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En Memoria: A Rafael Cancel Miranda: Una luz en el horizonte.

Nota: Como prometimos en la edición especial sobre Rafaelito, seguimos publicando notas que quedaron fuera de ella.
Gracias por su indulgencia
AMF

 

Por Mario Darias Mérida.

La noticia de la muerte siempre es estremecedora, porque significa que alguien se marcha para no volver. Se va de entre nosotros y el sol se transforma en un vacío inesperado, un vacío que no admite pacto de ninguna clase. Un no estar para siempre. Un escape al infinito, a la inmensidad, al sueño negro impalpable que habita en ese único lugar que ha sido siempre un misterio inalcanzable.
Pero también a la muerte se le da lecciones, pues, a pesar de que nos obliga a vivir sin los que se marchan, la hacemos entender que quien deja huellas no se va. Solo indica el camino. No el camino que seguiremos cuando nos toque a nosotros, sino, el camino que dejó en su vida. Ese camino tan difícil de transitar sin manchas, con decoro, con altruismo, con la frente alta, ese camino que se forja con el ejemplo, con la bondad, con la vergüenza personalizada de una esperanza tangible. Ese camino recto, en una sola dirección, sin la más remota sombra de un desvío.
Quienes tuvimos el inmenso privilegio de conocer a Rafael Cancel Miranda, podemos sentirnos satisfechos y agradecidos de la vida. Agradecidos de haber conocido a un ser trascendental, con un coraje a toda prueba y por otro lado dueño de una veraz sonrisa y una mirada profunda y segura donde siempre afloró la patria. Esa pequeña y a la vez inmensa isla de Puerto Rico, engrandecida por hijos como él.
Quienes lo conocimos, estuvimos frente a la dignidad, pero no a una dignidad cualquiera, sino a una dignidad con valentía, con rebeldía, una dignidad de convicciones sólidas, una dignidad transparente, franca, que lo hacía tratar a todos de igual a igual, con una indiscutible bondad llena de modestia, sabiduría y sencillez.
Quien piense que a partir de ahora no estará, se está equivocando. Ahora comenzará otro periplo de la existencia que será para siempre. Se reirá del olvido y estará en cada instante vivo de la naturaleza.
Nuestro primer encuentro con Cancel Miranda, fue en la Misión de Puerto Rico en Cuba el 2 de febrero del 2005. Fuimos invitados por Edwin González a una tarde inolvidable donde compartimos sueños y esperanzas. Nosotros, el Dúo Darias (Ana Irma Ruz y Mario Darias) y Erdwin Vichot en el laúd, también se encontraba nuestro amigo y periodista Pedro Martínez Pírez. Ese día cantamos los textos de Lola Rodríguez de Tió y nos sentimos inmensos por sus palabras de alago a nuestro trabajo y reiterándonos varias veces que se había sentido inmensamente feliz al escuchar los versos de Lola cantados por cubanos.
Cuando estuvimos la primera vez en Puerto Rico, invitados por Danny Rivera, el municipio de Caguas y la Iniciativa Civil Puertorriqueña de San Germán, para presentar el disco DE UN PAJARO LAS DOS ALAS, con la poesía de Lola Rodríguez de Tió, estuvimos con él, era 23 de octubre de 2010, casi acabados de llegar, era en una presentación en Ciales. Ese día nos habló como si fuera un padre, cosa que nos hizo sentir más seguros en nuestras presentaciones.
Nos encontramos también con él un 9 de marzo del 2014 en el Centro de Convenciones de Coamo, Puerto Rico. En ese viaje estábamos invitados por la Cofradía de Escritores de Puerto Rico para presentar el disco EL MAR Y TU con la poesía de Julia de Burgos en su centenario.
En los tres encuentros siempre fue el mismo, nosotros tratando de felicitarlo por esa tremenda capacidad de sacrificio y entrega para su patria y él eludiendo los honores para halagar nuestro trabajo. ¡Así son los grandes! Eternamente sencillos.
Por tanto, con todo el amor en nuestras manos, le enviamos nuestras condolencias a su familia y a todos los que lo quisieron y quieren y para Don Rafael Cancel Miranda, desde Cuba, patria que también amó, un adiós cercano, lleno de afecto y dolor, de luz y semilla, de encuentro y recuerdo, de todo el respeto sincero que le debemos y que también le llegue el agradecimiento eterno por haber dado tanto y sobre todo por enseñarnos que las rodillas no son para caminar.

