24 y 25 de marzo – el cuadro médico de Rosa comenzó a empeorar. Dejó de comer y hablar. Por sus condiciones de salud, su doctora decidió no llevarla al hospital hasta tanto no recibiera los resultados de las pruebas de influenza y micoplasma que arrojaron negativo. El mismo día en que la iban a trasladar a un hospital en el área de Bayamón para hacerle pruebas del coronavirus, Rosa amaneció con graves problemas respiratorios, por lo que sus familiares decidieron llamar a una ambulancia para llevarla de emergencia al hospital. Su cuadro había empeorado al punto en que mantenía abierta su boca para buscar aire entre respiraciones cortas, explicó su nieta. Rosa murió poco después de llegar a la institución hospitalaria, donde fue atendida de emergencia como paciente con fallo respiratorio.

“No estuvo más de dos horas, pues ella fallece en el hospital ese mismo día, el 26 de marzo, mientras intentaban estabilizarla e intubarla”, relató al Centro de Periodismo Investigativo (CPI) su nieta, quien narró el calvario vivido por su familia bajo la condición de mantener confidencial su identidad mientras se dilucidan varias querellas. Dijo que fueron los familiares los que solicitaron al Negociado de Ciencias Forenses (NCF) que le hicieran la prueba de COVID-19. El cuerpo de Rosa había sido trasladado al NCF ya que al haber fallecido al cabo de dos horas de llegar al hospital, no había sido formalmente hospitalizada.

Mientras los familiares esperaban por el resultado forense para el velatorio de Rosa, su esposo, Don Antonio, quien llevaba semanas con síntomas de tos persistente, dolor de garganta, en el cuerpo y problemas respiratorios, se agravó y fue llevado al mismo hospital en Bayamón. Como no tenía fiebre, el hospital no le hizo la prueba de COVID-19.

“Mi mamá me dice que en el hospital aparentemente entienden que él estaba en depresión por la pérdida de su esposa y que por ende le causa ese sentimiento de sentirse más enfermo de lo que está. Mi madre les dice que por favor le hagan la prueba, y le dicen que como no tiene fiebre, no le pueden hacer la prueba”, dijo.

De acuerdo con la nieta, el 1ro de abril los familiares realizaron el velatorio de Rosa tras recibir la autorización del NCF. Ese mismo día, el Departamento de Salud informó de una mujer de la misma edad de su abuela, que había llegado en condición severa a la sala de emergencias desde una institución médica en la región de Bayamón, donde falleció, y a quien se le realizó  la prueba luego de morir arrojando positivo. Sin embargo, la familia de Rosa no fue notificada de que su familiar había dado positivo al COVID-19 hasta varios días después de que se llevara a cabo la ceremonia de duelo familiar.

“Nosotros entendimos que si nos habían autorizado efectuar la ceremonia, entonces mi abuela había dado negativo. No fue hasta el 3 de abril que mi madre informó que le notificaron que abuela había dado positivo al COVID. No recuerdo si fue la funeraria o el [Negociado de] Ciencias Forenses. No se siguió el protocolo de cremar el cuerpo, como decía el Gobierno que se debía hacer si la persona daba positivo al COVID-19. Tuvimos que llamar a la familia para tratar de hacernos todos [los familiares] las pruebas. Una de mis tías salió positivo y mi nene de 10 años”, indicó.

Mientras todo esto ocurría, Don Antonio empeoraba. Ya le habían hecho una prueba de COVID-19 pero había salido inconclusa y estaba en espera de que le hicieran la molecular. Pero, el sábado, 4 de abril regresó en ambulancia al hospital y por segunda ocasión le hicieron las pruebas de influenza y micoplasma. Lo enviaron de vuelta ese mismo día a su residencia ya que no se le podía hacer la prueba del COVID-19 por ser fin de semana. En el hospital les dijeron que la muestra podría perderse y además, no estaba hospitalizado. No fue hasta lunes que le hicieron la prueba molecular en su residencia donde se mantuvo hasta el viernes después de que  – por tercera vez – los familiares lo llevaron nuevamente al hospital porque su cuadro médico empeoraba y no sabían si era positivo al COVID-19. De acuerdo con su nieta, fue en la institución hospitalaria que el personal médico le comunicó los resultados de los análisis: Don Antonio de 87 años no solo tenía pulmonía, ya le estaba fallando el corazón y además, había salido positivo al COVID-19.

