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Motherless Brooklyn un impactante film noir

María Cristina / En Rojo

Director y guionista: Edward Norton; autor: Jonathan Lethem; cinematógrafo Dick Pope; elenco: Edward Norton, Gugu Mbatha-Raw, Bruce Willis, Alec Baldwin, Willem Dafoe, Bobby Cannavale, Michael Kenneth Williams, Ethan Suplee, Cherry Jones, Dallas Roberts, Leslie Mann, Josh Pais, Fisher Stevens, Peter Gray Lewis, Robert Wisdom
Motherless Brooklyn, que pudiera traducirse como “el desmadre en Brooklyn” o “cada cual por su lado”, puede situarse fácilmente entre los mejores del género de film noir, esos filmes en blanco y negro de los años de 1940, de detectives “shady” (conocen la ley pero no la siguen y saben evadirla) interpretados de manera alucinante por Humphrey Bogart (The Maltese Falcon-1941 y The Big Sleep-1946), luego en 1974 por Jack Nickolson en Chinatown (Roman Polanski) y en 1995 por Denzel Washington en Devil in a Blue Dress (Carl Franklin). Estos filmes de historias de crímenes/desapariciones/secuestros que investigan unos sujetos con oficinas casi vacías y con necesidades de dinero todo el tiempo, parece que suceden en la noche e interiores aunque de vez en cuando salga el sol. Puede haber corrupción en altas esferas y personajes marginados y otros sospechosos, pero siempre los secretos—que nadie interesa revelar pero que son usados como agente persuasivo—tienen a una mujer en su centro. El excelente y laureado actor Edward Norton (Primal Fear, American History X, Fight Club, The Score, 25th Hour, The Painted Veil, Pride and Glory, Moonrise Kingdom, The Grand Budapest Hotel, Birdman) escribe, dirige y protagoniza este film noir situado y sorprendentemente montado con una escenografía de la década de 1950.
Lionel Essrog es de esos personajes cuyo pasado es muy borroso y sin interés en revivirlo y cuya familia en el presente no es sanguínea sino de amistad y mentoría. Por eso trabajar en la agencia de investigación de Frank Mina, junto a Tony, Gilbert y Danny le da a Lionel sentido a su vida y por eso se entrega enteramente a la investigación que le asignan y no sabe cómo parar, aunque el peligro lo rodee. Lionel tiene una aflicción cerebral que se conoce como “Síndrome de Tourette” y que a través de la serie de TV “Monk” se volvió muy conocida. Lionel tiene múltiples tics y exabruptos vocales que nadie entiende y que no le permite enfocar a menos que repita continuamente las instrucciones que le dieron. Lo que sí puede hacer mejor que cualquiera en la agencia es recordar cada palabra que Frank Mina le dice, aunque para los otros no parezca tener sentido.
Mientras los otros empleados de la agencia solo quieren seguir adelante cuando ya Frank no está a la cabeza, Lionel sigue pistas que pueden ser una malinterpretación de palabras o sencillamente un callejón sin salida. Con ese empecinamiento que lo caracteriza visitará oficinas vecinales y municipales, bares y lugares nocturnos en Harlem a pesar de que su presencia se vuelva sospechosa como el único blanco en estos lugares. Recibirá golpes, no conocerá a la mayoría de los que se acercan, permanecerá solo en esta investigación, pero a pesar de sus movimientos bruscos, sus gritos llamativos y su nerviosismo al estar en lugares cerrados entre extraños, descifrará el entretejido que conecta a Frank y los otros personajes. Como todo film noir habrá dos mujeres: en este caso Julia, la esposa de Frank, y Laura Rose, la joven misteriosa y nocturna. Son fuertes, decididas y sin doblegarse ante un hombre (pueden amarlo, pero ellas dictan los términos).
La intensidad de la actuación de Edward Norton—ya sea como alguien siniestro con una vena criminal oculta como en Primal Fear, o forcejeando con los grandes (De Niro y Brando) como en The Score o en papeles supuestamente pequeños como en Frida y Moonrise Kingdom—hace del personaje de Lionel Essrog un ser humano tan sensible que queremos conversar con él, protegerlo y hasta decirle que tocar a alguien en el hombro, el pelo o la mejilla no es solamente un síntoma de su aflicción, sino una expresión de afecto. Como director logra excelentes actuaciones de probados actores en apariciones breves como lo son Willis, Baldwin, Dafoe, Cannavale y cada escena es un cuadro que avanza la historia/investigación de corrupción de todo tipo, pero especialmente lo político. La sorprendente cinematografía está a cargo del británico Dick Pope quien se ha distinguido por su trabajo con el también británico, Mike Leigh (Secrets & Lies, Vera Drake, Peterloo, Mr. Turner, All or Nothing).