También se suman al dolor: Ana Irma Ruz Martínez. Catherine y Olga de la Cruz. Erdwin Vichot Blanco.

El CEl COVID 19 en el deporte y en las Olimpiadas

 

Por Javier Guaní Gorbea/Especial para CLARIDAD

En la historia moderna del deporte ha habido ocasiones donde los deportes principales se han paralizado por situaciones de dinero (huelgas) o ataques como lo del 11 de septiembre en las Torres Gemelas de Nueva York. En otras ocasiones, incluyendo en tiempo de guerra, algunos eventos deportivos como los partidos de  beisbol  han servido como un bálsamo para servir de distracción y brindar alegría a  los países en momentos sumamente difíciles de su historia.  Sin embargo nunca antes en la historia se había visto una paralización del deporte  al nivel global  como  la que ha provocado la pandemia COVID 19 o Coronavirus (actualmente están suspendidos todos los deportes principales, tanto a nivel local como internacional) causando un disloque que va desde  las ramas económicas hasta la salud mental y física  de los propios  atletas y la fanaticada . La pandemia, mucho mas allá de la cantidad de gente que ha muerto en tantos países,  ha dejado una cicatriz en todos y todas. Cabe mencionar que al momento más de  una docena de jugadores de la NBA han dado positivo al virus, así como un dirigente de la NFL y muchos otros  en  el fútbol y otras disciplinas. El virus   ha creado la única cosa que el deporte trata de evitar que es la incertidumbre de cómo y cuándo  ocurrirán las cosas. Los  atletas cuando tienen un itinerario hacen  su preparación  en base a eso pero en este momento su bienestar y el de su familia toman prioridad sobre cualquier otra consideración al igual que para el resto del mundo. El virus nos  ha mostrado la parte humana del deporte y su  mortalidad  nos da un recordatorio a todos que no perdamos de perspectiva que  se trata de una competencia deportiva  y que hay cosas mucho más importantes en la vida. Es impredecible saber cuándo volveremos a verlos brillar en canchas y estadios pero queda claro que esta pausa ha tenido un impacto en todos los aspectos de la vida cotidiana de todos y que ser atleta no te exime de ello.

No hay duda que hay que posponer los Juegos Olímpicos

Los Juegos Olímpicos son sin duda el evento deportivo más significativo del mundo y en el que participan mas de 200 países. El Comité Olímpico Internacional (COI) trató por todos los medios de mantenerlos en pie en  la fecha del 24 de julio en la que están supuestas a comenzar. El COI sabe lo que los Juegos representan, no solo a nivel deportivo pero también en términos de identidad nacional para todos  los países. Sin embargo, antes múltiples peticiones de muchos de los participantes y comités olímpicos de diferentes países, finalmente y tras varias semanas de incertidumbre, el COI habló el pasado domingo. El Comité Olímpico Internacional dijo que anunciará en cuatro semanas una decisión final de cómo y cuándo se llevarán a cabo los Juegos de una manera que no se afecten los atletas ya clasificados pero que no ponga en peligro la salud de los competidores . No cabe duda que es  difícil pero me parece que  la decisión correcta  es que estos sean movidos  hasta julio del  2021. Entiendo que eso  sería lo más justo para todos los que ya están dentro  y los que están en busca de la clasificación (que es 43% de los participantes) pues no tendrías que apiñar los eventos clasificatorios que faltan. Si en cambio se moviera a octubre o noviembre de este año, como también se ha planteado pues el Coronavirus podría no haber terminado para esa fecha, se podrían apiñar todos los eventos.  Actualmente  sobre 150 países se encuentran en una situación comprometida por el virus  y eso no le permite a sus atletas entrenar al nivel adecuado para la magnitud de los Juegos  y podría generar la salida de muchos países por motivos de salubridad. No olvidemos que los atletas son la razón de ser de los Juegos Olímpicos y ellos merecen  poderse preparar como se debe para tener un evento de la mas alta calidad posible  una vez salgamos del virus.