“La familia pasó por todo esto… nos enteramos del positivo con mi abuela fallecida por las noticias, pero supuestamente no y luego que sí, y la angustia durante semanas por la condición de mi abuelo hasta que por fin lo hospitalizan por el COVID-19. Nunca nos enteramos quién dio la autorización para el velatorio cuando mi abuela había dado positivo exponiendo a otros miembros de la familia”, lamentó la nieta de ambos adultos mayores.

Dijo que la familia no tiene certeza de cómo se contagió su abuela. Piensan que pudo ser en sus visitas al hospital para atender otras condiciones, pero por otra parte, el esposo de la cuidadora de Rosa murió a causa del coronavirus y tuvo contacto con ella en al menos tres instancias mientras estuvo enfermo sin que se supiera que estaba contagiado. La cuidadora nunca presentó síntomas y posteriormente salió negativo al COVID-19.

No hay estrategia del Gobierno para proteger a los adultos

Según coincidieron la Comisión de derechos de adultos mayores del Colegio de Abogados y AARP, no existe una política pública de orientación, rastreo ni atención individualizada dirigida a proteger a los miles de adultos mayores que viven solos en sus residencias, muchos de ellos con condiciones médicas que los obligan a depender de cuidadores, coincidieron además científicos y profesionales que ofrecen servicios a los viejos. Estos no están en el radar del Gobierno lo que se ilustra en la falta de estadísticas e información sobre dónde se encuentran.

La Guardia Nacional informó el 19 de abril, que habían coordinado visitas a cerca de 1,000 hogares de personas de edad avanzada para que personal militar, en colaboración con los Centros 330, administren tanto la prueba rápida como la prueba molecular a los residentes y empleados de esos hogares. Desde que iniciaron estas visitas hace casi tres semanas, la GNPR ha llegado a 59 hogares donde se han realizado apenas 3,492 pruebas rápidas y 3,193 pruebas molecularesde las 50 mil anunciadas el 19 de abril por la Gobernadora, lo que representa 13% del total de pruebas prometidas.

El Departamento de Salud proveyó esas pruebas rápidas para usarlas en “alrededor de 28,000 residentes y 9,000 empleados en 1,000 facilidades de cuidado prolongado”. En el anuncio inicial se dijo que, con la ayuda del personal de la Guardia Nacional (GN), esperaban hacer todas las pruebas en un período de tres semanas.

“Al momento, el proyecto es solo para centros de envejecientes de cuidado prolongado. Esta es la información que tienen los Centros 330”, sostuvo la presidenta de la Asociación de Salud Primaria de Puerto Rico, Alicia Suárez Fajardo. Tampoco se proyecta ampliar para incluir a las égidas, que son complejos de vivienda independientes para adultos mayores.

Indicó que en los programas de visitas al hogar que realizan los Centros 330 sí están administrando pruebas de COVID-19 en residencias privadas, pero solo si el médico que está visitando ese hogar privado lo ordena. Esta iniciativa es completamente independiente del proyecto Direct Relief con los centros de envejecientes.

Más allá de realizar esta mínima cantidad de pruebas rápidas en los centros de envejecientes y la iniciativa de repartición de alimentos a través de los centros, las autoridades no han ideado un plan de acción para atender múltiples necesidades que tienen los adultos mayores, sector que representa el 24% de la población de Puerto Rico, coincidieron salubristas y líderes de entidades especializadas en servicio a las personas de edad avanzada.

La iniciativa del ‘Elderly Task Force’ se queda corta ante las necesidades de una población adulta mayor que en su mayoría residen solos, con sus cónyuges o en proyectos unifamiliares. Contrario a los residentes en asilos, esta población es la que más se expone para cubrir sus necesidades, coincidieron varios profesionales dedicados a atender a este grupo.