PEPITA DE ORO

E. S. Ortiz-González

Está el judío en la frontera,
en su bolsillo guarda una pepita de oro.
Frente a él, está el guardia aduanero.
En silencio el judío saca la pepita de oro,
su pasaporte más preciado.
En un solo movimiento el aduanero recibe la pepa,
la sopesa y mete en el bolsillo,
ladea la cabeza permitiendo el paso antes denegado.
El judío cruza la frontera sin mirar hacia atrás,
so pena de sufrir el castigo de la mujer de Lot.

Walter Benjamin se suicida
mientras espera el permiso para poder cruzar hacia España.
En una de sus narraciones,
Franz Kafka
cuenta el devenir de un personaje con un guardia ante una puerta,
ante la Ley y su custodia.
Benjamin huye del horror,
K. se coloca delante una puerta.
La espera a la autorización para poder cruzarla
se vuelve una grafía secreta, privada, del horror.
Benjamin se suicida
ante el miedo de ser capturado y finalizar en los hornos crematorios.
En tanto, K. muere esperando la concesión –la gracia–
de poder cruzar una puerta
que al final descubre que siempre estuvo allí para que la cruzara.
En el cuento de Kafka,
K. busca por todos los medios, soborno incluido,
de lograr conmover al guardia ante la puerta,
y le permitiera el paso. No tuvo éxito.
Nunca intentó cruzarla.

Franz Kafka muere de tuberculosis
un año antes de que el régimen nazi subiera al poder.
Kafka escapa. Sus hermanas no tuvieron la misma suerte.
Tampoco los cuentos que terminaron en la pira nazi,
o los que Kafka confió a las manos de Dora Diamant,
y quien, al contrario de Max Brod,
sí llevó a cabo la petición de quema de esos textos.

Sobre Benjamin, la autorización a cruzar llega tarde.
Se sabe que sólo llevaba sus escritos consigo en un maletín,
como quien carga en secreto una pepita de oro.

Nueva directora del Centro de Estudios Martianos de La Habana

Silvia María Alberti Cayro / Especial para En Rojo

David Leyva González, Investigador y Coordinador académico del Anuario del Centro de Estudios Martianos, nos hace llegar la noticia en el Portal José Martí, www.josemarti.cu, y comenta que después de catorce años de intenso y fructífero trabajo la Dra. Ana Sánchez Collazo culmina su etapa como directora del Centro de Estudios Martianos.
Grande es el agradecimiento de todos los martianos por su entrega y amor a esta insigne institución. Bajo su dirección se rescataron los valores patrimoniales de la casona de Calzada, esquina a 4 (antiguo hogar de José Francisco Martí Zayas-Bazán y María Teresa Bances), se actualizaron y regularizaron, además, las entregas del Anuario del Centro de Estudios Martianos. Se publicaron más de 20 tomos de la Edición Crítica de las Obras Completas de José Martí, se creó el portal web josemarti, se desarrollaron aplicaciones y una muy solicitada biblioteca martiana para smartphones. Se impulsó grandemente el trabajo editorial y docente; y muchas de las investigaciones salidas de los departamentos de Literatura, Historia y Edición Crítica alcanzaron importantes premios y lograron promoverse en libros y cursos de postgrados.
Felicidades deseamos a la Dra. Ana Sánchez Collazo por tan destacada labor y, porque quienes tuvimos el privilegio disfrutar de su voz y entonación, -toda pasión y compromiso-, en eventos dedicados a homenajear al Maestro, no podremos olvidarla. De ella hay que hacer énfasis –como rasgo de su personalidad y de su ejecutoria al frente de la institución–, su atención solidaria a las necesidades de cada trabajador en los momentos más difíciles.
Además, el investigador Leyva González hace referencia a que en el acto de despedida ante sus trabajadores asistieron el director y subdirector de la Oficina del Programa Martiano: Abel Prieto Jiménez y Héctor Hernández Pardo.
La nueva Directora del Centro de Estudios Martianos es la Dra. Marlene Vázquez Pérez –presentada por el Dr. Héctor Hernández Pardo–, hace veinte años que labora en la institución, primero como directora de la Biblioteca Especializada y luego como investigadora titular del Departamento de Edición Crítica.