 

El desastre perfecto para el capitalismo del desastre

Por Leonardo Boff

La pandemia actual de coronavirus representa una oportunidad única para repensar la forma en que habitamos la Casa Común, la forma en que producimos, consumimos y nos relacionamos con la naturaleza. Ha llegado el momento de cuestionar las virtudes del orden del capital: acumulación ilimitada, competencia, individualismo, indiferencia ante la miseria de millones, la reducción del Estado y la exaltación del lema de Wallstreet: «la codicia es buena» (greed is good). Todo esto ahora está en jaque. Tiene los días contados.

Lo que puede salvarnos ahora no son las empresas privadas, sino el Estado, con sus políticas generales de salud, siempre atacadas por el sistema de «mercado libre» y serán las virtudes del nuevo paradigma –defendido por muchos, y por mí–, del cuidado, de la atención, de la solidaridad social, la corresponsabilidad y la compasión.

El primero en ver la urgencia de este cambio fue el presidente francés, neoliberal y del mundo financiero, Emmanuel Macron. Habló claramente: “Queridos compatriotas, necesitamos sacar lecciones del momento en que estamos pasando, cuestionar el modelo de desarrollo que nuestro mundo eligió hace décadas, que muestra sus fallas a la luz del día, y cuestionar las debilidades de nuestras democracias. Lo que revela esta pandemia es que la salud gratuita sin condiciones de ingresos, historial personal o profesión, y nuestro Estado de Bienestar Social, no son costos, ni cargas, sino bienes preciosos, ventajas indispensables cuando el destino llama a la puerta. Lo que revela esta pandemia es que hay bienes y servicios que deben estar fuera de las leyes del mercado”.

Aquí muestra su plena conciencia de que una economía de mercado, que todo lo comercializa, y su expresión política, el neoliberalismo, son perjudiciales para la sociedad y para el futuro de la vida.

Aún más sorprendente fue la periodista Naomi Klein, una de las críticas más perspicaces del sistema mundial, y que sirvió como título de mi artículo: «El coronavirus es el desastre perfecto para el capitalismo de desastre». Esta pandemia produjo el colapso del mercado de valores (intercambios), el corazón de este sistema especulativo, individualista y anti-vida, como lo llama el Papa Francisco. Este sistema viola la ley más universal del cosmos, de la naturaleza y el ser humano: la interdependencia de todos con todos; que no hay ser, mucho menos nosotros los humanos, como una isla desconectada de todo lo demás. Además, no reconoce que somos parte de la naturaleza y que la Tierra no nos pertenece para explotarla a voluntad, sino que pertenecemos a la Tierra. En opinión de los mejores cosmólogos y astronautas, que ven la unidad de la Tierra y la Humanidad, somos esa parte de la Tierra que siente, piensa, ama, cuida y adora. Sobreexplotando la naturaleza y la Tierra, como lo estamos haciendo en todo el mundo, nos estamos dañando, y nos estamos exponiendo a sus reacciones, incluso a los castigos que nos impone. Es una madre generosa, pero puede enfadarse y enviarnos un virus devastador.

Apoyo la tesis de que esta pandemia no puede combatirse sólo por medios económicos y sanitarios –que siempre serán indispensables–. Lo que nos exige es cambiar el tipo de reacción que tenemos con la naturaleza y la Tierra. Si, después de que la crisis ha pasado y no hacemos los cambios necesarios, la próxima vez, puede ser que sea la última, ya que nos convertimos en enemigos de la Tierra, y puede que ya no nos quiera aquí.

El informe del profesor Neil Ferguson en el Imperial College de Londres declaró: «este es el virus más peligroso desde la gripe H1N1 de 1918. Si no hay una respuesta inmediata, habría 2’2 millones de muertos en Estados Unidos y 510.000 en Reino Unido». Esta declaración fue suficiente para que Trump y Johnson cambiaran de posición de inmediato, comprometiendo tardíamente grandes sumas para fortalecer a la población. Mientras, en Brasil, al Presidente no le importa, trata el asunto como una «histeria» colectiva, y en palabras de un periodista alemán de la Deutsche Welle: «Actúa criminalmente. Brasil está dirigido por un psicópata, y el país haría bien en deponerlo tan pronto como sea posible. Habría muchas razones para ello”. Esto es lo que el Parlamento y el STF, por amor a la población, deberían hacer sin demora.