Pese a estar en mayor riesgo, la ausencia de una efectiva red de apoyo directa y un plan de orientación y seguimiento de las medidas para evitar el contagio, los mantiene invisibilizados en el protocolo del Estado, no solo para la administración de pruebas de COVID-19 y la distribución de alimentos, sino además para suplirles las necesidades más básicas de atención, higiene e incluso cuidados médicos con la sensibilidad que esta población merece.

“El Gobierno se ha concentrado en realizar pruebas para detectar el letal virus en centros de cuidado prolongado, dejando desprotegidos al resto”, denunció la gerontóloga y trabajadora social, Dra. Astrid Santiago Orría.

“No existe una política coordinada de orientación, rastreo y cuidados de adultos mayores pese su vulnerabilidad ante COVID-19”, opinó la gerontóloga al escuchar los casos de Doña Rosa y Don Antonio.

Riesgo real de adultos mayores ante COVID-19

Carmen Ortiz, de 69 años, no ha recibido ni alimentos ni ayuda del Gobierno. Reside en Luquillo con su compañero, y desde que inició la cuarentena, es la encargada de hacer las compras de alimentos y medicamentos del hogar.

Recibe un vale de $25 mensuales de la aseguradora MMM para comprar alimentos. Y una vez al mes, acude al supermercado tomando todas las precauciones para hacer su compra, que luego comparte con su hija y sus nietos.

“Yo voy sola. Me levanto a las cuatro y arranco a las cinco de la mañana   para que no haya mucha gente. Hago mis diligencias y regreso rapidito para acá. Voy con mis guantes, mi mascarilla, llevo mi ‘hand sanitizer’ y todo. No salgo a menos que sea necesario, al supermercado y a la farmacia a buscar mis medicamentos. De ahí en fuera para más ningún lado”, explicó.

Admitió que es incómodo, pero prefiere hacer sus compras porque se siente capaz; no tiene condiciones médicas “más allá de las tiroides”. Aunque han abierto los comercios, señaló que no los ha visitado. Tampoco han tenido reuniones familiares, lo que confiesa que ha sido difícil.

“No hemos podido estar compartiendo. Nos hablamos por teléfono. Ni en el Día de las Madres…”, lamentó.

El Gobierno no ha establecido una campaña de orientación masiva encaminada para la protección, seguridad y atención de la población más vulnerable y de mayor riesgo de contagio ante la reapertura comercial.

“Creo que lo más importante es reconocer que a pesar de que las personas de 60 años o más solo representan el 28% de los infectados, son casi el 80% de las muertes. El riesgo, estadísticamente hablando, es 10 veces mayor a morir si te infectas siendo mayor de 60. Alguien mayor, retirado posiblemente es enfermado por alguien que decidió que no iba a seguir las medidas de protección. Hay necesidad de un compromiso social”, señaló el epidemiólogo y estadístico Luis Manuel Santiago Bibiloni.

“Es bien importante que se publique la ayuda y el teléfono. Qué esfuerzos a nivel comunitario y municipal se están haciendo para llevar esta información. Tenemos la brecha digital. No van a tener (los viejos) un teléfono inteligente ni va a tener Facebook. Tenemos personas que son adultos mayores que no tienen familiares y necesitan esa asistencia. Hay unos esfuerzos como los centros, pero no todos participan. Y otros que no tienen transportación en lugares remotos y residiendo solos”, resaltó la Lcda. Giselle Lombardi, presidenta de la Comisión de Derechos de Adultos Mayores del Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico.

Por su parte, Santiago Bibiloni propuso que, ante la respuesta insuficiente del Gobierno, es necesario que la comunidad se active para velar por los adultos mayores que residen en sus barrios y se conviertan en sus “cuidadores informales” asistiendo en sus compras, ayudando en la higiene y limpieza así como en la compra de medicamentos y citas médicas. Propuso además un programa comunitario en el que se “adopte a un viejo”.

“Además del poco esfuerzo por darle más pruebas a asilos, no he visto acercamiento a los viejos que viven solos. ¿De qué vale?  Por eso mi programa que he llamado Adopte a un viejo. Muchas veces nos olvidamos del factor humano en el cierre. Son gente bien mayor que salen para comprar al día. Siguen saliendo diariamente. Pero si tuviéramos un plan… Necesitan ayuda y la comunidad debe asumir la responsabilidad que no ha asumido el Gobierno. La respuesta es de abajo hacia arriba. Estamos saturados de números y hay que darle una tónica humana”, afirmó.