Con gusto andaremos el camino trazado por ella ante nuevos estudios martianos con la seguridad de que ha de ser artífice y conductora de nuevas metas con sus respectivos logros, en aras de difundir, para el orbe, la inmensidad de la obra martiana, por su alcance y por la vigencia de sus ideas.

La autora es Investigadora independiente de la vida y obra de José Martí
Comentarios asilviamalberti@gmail.com

En una ciudad llamada San Juan

René Marqués

You don’t belong with them, and you know it.
But me, I belong with them, but I don’t; see?
Eugene O’NEILL (The Hairy Ape)

Las campanas de San Agustín sonaron nítidas bajo la noche adormecida de estrellas: las tres de la madrugada. Le dio un tirón a los faldones de la chaqueta, respiró hondo y miró al cielo. A sus espaldas languidecía el cornetín del combo en el Palladium.
Había bebido mucho, pero estaba sereno. Sería mejor decir sobrio. Sereno no. No podía estarlo sintiendo otra vez la urgencia de no comprometerse en un mundo angustiosamente comprometedor. E hizo un esfuerzo por no preocuparse demasiado.
Lástima que de día no brillen las estrellas. (La noche es buena.) Deberían brillar siempre las estrellas. (La noche es libre.) El sol es cruel matando las estrellas. (La noche es vida.)
Sin saber por qué pensó en Dios. No el Dios católico y manso rezagado allá, en algún rincón de su infancia, sino el Dios protestante y bíblico de voz atronadora: ¡Hágase la luz! Y la luz se hizo. Pero él no podía soportar la luz. Porque la luz cegaba y comprometía. Era mejor la penumbra del Palladium que daba a su ser la sensación de fuerza que no experimentaba afuera. Porque afuera se sentía inerme: una sombra más en aquella ciudad llamada San Juan. A cuya entraña pertenecía y en cuya entraña se sentía ajeno. ¿Por qué volvía a ella siempre? ¿Por qué esta peregrinación anual a la ciudad que le acunó y le dio vida y a la cual, sin embargo, de modo irracional, no podía considerar suya? Era como una búsqueda de sí. Como si esperase algún día encontrar en ella su raíz propia o su sentido. ¿Pero cómo encontrar la raíz si sabía que premeditadamente se mantenía ciego y sordo a la realidad? ¿Cómo dar con el asidero si sus manos se mantenían laxas, impotentes para el gesto salvador de agarrarse a su circunstancia y exprimirla, torturarla, hasta obtener de ella su más íntima autenticidad? Había en él como una oscura conciencia de que solo se encontraría a sí mismo descubriendo, de algún modo, el sentido oculto de la ciudad. Y esbozaba las interrogaciones: ¿Por qué San Juan reía sin querer, por qué mostraba aquel vacío en medio del bullicio, por qué había en ella una falla fundamental que no la hacía ser ciudad, verdaderamente ciudad? Y las preguntas rebotaban de San Juan a él. Y era él quien interrogaba, no sobre la ciudad, sino sobre sí mismo. ¿A qué precio puede la sombra de un hombre llegar a ser un hombre? Y pensaba que quizá era preciso asumir responsabilidades, comprometerse. Pero la idea era aterradora. Y la rechazaba de modo sistemático.
Echó a andar hacia la avenida Muñoz Rivera. Y una vez más sintió la molestia del revólver. ¿Cómo se las arreglaba su cuñado para cargar un arma sin tener conciencia de la misma? Si vas al Palladium mejor lo llevas. Últimamente se arma cada lío… Total, él nunca había necesitado usar un artefacto como ese. Pero no quiso mostrar aprensión alguna a su cuñado. Está bien. Lo llevaré. Ahora tomaría el autobús de regreso hasta la Plaza de Colón. Otra noche que terminaba bien. Llegaría temprano a La Perla. Solo las tres de la madrugada. Se metería en cama callandito. Era preciso no despertar a los sobrinos. A las ocho estaría en el aeropuerto. Solo unas horas más, y otra vez en Nueva York. Hasta el año próximo. Buena planificación: trabajo en la urbe, vacaciones en San Juan.
Sonrió al cruzar la avenida Muñoz Rivera. Dormiría de un tirón el resto de la madrugada. En la parada de autobuses esperaba un infante de Marina. El alumbrado potente de lámparas de mercurio se tragaba la luz parpadeante de las estrellas. La figura inmóvil del hombre en uniforme hacía resaltar aún más la soledad iluminada de la avenida. Al acercarse, notó que tenía un cigarrillo apagado en los labios.