La hiper-información y las apelaciones en los medios no son suficientes. Eso no nos mueve a cambiar el comportamiento requerido. Tenemos que despertar nuestra razón sensible y cordial. Superar la indiferencia y sentir el dolor de los demás con el corazón. Nadie es inmune al virus. Ricos y pobres, tenemos que mostrar solidaridad entre nosotros, cuidarnos personalmente y cuidar a los demás, y asumir la responsabilidad colectiva. No hay puerto de salvación. O nos sentimos humanos, co-iguales, en la misma Casa Común, o nos hundiremos todos.

Las mujeres, como nunca antes en la historia, tienen una misión especial: ellas saben sobre la vida y los cuidados necesarios; pueden ayudarnos a despertar nuestra sensibilidad, hacia los demás y hacia nosotros mismos. Ellas, junto con los operadores de salud (personal médico y de enfermería) merecen nuestro apoyo sin restricciones. Cuidar a quien nos cuida, para minimizar los males de este terrible asalto a la vida humana.

Reproducido de www.alainet.org

Necesidad de cambiar de rumbo

 

Por Luis Armando González

La situación, verdaderamente crítica, generada por el Coronavirus invita a una reflexión sociológica (y ética) acerca de los hábitos sociales-culturales y las concepciones económicas predominantes, pues son ambas las que están siendo desafiadas por la propagación de ese virus y también por las medidas sanitarias que esa propagación exige. Aparte de los aspectos especializados –biológicos y médicos— del fenómeno, lo que es evidente es que el virus se contagia con facilidad pasmosa y que cualquier persona, aunque sea fuerte, joven o no pertenezca a grupos poblacionales en riesgo, puede ser invadida y convertirse en una transmisora de este. De esta evidencia, directa y simple, se sigue una consecuencia que choca con los hábitos sociales y culturales y con las concepciones económicas predominantes, cual es que las personas deben quedarse en su casa, reduciendo al mínimo el contacto con terceros.

Comenzando con los hábitos socio-culturales predominantes, han salido a relucir los déficits en valores como la prudencia, el autocontrol e incluso la soledad, lo mismo que lo erosionadas que están las formas de convivencia cercanas, familiares y comunitarias, pero referidas estas últimas al espacio social que rodea el entorno familiar. La masificación consumista, con gente acostumbrada –desde hace unas tres décadas— a realizar una parte de su vida fuera del ámbito familiar-comunitario, ha sido contraproducente a la hora de ponerle freno a un virus que, como se anotó, se propaga con suma facilidad a través del contacto interpersonal.

Insistir en el individualismo privatizador y posesivo, como rasgo cultural y económico de nuestro tiempo, hizo de perder de vista aspectos más sutiles de la cultura (y la economía) actual, como por ejemplo el hecho de que lo privado se ha diluido en lo público-masificado. O sea, lo privado –o lo que se considera tal— es una simulación, pues las personas están volcadas (o expuestas) incluso en sus momentos más íntimos a un público difuso, anónimo y masificado. Los grandes centros comerciales, los complejos turísticos y los parques temáticos son, en lo físico, los espacios en los que las personas realizan su “individualidad”. En el ámbito virtual, lo son las llamadas “redes sociales” que, naturalmente, no colman las ansias de quienes sienten que sin el gregarismo no pueden ser felices. Está tan arraigada, en la conciencia, las emociones y los hábitos de muchas personas esta forma de vivir que la idea de tener que quedarse en casa sonó (y suena) como una gigantesca locura. Gobiernos desbordados por la crisis sanitaria, como el de España, han tenido que emplearse a fondo para obligar a las personas a quedarse en casa.