La propuesta de Santiago Biblioni coincide con la visión del Dr. Mark Grabowsky, experto en prevención de enfermedades durante unwebinarcoordinado por Filantropía Puerto Rico. Grabowsky sostuvo que “Lo que necesitaríamos serían medidas más intensivas particularmente en los grupos de mayor riesgo”. Citó un estudio de David L. Katz de la Universidad de Yale que propone medidas estrictas para los adultos mayores que, de tener enfermedades crónicas, deben mantenerse en distanciamiento social en estricto confinamiento en el hogar y tener cero contactos con familiares.

Sin protocolo para administrar pruebas en centros de cuido

La ausencia de un protocolo que especifique cómo se llevará a cabo el proceso dentro de estos hogares y centros de cuido prolongado, que fue confirmada por tres fuentes al CPI, levanta interrogantes sobre qué medidas se tomarán para proteger la salud de los adultos mayores que residen en estas instituciones.

“El Departamento de Salud es quien lidera este esfuerzo”, dijo al CPI el ayudante general de la Guardia Nacional de Puerto Rico, Juan Reyes, cuando se le preguntó por qué no se ha llegado a más asilos. Informó además, que el Gobierno contrató a los laboratorios Quest y Toledo para trabajar el plan.

La administración de las pruebas rápidas en los centros comenzó el lunes 20 de abril, un día después de divulgarse el anuncio de la iniciativa. Para ese primer día se tenía proyectado acudir a tres hogares de adultos mayores, según explicó Reyes. No obstante, solo se pudo llegar a dos y realizar 200 pruebas a residentes y empleados.

“Las coordinaciones no fueron las más correctas”, explicó Reyes.

Cuando se le preguntó al portavoz de la GN sobre la existencia del protocolo de Salud para llevar a cabo la iniciativa, el oficial militar indicó que entendía que este sería divulgado por la agencia  el jueves 23 de abril. El CPI solicitó al Departamento de Salud el documento en tres ocasiones a partir del 22 de abril, pero las gestiones fueron infructuosas.

“Es algo que discutimos con el personal de Salud. Por eso no hemos desarrollado esta misión de manera agresiva. Los hogares que se trabajaron el lunes [20 de abril] fueron los que solicitaron los servicios al [Elder Justice] Task Force y el Departamento de Salud”, comentó Reyes al admitir que al comienzo de la iniciativa todavía no existía un protocolo del Departamento de Salud para manejar la administración de pruebas de COVID-19 en los hogares de ancianos y centros de cuidado de larga duración.

Por ser una iniciativa del Gobierno de los Estados Unidos a través de la Fiscalía Federal y el EJTF, el CPI se comunicó con el Distrito de Puerto Rico de la Fiscalía Federal para indagar sobre la existencia de un protocolo. Se preguntó si el gobierno federal también participa de la elaboración del protocolo, además del Departamento de Salud de Puerto Rico.

“Nosotros seguimos afinando protocolo y ayudando en la coordinación inter-agencial y dando seguimiento a la data y reporte diario”, fue la respuesta brindada por Fiscalía Federal en representación de la Coordinadora del EJTF, la fiscal federal auxiliar, Jacqueline Novas.

No fue hasta el martes, 19 de mayo, que Salud finalmente le envió al CPI un documento de tres páginas que presenta diagramas sobre las agencias involucradas en la iniciativa y los pasos a seguir según el resultado de la prueba. El documento no incluye párrafos explicativos, no tiene un título o encabezado, ni se indica quién lo produce o a quién se dirige. Tampoco se explican las medidas de salud y seguridad que se seguirán cuando se acuda a administrar las pruebas dentro los centros de ancianos.

La ausencia de esta información como parte de la iniciativa para la administración de pruebas en los centros de cuidado ha levantado preocupaciones entre personas que trabajan con esa población, incluyendo quienes administran estas instituciones. Una de las interrogantes planteadas al CPI es cómo se tomarán las medidas para evitar que el personal médico y de apoyo que visite varios centros no contagie a los residentes y personal de los hogares en los cuales no se han reportado casos sospechosos de COVID-19.