–Got a match?
Estaba demasiado absorto para percibir la brusquedad de aquella petición. Extrajo con ademán automático la cajetilla del bolsillo y, formando una pantalla con sus manos ahuecadas, encendió el fósforo. Luego lo acercó solícito al rostro del extraño. Mientras el otro encendía, tuvo una súbita sensación de incomodidad. Conocía aquella cara. De pronto lo supo: en la casi oscuridad del salón de baile del Palladium, el hombre que había intentado arrebatarle su pareja. Lo recordaba junto al bar, al pie del gran diablo rojo pintado en la pared. En fin, un incidente sin importancia. Pero ahora su mano temblaba ligeramente y la llama del fósforo llegó a rozar la barbilla nítidamente afeitada. El otro echó la cabeza hacia atrás.
–Nervous, spic¹?
El insulto le tomó desprevenido. Tanto, que creyó haber oído mal. Era posible que el hombre hubiese emitido un sonido similar. Stick, quizá. O slip. Nick o Dick también. Guardó rápidamente la cajetilla de fósforos en el bolsillo de la chaqueta, sintiendo que la cara le ardía. Se alejó del marino y se puso a mirar obstinadamente en la dirección en que habría de aparecer el autobús. Pero era estúpido. La avenida estaba desierta. El autobús no aparecería más pronto porque él mirase en aquella dirección.
Necesitaba concentrar en algo. Y pensó en el rostro infernal de aquel diablo rojo pintado en la pared del Palladium. Sin embargo, la figura diabólica del mural estaba ya relacionada con el marino rubio. Hizo un esfuerzo y rechazó la imagen. Resultaba imposible no pensar. Al menos era preciso encauzar sus pensamientos hacia algo inocuo. Y, de un modo absurdo, se puso a calcular su relación, en aquel instante, con la geografía del lugar.
Estaba de pie en la acera norte de la avenida Muñoz Rivera. A su espalda, el mar (podía oír cada marullo gemir un largo chaas sobre la arena). Frente a él, más allá de la avenida, las luces rojas de neón: Palladium. A su derecha, bajo el poste… el infante de Marina. ¡Cuán fútil tratar de ignorarlo! Era parte de su mundo. No quiso mirarle, sin embargo, y se volvió hacia la izquierda. Casi de inmediato, sintió los pasos.
Sintió los pasos a sus espaldas, lentos, pesados (el tacón: tac, primero; luego la suela sha). Aguantó la respiración. Deseó volverse, pero hizo un esfuerzo bestial por mantenerse inmóvil. Si se daba vuelta podría creerse que tenía miedo. Por otro lado, un gesto suyo, un gesto cualquiera, resultaría quizá comprometedor. Permaneció rígido, la mirada perdida en el vacío, los nervios como radares múltiples: tac–sha, tac–sha, tac… El otro se había detenido. Hubo un silencio eterno de solo unos segundos. Luego los pasos, alejándose esta vez, premeditados siempre, tac–sha, tac–sha, exasperantes. Al fin, otro silencio… Nada. Solo el chaas largo de los marullos sobre la arena. Pero sabía que estaba allí, otra vez bajo el poste. Y el autobús no llegaba.
Hizo un nuevo esfuerzo por concentrar su atención en algo ajeno a la figura cuya presencia silenciosa pesaba tanto sobre su nuca. Echó una mirada en derredor y descubrió, muy cerca de él, clavado en el césped que bordeaba la acera, un pequeño letrero amarillo. Las letras eran negras. Leyó rápidamente: Federal property.
De primera intención no le encontró sentido a aquello. Pero luego comprendió. El césped era propiedad federal. También la playa, a sus espaldas. En cambio, la acera era propiedad insular. Volvió a pensar en términos geográficos. Imaginó, como en una vista aérea, la isleta de San Juan. Y entendió por vez primera algo que jamás se le había ocurrido. Fue como el chispazo de una revelación. Su ciudad estaba sitiada: La Puntilla, Isla Grande, La Aduana, Casa Blanca, El Morro, San Cristóbal… Y allí, toda aquella costa donde los marullos reventaban para morir en la arena con un largo y manso chaaaas. Y el césped: Federal property. Casi sin proponérselo, dio un paso atrás. Y no pudo menos que sentir una sensación extraña. Porque ahora él, como un coloso de la edad heroica, pisaba simultáneamente dos mundos: el césped y la acera. Y la avenida, desierta. El autobús no llegaba.