En cuanto a las concepciones económicas predominantes, fuertemente productivistas, nada más difícil que aceptar que empleados y trabajadores se queden en casa. Lo primero que seguramente asaltó la mente de empresarios, ejecutivos y directores gerenciales fue lo que se perdería en términos de ganancias si la gente dejaba de ir al trabajo. Hicieron caso omiso de la lógica económica más simple que indica que cualesquiera sean los costos que suponga que empleados y trabajadores dejen de laborar (incluso en el caso límite que no hagan nada en casa), mientras dura la crisis, esos costos siempre serán menores que los costos implicados en una propagación masiva del virus, pues a la pérdida de horas laborales de los afectados habrá que sumar los costos médicos para su recuperación y la de las personas contagiadas por ellos.

En algunos países, esta lógica ha terminado por imponerse, ante la arremetida una realidad biológica que no tiene en consideración los ruegos y sueños de los seres humanos. En otros, está costando tomar decisiones que, desde todo punto de vista, son las que se tienen que tomar. Desde la visión económica establecida, nada más chocante que enviar a alguien a su casa, con su salario garantizado, sabiendo, casi con total certidumbre, que no hará nada productivo para la empresa o institución para la cual labora. Desde esa visión, lo mejor es seguir ejerciendo el control de siempre, en el lugar de trabajo, sobre trabajadores y trabajadores, especialmente si estos no pertenecen a un grupo poblacional en riesgo. Pues bien: esa visión es contraproducente con la dinámica expansiva del Coronavirus. Ya se dijo, pero hay que rematarlo: es un virus que puede ser propagado por cualquier persona, incluso aunque ésta sea joven, sana y fuerte. Y es probable que una persona sana, fuerte y joven no caiga en una situación de salud crítica, pero si entra en contacto con familiares vulnerables –hijos, hijas, padres, abuelos— lo más probable es que los contagie.

Evitar males mayores significa hacer a un lado la visión económica predominante. España e Italia, por lo que indican las noticias al respecto, se han visto forzadas a ello, obligando a las personas que se queden en casa sin más propósito que el de detener la propagación del virus. Consideraciones económicas inmediatas han pasado a segundo plano, poniendo en su lugar una visión de supervivencia humana que es la justificación última de cualquier decisión económica. Y es que ninguna economía es posible, ni tiene sentido, con una población diezmada y agonizante. Esta es una lección que no conviene olvidar en esta crisis suscitada por el Coronavirus.

Pero también, cuando pase la crisis, será bueno que se reflexione acerca de lo desencaminadas que andan nuestras sociedades, nuestra cultura y nuestra economía. El consumismo masificado y el productivismo economicista no deberían ser identificados con la felicidad plena. Son parte del mundo actual y abren posibilidades de realización a las personas, pero deben ser controlados por los Estados y las sociedades, pues si están desbocados atentan contra la felicidad y el bienestar más cercanos a lo vital, como lo son la salud, la alimentación, el sueño y las relaciones cara a cara con quienes no son cercanos. Que es posible un cambio de rumbo, en los hábitos, costumbres y visiones de la vida, lo vemos en estos días en nuestro país, El Salvador. Es de desear que, cuando todo esto pase, no retomemos el camino, realmente pernicioso, del consumismo y el productivismo desbocados.

 

Reproducido de alainet.org

El autor es Licenciado en Filosofía por la UCA. Maestro en Ciencias Sociales por la FLACSO, México. Docente e investigador universitario. 

Brasil: Por si fuera poco, una crisis con China

 

Por Eric Nepuceno

En un solo día, el viernes 20, Brasil vivió una formidable secuencia de turbulencias: el número de casos confirmados de coronavirus se acercó a mil, se constató que el crecimiento ocurre a una velocidad comparable al registrado en Italia al principio del surto, el ministro de Salud Luiz Henrique Mandetta anunció para abril un “colapso” en el sistema público del sector, el gobierno divulgó su nueva proyección de expansión de la economía para cero por ciento y el ultraderechista presidente Jair Bolsonaro afirmó que “por ahora” decretar el estado de sitio «no está en nuestro radar”.

Aprovechó para recordar, con todas las letras, que en caso de que se llegue a esa necesidad, no habría dificultades para implementarla (dependería de aprobación por parte del Congreso, pero siempre existe la salida de un autogolpe sin más demoras).