“Se va a ir a todos los hogares, pero si había un caso en uno de estos, pues hay gente que dice que no quiere que vengan al mío (hogar) porque ya estuvieron expuestos”, comentó al CPI, la Presidenta de la Asociación de dueños de centros de cuidado de larga duración, Juanita Aponte, quien a su vez dirige el Hogar Lomas San Agustín en Río Piedras.

Según Aponte, el peligro de contagio de sus residentes son las personas que salen y entran a estas instituciones de cuido constantemente. Los adultos mayores nunca salen de los centros y las visitas de familiares han estado prohibidas desde que comenzó la emergencia.

“Les pedí que me trajeran evidencia de que quienes vienen a hacer las pruebas están negativos [al COVID-19] para que no contagien a mi matrícula. En cierto sentido a mí me preocupa que yo esté absorbiendo responsabilidad en errores que cometan ellos”, explicó Aponte, quien abogó por un protocolo que incluya un relevo de responsabilidad a los dueños de centros de cuido en caso de que sus residentes sean infectados de COVID-19 por quienes hacen las pruebas del Gobierno.

Aunque el Departamento de la Familia publicó la Guía para la Prevención y Control de Infección por COVID-19 en Establecimientos de Cuidado de Larga Duración para Adultos Mayores el 31 de marzo, ese documento no aborda el tema de las pruebas para detectar el virus.

“¿Cuál es el plan? ¿Cuál va a ser el personal encargado de decirles a los encargados de los centros sobre el protocolo? ¿Realmente lo conveniente es adiestrar a una persona en la institución para que haga las pruebas cuando hay casos sospechosos?”, cuestionó la presidenta de la Brigada de la 3ra Edad, Amada García Gutiérrez, al reflexionar sobre la necesidad de un protocolo que delimite las medidas de seguridad.

Ante estas interrogantes, el Ayudante General de la Guardia Nacional admitió que dicha preocupación es válida. Dijo sin embargo que la administración de las pruebas será voluntaria según decidan los centros de cuidado de ancianos.

“Ciertamente es una preocupación. Si nos ponemos a evaluar, no queremos que nos pase lo que ha pasado en centros de envejecientes en otros estados”, dijo Reyes, refiriéndose al alto número de muertes. Según una investigación publicada por AARP, más de 38 mil personas, incluyendo adultos mayores y trabajadores, han muerto en los centros de cuido prolongado de ancianos en los Estados Unidos. Esa cifra representa aproximadamente una cuarta parte de las muertes relacionadas al COVID-19 en ese país hasta el 1 de junio.

La mitad de las muertes adjudicadas al COVID-19 en Europa se registraron en hogares de ancianos, informó la Organización Mundial de la Salud. Según declaraciones del director regional de la OMS para Europa, Hans Kluge, el alto número de contagios y muertes en los centros de cuidado de larga duración recalcan la necesidad de que sus servicios se gestionen de forma segura y que se mejoren las condiciones del personal que trabaja en estos lugares.

 

Rafael R. Díaz Torres es miembro de Report for America

Las protestas sociales en Estados Unidos y sus efectos presentes y futuros para dicho país y para Puerto Rico

Por Alejandro Torres Rivera

Estando ya próximos a dos semanas desde el asesinato de George Floyd, no cesan en decenas de ciudades en Estados Unidos  y a escala global las protestas sociales por tal acontecimiento. En cada una de ellas decenas de millares de seres humanos, más allá del color de su piel, su origen nacional u otro tipo de consideraciones, se han lanzado a las calles para denunciar, no sólo el abuso policiaco sino también, el germen detrás del mismo, que no es otro que la ideología fascista predicada en la supremacía racial blanca y la desigualdad económica.