Oyó risas y vio salir dos mujeres del Palladium. Casi simultáneamente percibió el otro sonido. Era inconfundible. Sin embargo, no pudo menos que dar la vuelta para cerciorarse. En efecto, era eso. Sintió una mezcla de rubor e indignación. ¿Por qué? Al fin y al cabo… No era el acto en sí. Pero el lugar. Detrás estaba la playa en penumbras. Hubiera podido… De todos modos era la actitud. El infante de Marina estaba en el borde del césped y desde allí orinaba ruidosamente sobre la acera. El chorro era ya un torrente que bajaba por el concreto, amenazando sus pies. Las mujeres del Palladium se acercaban. Y sentía el chorro escandaloso, irritante: el caudal extendiéndose, avanzando hacia él, más próximo, más próximo. De pronto, el hecho pequeño y específico fue transformándose a sus ojos en algo monstruoso, hecatómbico, como si una fuerza arrolladora hubiese invadido la ciudad e intentase arrasarlo todo, todo.
–You shouldn’t do that here –advirtió en voz que quiso hacer reposada mientras retrocedía para salvar sus pies. El infante de Marina sonrió, acercándose a él.
–Who cares?
Y de modo imprevisto, sin motivo, sin lógica, las dos manazas se alzaron al unísono.
–Who cares about nothing in this fucking city?
Los labios, inexplicablemente, sonreían. Y las dos manazas fueron a estregarse en la cara color canela.
Nada que pudiera compararse a un golpe, por leve que este fuera. Ni el más ligero arañazo. Un simple manoseo, sin presión ostensible, como si los dedos impuros untaran sobre la piel, casi con suavidad, un ungüento inexistente.
Y, sin embargo, jamás había experimentado desgarrón tan espantoso. Era como si de súbito un ser terrible le hubiese arrancado de un tirón todos sus atributos humanos. Y le pareció que, en efecto, una fuerza avasallante estaba ante él clamando por la destrucción de su ciudad, y por la suya propia, intentando convertirle en materia infrahumana, en cosa u objeto; mineral, vegetal quizá. Y sintió agónicamente la urgencia de evitarlo, de salvar a San Juan salvándose él. Aunque no tenía noción alguna de cómo lograrlo.
Instintivamente, su mano izquierda había rechazado la agresión, empujando brutalmente el cuerpo del ente (diablo rojo o dios destructor), mientras con ademán simultáneo, absurdamente pueril en su automatismo, la mano derecha buscaba el pañuelo para limpiar el rostro afrentado. Y sus dedos, en el bolsillo donde guardaba el pañuelo, tropezaron con algo duro y frío, suave al tacto, y, sin embargo, frío y duro como es el mineral, aunque no percibió tanto su frialdad ni su dureza porque él también, en el instante mismo del contacto con el objeto, se sintió objeto, duro y frío, mineral en fin.
Por eso, cuando las manazas inmundas se alzaron de nuevo para completar la destrucción (¿la suya?, ¿la de San Juan?), su mano (la suya propia), dura y fría bajo la luz potente de las lámparas de mercurio, produjo aquel ruido espantoso, que era igual al que produjera Dios (el soberbio y tonante) cuando dijo: ¡Hágase la luz! El mismo ruido de espanto metafísico que estremeciera al mundo cuando Dios (el triste, el melancólico) sopló sobre un puñado de barro y murmuró acongojadamente: Eres el Hombre. Y ante el ruido de la mano mineral, el dios diabólico trocose en fardo y doblose en dos, cayendo la parte superior de su cuerpo sobre la grama (¿por qué ahora roja?) y la parte inferior (la inmunda, con su indecencia al aire) sobre la acera gris.
Él vio el cuerpo inerte iluminado por los faroles de un autobús largamente esperado y supo que su mano era de nuevo humana porque estaba temblando, y la sintió empapada en sudor. Y a sus oídos llegó el taconeo de dos mujeres que huían despavoridas. Y su conciencia percibió la totalidad del hecho: No era ya objeto, no era cosa mineral o vegetal, no era animal siquiera. De pie, entre el mundo de la playa y el mundo de la avenida, era, irremediablemente, un hombre. Un hombre de pie frente al sentido revelado de su ciudad. Y un autobús jadeante que ha detenido su marcha. Y una ruta única marcada en el costado sangrante del autobús.