Impacta que un capitán retirado del Ejército por actos de indisciplina diga todo eso cercado por generales de variadas estrellas, algunos en actividad, la mayoría en retiro, sin que a ninguno de ellos se les ocurra la necesidad de manifestarse. Lo ideal, que sería hacer callar al despotricado presidente, no ocurrirá tan temprano. Pero el silencio es inquietante y estruendoso.

Es decir: una economía colapsada (analistas del mercado financiero hablan claramente de una recesión de hasta el 4%), sistema de salud colapsado, y la democracia, en manos de un ultraderechista desequilibrado, acercándose al colapso. Y no hay salida a la vista.

Todo eso en un solo día sirvió para ocultar otro campo de crisis: Bolsonaro intentó hablar por teléfono con el presidente chino, Xi Jinping, quien se negó a atender la llamada.

El motivo: hace unos días el diputado nacional Eduardo Bolsonaro, uno de los tres hijos hidrófobos del presidente, divulgó por tweet mensajes durísimos acusando a China de ser responsable por la pandemia del coronavirus y, de paso, pidió que se instale un régimen de libertad en el país.

De inmediato el embajador chino en Brasil, el veterano diplomático Yang Wanming, emitió una nota contundente, diciendo que Eduardo, que integró la comitiva del papá a Florida, volvió del viaje contaminado por un “virus mental”.

Se trató de una mención casi explícita al vasallaje de Bolsonaro frente a su mito Donald Trump, alineándose de manera radical con la política de Washington de confrontación con China.

Le tocó entonces al ministro de Aberraciones Exteriores (perdón: Relaciones), el patético Ernesto Araujo, entrar al ruedo. En un comunicado oficial sin nexo ni lógica, exigió que el embajador chino pidiese disculpas al gobierno brasileño. Veteranos diplomáticos en actividad se sorprendieron y se asustaron con el tono de la nota de su jefe, absurda en todos los sentidos.

Y para no dejar dudas sobre la gravedad del caso, la negativa del presidente chino a hablar por teléfono con su desequilibrado par brasileño elevó la temperatura a niveles más que preocupantes.Lo que se comenta por aquí es que mientras el diputado Eduardo Bolsonaro no pida disculpas por sus enloquecidas palabras, la tensión no hará más que subir.

Los chinos – la tan nombrada paciencia china… – sabrán esperar. El problema es si Brasil podrá esperar. Además de ser el país que ofrece al gobierno de Bolsonaro el mayor superávit comercial, China es un país clave para la economía brasileña, gracias a sus pesadísimas inversiones en Brasil. En términos de comercio exterior, basta un ejemplo: el mercado chino es el destino de 78 por ciento de las exportaciones brasileñas de soja. Perder ese mercado hundiría de manera tenebrosa la ya muy caótica economía del país presidido por ese esperpento.

¿Más? Sí, sí, hay más.

Varios gobernadores, principalmente de estados del nordeste, piden ayuda a China para dar combate a la pandemia en su región, que es muy pobre. Piden no solo equipos, como respiradores artificiales, sino directamente ayuda médica, medicinas incluidas.

Bolsonaro también pierde precioso tiempo en guerrear a los gobernadores de los dos principales estados brasileños, San Pablo y Rio de Janeiro. Los critica duramente porque adoptaron medidas de combate a la circulación de gente, determinando cuarentenas domiciliares. Dice que, con eso, ambos perjudican a la economía. El país, rigurosamente convulsionado por un acumulado de crisis absolutamente sin precedentes, tiene como presidente a semejante aberración.

Con 40 por ciento de la fuerza laboral trabajando en condiciones precarias, con – en Rio de Janeiro – poco más de dos millones de moradores en “favelas”, o sea, villas miserables en que lo común es hasta seis personas acumuladas en poco más de treinta metros cuadrados, nadie sabe prever la dimensión del genocidio que podrá ocurrir.

Se calcula que en todo Brasil alrededor de veinticinco millones de personas viven en situación semejante, en los grandes centros urbanos. Vivimos en un mundo a la deriva. Y en ese mundo,Brasil es presidido por un energúmeno sin rumbo.

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