En Estados Unidos, como ocurriera antes en otros países europeos y asiáticos, esta noción de la supremacía racial se asienta también en el menosprecio hacia las poblaciones más vulnerables. Para las nuevas generaciones de puertorriqueños, la escena captada por un teléfono móvil en la cual se registran los inacabables minutos de agonía durante los cuales un policía blanco de Minnesota, colocando su rodilla sobre el cuello de Floyd en presencia de otros policías ocasiona su muerte por asfixia, no es sino el recuerdo vivo de las penurias a las cuales ha enfrentado la población afrodescendiente en Estados Unidos por siglos. Los antecedentes a los abusos contra la población negra preceden la fundación de esa nación, y ciertamente, se incrementan durante y después de su Guerra Civil desarrollada durante el Siglo 19.

Para nuestra generación, por el contrario, las escenas vistas luego de la muerte de Floyd en distintas ciudades estadounidenses, donde la indignación por el asesinato se ha tornado en violentos enfrentamientos por parte de las llamadas fuerzas el orden público desatando su furia principalmente contra negros y otros ciudadanos en general, nos evocan otros sucesos como  fueron los ocurridos entre el 11 y 17 de agosto de 1965 en Watts, Los Ángeles, California; o los ocurridos a raíz del asesinato de Rodney King en 1992.

 

El primer incidente ocurre en  Watts, una zona en la ciudad de Los Ángeles cuya población es mayoritariamente negra. Allí reinaba entonces más de un 30% de desempleo entre la población adulta; dos terceras partes de la población no había completado la escuela secundaria; y una octava parte no sabía leer o escribir. El arresto de una persona negra por policías blancos provocó el incidente de protesta social al cual se sumaron finalmente otras zonas en incidentes de rebeldía que, luego de una semana de enfrentamientos entre la población con la Guardia Nacional y la Policía, 34 personas fallecieron, 23 de ellos muertos por la policía y la Guardia Nacional, junto a 1,032 heridos y entre 3,500 a 4,000 arrestados.

En 1992, también en Los Ángeles, la absolución por parte de un jurado casi compuesto por blancos, absolvió a cuatro policías también  de la raza blanca, que figuraban en un video mientras estos propinaban una paliza al conductor negro de un taxi, de nombre Rodney King. Los sucesos desataron una vez más la indignación de la población mayormente negra e hispana entre los días 29 de abril y 4 de mayo. En los enfrentamientos fallecieron 54 personas, resultaron heridas más de 2,000 y cerca de 10,000 arrestadas. También en este caso, los sucesos tuvieron su origen en esta ciudad en un barrio denominado “South Los Ángeles”, una vecindad duramente golpeada por los efectos de la recesión económica de los años 1980 y el discrimen por parte de la policía hacia la población negra marginada. En estos sucesos, sin embargo, las diferencias entre etnias y minorías, en este caso la coreana y la hispana frente a la población negra, fueron también elementos que se sumaron a la cadena en el desarrollo de aquellos disturbios.

Se indica que en Estados Unidos, entre 1964 y 1968, hubo 239 motines a lo largo de 539 días los cuales arrojaron un saldo de 191 muertes, 7,942 heridos y 49,607 detenidos o arrestados. En todos ellos, la constante en sus causas fueron el racismo, la pobreza, el desempleo, el abuso policiaco y la actitud de parte de los organismos creados por el Estado para dirimir controversias y hacer justicia, como son los tribunales, actuando en beneficio de la población blanca. En Estados Unidos, en los pasados años han muerto en manos de la Policía más de un millar de ciudadanos estadounidenses negros. A pesar de que la población negra en Estados Unidos es aproximadamente el 13% de su población total, los confinados de la raza negra en sus cárceles representa aproximadamente el 25%.

El discurso supremacista blanco en Estados Unidos, lejos de haber sido reducido con el paso de los años, ha tenido un nuevo despunte a partir de la presidencia de Donald Trump. Desde entonces, se ha sumado y agudizado no solo en sus concepciones históricas tradicionales contra los negros, sino que ha incorporado en momentos, de manera más prominente, el discurso contra la población de origen hispano. Recordemos que parte de su campaña presidencial en 2016 ante el asunto migratorio, se basó en que construiría una muralla que dividiera a Estados Unidos en su frontera sur con México como solución al problema de la inmigración hispana hacia Estados Unidos. De hecho, en boca de Trump, el asunto migratorio adquirió niveles tales como vincularlo con el problema de la lucha antiterrorista.