Taller Malaquita más que un espacio de arte en Santurce

Por Gabriela Ortiz Díaz / Especial para En Rojo

La malaquita es un mineral secundario de cobre que sirve para amplificar tanto las energías positivas como las negativas. Una de sus propiedades es absorber fácilmente las energías negativas del cuerpo, por lo que se considera una piedra protectora y sanadora.
Pero también es el nombre seleccionado por consenso para designar el Taller Malaquita en Santurce, un espacio en la calle Condado, esquina Ribot, conducido por un grupo de mujeres jóvenes egresadas, en su mayoría, de la Escuela de Artes Plásticas de Puerto Rico y dedicadas a distintas formas de hacer arte.
El color verde turquesa que exhibe naturalmente el mineral advierte al visitante que ha llegado al taller. De igual forma, varios murales pintados en paredes aledañas y el olor a café. Según dos de las artistas integrantes y cofundadoras, Rosenda Álvarez Faro y Zuania Minier, el café es parte esencial de la convivencia en el espacio, por lo que los vecinos de la comunidad santurcina o los visitantes del taller son invitados a tomar café.
Hace dos sábados, En Rojo llegó hasta allí para presenciar una de las exposiciones que ha organizado la colectiva, que suma 19 mujeres entre integrantes, cofundadoras, artistas asociadas, artistas residentes y colaboradoras invitadas. Tazas en manos, hablamos sobre los orígenes del lugar y sobre lo que han logrado hacer desde el taller por los pasados tres años.
De hecho, el próximo miércoles, 11 de diciembre de 2019, a partir de las 6:00p.m., celebran en conjunto dos eventos: el cierre de la exhibición colectiva “Los Males Quita” y el tercer aniversario de la fundación del taller, un almacén con techo de zinc transformado en color desde diciembre 2016.
Para Rosenda y Zuania, la malaquita es “una piedra diversa, rara, preciosa, una calcificación del cobre que varía en términos de color desde los verdes más claros hasta los más oscuros. Es tóxica cuando se inhala el polvo. Tiene muchas propiedades, como por ejemplo, “los males quita”. Es una piedra de protección y para mantener puro, limpio y con buena energía un espacio”.
Así que quisieron nombrar el taller como la piedra preciosa para que quedaran asociadas las propiedades de esta con lo que, para ellas, hace el arte: “el arte tiene propiedades sanadoras tanto para quien crea como para quien lo recibe”. La selección del nombre, de igual forma, alude a la asociación entre la diversidad de tonos de verde que puede mostrar la piedra y las distintas manifestaciones de arte que las integrantes realizan: escultura, gráfica, moda, cerámica, por ejemplo.