De acuerdo con Davis S. Cloud y Mooley O’Toole, en artículo publicado el 28 de abril de 2019, indican que en su visión del manejo de la situación migratoria en Estados Unidos, ordenó la movilización el año anterior de 5,000 efectivos militares hacia la frontera para prestar funciones de interdicción, cuando sabemos que a quien competen esas funciones es a las autoridades civiles de ley y orden. En su empeño, a los fines de darle la vuelta a leyes que prohíben, salvo en determinadas circunstancias, el uso de tropas federales en asuntos de ley y orden público, como es el caso de la “Ley Posse Comitatus”, Trump colocó tales tropas bajo la supervisión de Aduanas y Protección Fronteriza.

La “Ley Posse Comitatus” es un estatuto aprobado el 18 de junio de 1878 (18 USC1385) durante el período de la Reconstrucción, luego del fin de la Guerra Civil que finalizó en 1865. La Ley prohíbe al personal militar  federal y a las unidades de la Guardia Nacional, si estas se encuentran bajo mando federal, tener autoridad de ley y orden dentro de los Estados Unidos. Esta prohibición no opera en aquellos casos en que la Constitución o el Congreso mediante ley así lo autorice. La disposición en cuestión, como está redactada al presente, dispone de la siguiente manera:

“Whoever, except in cases and under circumstances expressly authorized by the Constitution or Act of Congress, willfully uses any part of the Army or the Air Force as posse comitatus or otherwise to execute the laws shall be fined under this title or imprisoned not more than two years, or both.”

El término “posse comitatus” es una expression en latín que se interpreta en inglés como “power of the country”. En el pasado fue utilizada permitiendo que autoridades competentes en la administración de la justicia pudieran delegar en ciudadanos civiles funciones temporales de interdicción policiaca. Una versión más reciente del texto del siglo 19 fue dejada sin efecto en el año 2006 bajo la adminisración de George W. Bush. Sin embargo, en el año 2008, bajo la administración Obama, fue restaurada por el Congreso.

Protesta frente a Fortaleza. foto Vicente Vélez

La “Ley Posse Comitatus” no aplica a la Guardia Nacional cuando esta es movilizada por el gobernador de un Estado o territorio.Tampoco aplica a la llamada “State Defense Forces”, que también se les conoce como “home guards”, que son civiles que prestán un servicio militar de varias semanas en el año pero no son unidades regulares de la Guardia Nacional. Por eso podemos entender el por qué de la participación de la Guardia Nacional de Puerto Rico en momentos en que fue movilizada por el gobernador Pedro Rosselló González como parte de su política de “mano dura”, durante la toma de residenciales públicos en el país. Sin embargo, esa misma Guardia Nacional si estuviera federalizada, como ha ocurrido tantas veces para enviar dicho personal a Afganistán o a Iraq, por mencionar dos casos, no podría durante el términoi que dure tal activación ser utilizada en labores de mantenimiento de ley y orden en Puerto Rico.

La Ley tampoco incluye a unidades de la Infantería de Marina o de la Marina de Guerra; sin embargo, estos estamentos militares han adoptado reglamentación interna en virtud de la cual no participan de labores de ley y orden, salvo en aquellas mismas circunstancias establecidas para el Ejército y la Fuerza Aérea contenidas en la “Ley Posse Comitatus”. En el caso de la Guardia Costanera, que en el pasado formó parte del Departamento del Comercio de Estados Unidos y hoy forma parte del Departamento de Seguridad Interna (Homeland Security Department), tampoco está sujeta a la limitación que impone la “Ley Posse Comitatus”.

Hay dos situaciones adicionales en las cuales la “Ley Posse Comitatus” tendría aplicación. La primera es que exceptúa de la prohibición al personal movilizado bajo situaciones en que se ponga en vigor por el gobierno de los Estados Unidos la “Insurrection Act”; es decir, situaciones donde surja una insurrección, una rebelión; una invasión o una emergencia pública que lo justifique, relacionada con el manejo de materiales nucleares, armas radioactivas o nucleares; o situaciones en las cuales las tropas sean actividadas por el Comando Especial Conjunto de Operaciones de Estados Unidos, (Joint Special Operations Command). La segunda ocurre cuando las tropas estadounidenses son activadas para prestár vigilancia, recopilar interligencia; llevar a cabo misiones relacionadas con asuntos antiterroristas; o en el cumplimiento de misiones contra el narcotráfico.