Los Males Quita, entonces, es un juego de palabras que dio nombre a la exposición colectiva próxima a cerrar. Desde el pasado 19 de noviembre, esta muestra ha pretendido ser un junte entre muchas de las artistas que se han relacionado con Taller Malaquita desde sus inicios. Esta exposición ha presentado parte del trabajo que se ha impulsado o gestado en ese espacio interdisciplinario. “Es un despojo colectivo a través de la expresión creativa que caracteriza a cada una de las integrantes y colaboradoras”, como dice la hoja promocional de la exhibición.
En términos de organización, las artistas han pretendido formar una “L” con las piezas mostradas para permitirle al público fluir por el espacio, que es galería y taller.
“La exposición está diseñada para crear diálogo entre las piezas a través de toda la sala. Se ven cómo cruzan las historias”, comentaron. De esta forma, el ambiente está creado para aportar a la muestra, que incluye piezas de video arte, de escultura en madera y cerámica, de moda conceptual, por ejemplo. En ese último renglón, la muestra exhibe un homenaje a mujeres puertorriqueñas como Lolita Lebrón e Isabelita Rosado a través de conceptos de vestuario. De igual forma, la artista Nasheli Juliana, inspirada en diferentes momentos histórico-políticos convulsos de Puerto Rico, presenta en la muestra vestuarios diseñados con machetes y carpetas por ejemplo. Lo interesante de esta pieza es que hay que utilizar unas gafas 3D para ver lo impreso en los vestuarios. Esta obra se expuso en París el año pasado.
El Taller Malaquita se concibió para que se diera la dinámica de galería y taller, aunque no ha funcionado nunca con una agenda o calendarización de exposiciones o actividades, pues se interviene el espacio de maneras diferentes, según la propuesta artística que tengan. En este espacio se propicia un ambiente en el que se fomenta la solidaridad, la organización de redes de trabajo y el apoyo mutuo que se materializa a través de talleres, intercambios de saberes, exhibiciones, entre otros. En fin, Este taller es un laboratorio de arte interdisciplinario insertado en la diversidad de Santurce.
Las integrantes y cofundadoras son: Rosenda Álvarez Faro, Rosaly Mota Márquez, Vero Rivera, Coral del Mar Alemán, Carolina Fernanda Serrano, Nitzayra Leonor, Yamileth Flores Reyes, Andrea Pérez Caballero y Zuania Minier. Las artistas asociadas son: Elizabeth Barreto, Nasheli Juliana y Fefa Carlo. Las artistas residentes son: Kimberly Lesik, Krystal Lee Rodríguez, Laurie de Jesús Lagares, Karla Claudio Betancourt, Ingrid Bonetti Veloz y Dania I. Reyna Mercado. La colaboradora invitada para la exposición Los Males Quita es: Michelle Malley Campos, cineasta que presenta por primera vez en una muestra el video documental “La esquinilla: junte de mujeres artistas”.