En declaraciones recientes de Donald Trump, hechas a raíz de los recientes sucesos relacionados con los enfrentamientos entre fuerzas del orden público y las guardias nacionales activadas a petición suya por los gobernadores de distintos estados de la Unión, amenaza con activar tropas federales. Para evitar que se objete tal movilización bajo lo dispuesto en la “Ley Posse Comitatus”, Trump ha pretendido darle un cariz insureccional a las movilizaciones populares en protesta por el asesinato de Floyd. En efecto, Trump ha amenazado con invocar la “Insurrection Act” antes mencionada, como si lo que ocurriera en estos momentos en Estados Unidos con las protestas sociales fuera una insurrección, una rebelión, una invasión o una emergencia pública en Estados Unidos. Para ello ha ido montando un discurso y una línea de pensamiento en la cual justificar la medida apelando precisamente a los sectores supremacistas blancos y a la derecha tradicional en Estados Unidos.

Los sucesos ocurridos frente a Casa Blanca en los pasados días, donde en medio de una protesta ciudadana pacífica, bajo órdenes directas del Secretario de Justicia de Estados Unidos y con la presencia el Jefe del “Joint Chief of Staff” de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y con el apoyo de helicópteros de combate en el área se arremetió contra los manifestantes, fue una manifestación más de abuso por parte del gobierno federal. En esta acción también participación agentes del Servicio Secreto y otras fuerzas federales de ley y orden, todo ello para el presidente pudiera ir frente a una Iglesia con una biblia en su mano y montar allí su espectáculo propagandístico. Esto es tan sólo un anticipo de lo que puede venir en semanas siguientes.

Las imágenes de blancos armados con fusiles de alto poder en las calles de ciudades de Estados Unidos, las continuas golpizas a negros por parte de agentes de la policía, los arrestos a civiles negros sin que estén cometiendo delitos, unido al terror que infunden estas acciones, es también parte del avance del fascismo en Estados Unidos. Así se desarrolló la historia en Alemania tras el ascenso al poder de Adolfo Hitler con relación a judíos, comunistas, socialistas, anarquistas, demócratas y disidentes; así se acentuó en el seno del pueblo alemán la ideología de la supremacía aria; así comenzó la tiranía y el desconocimiento de los derechos civiles y humanos bajo el fascismo alemán que llevaron a la muerte a millones de seres humanos a escala global.

Si bien podemos hablar de la pretendida “ignorancia” de un presidente como Donald Trump, hecho del cual en todo caso él se siente orgulloso; no podemos perder la perspectiva que se trata de la “ignorancia” de un ser humano que no sólo es inteligente, sino sobre todo perverso. Se trata de un ser humano que no respeta las propias instituciones de derecho del país que gobierna; que no respeta a la mujer como ser humano ni tampoco a la comunidad LGBTT; que no respeta las minorías étnicas; que aborrece a los negros, a los hispanos y a cualquier extranjero que no sea blanco; que impulsa una clara línea de pensamiento racista y antidemocrático; y finalmente, que profesa hacia otros pueblos una ideología guerrerista, intervencionista y violatoria del principio del derecho a la autodeterminación.

La derechización de la política estadounidense debe además preocuparnos dada la relación de subordinación política que  como puertorriqueños tenemos con Estados Unidos. Cualquier cambio o giro hacia la derecha del gobierno estadounidense y sus efectos inmediatos en la sociedad norteamericana, repercutirán en Puerto Rico. No olvidemos que aquí, entre nosotros, también se encuentran miles de puertorriqueños(as) admiradores de Donald Trump, de las políticas de su gobierno y del Partido Republicano en Estados Unidos, que para nada les vacilará la mano a la hora de iimponer también una cultura de represión y supresión de derechos en Puerto Rico.

El fascismo para nosotros no es una noción lejana sino un reto, quizás mucho más próximo de lo que podríamos haber pensado.